
Novela rusa
1818 – 1883 · Oriol, Baden-Baden y París
Su madre poseía cinco mil siervos y gobernaba la casa a golpes. Él escribió el libro que ayudó a acabar con la servidumbre.
1 obra suya en Clasicalia, completa y gratis.
Nació en Oriol en una familia de terratenientes. La madre, Varvara Petrovna, dueña de cinco mil siervos, era una déspota que castigaba a los criados y a sus hijos con la misma facilidad; el padre, un oficial guapo y frío, se casó por dinero. Los dos están, sin disimulo, en «Primer amor».
Estudió en Moscú, San Petersburgo y Berlín, y volvió convertido en occidentalista: creía que Rusia tenía que parecerse a Europa. En 1852 publicó «Relatos de un cazador», donde los siervos aparecen por primera vez como personas completas; Alejandro II diría después que ese libro pesó en su decisión de abolir la servidumbre. Ese mismo año lo desterraron a su finca por publicar un elogio de Gógol.
«Padres e hijos» (1862) le costó carísimo: los conservadores lo acusaron de halagar a los jóvenes y los jóvenes de caricaturizarlos. Vivió el resto de su vida en Alemania y Francia, cerca de la cantante Pauline Viardot, y fue el escritor ruso que Europa conoció primero: amigo de Flaubert, de Zola y de Henry James. Murió en Bougival, junto a París, en 1883.
Turguénev escribe en la Rusia que va de la servidumbre a su abolición (1861) y de ahí a la primera generación revolucionaria. Es el cronista de esa bisagra: sus novelas se ordenan por tipos humanos que van apareciendo —el idealista de los años cuarenta, el nihilista de los sesenta— y por eso se leen también como un calendario del país.
Todas se leen enteras aquí, gratis y sin registro.
En Turguénev enamorarse es descubrir que uno no manda en sí mismo. «Primer amor» lo cuenta sin consuelo y sin condena: pasa, y punto.
Cada novela suya retrata a una promoción entera: los soñadores de los años cuarenta, los nihilistas de los sesenta. Los individuos son la manera de contar el relevo.
Es el más europeo y el menos estridente de los grandes rusos. Nada de sermones ni de conciencias en llamas: paisaje, media palabra y lo importante en lo que no se dice.
Escribió casi toda su obra en Francia y Alemania. Sus compatriotas se lo reprocharon; esa distancia es justo lo que le deja ver el país entero.
Empieza por «Primer amor», que es lo que tienes aquí y también lo que él consideraba lo mejor que había escrito. Ochenta páginas, un verano en las afueras de Moscú, un chico de dieciséis años y la vecina de al lado.
Fíjate en el padre: apenas habla y está en todas las páginas. El libro se entiende del todo en la última línea.
Después, «Padres e hijos», que es la novela rusa del choque entre dos generaciones y se lee en una tarde larga.
Aquí está «Primer amor», su relato más leído. Faltan «Padres e hijos», que es su novela mayor, los «Relatos de un cazador», que cambiaron la política del país, y las otras novelas cortas: «Asia», «Aguas primaverales», «Rudin».
También: frases de Iván Turguénev, comprobadas una a una contra el texto publicado.
Cinco ejes para preparar un trabajo o una sesión sobre el autor. Todo se puede comprobar sobre los textos, que están aquí completos.
Él dijo que sí, y que era el único de sus libros que releía con gusto. La madre despótica, el padre distante y la casa de las afueras son los suyos.
Por una discusión doméstica en 1861 que acabó en desafío. No llegaron a batirse, pero estuvieron diecisiete años sin hablarse. Se reconciliaron por carta.
La palabra existía, pero se la debemos a «Padres e hijos»: el que no acepta ningún principio por autoridad y quiere empezar de cero. Toda una generación rusa se reconoció en el nombre.
Bastante. Los libros son cortos, la prosa es clara y no hay sermón. Es la mejor puerta de entrada a la novela rusa.
Por «Padres e hijos». Y si quieres ver de dónde viene, por los «Relatos de un cazador».