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Parte 3Elegías y epístola

Poesías · Garcilaso de la Vega · 29 min de lectura

ElegíaI

Aunque este grave caso haya tocado

con tanto sentimiento el alma mía

que de consuelo estoy necesitado,

con que de su dolor mi fantasía

se descargase un poco y s’acabase

de mi continuo llanto la porfía,

quise, pero, probar si me bastase

el ingenio a escribirte algún consuelo,

estando cual estoy, que aprovechase

para que tu reciente desconsuelo

la furia mitigase, si las musas

pueden un corazón alzar del suelo

y poner fin a las querellas que usas,

con que de Pindo ya las moradoras

se muestran lastimadas y confusas;

que según he sabido, ni a las horas

que’l sol se muestra ni en el mar s’asconde,

de tu lloroso estado no mejoras,

antes, en él permaneciendo donde-

quiera que estás, tus ojos siempre bañas,

y el llanto a tu dolor así responde

que temo ver deshechas tus entrañas

en lágrimas, como al lluvioso viento

se derrite la nieve en las montañas.

Si acaso el trabajado pensamiento

en el común reposo s’adormece,

por tornar al dolor con nuevo aliento,

en aquel breve sueño t’aparece

la imagen amarilla del hermano

que de la dulce vida desfallece,

y tú tendiendo la piadosa mano,

probando a levantar el cuerpo amado,

levantas solamente el aire vano,

y del dolor el sueño desterrado,

con ansia vas buscando el que partido

era ya con el sueño y alongado.

Así desfalleciendo en tu sentido,

como fuera de ti, por la ribera

de Trápana con llanto y con gemido

el caro hermano buscas, que solo era

la mitad de tu alma, el cual muriendo,

quedará ya sin una parte entera;

y no de otra manera repitiendo

vas el amado nombre, en desusada

figura a todas partes revolviendo,

que cerca del Erídano aquejada

lloró y llamó Lampecia el nombre en vano,

con la fraterna muerte lastimada:

"¡Ondas, tornáme ya mi dulce hermano

Faetón; si no, aquí veréis mi muerte,

regando con mis ojos este llano!"

¡Oh cuántas veces, con el dolor fuerte

avivadas las fuerzas, renovaba

las quejas de su cruda y dura suerte;

y cuántas otras, cuando s’acababa

aquel furor, en la ribera umbrosa,

muerta, cansada, el cuerpo reclinaba!

Bien te confieso que s’alguna cosa

entre la humana puede y mortal gente

entristecer un alma generosa,

con gran razón podrá ser la presente,

pues te ha privado d’un tan dulce amigo,

no solamente hermano, un acidente;

el cual no sólo siempre fue testigo

de tus consejos y íntimos secretos,

mas de cuanto lo fuiste tú contigo:

en él se reclinaban tus discretos

y honestos pareceres y hacían

conformes al asiento sus efetos;

en él ya se mostraban y leían

tus gracias y virtudes una a una

y con hermosa luz resplandecían,

como en luciente de cristal coluna

que no encubre, de cuanto s’avecina

a su viva pureza, cosa alguna.

¡Oh miserables hados, oh mezquina

suerte, la del estado humano, y dura,

do por tantos trabajos se camina,

y agora muy mayor la desventura

d’aquesta nuestra edad cuyo progreso

muda d’un mal en otro su figura!

¿A quién ya de nosotros el eceso

de guerras, de peligros y destierro

no toca y no ha cansado el gran proceso?

¿Quién no vio desparcir su sangre al hierro

del enemigo? ¿Quién no vio su vida

perder mil veces y escapar por yerro?

¡De cuántos queda y quedará perdida

la casa, la mujer y la memoria,

y d’otros la hacienda despendida!

¿Qué se saca d’aquesto? ¿Alguna gloria?

¿Algunos premios o agradecimiento?

Sabrálo quien leyere nuestra historia:

veráse allí que como polvo al viento,

así se deshará nuestra fatiga

ante quien s’endereza nuestro intento.

No contenta con esto, la enemiga

del humano linaje, que envidiosa

coge sin tiempo el grano de la espiga,

nos ha querido ser tan rigurosa

que ni a tu juventud, don Bernaldino,

ni ha sido a nuestra pérdida piadosa.

¿Quién pudiera de tal ser adevino?

¿A quién no le engañara la esperanza,

viéndote caminar por tal camino?

¿Quién no se prometiera en abastanza

seguridad entera de tus años,

sin temer de natura tal mudanza?

Nunca los tuyos, mas los propios daños

dolernos deben, que la muerte amarga

nos muestra claros ya mil desengaños:

hános mostrado ya que en vida larga,

apenas de tormentos y d’enojos

llevar podemos la pesada carga

hános mostrado en ti que claros ojos

y juventud y gracia y hermosura

son también, cuando quiere, sus despojos.

Mas no puede hacer que tu figura,

después de ser de vida ya privada,

no muestre el arteficio de natura:

bien es verdad que no está acompañada

de la color de rosa que solía

con la blanca azucena ser mezclada,

porque’l calor templado que encendía

la blanca nieve de tu rostro puro,

robado ya la muerte te lo había;

en todo lo demás, como en seguro

y reposado sueño descansabas,

indicio dando del vivir futuro.

Mas ¿qué hará la madre que tú amabas,

de quien perdidamente eras amado,

a quien la vida con la tuya dabas?

Aquí se me figura que ha llegado

de su lamento el son, que con su fuerza

rompe el aire vecino y apartado,

tras el cual a venir también se ’sfuerza

el de las cuatro hermanas, que teniendo

va con el de la madre a viva fuerza;

a todas las contemplo desparciendo

de su cabello luengo el fino oro,

al cual ultraje y daño están haciendo.

El viejo Tormes, con el blanco coro

de sus hermosas ninfas, seca el río

y humedece la tierra con su lloro,

no recostado en urna al dulce frío

de su caverna umbrosa, mas tendido

por el arena en el ardiente estío;

con ronco son de llanto y de gemido,

los cabellos y barbas mal paradas

se despedaza y el sotil vestido;

en torno dél sus ninfas desmayadas

llorando en tierra están, sin ornamento,

con las cabezas d’oro despeinadas.

Cese ya del dolor el sentimiento,

hermosas moradoras del undoso

Tormes; tened más provechoso intento:

consolad a la madre, que el piadoso

dolor la tiene puesta en tal estado

que es menester socorro presuroso.

Presto será que’l cuerpo, sepultado

en un perpetuo mármol, de las ondas

podrá de vuestro Tormes ser bañado;

y tú, hermoso coro, allá en las hondas

aguas metido, podrá ser que al llanto

de mi dolor te muevas y respondas.

Vos, altos promontorios, entretanto,

con toda la Trinacria entristecida,

buscad alivio en desconsuelo tanto.

Sátiros, faunos, ninfas, cuya vida

sin enojo se pasa, moradores

de la parte repuesta y escondida,

con luenga esperiencia sabidores,

buscad para consuelo de Fernando

hierbas de propriedad oculta y flores:

así en el ascondido bosque, cuando

ardiendo en vivo y agradable fuego

las fugitivas ninfas vais buscando,

ellas se inclinen al piadoso ruego

y en recíproco lazo estén ligadas,

sin esquivar el amoroso juego.

Tú, gran Fernando, que entre tus pasadas

y tus presentes obras resplandeces,

y a mayor fama están por ti obligadas,

contempla dónde estás, que si falleces

al nombre que has ganado entre la gente,

de tu virtud en algo t’enflaqueces,

porque al fuerte varón no se consiente

no resistir los casos de Fortuna

con firme rostro y corazón valiente;

y no tan solamente esta importuna,

con proceso crüel y riguroso,

con revolver de sol, de cielo y luna,

mover no debe un pecho generoso

ni entristecello con funesto vuelo,

turbando con molestia su reposo,

mas si toda la máquina del cielo

con espantable son y con rüido,

hecha pedazos, se viniere al suelo,

debe ser aterrado y oprimido

del grave peso y de la gran rüina

primero que espantado y comovido.

Por estas asperezas se camina

de la inmortalidad al alto asiento,

do nunca arriba quien d’aquí declina.

Y en fin, señor, tornando al movimiento

de la humana natura, bien permito

a nuestra flaca parte un sentimiento,

mas el eceso en esto vedo y quito,

si alguna cosa puedo, que parece

que quiere proceder en infinito.

A lo menos el tiempo, que descrece

y muda de las cosas el estado,

debe bastar, si la razón fallece:

no fue el troyano príncipe llorado

siempre del viejo padre dolorido,

ni siempre de la madre lamentado;

antes, después del cuerpo redemido

con lágrimas humildes y con oro,

que fue del fiero Aquiles concedido,

y reprimiendo el lamentable coro

del frigio llanto, dieron fin al vano

y sin provecho sentimiento y lloro.

El tierno pecho, en esta parte humano,

de Venus, ¿qué sintió, su Adonis viendo

de su sangre regar el verde llano?

Mas desque vido bien que, corrompiendo

con lágrimas sus ojos, no hacía

sino en su llanto estarse deshaciendo,

y que tornar llorando no podía

su caro y dulce amigo de la escura

y tenebrosa noche al claro día,

los ojos enjugó y la frente pura

mostró con algo más contentamiento,

dejando con el muerto la tristura.

Y luego con gracioso movimiento

se fue su paso por el verde suelo,

con su guirlanda usada y su ornamento;

desordenaba con lascivo vuelo

el viento sus cabellos; con su vista

s’alegraba la tierra, el mar y el cielo.

Con discurso y razón, que’s tan prevista,

con fortaleza y ser, que en ti contemplo,

a la flaca tristeza se resista.

Tu ardiente gana de subir al templo

donde la muerte pierde su derecho

te basta, sin mostrarte yo otro enjemplo;

allí verás cuán poco mal ha hecho

la muerte en la memoria y clara fama

de los famosos hombres que ha deshecho.

Vuelve los ojos donde al fin te llama

la suprema esperanza, do perfeta

sube y purgada el alma en pura llama;

¿piensas que es otro el fuego que en Oeta

d’Alcides consumió la mortal parte

cuando voló el espirtu a la alta meta?

Desta manera aquél, por quien reparte

tu corazón sospiros mil al día

y resuena tu llanto en cada parte,

subió por la difícil y alta vía,

de la carne mortal purgado y puro,

en la dulce región del alegría,

do con discurso libre ya y seguro

mira la vanidad de los mortales,

ciegos, errados en el aire ’scuro,

y viendo y contemplando nuestros males,

alégrase d’haber alzado el vuelo

y gozar de las horas immortales.

Pisa el immenso y cristalino cielo,

teniendo puestos d’una y d’otra mano

el claro padre y el sublime agüelo:

el uno ve de su proceso humano

sus virtudes estar allí presentes,

que’l áspero camino hacen llano;

el otro, que acá hizo entre las gentes

en la vida mortal menor tardanza,

sus llagas muestra allá resplandecientes.

(Dellas aqueste premio allá s’alcanza,

porque del enemigo no conviene

procurar en el cielo otra venganza).

Mira la tierra, el mar que la contiene,

todo lo cual por un pequeño punto

a respeto del cielo juzga y tiene;

puesta la vista en aquel gran trasunto

y espejo do se muestra lo pasado

con lo futuro y lo presente junto,

el tiempo que a tu vida limitado

d,allá arriba t’está, Fernando, mira,

y allí ve tu lugar ya deputado.

¡Oh bienaventurado, que sin ira,

sin odio, en paz estás, sin amor ciego,

con quien acá se muere y se sospira,

y en eterna holganza y en sosiego

vives y vivirás cuanto encendiere

las almas del divino amor el fuego!

Y si el cielo piadoso y largo diere

luenga vida a la voz deste mi llanto,

lo cual tú sabes que pretiende y quiere,

yo te prometo, amigo, que entretanto

que el sol al mundo alumbre y que la escura

noche cubra la tierra con su manto,

y en tanto que los peces la hondura

húmida habitarán del mar profundo

y las fieras del monte la espesura,

se cantará de ti por todo el mundo,

que en cuanto se discurre, nunca visto

de tus años jamás otro segundo

será, desde el Antártico a Calisto.

ElegíaII

Aquí, Boscán, donde del buen troyano

Anquises con eterno nombre y vida

conserva la ceniza el Mantüano,

debajo de la seña esclarecida

de César africano nos hallamos

la vencedora gente recogida:

diversos en estudio, que unos vamos

muriendo por coger de la fatiga

el fruto que con el sudor sembramos;

otros (que hacen la virtud amiga

y premio de sus obras y así quieren

que la gente lo piense y que lo diga)

destotros en lo público difieren,

y en lo secreto sabe Dios en cuánto

se contradicen en lo que profieren.

Yo voy por medio, porque nunca tanto

quise obligarme a procurar hacienda,

que un poco más que aquellos me levanto.

Ni voy tampoco por la estrecha senda

de los que cierto sé que a la otra vía

vuelven, de noche al caminar, la rienda.

Mas ¿dónde me llevó la pluma mía?,

que a sátira me voy mi paso a paso,

y aquesta que os escribo es elegía.

Yo enderezo, señor, en fin mi paso

por donde vos sabéis que su proceso

siempre ha llevado y lleva Garcilaso;

y así, en mitad d’aqueste monte espeso,

de las diversidades me sostengo,

no sin dificultad, mas no por eso

dejo las musas, antes torno y vengo

dellas al negociar, y varïando,

con ellas dulcemente me entretengo.

Así se van las horas engañando;

así del duro afán y grave pena

estamos algún hora descansando.

D’aquí iremos a ver de la Serena

la patria, que bien muestra haber ya sido

de ocio y d’amor antiguamente llena.

Allí mi corazón tuvo su nido

un tiempo ya, mas no sé, triste, agora

o si estará ocupado o desparcido;

daquesto un frío temor así a deshora

por mis huesos discurre en tal manera

que no puedo vivir con él un’hora.

Si, triste, de mi bien yo estado hubiera

un breve tiempo ausente, no lo niego

que con mayor seguridad viviera:

la breve ausencia hace el mismo juego

en la fragua d’amor que en fragua ardiente

el agua moderada hace al fuego,

la cual verás que no tan solamente

no le suele matar, mas le refuerza

con ardor más intenso y eminente,

porque un contrario, con la poca fuerza

de su contrario, por vencer la lucha

su brazo aviva y su valor esfuerza.

Pero si el agua en abundancia mucha

sobre’l fuego s’esparce y se derrama,

el humo sube al cielo, el son s’escucha

y, el claro resplandor de viva llama

en polvo y en ceniza convertido,

apenas queda d’él sino la fama:

así el ausencia larga, que ha esparcido

en abundancia su licor que amata

el fuego qu’el amor tenía encendido,

de tal suerte lo deja que lo trata

la mano sin peligro en el momento

que en aparencia y son se desbarata.

Yo solo fuera voy d’aqueste cuento,

porque’l amor m’aflige y m’atormenta

y en el ausencia crece el mal que siento;

y pienso yo que la razón consienta

y permita la causa deste efeto,

que a mí solo entre todos se presenta,

porque como del cielo yo sujeto

estaba eternamente y diputado

al amoroso fuego en que me meto,

así, para poder ser amatado,

el ausencia sin término, infinita

debe ser, y sin tiempo limitado;

lo cual no habrá razón que lo permita,

porque por más y más que ausencia dure,

con la vida s’acaba, qu’es finita.

Mas a mí ¿quién habrá que m’asegure

que mi mala fortuna con mudanza

y olvido contra mí no se conjure?

Este temor persigue la esperanza

y oprime y enflaquece el gran deseo

con que mis ojos van de su holganza;

con ellos solamente agora veo

este dolor qu’el corazón me parte,

y con él y comigo aquí peleo.

¡Oh crudo, oh riguroso, oh fiero Marte,

de túnica cubierto de diamante

y endurecido siempre en toda parte!,

¿qué tiene que hacer el tierno amante

con tu dureza y áspero ejercicio,

llevado siempre del furor delante?

Ejercitando por mi mal tu oficio,

soy reducido a términos que muerte

será mi postrimero beneficio;

y ésta no permitió mi dura suerte

que me sobreviniese peleando,

de hierro traspasado agudo y fuerte,

porque me consumiese contemplando

mi amado y dulce fruto en mano ajena,

y el duro posesor de mí burlando.

Mas ¿dónde me trasporta y enajena

de mi propio sentido el triste miedo?

A parte de vergüenza y dolor llena,

donde, si el mal yo viese, ya no puedo,

según con esperalle estoy perdido,

acrecentar en la miseria un dedo.

Así lo pienso agora, y si él venido

fuese en su misma forma y su figura,

ternia el presente por mejor partido,

y agradeceria siempre a la ventura

mostrarme de mi mal solo el retrato

que pintan mi temor y mi tristura.

Yo sé qué cosa es esperar un rato

el bien del propio engaño y solamente

tener con él inteligencia y trato,

como acontece al mísero doliente

que, del un cabo, el cierto amigo y sano

le muestra el grave mal de su acidente,

y le amonesta que del cuerpo humano

comience a levantar a mejor parte

el alma suelta con volar liviano;

mas la tierna mujer, de la otra parte,

no se puede entregar al desengaño

y encúbrele del mal la mayor parte;

él, abrazado con su dulce engaño,

vuelve los ojos a la voz piadosa

y alégrase muriendo con su daño:

así los quito yo de toda cosa

y póngolos en solo el pensamiento

de la esperanza, cierta o mentirosa;

en este dulce error muero contento,

porque ver claro y conocer mi ’stado

no puede ya curar el mal que siento,

y acabo como aquel qu’en un templado

baño metido, sin sentillo muere,

las venas dulcemente desatado.

Tú, que en la patria, entre quien bien te quiere,

la deleitosa playa estás mirando

y oyendo el son del mar que en ella hiere,

y sin impedimiento contemplando

la misma a quien tú vas eterna fama

en tus vivos escritos procurando,

alégrate, que más hermosa llama

que aquella qu’el troyano encendimiento

pudo causar el corazón t’inflama;

no tienes que temer el movimiento

de la fortuna con soplar contrario,

que el puro resplandor serena el viento.

Yo, como conducido mercenario,

voy do fortuna a mi pesar m’envía,

si no a morir, que aquéste’s voluntario;

solo sostiene la esperanza mía

un tan débil engaño que de nuevo

es menester hacelle cada día,

y si no le fabrico y le renuevo,

da consigo en el suelo mi esperanza

tanto qu’en vano a levantalla pruebo.

Aqueste premio mi servir alcanza,

que en sola la miseria de mi vida

negó fortuna su común mudanza.

¿Dónde podré hüir que sacudida

un rato sea de mí la grave carga

que oprime mi cerviz enflaquecida?

Mas ¡ay!, que la distancia no descarga

el triste corazón, y el mal, doquiera

que ’stoy, para alcanzarme el brazo alarga:

si donde’l sol ardiente reverbera

en la arenosa Libya, engendradora

de toda cosa ponzoñosa y fiera,

o adond’él es vencido a cualquier hora

de la rígida nieve y viento frío,

parte do no se vive ni se mora,

si en ésta o en aquélla el desvarío

o la fortuna me llevase un día

y allí gastase todo el tiempo mío,

el celoso temor con mano fría

en medio del calor y ardiente arena

el triste corazón m’apretaría;

y en el rigor del hielo, en la serena

noche, soplando el viento agudo y puro

qu’el veloce correr del agua enfrena,

d’aqueste vivo fuego, en que m’apuro

y consumirme poco a poco espero,

sé que aun allí no podré estar seguro,

y así diverso entre contrarios muero.

Epístola a Boscán

Señor Boscán, quien tanto gusto tiene

de daros cuenta de los pensamientos,

hasta las cosas que no tienen nombre,

no le podrá faltar con vos materia,

ni será menester buscar estilo

presto, distinto d’ornamento puro

tal cual a culta epístola conviene.

Entre muy grandes bienes que consigo

el amistad perfeta nos concede

es aqueste descuido suelto y puro,

lejos de la curiosa pesadumbre;

y así, d’aquesta libertad gozando,

digo que vine, cuanto a lo primero,

tan sano como aquel que en doce días

lo que sólo veréis ha caminado

cuando el fin de la carta os lo mostrare.

Alargo y suelto a su placer la rienda,

mucho más que al caballo, al pensamiento,

y llévame a las veces por camino

tan dulce y agradable que me hace

olvidar el trabajo del pasado;

otras me lleva por tan duros pasos

que con la fuerza del afán presente

también de los pasados se me olvida;

a veces sigo un agradable medio

honesto y reposado, en que’l discurso

del gusto y del ingenio se ejercita.

Iba pensando y discurriendo un día

a cuántos bienes alargó la mano

el que del amistad mostró el camino,

y luego vos, del amistad enjemplo,

os me ofrecéis en estos pensamientos,

y con vos a lo menos me acontece

una gran cosa, al parecer estraña,

y porque lo sepáis en pocos versos,

es que, considerando los provechos,

las honras y los gustos que me vienen

desta vuestra amistad, que en tanto tengo,

ninguna cosa en mayor precio estimo

ni me hace gustar del dulce estado

tanto como el amor de parte mía.

Éste comigo tiene tanta fuerza

que, sabiendo muy bien las otras partes

del amistad y la estrecheza nuestra

con solo aquéste el alma se enternece;

y sé que otramente me aprovecha

el deleite, que suele ser pospuesto

a las útiles cosas y a las graves.

Llévame a escudriñar la causa desto

ver contino tan recio en mí el efeto,

y hallo que’l provecho, el ornamento,

el gusto y el placer que se me sigue

del vínculo d’amor, que nuestro genio

enredó sobre nuestros corazones,

son cosas que de mí no salen fuera,

y en mí el provecho solo se convierte.

Mas el amor, de donde por ventura

nacen todas las cosas, si hay alguna,

que a vuestra utilidad y gusto miren,

es gran razón que ya en mayor estima

tenido sea de mí que todo el resto,

cuanto más generosa y alta parte

es el hacer el bien que el recebille;

así que amando me deleito, y hallo

que no es locura este deleite mio.

¡Oh cuán corrido estoy y arrepentido

de haberos alabado el tratamiento

del camino de Francia y las posadas!

Corrido de que ya por mentiroso

con razón me ternéis; arrepentido

de haber perdido tiempo en alabaros

cosa tan digna ya de vituperio,

donde no hallaréis sino mentiras,

vinos acedos, camareras feas,

varletes codiciosos, malas postas,

gran paga, poco argén, largo camino;

llegar al fin a Nápoles, no habiendo

dejado allá enterrado algún tesoro,

salvo si no decís que’s enterrado

lo que nunca se halla ni se tiene.

A mi señor Durall estrechamente

abrazá de mi parte, si pudierdes.

Doce del mes d’otubre, de la tierra

do nació el claro fuego del Petrarca

y donde están del fuego las cenizas.

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