
Filosofía helenística
341 – 270 a.C. · Samos y Atenas
Su nombre acabó significando lo contrario de lo que enseñó: predicó que para ser feliz basta con pan, agua y amigos.
1 obra suya en Clasicalia, completa y gratis.
Nació en la isla de Samos, hijo de colonos atenienses, y llegó a Atenas de joven. Hacia el 306 a.C. compró una casa con huerto a las afueras y fundó allí su escuela, que por eso se llamó el Jardín.
El Jardín fue distinto de todo lo que había: admitía a mujeres y a esclavos en pie de igualdad, algo que escandalizó a Atenas y alimentó rumores de orgías que nunca existieron. Vivían en común, con una dieta frugal —pan, queso, agua— y una regla básica: la amistad.
Escribió muchísimo, unos trescientos rollos, y se ha perdido casi todo. Sobrevivieron tres cartas y unas colecciones de máximas, transmitidas por Diógenes Laercio. Murió de un cólico renal tras días de dolores, y en la carta que escribió ese día dice que la alegría de recordar a sus amigos compensaba el sufrimiento.
Es la época helenística: tras Alejandro, la ciudad-estado griega ha perdido peso y la filosofía deja de preguntarse cómo organizar la polis para preguntarse cómo vivir uno. Epicúreos y estoicos compiten dando respuestas opuestas a esa misma pregunta.
Todas se leen enteras aquí, gratis y sin registro.
Su placer no es el banquete: es la ausencia de dolor en el cuerpo y de inquietud en el alma. Un vaso de agua cuando tienes sed es el modelo, no el vino caro.
Clasifica los deseos en necesarios (comer), naturales pero no necesarios (comer bien) y vanos (la fama, el lujo). La infelicidad viene de los terceros, que no tienen fondo.
Su receta en cuatro líneas: los dioses no dan miedo, la muerte no se siente, el bien es fácil de conseguir, el mal es fácil de soportar.
«Cuando nosotros somos, la muerte no está; cuando la muerte está, nosotros no somos.» El argumento más citado de toda la filosofía antigua.
Empieza por la «Carta a Meneceo». Son cuatro páginas y contienen toda su ética: los dioses, la muerte, los deseos y el placer. Se lee en diez minutos y se piensa durante años.
Sigue con las «Máximas capitales», cuarenta frases numeradas. Están pensadas para memorizarse: los discípulos las repetían.
Después conviene el contraste: Epicteto y Séneca, que son la escuela rival. Discuten con Epicuro constantemente.
Aquí están la «Carta a Meneceo», las máximas capitales y las sentencias vaticanas: prácticamente todo lo que se conserva de él. Se han perdido los treinta y siete libros «Sobre la naturaleza». Para el sistema completo hay que ir a Lucrecio, que lo expuso en verso doscientos años después.
Dónde aparece su obra frente a la de otro autor, con lo que aporta cada una y cuál conviene leer antes.
También: frases de Epicuro, comprobadas una a una contra el texto publicado.
Cinco ejes para preparar un trabajo o una sesión sobre el autor. Todo se puede comprobar sobre los textos, que están aquí completos.
Justo lo contrario. Epicuro vivía de pan y agua y decía que quien no se conforma con poco no se conforma con nada. El sentido actual de la palabra viene de la propaganda de sus rivales.
No. Creía que los dioses existen pero no se ocupan de nosotros, y que por eso no hay que temerlos. Para la Antigüedad eso ya era casi lo mismo.
Muy poco: tres cartas y dos colecciones de máximas. De sus trescientos rollos no queda prácticamente nada.
Porque es la filosofía antigua más aplicable a un día cualquiera: distinguir lo que necesitas de lo que te han vendido que necesitas.
«De rerum natura» es la exposición completa del epicureísmo, en verso latino, y una de las obras más bellas de Roma. No está en Clasicalia todavía.