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Cántica 3Paraíso

La Divina Comedia · Dante Alighieri · 169 min de lectura

Canto1

La gloria de aquel que todo lo mueve

penetra por el universo, y resplandece

en una parte más y en otra menos.

En el cielo que más recibe su luz

estuve yo, y vi cosas que contar

no sabe ni puede quien de allá arriba desciende;

porque acercándose a su deseo,

nuestro intelecto se hunde tan hondo,

que la memoria no puede seguirlo.

Sin embargo, cuanto del reino santo

pude atesorar en mi mente,

será ahora materia de mi canto.

Oh buen Apolo, para la última tarea

hazme tan digno recipiente de tu poder,

como exiges para dar el amado laurel.

Hasta aquí me bastó una cima del Parnaso;

pero ahora con ambas

necesito entrar en la arena que queda.

Entra en mi pecho, y sopla

como cuando arrancaste a Marsias

de la vaina de sus propios miembros.

Oh divina virtud, si te me prestas

tanto que pueda manifestar la sombra

del reino bendito grabada en mi cabeza,

me verás venir al pie de tu árbol amado

y coronarme con las hojas

de las que la materia y tú me harás digno.

Tan raras veces, padre, se cosecha

para triunfar, sea césar o poeta,

culpa y vergüenza de los deseos humanos,

que debería parir alegría en la alegre

deidad délfica la fronda

penea, cuando alguien de ella tiene sed.

Pequeña chispa sigue a gran llama:

quizá después de mí con mejores voces

se rezará para que Cirra responda.

Surge ante los mortales por diversas bocas

la lámpara del mundo; pero desde aquella

que une cuatro círculos con tres cruces,

sale con mejor curso y con mejor estrella

unida, y la cera mundana

modela y sella más a su modo.

Había hecho de allá mañana y de acá tarde

tal boca, y casi todo era allá blanco

aquel hemisferio, y la otra parte negra,

cuando a Beatriz en el flanco izquierdo

vi vuelta y mirando al sol:

águila jamás se fijó así en él.

Y así como el segundo rayo suele

salir del primero y subir hacia arriba,

igual que peregrino que quiere volver,

así de su acto, infundido por los ojos

en mi imagen, se hizo el mío,

y fijé los ojos en el sol más allá de nuestra costumbre.

Mucho se permite allá, que aquí no se permite

a nuestras facultades, gracias al lugar

hecho como propio de la especie humana.

No lo soporté mucho, ni tan poco,

que no lo viera chispear alrededor,

como hierro hirviente que sale del fuego;

y de repente pareció que un día al día

se añadiera, como si quien puede

hubiera adornado el cielo con otro sol.

Beatriz toda en las eternas ruedas

fija con los ojos estaba; y yo en ella

las miradas fijé, apartadas de allá arriba.

En su aspecto tal me hice dentro,

cual se hizo Glauco al probar la hierba

que lo hizo consorte en el mar de los otros dioses.

Trashumanar significar con palabras

no se podría; mas que el ejemplo baste

a quien la gracia reserva la experiencia.

Si yo era solo de mí lo que creaste

últimamente, amor que el cielo gobiernas,

tú lo sabes, que con tu luz me elevaste.

Cuando la rueda que tú eternizas

deseado, hacia sí me hizo atento

con la armonía que templas y disciernes,

me pareció entonces del cielo encendido

por la llama del sol, que lluvia o río

o lago no hizo alguno tan extenso.

La novedad del sonido y la gran luz

de su causa encendieron en mí un deseo

jamás sentido de tanta agudeza.

De donde ella, que me veía como yo me veo,

para aquietar mi ánimo conmovido,

antes que yo preguntara, la boca abrió

y comenzó: "Tú mismo te vuelves torpe

con la falsa imaginación, así que no ves

lo que verías si la hubieras sacudido.

No estás en la tierra, como crees;

mas rayo, escapando de su propio sitio,

no corrió como tú que a él regresas".

Si me despojé de la primera duda

por las sonrientes palabras breves,

dentro de una nueva más fui enredado

y dije: "Ya contento descansaba

de gran admiración; pero ahora me admiro

de cómo trasciendo estos cuerpos leves".

De donde ella, después de un piadoso suspiro,

los ojos dirigió hacia mí con aquel semblante

que hace la madre sobre el hijo delirante,

y comenzó: "Todas las cosas

tienen orden entre ellas, y esto es la forma

que hace al universo semejante a Dios.

Aquí ven las altas criaturas la huella

del eterno valor, el cual es el fin

al que está hecha la norma mencionada.

En el orden que digo están inclinadas

todas las naturalezas, por diversas suertes,

más o menos cercanas a su principio;

de donde se mueven a diversos puertos

por el gran mar del ser, y cada una

con el instinto que le es dado para llevarla.

Este lleva el fuego hacia la luna;

este en los corazones mortales es motor;

este la tierra en sí ciñe y reúne;

y no solo las criaturas que carecen

de inteligencia dispara este arco,

sino aquellas que tienen intelecto y amor.

La providencia, que tanto ordena,

con su luz hace el cielo siempre quieto

en el cual gira aquel que tiene mayor prisa;

y ahora allí, como a sitio decretado,

nos lleva la virtud de aquella cuerda

que lo que dispara dirige a blanco feliz.

Verdad es que, como la forma no se ajusta

muchas veces a la intención del arte,

porque a responder la materia es sorda,

así de este curso se aparta

a veces la criatura, que tiene poder

de doblegarse, así impulsada, hacia otra parte;

y así como se puede ver caer

fuego de nube, el ímpetu primero

lo abate torcido por falso placer.

No debes admirarte más, si bien estimo,

de tu subida, como tampoco de un arroyo

si de alto monte desciende hasta lo bajo.

Maravilla sería en ti si, privado

de impedimento, abajo te hubieras quedado,

como en tierra quietud en fuego vivo".

Luego volvió hacia el cielo el rostro.

Canto2

Oh vosotros que estáis en una barca pequeña,

deseosos de escuchar, que habéis seguido

detrás de mi nave que cantando surca,

volved a ver vuestras costas:

no os metáis en alta mar, porque quizá,

perdiéndome a mí, quedaríais extraviados.

El agua que yo tomo jamás fue surcada;

Minerva sopla, y me conduce Apolo,

y nueve Musas me muestran las Osas.

Vosotros, los pocos que alzasteis el cuello

a tiempo hacia el pan de los ángeles, del cual

se vive aquí pero nunca se llega saciado,

podéis muy bien lanzar por la alta sal

vuestro navío, siguiendo mi surco

antes de que el agua vuelva a igualarse.

Aquellos gloriosos que fueron a Cólquide

no se asombraron como vosotros lo haréis,

cuando vieron a Jasón convertido en labrador.

La sed innata y perpetua

del reino en forma de Dios nos llevaba

veloces casi como veis el cielo.

Beatriz miraba arriba, y yo la miraba a ella;

y tal vez en el tiempo en que una flecha se posa

y vuela y se suelta de la cuerda,

me vi llegado donde una cosa maravillosa

atrajo mi vista hacia sí; y por eso aquella

a quien mi atención no podía estar oculta,

vuelta hacia mí, tan alegre como bella,

"Dirige tu mente agradecida a Dios", me dijo,

"que nos ha unido con la primera estrella".

Me parecía que una nube nos cubría

luminosa, espesa, sólida y pulida,

casi como un diamante que el sol hiriese.

Por dentro de sí la eterna perla

nos recibió, como el agua recibe

un rayo de luz permaneciendo unida.

Si yo era cuerpo, y aquí no se concibe

cómo una dimensión a otra toleró,

lo que debe ser si cuerpo en cuerpo penetra,

debería encendernos más el deseo

de ver aquella esencia en que se ve

cómo nuestra naturaleza y Dios se unieron.

Allí se verá lo que tenemos por fe,

no demostrado, sino que será evidente por sí mismo

como la primera verdad que el hombre cree.

Yo respondí: "Señora mía, tan devoto

como puedo ser más, le doy gracias a aquel

que me ha alejado del mundo mortal.

Pero dime: ¿qué son las manchas oscuras

de este cuerpo, que allá abajo en la tierra

hacen que otros fabulen sobre Caín?".

Ella sonrió un poco, y luego "Si yerra

la opinión", me dijo, "de los mortales

donde llave de sentido no abre,

ciertamente no deberían picarte las flechas

de la admiración ya, pues tras los sentidos

ves que la razón tiene cortas las alas.

Pero dime lo que tú por ti mismo piensas".

Y yo: "Lo que nos aparece aquí arriba diverso

creo que lo hacen los cuerpos raros y densos".

Y ella: "Ciertamente verás muy hundida

en lo falso tu creencia, si bien escuchas

el argumento que le haré en contra.

La octava esfera os muestra muchas

luces, las cuales en el qué y en el cuánto

pueden notarse de diversos aspectos.

Si lo raro y denso hicieran tanto,

una sola virtud estaría en todas,

más y menos distribuida e igualmente.

Virtudes diversas deben ser frutos

de principios formales, y aquellos, excepto uno,

seguirían según tu razón destruidos.

Además, si lo raro fuese de aquella oscuridad

la causa que tú preguntas, o de parte a parte

estaría este planeta tan falto de su materia,

o, así como reparte

lo graso y lo magro un cuerpo, así este

en su volumen cambiaría páginas.

Si fuese lo primero, sería manifiesto

en el eclipse del sol, por transparentarse

la luz como en otra cosa rara insertada.

Esto no es: así que hay que ver

lo otro; y si sucede que yo lo otro refute,

falsificado será tu parecer.

Si es que esto raro no traspasa,

debe haber un término desde donde

su contrario no deje pasar más;

y desde allí el rayo ajeno se refleja

así como el color vuelve por el vidrio

que detrás de sí esconde plomo.

Ahora dirás tú que se muestra oscuro

allí el rayo más que en otras partes,

por ser allí refractado más hacia atrás.

De esta objeción puede liberarte

la experiencia, si alguna vez la pruebas,

que suele ser fuente de los ríos de vuestras artes.

Tres espejos tomarás; y dos alejas

de ti del mismo modo, y el otro, más alejado,

entre ambos primeros tus ojos lo encuentren.

Vuelto a ellos, haz que a tu espalda

esté una luz que los tres espejos encienda

y vuelva a ti de todos rebotada.

Aunque en el cuánto tanto no se extienda

la vista más lejana, allí verás

cómo conviene que igualmente resplandezca.

Ahora, como a los golpes de los cálidos rayos

de la nieve queda desnudo el sujeto

y del color y del frío primeros,

así quedado a ti en el intelecto

quiero informar de luz tan vívida,

que te temblará en su aspecto.

Dentro del cielo de la divina paz

gira un cuerpo en cuya virtud

el ser de todo su contenido yace.

El cielo siguiente, que tiene tantas vistas,

ese ser lo reparte por diversas esencias,

de él distintas y por él contenidas.

Los otros giros por varias diferencias

las distinciones que dentro de sí tienen

disponen a sus fines y sus semillas.

Estos órganos del mundo así van,

como tú ves ya, de grado en grado,

que de arriba reciben y abajo hacen.

Mira bien ahora cómo yo voy

por este lugar al verdadero que deseas,

para que luego sepas solo mantener el vado.

El movimiento y la virtud de los santos giros,

como del herrero el arte del martillo,

de los motores benditos debe espirar;

y el cielo al que tantas luces hacen bello,

de la mente profunda que lo hace girar

toma la imagen y se hace sello.

Y como el alma dentro de vuestra carne

por diferentes miembros y conformados

a diversas potencias se despliega,

así la inteligencia su bondad

multiplicada por las estrellas despliega,

girando sobre su unidad.

Virtud diversa hace diversa aleación

con el precioso cuerpo que ella aviva,

en el cual, así como vida en vosotros, se liga.

Por la naturaleza alegre de donde deriva,

la virtud mezclada por el cuerpo luce

como alegría por pupila viva.

De ella viene lo que de luz a luz

parece diferente, no de denso y raro;

ella es el principio formal que produce,

conforme a su bondad, lo turbio y lo claro".

Canto3

Aquel sol que antes calentó mi pecho de amor,

me había descubierto, de la bella verdad,

probando y refutando, el dulce aspecto;

y yo, para confesarme corregido y cierto

a mí mismo, tanto cuanto convenía,

levanté la cabeza para hablar más erguido;

pero apareció una visión que me retuvo

tan pegado a sí, por verla,

que de mi confesión no me acordé.

Como a través de vidrios transparentes y limpios,

o bien por aguas nítidas y tranquilas,

no tan profundas que se pierda el fondo,

vuelven de nuestros rostros los reflejos

tan débiles, que una perla en frente blanca

no llega menos fuerte a nuestras pupilas;

así vi yo varios rostros dispuestos a hablar;

por lo cual caí en el error contrario

al que encendió amor entre el hombre y la fuente.

En cuanto me di cuenta de ellos,

creyendo que eran semblantes reflejados,

para ver de quiénes eran, volví los ojos;

y no vi nada, y los volví de nuevo

directos a la luz de mi dulce guía,

que, sonriendo, ardía en sus ojos santos.

"No te maravilles de que yo sonría",

me dijo, "ante tu pensamiento infantil,

pues sobre la verdad aún no apoya el pie,

sino que te vuelve, como suele, al vacío:

verdaderas sustancias son lo que ves,

relegadas aquí por falta de voto cumplido.

Por eso habla con ellas y escucha y cree;

porque la luz verdadera que las sacia

no las deja apartar de sí sus pies".

Y yo, hacia la sombra que parecía más ansiosa

de conversar, me dirigí, y comencé,

casi como alguien a quien excesiva ansia turba:

"Oh espíritu bien creado, que a los rayos

de vida eterna sientes la dulzura

que, sin gustarla, nunca se entiende,

me será grato si me contentas

con tu nombre y vuestra suerte".

Y ella, pronta y con ojos sonrientes:

"Nuestra caridad no cierra puertas

a justa voluntad, igual que aquella

que quiere semejante a sí toda su corte.

Yo fui en el mundo virgen consagrada;

y si tu mente bien se mira,

no te ocultará el ser yo más bella,

sino que reconocerás que soy Piccarda,

que, puesta aquí con estos otros beatos,

soy beata en la esfera más lenta.

Nuestros afectos, que solo se inflaman

en el placer del Espíritu Santo,

se alegran formados en su orden.

Y esta suerte que parece tan baja,

por eso nos es dada, porque fueron descuidados

nuestros votos, y vacíos en algún aspecto".

Y yo a ella: "En vuestros aspectos admirables

resplandece no sé qué divino

que os transforma de los primeros conceptos:

por eso no fui rápido en recordar;

pero ahora me ayuda lo que me dices,

así que reconocerte me es más claro.

Pero dime: vosotros que estáis aquí felices,

¿deseáis un lugar más alto

para ver más y haceros más amigos?".

Con aquellas otras sombras primero sonrió un poco;

luego me respondió tan alegre,

que parecía arder de amor en el primer fuego:

"Hermano, nuestra voluntad la aquieta

la virtud de caridad, que hace que queramos

solo lo que tenemos, y de otra cosa no nos da sed.

Si deseáramos ser más arriba,

serían discordes nuestros deseos

con el querer de aquel que aquí nos dispone;

lo que verás que no cabe en estos giros,

si estar en caridad es aquí necesario,

y si su naturaleza bien contemplas.

Antes bien es esencial a este ser beato

mantenerse dentro de la voluntad divina,

por lo que se hacen una nuestras voluntades mismas;

así que, como estamos de umbral en umbral

por este reino, a todo el reino place

como al rey que en su querer nos hace querer.

Y en su voluntad está nuestra paz:

ella es aquel mar al cual todo se mueve,

lo que ella crea o que la naturaleza hace".

Claro me fue entonces cómo en cada lugar

en el cielo es paraíso, aunque la gracia

del sumo bien no llueve de un modo igual.

Pero así como sucede, si un alimento sacia

y de otro queda aún el apetito,

que de aquel se pide y de este se da gracias,

así hice yo con gesto y con palabra,

para aprender de ella cuál fue la tela

de donde no llevó hasta el cabo la lanzadera.

"Vida perfecta y alto mérito lleva al cielo

a una dama más arriba", me dijo, "según cuya norma

en vuestro mundo abajo se visten y velan,

para que hasta morir se vele y duerma

con aquel esposo que todo voto acepta

que caridad a su placer conforma.

Del mundo, para seguirla, muy joven

huí, y en su hábito me encerré

y prometí el camino de su orden.

Hombres luego, más acostumbrados al mal que al bien,

me arrebataron del dulce claustro:

Dios sabe cuál fue después mi vida.

Y este otro esplendor que se te muestra

a mi derecha y que se enciende

con toda la luz de nuestra esfera,

lo que yo digo de mí, de sí lo entiende;

fue hermana, y así le fue quitada

de la cabeza la sombra de las vendas sagradas.

Pero cuando al mundo fue devuelta

contra su voluntad y contra buena costumbre,

nunca se despojó del velo del corazón.

Esta es la luz de la gran Constanza

que del segundo viento de Suabia

engendró el tercero y último poder".

Así me habló, y luego comenzó 'Ave,

María' cantando, y cantando se desvaneció

como por agua oscura cosa pesada.

Mi vista, que tanto la siguió

cuanto fue posible, después que la perdió,

se volvió hacia el objeto de mayor deseo,

y a Beatriz toda se dirigió;

pero ella relumbró en mi mirada

de tal modo que al principio la vista no lo soportó;

y esto me hizo preguntar más tarde.

Canto4

Entre dos platos equidistantes y que se movieran

del mismo modo, antes moriría de hambre

que un hombre libre llevara uno a los dientes;

así se quedaría un cordero entre dos fauces

de lobos feroces, temiendo por igual;

así se quedaría un perro entre dos gamas:

por eso, si callaba, no me reprocho,

empujado de igual modo por mis dudas,

ya que era necesario, ni me alabo.

Yo callaba, pero mi deseo pintado

estaba en mi rostro, y la pregunta con él,

mucho más ardiente que en palabras claras.

Hizo Beatriz como hizo Daniel,

librando a Nabucodonosor de la ira

que lo había vuelto injustamente cruel;

y dijo: "Veo bien cómo te arrastra

un deseo y otro, de modo que tu inquietud

se ata a sí misma y no puede salir.

Tú razonas: 'Si la buena voluntad perdura,

la violencia ajena por qué razón

me reduce la medida del mérito'.

Aún te da motivo de dudar

que parezcan volver las almas a las estrellas,

según la sentencia de Platón.

Estas son las cuestiones que en tu querer

pesan por igual; y por eso primero

trataré la que más tiene de hiel.

De los Serafines el que más se endiosa,

Moisés, Samuel, y ese Juan

que quieras tomar, digo, no María,

no tienen en otro cielo sus escaños

que estos espíritus que ahora se te aparecieron,

ni tienen para su ser más o menos años;

sino que todos embellecen el primer giro,

y diferentemente tienen dulce vida

por sentir más o menos el eterno soplo.

Aquí se mostraron, no porque asignada

sea esta esfera a ellos, sino para dar señal

de la celestial que menos ha subido.

Así conviene hablar a vuestro ingenio,

porque solo de lo sensible aprehende

lo que luego hace digno del intelecto.

Por esto la Escritura condescende

a vuestra facultad, y pies y mano

atribuye a Dios y otra cosa entiende;

y la Santa Iglesia con aspecto humano

a Gabriel y Miguel os representa,

y al otro que a Tobías devolvió sano.

Lo que Timeo de las almas argumenta

no es semejante a lo que aquí se ve,

porque, según dice, parece que lo siente.

Dice que el alma vuelve a su estrella,

creyendo que de allí fue separada

cuando la naturaleza por forma la dio;

y quizá su sentencia es de otra manera

que la voz no suena, y puede ser

con intención de no ser despreciada.

Si él entiende volver a estas ruedas

el honor de la influencia y la culpa, quizá

en alguna verdad su arco da.

Este principio, mal entendido, torció

casi al mundo entero, de modo que a Júpiter,

Mercurio y Marte se desbocó a nombrar.

La otra duda que te conmueve

tiene menos veneno, porque su malicia

no te podría llevar de mí a otro sitio.

Parecer injusta nuestra justicia

a los ojos de los mortales, es argumento

de fe y no de herética maldad.

Pero ya que vuestro entendimiento puede

bien penetrar en esta verdad,

como deseas, te dejaré contento.

Si violencia es cuando el que la padece

en nada contribuye al que la fuerza,

no quedaron estas almas por ella excusadas:

porque la voluntad, si no quiere, no se apaga,

sino que hace como la naturaleza hace en el fuego,

aunque mil veces la violencia lo tuerza.

Por eso, si se pliega mucho o poco,

sigue la fuerza; y así estas hicieron

pudiendo refugiarse en el santo lugar.

Si hubiera sido su querer entero,

como sostuvo Lorenzo sobre la parrilla,

e hizo Mucio severo con su mano,

así las habría empujado de vuelta por el camino

de donde fueron sacadas, tan pronto como soltadas;

pero una voluntad tan firme es demasiado rara.

Y por estas palabras, si las has recogido

como debes, queda anulado el argumento

que te habría dado molestia aún más veces.

Pero ahora se atraviesa otro paso

delante de tus ojos, tal que por ti mismo

no saldrías: antes estarías exhausto.

Yo te he puesto cierto en la mente

que un alma beata no podría mentir,

porque está siempre junto a la primera verdad;

y luego pudiste oír de Piccarda

que el afecto del velo Constanza conservó;

de modo que ella parece aquí contradecirme.

Muchas veces ya, hermano, sucedió

que, por huir del peligro, contra agrado

se hizo lo que no convenía hacer;

como Alcmeón, que, rogado de ello

por su padre, a su propia madre mató,

por no perder piedad se hizo despiadado.

En este punto quiero que pienses

que la fuerza se mezcla con el querer, y hacen

que no se puedan excusar las ofensas.

Voluntad absoluta no consiente el daño;

pero consiente en tanto en cuanto teme,

si se retrae, caer en mayor aflicción.

Por eso, cuando Piccarda exprime aquello,

de la voluntad absoluta entiende, y yo

de la otra; así que ambas decimos verdad".

Tal fue el ondear del santo río

que salió de la fuente de donde toda verdad deriva;

tal puso en paz uno y otro deseo.

"Oh amada del primer amante, oh divina",

dije después, "cuyo hablar me inunda

y calienta tanto, que más y más me aviva,

no es mi afecto tan profundo

que baste para devolverte gracia por gracia;

mas aquel que ve y puede a ello responda.

Veo bien que jamás se sacia

nuestro intelecto, si la verdad no lo ilumina

fuera de la cual ninguna verdad se extiende.

Reposa en ella, como fiera en guarida,

tan pronto como la ha alcanzado; y puede alcanzarla:

si no, cada deseo sería vano.

Nace por ello, a modo de retoño,

al pie de la verdad la duda; y es naturaleza

que nos empuja a la cima de cima en cima.

Esto me invita, esto me asegura

con reverencia, señora, a preguntarte

sobre otra verdad que me es oscura.

Quiero saber si el hombre puede satisfaceros

por los votos rotos con otros bienes,

que en vuestra balanza no sean pequeños".

Beatriz me miró con los ojos llenos

de centellas de amor tan divinos,

que, vencida, mi fuerza dio las riendas,

y casi me perdí con los ojos bajos.

Canto5

"Si te llamo con fuego en el calor del amor

más allá de lo que en la tierra se ve,

hasta vencer la fuerza de tu mirada,

no te asombres, porque esto procede

de la visión perfecta, que al comprender

mueve el pie hacia el bien comprendido.

Yo veo bien cómo ya resplandece

en tu intelecto la luz eterna,

que al ser vista, sola y siempre enciende amor;

y si alguna otra cosa seduce vuestro amor,

no es sino algún vestigio de ella,

mal conocido, que allí transluce.

Quieres saber si con otro servicio,

por un voto incumplido, se puede compensar tanto

que el alma se libre del litigio".

Así comenzó Beatriz este canto;

y como quien no interrumpe su hablar,

continuó así el discurso santo:

"El mayor don que Dios por su generosidad

hizo al crear, y el más conforme

a su bondad, y el que más aprecia,

fue la libertad de la voluntad;

de la cual las criaturas inteligentes,

todas y sólo ellas, fueron y son dotadas.

Ahora te parecerá, si desde aquí razonas,

el alto valor del voto, si es de tal modo

que Dios consiente cuando tú consientes;

pues al sellar el pacto entre Dios y el hombre,

se hace víctima este tesoro,

tal como digo; y se hace con su propio acto.

¿Qué se puede dar entonces como compensación?

Si crees usar bien lo que has ofrecido,

quieres hacer buena obra con lo mal habido.

Ya estás seguro del punto principal;

pero como la Santa Iglesia en esto dispensa,

lo que parece contrario a la verdad que te he revelado,

conviene que te sientes todavía un poco a la mesa,

porque el alimento duro que has tomado

requiere aún ayuda para tu digestión.

Abre la mente a lo que te revelo

y fíjalo dentro; pues no hay ciencia

sin retener lo que se ha entendido.

Dos cosas conforman la esencia

de este sacrificio: una es aquello

de lo que se hace; la otra es el compromiso.

Este último nunca se cancela

a menos que se cumpla; y acerca de él

tan precisamente arriba se habló:

por eso fue necesario para los hebreos

hacer la ofrenda, aunque alguna ofrenda

pudiera permutarse, como debes saber.

La otra, que te es clara como materia,

puede ser tal que no hay falta

si se cambia por otra materia.

Pero nadie puede trasmutar la carga de su espalda

por propia decisión, sin el giro

de la llave blanca y la amarilla;

y considera necia toda permuta

si la cosa dejada no está contenida en la asumida

como el cuatro está contenido en el seis.

Por tanto, cualquier cosa que pese tanto

por su valor que incline toda balanza,

no se puede satisfacer con otro pago.

No tomen los mortales el voto a broma;

sed fieles, y al hacerlo no seáis torcidos,

como Jefté con su primera ofrenda;

a quien más le convenía decir 'Hice mal',

que cumpliendo hacer algo peor; y tan necio

puedes hallar al gran jefe de los griegos,

por lo que Ifigenia lloró su bello rostro,

e hizo llorar por ella a necios y sabios

que oyeron hablar de tal culto.

Sed, cristianos, más graves al moveros:

no seáis como pluma al viento,

y no creáis que cualquier agua os lave.

Tenéis el Nuevo y el Viejo Testamento,

y el pastor de la Iglesia que os guía;

esto os baste para vuestra salvación.

Si la mala codicia os grita otra cosa,

sed hombres, y no ovejas locas,

para que el judío entre vosotros no se ría de vosotros!

No hagáis como el cordero que deja la leche

de su madre, y simple y caprichoso

lucha consigo mismo a su placer!".

Así me habló Beatriz como yo escribo;

luego se volvió toda anhelante

hacia aquella parte donde el mundo está más vivo.

Su silencio y el cambio de semblante

pusieron silencio a mi ingenio ávido,

que ya tenía nuevas preguntas por delante;

y como saeta que en el blanco

impacta antes de que la cuerda esté quieta,

así corrimos al segundo reino.

Allí vi a mi señora tan alegre,

cuando entró en la luz de aquel cielo,

que más luminoso se hizo el planeta.

Y si la estrella se transformó y sonrió,

¡qué me pasó a mí que por mi naturaleza

soy transmutable de todas las maneras!

Como en una pecera que está tranquila y pura

acuden los peces hacia lo que viene de fuera

de modo que lo consideran su alimento,

así vi yo más de mil esplendores

acercarse hacia nosotros, y en cada uno se oía:

"He aquí quien aumentará nuestros amores".

Y así como cada uno venía hacia nosotros,

se veía la sombra llena de alegría

en el fulgor claro que de ella salía.

Piensa, lector, si lo que aquí empieza

no prosiguiera, cómo tendrías

angustiosa ansia de saber más;

y por ti verás cómo de estos

yo estaba deseoso de oír sus condiciones,

tan pronto como a los ojos me fueron manifiestos.

"Oh bien nacido, a quien ver los tronos

del triunfo eterno concede la gracia

antes de que abandones la milicia,

de la luz que por todo el cielo se expande

estamos encendidos; y por eso, si deseas

aclararte sobre nosotros, sáciate a tu placer".

Así me fue dicho por uno de aquellos espíritus piadosos;

y Beatriz dijo: "Habla, habla

con confianza, y cree como si fueran dioses".

"Veo bien cómo te anidas

en tu propia luz, y que la sacas de los ojos,

porque centellea cuando sonríes;

pero no sé quién eres, ni por qué tienes,

alma digna, el grado de la esfera

que se vela a los mortales con rayos ajenos".

Esto dije dirigido a la lumbre

que antes me había hablado; y ella se hizo

mucho más resplandeciente de lo que era.

Como el sol que se oculta a sí mismo

por demasiada luz, cuando el calor ha consumido

el temple de los vapores densos,

por mayor alegría así se me ocultó

dentro de su rayo la figura santa;

y así encerrada encerrada me respondió

del modo que el canto siguiente canta.

Canto6

«Después de que Constantino volvió el águila

contra el curso del cielo que ella siguió

detrás del antiguo que tomó a Lavinia,

cien y cien años y más el ave de Dios

se mantuvo en el extremo de Europa,

cerca de los montes de donde primero salió;

y bajo la sombra de las sagradas plumas

gobernó el mundo allí de mano en mano,

y, así cambiando, llegó hasta la mía.

César fui y soy Justiniano,

que, por voluntad del primer amor que siento,

saqué de entre las leyes lo superfluo y lo vano.

Y antes de que yo me aplicara a la obra,

creía que en Cristo había una naturaleza, no más,

y de tal fe estaba contento;

pero el bendito Agapito, que fue

sumo pastor, hacia la fe sincera

me enderezó con sus palabras.

Le creí; y lo que en su fe había,

lo veo yo ahora tan claro, como tú ves

toda contradicción tanto falsa como verdadera.

Tan pronto como moví los pasos con la Iglesia,

plugo a Dios por gracia inspirarme

el alto trabajo, y me entregué del todo a él;

y a mi Belisario encomendé las armas,

a quien la diestra del cielo estuvo tan unida,

que fue señal de que yo debía reposar.

Ahora aquí se dirige mi respuesta

a la primera pregunta; pero su condición

me obliga a seguir con algún añadido,

para que veas con cuánta razón

se mueve contra el sacrosanto signo

tanto quien se lo apropia como quien se le opone.

Mira cuánta virtud lo ha hecho digno

de reverencia; y comenzó desde la hora

en que Palante murió para darle reino.

Sabes que hizo su morada en Alba

por trescientos años y más, hasta el momento

en que los tres contra los tres pelearon por él todavía.

Y sabes que hizo desde el mal de las Sabinas

hasta el dolor de Lucrecia en siete reyes,

venciendo alrededor a las gentes vecinas.

Sabes lo que hizo llevado por los egregios

romanos contra Breno, contra Pirro,

contra los otros príncipes y alianzas;

de donde Torcuato y Quincio, que por el rizo

descuidado fue nombrado, los Decios y los Fabios

tuvieron la fama que de buena gana celebro.

Él derribó el orgullo de los árabes

que detrás de Aníbal pasaron

las rocas alpestres, Po, de donde tú fluyes.

Bajo él triunfaron jóvenes

Escipión y Pompeyo; y a aquel monte

bajo el cual tú naciste le pareció amargo.

Luego, cerca del tiempo en que todo el cielo quiso

reducir el mundo a su modo sereno,

César por voluntad de Roma lo toma.

Y lo que hizo desde el Var hasta el Rin,

lo vio el Isère y el Arar y lo vio el Sena

y todo valle del que el Ródano está lleno.

Lo que hizo después de que salió de Rávena

y saltó el Rubicón, fue de tal vuelo,

que no lo seguiría lengua ni pluma.

Hacia España volvió la hueste,

luego hacia Durazzo, y golpeó Farsalia

tan fuerte que en el Nilo cálido se sintió el dolor.

Antandro y Simois, de donde partió,

volvió a ver y allá donde Héctor yace;

y mal para Tolomeo luego se sacudió.

De allí descendió fulminando sobre Juba;

de donde se volvió hacia vuestro occidente,

donde oía la tuba pompeyana.

De lo que hizo con el portador siguiente,

Bruto con Casio ladra en el infierno,

y Módena y Perugia estuvieron dolientes.

Aún llora por ello la triste Cleopatra,

que, huyendo delante de él, de la serpiente

tomó la muerte súbita y negra.

Con este corrió hasta el mar Rojo;

con este puso el mundo en tanta paz,

que fue cerrado a Jano su templo.

Pero lo que el signo del que me hace hablar

había hecho antes y luego había de hacer

por el reino mortal que a él está sujeto,

se vuelve en apariencia poco y oscuro,

si se mira en mano del tercer César

con ojo claro y con afecto puro;

pues la viva justicia que me inspira,

le concedió, en mano de aquel del que hablo,

gloria de hacer venganza a su ira.

Ahora aquí admírate en lo que te replico:

luego con Tito corrió a hacer venganza

de la venganza del pecado antiguo.

Y cuando el diente longobardo mordió

a la Santa Iglesia, bajo sus alas

Carlomagno, venciendo, la socorrió.

Ya puedes juzgar de aquellos tales

que yo acusé más arriba y de sus faltas,

que son causa de todos vuestros males.

El uno opone al signo público los lirios amarillos,

y el otro se apropia ese para un partido,

de modo que es difícil ver quién más yerra.

Hagan los gibelinos, hagan su arte

bajo otro signo, pues mal sigue ese

siempre quien la justicia y él separa;

y no lo abata este Carlos nuevo

con sus güelfos, sino que tema de las garras

que a más alto león arrancaron el vello.

Muchas veces ya lloraron los hijos

por la culpa del padre, y que no crea

que Dios cambia las armas por sus lirios!

Esta pequeña estrella se adorna

de los buenos espíritus que fueron activos

para que honor y fama los sucediera:

y cuando los deseos se elevan allí,

desviándose así, es preciso que los rayos

del verdadero amor suban menos vivos.

Mas en el conmensurar nuestros salarios

con el mérito está parte de nuestra alegría,

porque no los vemos ni menores ni mayores.

Por eso endulza la viva justicia

en nosotros el afecto de tal modo, que nunca puede

torcerse jamás hacia ninguna maldad.

Diversas voces hacen dulces notas;

así diversos escaños en nuestra vida

dan dulce armonía entre estas ruedas.

Y dentro de la presente perla

brilla la luz de Romeo, cuya

obra grande y hermosa fue mal agradecida.

Pero los provenzales que actuaron contra él

no se han reído; y por eso mal camina

quien se hace daño del bien hacer ajeno.

Cuatro hijas tuvo, y cada una reina,

Ramón Berenguer, y esto le hizo

Romeo, persona humilde y peregrina.

Y luego lo movieron las palabras torcidas

a pedir cuentas a este justo,

que le asignó siete y cinco por diez,

y luego partió pobre y viejo;

y si el mundo supiera el corazón que tuvo

mendigando su vida trozo a trozo,

mucho lo alaba, y más lo alabaría».

Canto7

«Hosanna, santo Dios de los ejércitos,

que iluminas desde arriba con tu claridad

los fuegos felices de estos reinos!».

Así, girando al compás de su melodía,

vi cantar a esa sustancia

sobre la cual se reúne doble luz;

y ella y las otras se pusieron a danzar,

y como chispas velocísimas

se me velaron con súbita distancia.

Yo dudaba y decía «dile, dile»

dentro de mí, «dile» decía, «a mi señora

que me apaga la sed con sus dulces gotas».

Pero aquella reverencia que se apodera

de todo mi ser, solo por Be y por ice,

me inclinaba como el hombre que se adormece.

Poco me soportó así Beatriz

y comenzó, irradiándome una sonrisa

tal, que en el fuego haría feliz al hombre:

«Según mi infalible juicio,

cómo una justa venganza justamente

fue castigada, te ha puesto a pensar;

pero yo te aclararé pronto la mente;

y tú escucha, porque mis palabras

te harán presente un gran sentido.

Por no soportar a la voluntad que quiere

freno para su provecho, aquel hombre que no nació,

condenándose a sí, condenó a toda su descendencia;

de modo que la especie humana yació enferma

abajo durante muchos siglos en gran error,

hasta que al Verbo de Dios le plugo descender

donde la naturaleza, que de su hacedor

se había alejado, unió a sí en persona

con el solo acto de su eterno amor.

Ahora dirige la vista a lo que ahora se razona:

esta naturaleza unida a su hacedor,

tal como fue creada, fue sincera y buena;

pero por sí misma fue desterrada

del paraíso, porque se apartó

del camino de verdad y de su vida.

La pena pues que la cruz ofreció

si se mide por la naturaleza asumida,

ninguna jamás picó tan justamente;

y así ninguna fue de tanta injuria,

mirando a la persona que sufrió,

en quien estaba contenida tal naturaleza.

Por eso de un acto salieron cosas diversas:

que a Dios y a los judíos agradó una muerte;

por ella tembló la tierra y el cielo se abrió.

No debe ya parecerte más difícil,

cuando se dice que justa venganza

después fue vengada por justa corte.

Pero veo ahora tu mente atrapada

de pensamiento en pensamiento dentro de un nudo,

del cual con gran deseo espera soltarse.

Tú dices: "Bien discierno lo que oigo;

pero por qué Dios quiso, se me oculta,

para nuestra redención solo este modo".

Este decreto, hermano, está sepultado

a los ojos de cualquiera cuyo ingenio

en la llama de amor no ha madurado.

En verdad, porque hacia este blanco

mucho se mira y poco se discierne,

diré por qué tal modo fue más digno.

La divina bondad, que de sí desecha

toda envidia, ardiendo en sí, centellea

de modo que despliega las bellezas eternas.

Lo que de ella sin intermediario destila

no tiene después fin, porque no se mueve

su impronta cuando ella sella.

Lo que de ella sin intermediario llueve

es todo libre, porque no está sujeto

al poder de las cosas nuevas.

Más se le asemeja, y por eso más le place;

porque el ardor santo que todo irradia,

en lo más semejante es más vivaz.

De todos estos dones se beneficia

la criatura humana, y si uno falta,

de su nobleza conviene que caiga.

Solo el pecado es lo que la priva

y la hace desemejante al sumo bien,

por lo que de su luz poco se blanquea;

y a su dignidad nunca vuelve,

si no llena, donde la culpa vació,

contra el mal deleite con justas penas.

Vuestra naturaleza, cuando pecó entera

en su semilla, de estas dignidades,

como del paraíso, fue alejada;

ni podía recobrarlas, si miras

bien sutilmente, por ningún camino,

sin pasar por uno de estos vados:

o que Dios solo por su cortesía

hubiese perdonado, o que el hombre por sí mismo

hubiese satisfecho su locura.

Clava ahora el ojo dentro del abismo

del eterno consejo, cuanto puedas

a mi palabra estrechamente fijo.

No podía el hombre en sus límites

jamás satisfacer, por no poder ir abajo

con humildad obedeciendo después,

cuanto desobedeciendo pretendió ir arriba;

y esta es la razón por la que el hombre fue

de poder satisfacer por sí excluido.

Entonces a Dios convenía con sus vías

reparar al hombre a su vida entera,

digo con una, o bien con ambas.

Pero porque la obra es tanto más grata

al operante, cuanto más presenta

de la bondad del corazón de donde ha salido,

la divina bondad que imprime el mundo,

de proceder por todas sus vías,

para levantaros arriba, estuvo contenta.

Ni entre la última noche y el primer día

tan alto o tan magnífico proceso,

o por una o por otra, fue o será:

porque más generoso fue Dios al darse a sí mismo

para hacer al hombre suficiente para levantarse,

que si él hubiese solo perdonado;

y todos los otros modos eran escasos

para la justicia, si el Hijo de Dios

no se hubiese humillado a encarnarse.

Ahora para llenarte bien todo deseo,

vuelvo a aclararte en algún punto,

para que veas allí así como yo.

Tú dices: "Veo el agua, veo el fuego,

el aire y la tierra y todas sus mezclas

venir a corrupción, y durar poco;

y estas cosas fueron también criaturas;

por lo que, si lo que he dicho ha sido verdad,

deberían estar de corrupción seguras".

Los ángeles, hermano, y el país puro

en el cual estás, se pueden decir creados,

así como son, en su ser íntegro;

pero los elementos que has nombrado

y aquellas cosas que de ellos se hacen

por virtud creada están informados.

Creada fue la materia que ellos tienen;

creada fue la virtud informante

en estas estrellas que en torno a ellos giran.

El alma de todo bruto y de las plantas

de la complexión potenciada atrae

el rayo y el movimiento de las luces santas;

pero vuestra vida sin intermediario inspira

la suma benignidad, y la enamora

de sí de modo que después siempre la desea.

Y de aquí puedes argumentar todavía

vuestra resurrección, si recuerdas

cómo la carne humana se hizo entonces

que los primeros padres ambos se hicieron».

Canto8

Solía creer el mundo en su peligro

que la bella Ciprina el loco amor

irradiaba, vuelta en el tercer epiciclo;

por lo que no solo a ella hacían honor

con sacrificios y con votos de súplica

las gentes antiguas en su antiguo error;

sino que honraban a Dione y a Cupido,

a aquella como su madre, a este como su hijo,

y decían que él se sentó en el regazo de Dido;

y de esta de quien yo tomo el principio

tomaban el nombre de la estrella

que el sol corteja ora desde la nuca ora desde la frente.

No me di cuenta de subir a ella;

pero de estar dentro me dio bastante prueba

mi señora que vi hacerse más bella.

Y como en la llama se ve la chispa,

y como en voz voz se distingue,

cuando una es firme y otra va y vuelve,

vi yo en esa luz otras lámparas

moverse en círculo más y menos veloces,

según el modo, creo, de sus visiones internas.

De fría nube no bajaron vientos,

ni visibles ni no, tan veloces,

que no parecieran impedidos y lentos

a quien hubiera visto aquellas luces divinas

venir hacia nosotros, dejando el giro

antes comenzado en los altos Serafines;

y dentro de aquellas que más adelante aparecieron

sonaba «Hosanna» de tal modo, que nunca después

estuve sin deseo de volver a oírlo.

Luego se acercó una más a nosotros

y sola comenzó: «Todos estamos prestos

a tu placer, para que de nosotros te goces.

Nosotros giramos con los príncipes celestes

de un giro y de un girar y de una sed,

a los cuales tú desde el mundo ya dijiste:

"Vosotros que entendiendo el tercer cielo movéis";

y estamos tan llenos de amor, que, por complacerte,

no será menos dulce un poco de quietud».

Después que mis ojos se ofrecieron

a mi señora reverentes, y ella

los había hecho de sí contentos y seguros,

se volvieron hacia la luz que tanto

se había prometido, y «Dime, ¿quién eres?» fue

mi voz marcada por gran afecto.

Y cuánta y cuál la vi hacerse más grande

por nueva alegría que se acrecentó,

cuando hablé, a sus alegrías.

Así hecha, me dijo: «El mundo me tuvo

abajo poco tiempo; y si más hubiera estado,

mucho mal habrá que no habría sido.

Mi gozo me te tiene oculto

que me irradia alrededor y me esconde

como animal de su seda envuelto.

Mucho me amaste, y tuviste buena razón;

que si yo hubiera estado abajo, te habría mostrado

de mi amor más allá que las hojas.

Aquella orilla izquierda que se baña

del Ródano después que se mezcla con el Sorga,

por su señor a tiempo me esperaba,

y aquel cuerno de Ausonia que se puebla

de Bari y de Gaeta y de Catona,

de donde el Tronto y el Verde al mar desembocan.

Fulgía ya en mi frente la corona

de aquella tierra que el Danubio riega

después que las riberas alemanas abandona.

Y la bella Trinacria, que se oscurece

entre Paquino y Peloro, sobre el golfo

que recibe del Euro mayor daño,

no por Tifeo sino por azufre naciente,

habría esperado a sus reyes todavía,

nacidos por mí de Carlos y de Rodolfo,

si mala señoría, que siempre aflige

a los pueblos sujetos, no hubiera

movido a Palermo a gritar: "¡Muera, muera!".

Y si mi hermano esto previera,

la avara pobreza de Cataluña

ya huiría, para que no le ofendiera;

pues verdaderamente es necesario proveer

por él, o por otro, para que a su barca

cargada no se ponga más carga.

Su naturaleza, que de generosa a tacaña

descendió, necesitaría de tal milicia

que no se preocupara de meter en el arca».

«Porque creo que la alta alegría

que tu hablar me infunde, señor mío,

allí donde todo bien termina y se inicia,

por ti se ve como la veo yo,

me es más grata; y también esto tengo por caro

porque lo disciernes mirando en Dios.

Me has hecho feliz, y así me aclara,

pues, hablando, a dudar me has movido

cómo puede ser, de dulce semilla, amargo».

Esto yo a él; y él a mí: «Si puedo

mostrarte una verdad, a lo que tú preguntas

tendrás el rostro como tienes la espalda.

El bien que todo el reino que tú subes

mueve y contenta, hace ser virtud

su providencia en estos cuerpos grandes.

Y no solo las naturalezas previstas

están en la mente que es por sí perfecta,

sino ellas junto con su salvación:

por lo que cuanto esta arco dispara

cae dispuesto a fin previsto,

así como cosa dirigida a su blanco.

Si esto no fuera, el cielo que tú recorres

produciría así sus efectos,

que no serían artes, sino ruinas;

y esto no puede ser, si las inteligencias

que mueven estas estrellas no están incompletas,

y menos aún la primera, que no las ha hecho perfectas.

¿Quieres que esta verdad más se te aclare?».

Y yo: «No; porque imposible veo

que la naturaleza, en lo que es necesario, se canse».

Por lo que él de nuevo: «Ahora di: ¿sería peor

para el hombre en la tierra, si no fuera ciudadano?».

«Sí», respondí yo; «y aquí razón no pido».

«¿Y puede él serlo, si abajo no se vive

diversamente por diversos oficios?

No, si vuestro maestro bien os escribe».

Así vino deduciendo hasta aquí;

luego concluyó: «Entonces ser diversas

conviene que de vuestros efectos sean las raíces:

por lo que uno nace Solón y otro Jerjes,

otro Melquisedec y otro aquel

que, volando por el aire, al hijo perdió.

La naturaleza circular, que es sello

a la cera mortal, hace bien su arte,

mas no distingue una de otra morada.

De aquí sucede que Esaú se aparta

por semilla de Jacob; y viene Quirino

de tan vil padre, que se atribuye a Marte.

Naturaleza engendrada su camino

haría siempre similar a los engendradores,

si no venciera el proveer divino.

Ahora lo que estaba detrás está delante:

mas para que sepas que de ti me gozo,

un corolario quiero que te envuelva.

Siempre naturaleza, si fortuna encuentra

discorde a sí, como toda otra semilla

fuera de su región, da mala prueba.

Y si el mundo allá abajo pusiera atención

al fundamento que naturaleza pone,

siguiéndolo, tendría buena la gente.

Pero vosotros torcéis a la religión

a tal que nació para ceñirse la espada,

y hacéis rey de tal que es para el sermón;

por lo que vuestra huella está fuera del camino».

Canto9

Después de que tu Carlos, bella Clemencia,

me hubo aclarado esto, me narró los engaños

que debería recibir su descendencia;

pero dijo: «Calla y deja pasar los años»;

así que no puedo decir sino que un llanto

justo vendrá después de vuestros daños.

Y ya la vida de aquella luz santa

se había vuelto al Sol que la llena

como aquel bien que basta para toda cosa.

¡Ah, almas engañadas y criaturas impías,

que de un bien tan grande apartáis los corazones,

dirigiendo hacia la vanidad vuestras sienes!

Y he aquí que otro de aquellos esplendores

se acercó a mí, y su voluntad de complacerme

manifestaba haciéndose más brillante por fuera.

Los ojos de Beatriz, que estaban fijos

sobre mí, como antes, con querido asentimiento

a mi deseo me dieron certeza.

«Ah, satisface pronto mi deseo,

espíritu dichoso», dije, «y dame prueba

de que puedo reflejar en ti lo que pienso».

Entonces la luz que aún me era desconocida,

desde su profundidad, donde antes cantaba,

prosiguió como quien se complace en hacer el bien:

«En aquella parte de la tierra depravada

italiana que se asienta entre Rialto

y las fuentes del Brenta y del Piave,

se alza una colina, y no sube muy alta,

de donde descendió en otro tiempo una antorcha

que hizo a la comarca un gran asalto.

De una misma raíz nacimos yo y ella:

Cunizza fui llamada, y aquí resplandezco

porque me venció la luz de esta estrella;

pero alegremente me perdono a mí misma

la causa de mi suerte, y no me molesta;

aunque quizá parezca duro a vuestro vulgo.

De esta joya reluciente y preciada

de nuestro cielo que más cerca está de mí,

quedó gran fama; y antes de que muera,

este año centenario todavía se quintuplicará:

mira si debe el hombre hacerse excelente,

para que una segunda vida deje la primera.

Y esto no piensa la turba presente

que encierran el Tagliamento y el Adigio,

ni aunque sea castigada se arrepiente;

pero pronto será que Padua en el pantano

cambiará el agua que baña Vicenza,

por ser las gentes crueles con el deber;

y donde el Sile y el Cagnano se juntan,

tal señorea y va con la cabeza alta,

que ya para atraparlo se teje la red.

Llorará Feltre todavía la falta

de su pastor impío, que será tan torpe

que por otra igual no se entró en Malta.

Demasiado grande sería la tina

que recibiera la sangre ferraresa,

y cansado quien la pesara onza por onza,

que donará este cura cortés

por mostrarse partidario; y tales dones

serán conformes al vivir del país.

Arriba hay espejos, vosotros los llamáis Tronos,

desde donde resplandece hacia nosotros Dios juzgante;

así que estas palabras nos parecen buenas».

Aquí calló; y me dio la impresión

de que se volvía hacia otra cosa, por la rueda

en que se puso como estaba antes.

La otra alegría, que ya me era conocida

como cosa preciada, se me hizo a la vista

como fino rubí balaje en que da el sol.

Por alegrarse allá arriba se adquiere fulgor,

como aquí la risa; pero abajo se oscurece

la sombra por fuera, como la mente está triste.

«Dios lo ve todo, y tu ver se adentra en él»,

dije yo, «espíritu dichoso, así que ningún

deseo de sí mismo puede serte oculto.

Entonces tu voz, que deleita al cielo

siempre con el canto de aquellos fuegos píos

que de seis alas se hacen la capucha,

¿por qué no satisface mis deseos?

Ya no esperaría yo tu pregunta,

si me adentrara en ti, como tú te adentras en mí».

«El mayor valle en que el agua se extiende»,

comenzaron entonces sus palabras,

«fuera de aquel mar que ciñe la tierra,

entre las orillas discordantes contra el sol

tanto se adentra, que hace meridiano

allí donde el horizonte antes solía hacerlo.

De aquel valle fui yo ribereño

entre el Ebro y el Magra, que por camino corto

separa lo genovés de lo toscano.

Casi al mismo ocaso y al mismo orto

se asienta Bugía y la tierra de donde fui,

que hizo del propio sangre tibio el puerto.

Folco me llamó aquella gente para quien

fue conocido mi nombre; y este cielo

se marca de mí, como yo me marqué de él;

pues no ardió más la hija de Belo,

ofendiendo a Siqueo y a Creúsa,

que yo, hasta que convino a mi edad;

ni aquella de Ródope que fue engañada

por Demofonte, ni Alcides

cuando a Yola tuvo encerrada en el corazón.

Pero aquí no nos arrepentimos, sino que reímos,

no de la culpa, que no vuelve a la mente,

sino del valor que ordenó y proveyó.

Aquí se contempla el arte que adorna

tanto afecto, y se discierne el bien

por el que el mundo de arriba gira el de abajo.

Pero para que lleves todas tus ansias llenas

que han nacido en esta esfera,

me conviene proceder todavía más.

Quieres saber quién está en esta lumbre

que aquí junto a mí así centellea

como rayo de sol en agua clara.

Ahora sabe que allí dentro se aquieta

Rahab; y a nuestra orden unida,

de ella en el grado supremo se sella.

Por este cielo, en que se proyecta la sombra

que vuestro mundo hace, antes que otra alma

del triunfo de Cristo fue asunta.

Bien convenía dejarla como palma

en algún cielo de la alta victoria

que se consiguió con una y otra palma,

porque ella favoreció la primera gloria

de Josué en la Tierra Santa,

que poco toca al papa la memoria.

Tu ciudad, que es plantación de aquel

que primero volvió las espaldas a su hacedor

y de quien tanto se llora la envidia,

produce y esparce la maldita flor

que ha desviado las ovejas y los corderos,

porque ha hecho lobo del pastor.

Por esto el Evangelio y los grandes doctores

son abandonados, y solo a las Decretales

se estudia, tanto que se ve en sus márgenes.

A esto atienden el papa y los cardenales;

no van sus pensamientos a Nazaret,

allí donde Gabriel abrió las alas.

Pero el Vaticano y las otras partes electas

de Roma que han sido cementerio

de la milicia que siguió a Pedro,

pronto quedarán libres del adulterio».

Canto10

Mirando a su Hijo con el Amor

que uno y otro eternamente exhalan,

el Poder primero e inefable

creó con tanto orden todo lo que gira

por la mente y por el espacio, que no puede

dejar de saborear su presencia quien lo contempla.

Alza entonces, lector, conmigo la vista

hacia las altas ruedas, directamente a esa parte

donde un movimiento choca con el otro;

y allí comienza a deleitarte en el arte

de ese maestro que dentro de sí la ama

tanto que nunca aparta de ella los ojos.

Mira cómo desde allí se ramifica

el círculo oblicuo que lleva los planetas,

para satisfacer al mundo que los llama.

Porque si su camino no fuera torcido,

mucha fuerza del cielo sería en vano

y casi todo poder aquí abajo quedaría muerto;

y si la desviación de la recta fuera

mayor o menor, faltaría mucho

al orden del mundo arriba y abajo.

Ahora quédate, lector, sobre tu banco,

pensando en lo que aquí se anticipa,

si quieres estar contento mucho antes que cansado.

Te he puesto la mesa: ahora aliméntate por ti mismo;

porque reclama toda mi atención

esa materia de la que me he hecho escriba.

El mayor ministro de la naturaleza,

que imprime en el mundo el valor del cielo

y con su luz nos mide el tiempo,

unido a esa parte que arriba se recuerda,

giraba por las espirales

en que cada vez más pronto se presenta;

y yo estaba con él; pero del ascenso

no me di cuenta, sino como uno se da cuenta,

antes del primer pensamiento, de su llegada.

Es Beatriz la que así conduce

de bien en mejor, tan súbitamente

que su acción no se extiende en el tiempo.

Cuán luminoso debía ser por sí mismo

lo que estaba dentro del sol donde entré,

no por color, sino por luz resplandeciente!

Aunque convoque el ingenio, el arte y la práctica,

no lo diría de modo que se pudiera imaginar;

pero se puede creer y se puede anhelar verlo.

Y si nuestras fantasías son bajas

para tanta altura, no es maravilla;

porque no hubo ojo que fuera más allá del sol.

Tal era allí la cuarta familia

del Padre altísimo, que siempre la sacia,

mostrando cómo exhala y cómo engendra.

Y Beatriz comenzó: «Da gracias,

da gracias al Sol de los ángeles, que a este

mundo sensible te ha elevado por su gracia».

Corazón de mortal nunca estuvo tan dispuesto

a la devoción y a entregarse a Dios

con todo su agradecimiento tan pronto

como yo lo estuve ante esas palabras;

y todo mi amor se puso en él,

de modo que Beatriz se eclipsó en el olvido.

No le disgustó; más bien se rió de ello,

de modo que el esplendor de sus ojos sonrientes

dividió mi mente unida en varias cosas.

Vi muchos fulgores vivos y victoriosos

hacer de nosotros centro y de sí mismos corona,

más dulces en la voz que luminosos en la vista:

así vemos a veces ceñir a la hija de Latona,

cuando el aire está preñado,

de modo que retiene el hilo que hace la zona.

En la corte del cielo, de donde regreso,

se encuentran muchas joyas preciosas y bellas

tanto que no se pueden sacar del reino;

y el canto de esas luces era de esas;

quien no se empluma para volar allá arriba,

espere del mudo las noticias.

Luego, así cantando, esos soles ardientes

giraron alrededor de nosotros tres veces,

como estrellas cercanas a los polos inmóviles,

me parecieron damas no sueltas del baile,

sino que se detienen en silencio, escuchando

hasta que han recogido las nuevas notas.

Y dentro de una oí comenzar: «Cuando

el rayo de la gracia, por el que se enciende

el amor verdadero y que luego crece amando,

multiplicado en ti tanto resplandece

que te conduce arriba por esa escalera

por donde nadie desciende sin volver a subir;

quien te negara el vino de su frasco

para tu sed, no estaría en libertad

más que el agua que no baja al mar.

Tú quieres saber de qué plantas se adorna

esta guirnalda que en torno contempla

a la bella dama que al cielo te fortalece.

Yo fui de los corderos del santo rebaño

que Domingo conduce por el camino

donde se engorda bien si no se desvaría.

Este que está a mi derecha más cercano,

fue mi hermano y maestro, y él es Alberto

de Colonia, y yo Tomás de Aquino.

Si así quieres estar seguro de todos los otros,

sigue con la vista mi palabra

girando arriba por la corona beata.

Ese otro flamear sale de la sonrisa

de Graciano, que uno y otro foro

ayudó de modo que agrada en el paraíso.

El otro que después adorna nuestro coro,

fue aquel Pedro que con la viuda pobre

ofreció a la Santa Iglesia su tesoro.

La quinta luz, que entre nosotros es más bella,

exhala tal amor, que todo el mundo

allá abajo tiene sed de saber de ella:

dentro está la mente alta donde tan profundo

saber fue puesto, que, si lo verdadero es verdadero,

para ver tanto no surgió un segundo.

Después ves la luz de aquel cirio

que abajo en carne vio más adentro

la naturaleza angélica y el ministerio.

En la otra lucecita pequeña ríe

aquel abogado de los tiempos cristianos

de cuyo latín Agustín se proveyó.

Ahora si llevas el ojo de la mente

de luz en luz detrás de mis alabanzas,

ya de la octava quedas sediento.

Por ver todo bien dentro goza

el alma santa que el mundo falaz

hace manifiesto a quien de ella bien oye.

El cuerpo del que fue expulsada yace

abajo en Cieldauro; y ella del martirio

y del exilio vino a esta paz.

Ve más allá flamear el espíritu ardiente

de Isidoro, de Beda y de Ricardo,

que en contemplar fue más que hombre.

Este de donde a mí vuelve tu mirada,

es la luz de un espíritu que en pensamientos

graves le pareció llegar tarde a morir:

esa es la luz eterna de Sigerio,

que, enseñando en la calle de la Paja,

silogizó verdades envidiadas».

Luego, como reloj que nos llama

en la hora en que la esposa de Dios se levanta

a cantar maitines al esposo para que la ame,

donde una parte tira y empuja a la otra,

sonando tin tin con tan dulce nota

que el espíritu bien dispuesto se hincha de amor;

así vi yo la gloriosa rueda

moverse y responder voz a voz en armonía

y en dulzura que no puede ser conocida

sino allá donde el gozo se eterniza.

Canto11

Oh insensata preocupación de los mortales,

qué defectuosos son los silogismos

que te hacen batir las alas a ras de suelo!

Uno iba tras las leyes y otro tras los aforismos,

otro seguía el sacerdocio,

otro buscaba reinar por fuerza o por sofismas,

otro robar y otro los negocios civiles,

quién envuelto en el placer de la carne

se afanaba y quién se entregaba al ocio,

cuando yo, liberado de todas estas cosas,

con Beatriz estaba arriba en el cielo

tan gloriosamente acogido.

Después que cada uno hubo vuelto al

punto del círculo en que antes estaba,

se detuvo, como vela en candelero.

Y yo sentí dentro de aquella luz

que antes me había hablado, sonriendo

empezar, haciéndose más pura:

«Así como yo resplandezco de su rayo,

así, mirando en la luz eterna,

comprendo tus pensamientos y de dónde nacen.

Tú dudas, y quieres que se aclare

en lengua tan abierta y tan extendida

mi decir, que se adapte a tu entendimiento,

donde antes dije: "Donde bien se engorda",

y allí donde dije: "No nació el segundo";

y aquí conviene que bien se distinga.

La providencia, que gobierna el mundo

con aquel consejo en el cual toda mirada

creada es vencida antes de llegar al fondo,

para que fuera hacia su deleite

la esposa de aquel que con altos gritos

la desposó con la sangre bendita,

segura en sí y también más fiel a él,

dos príncipes ordenó en su favor,

que de un lado y otro le fueran por guía.

Uno fue todo seráfico en ardor;

el otro por sabiduría en la tierra fue

de luz querúbica un resplandor.

De uno hablaré, porque de ambos

se habla alabando a uno, cualquiera que se tome,

porque a un fin fueron sus obras.

Entre el Tupino y el agua que desciende

del monte elegido por el beato Ubaldo,

fértil ladera de alto monte pende,

desde donde Perusa siente frío y calor

por Porta Sole; y detrás le lloran

por grave yugo Nocera con Gualdo.

De esta ladera, allá donde rompe

más su pendiente, nació al mundo un sol,

como hace este a veces desde el Ganges.

Por eso quien de ese lugar hable,

no diga Asís, que diría poco,

sino Oriente, si quiere hablar con propiedad.

No estaba aún muy lejos de su nacimiento,

cuando él empezó a hacer sentir a la tierra

de su gran virtud algún consuelo;

pues por tal dama, siendo joven, en guerra

con el padre corrió, a quien, como a la muerte,

la puerta del placer nadie abre;

y ante su corte espiritual

y coram patre se unió a ella;

luego de día en día la amó más fuerte.

Esta, privada del primer marido,

mil cien años y más despreciada y oscura

hasta este se estuvo sin invitación;

ni valió oír que la encontró segura

con Amiclas, al son de su voz,

aquel que a todo el mundo dio pavor;

ni valió ser constante ni feroz,

tanto que, donde María quedó abajo,

ella con Cristo lloró en la cruz.

Pero para no proceder demasiado oscuro,

Francisco y Pobreza por estos amantes

toma ya en mi hablar difuso.

Su concordia y sus rostros alegres,

amor y maravilla y dulce mirada

hacían nacer pensamientos santos;

tanto que el venerable Bernardo

se descalzó primero, y tras tanta paz

corrió y, corriendo, le pareció ir despacio.

Oh riqueza ignota! Oh bien fecundo!

Se descalza Egidio, se descalza Silvestre

tras el esposo, tanto la esposa place.

De allí se va aquel padre y aquel maestro

con su dama y con aquella familia

que ya ceñía el humilde cordel.

Ni le pesó vileza de corazón sobre las cejas

por ser hijo de Pietro Bernardone,

ni por parecer despreciable a maravilla;

sino que regalmente su dura intención

a Inocencio abrió, y de él obtuvo

el primer sello a su religión.

Después que la gente pobre creció

tras este, cuya vida admirable

mejor en gloria del cielo se cantaría,

de segunda corona fue ceñida

por Honorio del Eterno Espíritu

la santa voluntad de este archimandrita.

Y después que, por la sed del martirio,

en la presencia del Sultán soberbia

predicó a Cristo y a los otros que lo siguieron,

y por encontrar a la conversión inmadura

demasiado a la gente y por no estar en vano,

volvió al fruto de la hierba itálica,

en la cruda roca entre el Tíber y el Arno

de Cristo recibió el último sello,

que sus miembros dos años llevaron.

Cuando a aquel que a tanto bien lo destinó

plugo elevarlo a la merced

que mereció al hacerse pequeño,

a sus hermanos, como a justos herederos,

recomendó a su dama más querida,

y les mandó que la amaran con fe;

y de su seno el alma preclara

quiso marcharse, volviendo a su reino,

y a su cuerpo no quiso otra tumba.

Piensa ahora cuál fue aquel que digno

colega fue para mantener la barca

de Pedro en alta mar por recto signo;

y este fue nuestro patriarca;

por lo que quien lo sigue, como él manda,

puedes discernir que buena mercancía carga.

Pero su rebaño de nuevo alimento

se ha hecho goloso, tanto que no puede

ser que por diversos senderos no se disperse;

y cuanto sus ovejas más remotas

y vagabundas de él se van,

más vuelven al redil de leche vacías.

Bien hay de aquellas que temen el daño

y se aprietan junto al pastor; pero son tan pocas,

que las capas necesitan poco paño.

Ahora, si mis palabras no son débiles,

si tu atención ha estado atenta,

si lo que he dicho a la mente traes,

en parte quedará tu voluntad contenta,

porque verás la planta de donde se astilla,

y verás la corrección que argumenta

"Donde bien se engorda, si no se desvaría"».

Canto12

Tan pronto como la última palabra

tomó la llama bendita para hablar,

comenzó a girar la santa muela;

y en su giro aún no se había vuelto

del todo cuando otra de círculo la encerró,

y movimiento a movimiento y canto a canto unió;

canto que tanto vence a nuestras musas,

nuestras sirenas en aquellas dulces trompas,

cuanto el primer esplendor vence al que él refleja.

Como se vuelven por una tierna nube

dos arcos paralelos y del mismo color,

cuando Juno ordena a su sirvienta,

naciendo del de dentro el de fuera,

a manera del hablar de aquella errante

que el amor consumió como el sol los vapores,

y hacen aquí a la gente estar presaga,

por el pacto que Dios hizo con Noé,

de que el mundo jamás volverá a inundarse:

así de aquellas sempiternas rosas

se volvían en torno a nosotros las dos guirnaldas,

y así la exterior a la interior respondió.

Después que el júbilo y la otra gran fiesta,

tanto del cantar como del flamear

luz con luz gozosas y dulces,

juntas a un punto y a un querer callaron,

tal como los ojos que al placer que los mueve

conviene juntos cerrarse y alzarse;

del corazón de una de las luces nuevas

salió una voz, que la aguja a la estrella

me pareció al volverme hacia su sitio;

y comenzó: «El amor que me hace bella

me lleva a razonar del otro guía

por quien del mío tan bien aquí se habla.

Digno es que, donde está el uno, el otro se evoque:

para que, como ellos juntos combatieron,

así su gloria junta resplandezca.

El ejército de Cristo, que tan caro

costó rearmar, tras la enseña

se movía lento, receloso y escaso,

cuando el emperador que siempre reina

proveyó a la milicia, que estaba en duda,

por sola gracia, no por ser digna;

y, como está dicho, a su esposa socorrió

con dos campeones, a cuyo hacer, a cuyo decir

el pueblo desviado volvió en sí.

En aquella parte donde surge a abrir

el dulce Céfiro las nuevas frondas

de las que se ve Europa revestirse,

no muy lejos del golpear de las olas

tras las cuales, por la larga carrera,

el sol a veces a todo hombre se esconde,

se asienta la afortunada Calaruega

bajo la protección del gran escudo

en que el león yace debajo y somete:

dentro nació el amoroso amante

de la fe cristiana, el santo atleta

benigno con los suyos y a los enemigos cruel;

y apenas fue creada, fue repleta

su mente de viva virtud,

de modo que, en la madre, la hizo profeta.

Después que los esponsales fueron cumplidos

en la fuente sagrada entre él y la Fe,

donde se dotaron de mutua salvación,

la mujer que por él dio el consentimiento,

vio en sueños el fruto milagroso

que debía salir de él y de sus herederos;

y para que fuese en su nombre lo que era en su ser,

de aquí se movió un espíritu a nombrarlo

del posesivo de aquel que era todo suyo.

Domingo fue llamado; y yo hablo de él

como del agricultor que Cristo

eligió para su huerto para ayudarlo.

Bien pareció mensajero y familiar de Cristo:

pues el primer amor que en él fue manifiesto,

fue al primer consejo que dio Cristo.

Muchas veces fue callado y despierto

encontrado en tierra por su nodriza,

como si dijera: 'He venido para esto'.

¡Oh su padre verdaderamente Félix!

¡oh su madre verdaderamente Juana,

si, interpretada, vale como se dice!

No por el mundo, por el que ahora se afanan

detrás de Ostiense y de Tadeo,

sino por amor del verdadero maná

en poco tiempo gran doctor se hizo;

tal que se puso a recorrer la viña

que pronto emblanquece, si el viñador es malo.

Y a la sede que fue antes benigna

más con los pobres justos, no por ella,

sino por el que se sienta, que degenera,

no dispensar dos o tres por seis,

no la fortuna de la primera vacante,

no las décimas que son de los pobres de Dios,

pidió, sino contra el mundo errante

licencia de combatir por la semilla

de la cual te rodean veinticuatro plantas.

Luego, con doctrina y con voluntad juntas,

con el oficio apostólico se movió

como torrente que alta vena aprieta;

y en los matorrales heréticos golpeó

su ímpetu, más vivamente allí

donde las resistencias eran más fuertes.

De él se hicieron después diversos arroyos

con que el huerto católico se riega,

de modo que sus arbustos están más vivos.

Si tal fue una rueda del carro

en que la Santa Iglesia se defendió

y venció en campo su civil batalla,

bien debería serte muy evidente

la excelencia de la otra, de la que Tomás

antes de mi venida fue tan cortés.

Pero la órbita que hizo la parte suma

de su circunferencia, está abandonada,

de modo que hay moho donde había costra.

Su familia, que se movió derecha

con los pies en sus huellas, está tan vuelta,

que el de delante cae sobre el de atrás;

y pronto se verá de la cosecha

de la mala cultura, cuando la cizaña

se queje de que el arca le sea quitada.

Bien digo, quien buscase hoja por hoja

nuestro volumen, aún encontraría página

donde leería "Yo soy el que solía ser";

pero no será de Casal ni de Acquasparta,

de donde vienen tales a la escritura,

que uno la elude y otro la constríñe.

Yo soy la vida de Buenaventura

de Bañoregio, que en los grandes oficios

siempre pospuse la preocupación siniestra.

Iluminato y Agustín están aquí,

que fueron de los primeros descalzos pobrecillos

que con la cuerda a Dios se hicieron amigos.

Hugo de San Víctor está aquí con ellos,

y Pedro Comestor y Pedro Hispano,

el cual abajo luce en doce librillos;

Natán profeta y el metropolitano

Crisóstomo y Anselmo y aquel Donato

que a la primera arte dignó poner mano.

Rabano está aquí, y luce a mi lado

el abad calabrés Joaquín

de espíritu profético dotado.

A celebrar a tan gran paladín

me movió la inflamada cortesía

de fray Tomás y el discreto latín;

y movió conmigo esta compañía».

Canto13

Imagine, quien quiera entender bien

lo que ahora vi —y que retenga la imagen,

mientras hablo, como roca firme—,

quince estrellas que en distintas zonas

avivan el cielo con tanto brillo

que superan toda densidad del aire;

imagine aquel carro para cuyo seno

basta nuestro cielo noche y día,

de modo que al girar el timón no desaparece;

imagine la boca de aquel cuerno

que comienza en la punta del eje

en torno al cual gira la primera rueda,

haber formado de sí dos signos en el cielo,

como hizo la hija de Minos

cuando sintió el hielo de la muerte;

y que uno en el otro tenga sus rayos,

y ambos giren de tal manera

que uno vaya primero y el otro después;

y tendrá casi la sombra de la verdadera

constelación y de la doble danza

que giraba en el punto donde yo estaba:

pues está tan lejos de nuestra costumbre

cuanto se mueve más allá del lento Chiana

el cielo que aventaja a todos los demás.

Allí se cantó no a Baco, no a Peán,

sino tres personas en divina naturaleza,

y en una persona esa y la humana.

Terminó el canto y su giro completo;

y se volvieron a nosotros aquellas santas luces,

felices de pasar de un cuidado a otro.

Rompió el silencio entre los concordes espíritus

después la luz en que la vida admirable

del pobrecillo de Dios me había sido narrada,

y dijo: «Cuando una paja está trillada,

cuando su semilla ya está guardada,

el dulce amor me invita a trillar la otra.

Tú crees que en el pecho de donde la costilla

se sacó para formar la bella mejilla

cuyo paladar costó al mundo entero,

y en aquel que, traspasado por la lanza,

antes y después tanto satisfizo

que vence en la balanza toda culpa,

cuanta luz le es permitido

tener a la naturaleza humana, toda fue infundida

por aquel poder que hizo a uno y otro;

y por eso te asombras de lo que dije arriba,

cuando narré que no tuvo segundo

el bien que en la quinta luz está encerrado.

Ahora abre los ojos a lo que te respondo,

y verás tu creencia y mi palabra

coincidir en la verdad como centro en círculo.

Lo que no muere y lo que puede morir

no es sino esplendor de aquella idea

que engendra, amando, nuestro Señor;

porque aquella luz viva que así emana

de su luciente, que no se separa

de él ni del amor que entre ambos se entreteje,

por su bondad reúne su irradiar,

como reflejado, en nueve existencias,

permaneciendo eternamente una.

De allí desciende a las últimas potencias

de acto en acto, haciéndose tanto menor

que ya no produce sino breves contingencias;

y estas contingencias entiendo que son

las cosas generadas, que produce

con semilla y sin semilla el cielo en movimiento.

La cera de estas y quien la maneja

no permanecen de un mismo modo; y por eso bajo el signo

ideal luego más y menos transluce.

De ahí viene que un mismo árbol,

según la especie, da mejor y peor fruto;

y vosotros nacéis con diverso ingenio.

Si fuera perfectamente trabajada la cera

y estuviera el cielo en su virtud suprema,

la luz del sello aparecería toda;

pero la naturaleza la da siempre deficiente,

obrando semejantemente al artista

que tiene el hábito del arte pero mano temblorosa.

Pero si el cálido amor la clara vista

de la primera virtud dispone y marca,

toda la perfección allí se adquiere.

Así fue hecha la tierra digna

de toda la perfección animal;

así fue hecha la Virgen preñada;

de modo que apruebo tu opinión

de que la naturaleza humana nunca fue

ni será lo que fue en esas dos personas.

Ahora, si yo no procediera más adelante,

"¿Entonces, cómo este fue sin par?"

comenzarían tus palabras.

Pero para que parezca claro lo que no parece,

piensa quién era, y la razón que lo movió,

cuando se le dijo "Pide", a pedir.

No he hablado de modo que no puedas

ver bien que fue rey, que pidió sabiduría

para que fuera rey suficiente;

no para saber el número de cuántos son

los motores de aquí arriba, o si lo necesario

con lo contingente alguna vez hizo necesario;

no si es dable un primer movimiento,

o si del semicírculo se puede hacer

triángulo de modo que no tenga un recto.

Por lo cual, si notas lo que dije y esto,

prudencia regia es ese ver sin par

al que apunta la flecha de mi intención;

y si diriges los ojos claros al "surgió",

verás que tiene respecto solamente

a los reyes, que son muchos, y los buenos son raros.

Con esta distinción toma mi dicho;

y así puede estar de acuerdo con lo que crees

del primer padre y de nuestro Amado.

Y esto te sea siempre plomo en los pies,

para hacerte mover lento como hombre cansado

hacia el sí y el no que no ves:

porque está entre los necios bien abajo

quien sin distinción afirma y niega

en un caso lo mismo que en el otro;

porque sucede que muchas veces tuerce

la opinión corriente hacia la parte falsa,

y luego el afecto ata el intelecto.

Mucho más que en vano se parte de la orilla,

porque no vuelve tal como se marcha,

quien pesca la verdad y no tiene el arte.

Y de esto son al mundo pruebas abiertas

Parménides, Meliso y Briso y muchos otros,

que iban y no sabían adónde;

así hizo Sabelio y Arrio y aquellos necios

que fueron como espadas para las Escrituras

al volver torcidos los rostros rectos.

Que no sea la gente, tampoco, demasiado confiada

al juzgar, como el que estima

el trigo en el campo antes de que esté maduro;

pues yo he visto todo el invierno primero

el espino mostrarse rígido y feroz,

después llevar la rosa en su cima;

y vi ya un leño derecho y veloz

correr el mar por todo su camino,

perecer al final al entrar en la desembocadura.

No crean doña Berta y señor Martino,

por ver a uno robar, a otro ofrendar,

verlos dentro del consejo divino;

porque aquel puede levantarse, y aquel puede caer».

Canto14

Del centro al borde, y así del borde al centro

se mueve el agua en un recipiente redondo,

según sea golpeado desde fuera o desde dentro:

en mi mente cayó de golpe

esto que digo, apenas calló

la gloriosa vida de Tomás,

por la semejanza que nació

entre su hablar y el de Beatriz,

a quien le plugo comenzar, después de él, así:

«Este necesita, y no os lo dice

ni con la voz ni pensándolo aún,

ir hasta la raíz de otra verdad.

Decidle si la luz con que florece

vuestra sustancia permanecerá con vosotros

eternamente tal como es ahora;

y si permanece, decid cómo, cuando

seáis rehechos visibles,

podrá ser que no os moleste al veros».

Como, empujados y arrastrados por mayor alegría,

a veces los que danzan en ronda

alzan la voz y avivan los gestos,

así, ante la oración pronta y devota,

los santos círculos mostraron nueva alegría

en el girar y en la maravillosa melodía.

Quien se lamenta porque aquí se muera

para vivir allá arriba, no vio ahí

el alivio de la eterna lluvia.

Aquel uno y dos y tres que siempre vive

y reina siempre en tres y en dos y en uno,

no circunscrito, y que todo lo circunscribe,

tres veces era cantado por cada uno

de aquellos espíritus con tal melodía,

que para todo mérito sería justa recompensa.

Y oí en la luz más radiante

del círculo menor una voz modesta,

quizá cual fue la del ángel a María,

responder: «Cuanto dure la fiesta

del paraíso, tanto nuestro amor

irradiará en torno a tal vestidura.

Su claridad sigue al ardor;

el ardor a la visión, y esta es tanta

cuanta tiene de gracia sobre su valor.

Cuando la carne gloriosa y santa

sea revestida, nuestra persona

será más grata por estar completa;

por lo cual se acrecentará lo que nos dona

de luz gratuita el sumo bien,

luz que nos dispone a verlo;

de ahí que la visión deba crecer,

crecer el ardor que de ella se enciende,

crecer el rayo que de él viene.

Pero así como el carbón que da llama,

y por vivo resplandor la supera,

de modo que su apariencia se mantiene;

así este fulgor que ya nos rodea

será vencido en apariencia por la carne

que todo el día cubre la tierra;

ni podrá tanta luz fatigarnos:

porque los órganos del cuerpo serán fuertes

para todo cuanto pueda deleitarnos».

Tan súbitos y prestos me parecieron

uno y otro coro al decir «¡Amén!»,

que bien mostraron deseo de los cuerpos muertos:

quizá no solo por ellos, sino por las madres,

por los padres y por los otros que fueron queridos

antes de que fueran sempiternas llamas.

Y he aquí en torno, de claridad igual,

nacer un brillo sobre el que había,

a manera de horizonte que se aclara.

Y así como al subir la primera tarde

comienzan por el cielo nuevas presencias,

de modo que la vista parece y no parece cierta,

me pareció allí nuevas existencias

comenzar a ver, y hacer un giro

por fuera de las otras dos circunferencias.

Oh verdadero centellear del Santo Espíritu,

cómo se hizo súbito y candente

a mis ojos que, vencidos, no lo soportaron!

Mas Beatriz tan bella y sonriente

se me mostró, que entre aquellas visiones

se debe dejar esta que no puede seguir la mente.

Luego recobraron mis ojos fuerza

para alzarse; y me vi trasladado

solo con mi señora a más alta salvación.

Bien me di cuenta de que estaba más elevado,

por la ardiente sonrisa de la estrella,

que me parecía más roja que de costumbre.

Con todo el corazón y con aquel lenguaje

que es uno en todos, a Dios hice holocausto,

cual convenía a la gracia nueva.

Y no se había agotado aún de mi pecho

el ardor del sacrificio, cuando supe

que había sido aceptado y propicio;

pues con tanto fulgor y tanto rubor

me aparecieron resplandores dentro de dos rayos,

que dije: «Oh Helios que así los adornas!».

Como distinta por menores y mayores

luces blanquea entre los polos del mundo

la Galaxia de tal modo, que hace dudar a los sabios;

así constelados hacían en lo profundo

de Marte aquellos rayos el venerable signo

que forman junturas de cuadrantes en redondo.

Aquí vence la memoria a mi ingenio;

porque aquella cruz relampagueaba a Cristo,

de modo que no sé hallar ejemplo digno;

mas quien toma su cruz y sigue a Cristo,

aún me disculpará por lo que dejo,

viendo en aquel albor relampaguear a Cristo.

De cuerno a cuerno y entre la cima y la base

se movían luces, centelleando fuerte

al juntarse y al cruzarse:

así se ven aquí rectas y torcidas,

veloces y lentas, renovando la vista,

las partículas de los cuerpos, largas y cortas,

moverse por el rayo con que se raya

a veces la sombra que, para su defensa,

la gente con ingenio y arte adquiere.

Y como viola y arpa, en tensión templada

de muchas cuerdas, hace dulce tintinear

a quien la nota no le es conocida,

así de las luces que allí me aparecieron

se recogía por la cruz una melodía

que me arrebataba, sin entender el himno.

Bien me di cuenta de que era de altas alabanzas,

porque me llegaba «Resucita» y «Vence»

como a quien no entiende y oye.

Yo me enamoraba tanto aquí,

que hasta entonces no hubo cosa alguna

que me ligase con vínculos tan dulces.

Quizá mi palabra parezca demasiado osada,

posponiendo el placer de los bellos ojos,

en los cuales mirando mi deseo reposa;

mas quien se da cuenta de que los vivos sellos

de toda belleza hacen más efecto más arriba,

y que yo no me había vuelto allí hacia ellos,

puede excusarme de aquello de que me acuso

para excusarme, y verme decir verdad:

que el placer santo no queda aquí excluido,

porque se hace, subiendo, más sincero.

Canto15

Voluntad benévola en la que siempre se derrite

el amor que exhala rectamente,

como en la iniqua hace la codicia,

impuso silencio a aquella dulce lira,

e hizo callar las cuerdas santas

que la diestra del cielo afloja y tensa.

¿Cómo serán sordas a los ruegos justos

aquellas sustancias que, para darme ganas

de que les rogara, acordaron callarse?

Bien hace en dolerse sin término

quien, por amor de cosa que no dura

eternamente, se despoja de aquel amor.

Como por los cielos serenos, tranquilos y puros

discurre de cuando en cuando súbito fuego,

moviendo los ojos que estaban seguros,

y parece estrella que cambia de lugar,

salvo que de la parte donde se enciende

nada se pierde, y dura poco:

así del cuerno que a la derecha se extiende

al pie de aquella cruz corrió un astro

de la constelación que allí resplandece;

ni se apartó la gema de su cinta,

mas por la franja radial trascurrió,

que pareció fuego tras alabastro.

Tan piadosa la sombra de Anquises se ofreció,

si merece fe nuestra mayor musa,

cuando en Elíseo se percató del hijo.

«O sanguis meus, o superinfusa

gratia Dei, sicut tibi cui

bis unquam celi ianua reclusa?».

Así aquella luz: por lo que me volví hacia ella;

luego dirigí a mi dama el rostro,

y de un lado y del otro quedé estupefacto;

pues dentro de sus ojos ardía una sonrisa

tal, que pensé con los míos tocar el fondo

de mi gloria y de mi paraíso.

Luego, gozoso de oír y de ver,

añadió el espíritu a su comienzo cosas

que no entendí, tan profundo habló;

ni por elección se me ocultó,

sino por necesidad, pues su concepto

sobrepasó la marca de los mortales.

Y cuando el arco del ardiente afecto

se hubo desahogado tanto, que el hablar descendió

hacia la marca de nuestro intelecto,

lo primero que por mí se entendió

fue: «Bendito seas tú, trino y uno,

que en mi simiente eres tan cortés».

Y siguió: «Grato y largo ayuno,

sacado leyendo del magno volumen

donde no se muda jamás blanco ni bruno,

has resuelto, hijo, dentro de esta luz

en que te hablo, merced a aquella

que para el alto vuelo te vistió las plumas.

Crees que a mí tu pensamiento fluye

de aquel que es primero, así como irradia

del uno, si se conoce, el cinco y el seis;

y por eso quién soy yo y por qué parezco

más gozoso ante ti, no me preguntas,

que ningún otro en esta turba alegre.

Crees la verdad; pues los menores y los grandes

de esta vida miran en el espejo

en que, antes que pienses, el pensamiento despliegas;

mas para que el amor sagrado en que velo

con perpetua vista y que me asienta

de dulce desear, se cumpla mejor,

tu voz segura, osada y alegre

suene la voluntad, suene el deseo,

a que mi respuesta ya está decretada».

Me volví a Beatriz, y ella oyó

antes de que yo hablara, y me sonrió un gesto

que hizo crecer las alas a mi querer.

Luego comencé así: «El afecto y el juicio,

cuando la primera igualdad os apareció,

se hicieron de un peso para cada uno de vosotros,

pues el sol que os iluminó y ardió,

con el calor y con la luz es tan igual,

que todas las semejanzas son escasas.

Mas voluntad y argumento en los mortales,

por la causa que a vosotros es manifiesta,

tienen alas con plumas diferentes;

por lo que yo, que soy mortal, me siento en esta

desigualdad, y por eso no doy gracias

sino con el corazón a la fiesta paterna.

Bien te suplico a ti, topacio vivo

que esta joya preciosa engastas,

que me sacies de tu nombre».

«Oh fronda mía en quien me complacía

solo esperando, yo fui tu raíz»:

tal comienzo, respondiendo, me hizo.

Luego me dijo: «Aquel de quien se dice

tu linaje y que cien años y más

ha girado el monte en la primera cornisa,

mi hijo fue y tu bisabuelo fue:

bien conviene que la larga fatiga

tú le acortes con tus obras.

Florencia dentro de la cercha antigua,

de donde ella toma aún tercia y nona,

se estaba en paz, sobria y púdica.

No había cadenilla, ni corona,

ni faldas bordadas, ni cinturón

que fuera más de ver que la persona.

No causaba, al nacer, aún temor

la hija al padre, pues el tiempo y la dote

no huían de aquí y de allá la medida.

No había casas de familia vacías;

no había llegado aún Sardanápalo

a mostrar lo que en la alcoba se puede.

No era vencido aún Montemalo

por vuestro Uccellatoio, que, como es vencido

en el subir, así será en el bajar.

A Bellinción Berti vi yo ir ceñido

de cuero y de hueso, y venir del espejo

a su dama sin el rostro pintado;

y vi al de los Nerli y al del Vecchio

estar contentos con la piel descubierta,

y a sus damas al huso y a la rueca.

¡Oh afortunadas! cada una estaba cierta

de su sepultura, y aún ninguna

era por Francia en el lecho desierta.

Una velaba atenta a la cuna,

y, consolando, usaba el idioma

que primero a los padres y a las madres entretiene;

otra, tirando a la rueca la cabellera,

contaba fábulas con su familia

de los troyanos, de Fiésole y de Roma.

Se tendría entonces por tal maravilla

una Cianghella, un Lapo Salterello,

cual ahora sería Cincinato y Cornelia.

A tan reposado, a tan bello

vivir de ciudadanos, a tan fiel

ciudadanía, a tan dulce morada,

María me dio, llamada en altos gritos;

y en vuestro antiguo Baptisterio

a la vez fui cristiano y Cacciaguida.

Moronto fue mi hermano y Eliseo;

mi dama vino a mí del val de Pado,

y de allí tu sobrenombre se hizo.

Luego seguí al emperador Corrado;

y él me ciñó de su milicia,

tanto por bien obrar vine en su gracia.

Tras él fui contra la iniquidad

de aquella ley cuyo pueblo usurpa,

por culpa de los pastores, vuestra justicia.

Allí fui yo por aquella gente torpe

desatado del mundo falaz,

cuyo amor muchas almas deturpa;

y vine del martirio a esta paz».

Canto16

Oh poca nobleza nuestra de sangre,

si haces que la gente se gloríe de ti

aquí abajo donde nuestro afecto languidece,

nunca será para mí cosa admirable:

porque allá donde el apetito no se tuerce,

digo en el cielo, yo me glorié de ella.

Bien eres tú manto que pronto se acorta:

así que, si no se añade día a día,

el tiempo va alrededor con las tijeras.

Del 'vos' que primero se ofreció en Roma,

en que su familia menos persevera,

recomenzaron mis palabras;

por lo que Beatriz, que estaba un poco apartada,

riendo, pareció aquella que tosió

ante la primera falta escrita de Ginebra.

Yo comencé: «Vos sois mi padre;

vos me dais todo atrevimiento para hablar;

vos me eleváis tanto, que soy más que yo.

Por tantos ríos se llena de alegría

mi mente, que de sí misma hace regocijo

porque puede soportar sin quebrarse.

Decidme pues, querida primicia mía,

quiénes fueron vuestros antepasados y cuáles los años

que se marcaron en vuestra infancia;

decidme del redil de San Juan

cuánto era entonces, y quiénes eran las gentes

entre él dignas de más altos escaños».

Como se aviva al soplo de los vientos

carbón en llama, así vi yo aquella

luz resplandecer ante mis halagos;

y como a mis ojos se hizo más bella,

así con voz más dulce y suave,

pero no con esta lengua moderna,

me dijo: «Desde aquel día que fue dicho 'Ave'

al parto en que mi madre, que ahora es santa,

se alivió de mí de lo que estaba grávida,

a su León quinientas cincuenta

y treinta veces vino este fuego

a reencenderse bajo su planta.

Mis antepasados y yo nacimos en el lugar

donde se encuentra primero el último sexto

por quien corre vuestro juego anual.

Baste de mis mayores oír esto:

quiénes fueron y de dónde vinieron allí,

más honesto es callar que hablar.

Todos los que en aquel tiempo estaban allí

en edad de portar armas entre Marte y el Bautista,

eran la quinta parte de los que ahora viven.

Pero la ciudadanía, que ahora está mezclada

de Campi, de Certaldo y de Figghine,

se veía pura hasta en el último artesano.

Oh cuánto mejor sería que fueran vecinas

aquellas gentes de que hablo, y al Galluzzo

y a Trespiano tener vuestro confín,

que tenerlas dentro y soportar el hedor

del villano de Aguglione, del de Signa,

que ya para traficar tiene el ojo agudo!

Si la gente que en el mundo más degenera

no hubiera sido para el César madrastra,

sino como madre benigna a su hijo,

tal que es florentino y cambia y comercia,

se habría vuelto a Semifonti,

allá donde andaba el abuelo mendigando;

aún sería Montemurlo de los Conti;

estarían los Cerchi en la parroquia de Acone,

y tal vez en Valdigrieve los Buondelmonti.

Siempre la confusión de las personas

fue principio del mal de la ciudad,

como de vuestro cuerpo el alimento que se añade;

y toro ciego cae más rápido

que cordero ciego; y muchas veces corta

más y mejor una que cinco espadas.

Si miras a Luni y a Urbisaglia

cómo se han ido, y cómo se van

detrás de ellas Chiusi y Senigallia,

oír cómo los linajes se deshacen

no te parecerá cosa nueva ni extraña,

puesto que las ciudades tienen fin.

Vuestras cosas todas tienen su muerte,

igual que vosotros; pero se oculta en alguna

que dura mucho, y las vidas son cortas.

Y como el girar del cielo de la luna

cubre y descubre las costas sin pausa,

así hace con Florencia la Fortuna:

por lo que no debe parecer cosa admirable

lo que diré de los nobles florentinos

cuya fama está en el tiempo oculta.

Yo vi a los Ughi y vi a los Catellini,

Filippi, Greci, Ormanni y Alberichi,

ya en decadencia, ilustres ciudadanos;

y vi tan grandes como antiguos,

con el de la Sannella, el del Arca,

y Soldanieri y Ardinghi y Bostichi.

Sobre la puerta que al presente está cargada

de nueva felonía de tanto peso

que pronto será ruina de la barca,

estaban los Ravignani, de donde ha descendido

el conde Guido y cualquiera del nombre

del alto Bellincione que después ha tomado.

El de la Pressa ya sabía cómo

regir se debe, y tenía Galigaio

dorada en su casa ya la empuñadura y el pomo.

Grande era ya la columna del Vero,

Sacchetti, Giuochi, Fifanti y Barucci

y Galli y los que se ruborizan por el celemín.

El tronco del que nacieron los Calfucci

era ya grande, y ya estaban llevados

a las curules Sizii y Arrigucci.

Oh cuáles vi a los que son deshechos

por su soberbia! y las bolas de oro

florecían Florencia en todos sus grandes hechos.

Así hacían los padres de aquellos

que, siempre que vuestra iglesia queda vacante,

se engordan quedándose en el consistorio.

La arrogante estirpe que se endraga

detrás de quien huye, y a quien muestra el diente

o la bolsa, como cordero se aplaca,

ya venía subiendo, pero de gente menuda;

así que no agradó a Ubertino Donato

que luego el suegro los hiciera parientes.

Ya estaba el Caponsacco en el mercado

descendido de Fiesole, y ya era

buen ciudadano Giuda e Infangato.

Diré cosa increíble y verdadera:

en el pequeño cerco se entraba por puerta

que se nombraba por los de la Pera.

Cada uno que de la bella insignia porta

del gran barón cuyo nombre y cuyo prestigio

la fiesta de Tomás reconforta,

de él tuvo milicia y privilegio;

aunque con el pueblo se reúna

hoy aquel que la ciñe con el friso.

Ya estaban Gualterotti e Importuni;

y aún sería el Burgo más tranquilo,

si de nuevos vecinos estuvieran ayunos.

La casa de que nació vuestro llanto,

por el justo desdén que os ha muertos

y puso fin a vuestro vivir feliz,

era honrada, ella y sus consortes:

oh Buondelmonte, cuán mal huiste

las bodas suyas por los consejos ajenos!

Muchos serían alegres, que están tristes,

si Dios te hubiera concedido al Ema

la primera vez que a la ciudad viniste.

Pero convenía, a aquella piedra rota

que guarda el puente, que Florencia hiciese

víctima en su paz postrera.

Con estas gentes, y con otras con ellas,

vi yo Florencia en tal reposo,

que no tenía causa por la que llorase.

Con estas gentes vi yo glorioso

y justo su pueblo, tanto que el lirio

no fue jamás puesto en asta al revés,

ni por división hecho bermejo».

Canto17

Como vino a Clímene, para asegurarse

de aquello que había oído contra sí,

aquel que aún vuelve a los padres recelosos con sus hijos;

así era yo, y así era percibido

tanto por Beatriz como por la santa lámpara

que antes por mí había cambiado de sitio.

Por lo que mi señora me dijo: «Lanza la llama

de tu deseo, para que salga

bien marcada con el sello interior:

no porque nuestro conocimiento crezca

con tus palabras, sino para que te acostumbres

a decir tu sed, y así el hombre te sirva de beber».

«Oh mi querida raíz que tanto te elevas,

que, como ven las mentes terrenales

que no caben dos ángulos obtusos en un triángulo,

así ves las cosas contingentes

antes de que existan en sí, mirando el punto

donde todos los tiempos están presentes;

mientras yo estaba unido a Virgilio

subiendo por el monte que cura las almas

y descendiendo al mundo de los muertos,

me fueron dichas de mi vida futura

palabras graves, aunque yo me sienta

bien cuadrado ante los golpes de la fortuna;

por eso mi voluntad estaría contenta

de entender qué fortuna se me acerca:

porque la flecha prevista viene más lenta».

Así dije yo a aquella misma luz

que antes me había hablado; y como quiso

Beatriz, mi deseo fue confesado.

Y no con ambigüedades, en que la gente necia

ya se enredaba antes de que fuera muerto

el Cordero de Dios que quita los pecados,

sino con palabras claras y con preciso

lenguaje respondió aquel amor paterno,

oculto y transparente en su propia sonrisa:

«La contingencia, que fuera del cuaderno

de vuestra materia no se extiende,

toda está pintada ante el rostro eterno;

pero no toma de allí necesidad

más que como del ojo en que se refleja

la nave que desciende por la corriente.

Desde allí, así como llega al oído

dulce armonía de órgano, me viene

a la vista el tiempo que se te prepara.

Como partió Hipólito de Atenas

por la despiadada y pérfida madrastra,

así de Florencia partir te conviene.

Esto se quiere y esto ya se busca,

y pronto será hecho por quien lo piensa

allí donde a Cristo se vende cada día.

La culpa seguirá a la parte ofendida

en gritos, como suele; pero la venganza

dará testimonio de la verdad que la dispensa.

Tú dejarás toda cosa amada

más entrañablemente; y esta es la flecha

que el arco del exilio dispara primero.

Tú probarás cómo sabe a sal

el pan ajeno, y qué duro camino

es bajar y subir por las escaleras ajenas.

Y lo que más te pesará en los hombros

será la compañía malvada y estúpida

con la que caerás en este valle;

que toda ingrata, toda loca e impía

se volverá contra ti; pero, poco después,

ella, no tú, tendrá roja la sien.

De su bestialidad su proceder

dará la prueba; así que te será hermoso

haberte hecho partido por ti mismo.

Tu primer refugio y tu primera posada

será la cortesía del gran lombardo

que sobre la escala lleva el ave santa;

que en ti tendrá tan benévola mirada,

que del dar y del pedir, entre vosotros dos,

será primero lo que entre los otros es más lento.

Con él verás a aquel que fue impreso,

al nacer, tan fuertemente por esta estrella,

que notables serán sus obras.

Aún no se han dado cuenta las gentes

por su corta edad, pues apenas nueve años

han girado estas ruedas en torno a él;

pero antes de que el Gascón engañe al alto Enrique,

aparecerán chispas de su virtud

en no hacer caso de dinero ni de fatigas.

Sus magnificencias serán conocidas

todavía más, así que sus enemigos

no podrán mantener mudas las lenguas.

A él espera y a sus beneficios;

por él será transformada mucha gente,

cambiando de condición ricos y mendigos;

y llevarás escrito en la memoria

sobre él, y no lo dirás»; y dijo cosas

increíbles para quienes estén presentes.

Después añadió: «Hijo, estas son las glosas

de lo que te fue dicho; he aquí las trampas

que tras pocos giros están ocultas.

Pero no quiero que envidiés a tus vecinos,

puesto que tu vida se extiende hacia el futuro

mucho más allá que el castigo de sus perfidias».

Después de que, callando, se mostró terminada

el alma santa de poner la trama

en aquella tela que yo le ofrecí urdida,

yo comencé, como quien ansía,

dudando, consejo de persona

que ve y quiere rectamente y ama:

«Bien veo, padre mío, cómo apremia

el tiempo hacia mí, para darme un golpe

tal, que es más grave para quien más se abandona;

por lo que es bueno que me arme de previsión,

así, si me es quitado el lugar más querido,

no pierda los otros por mis versos.

Abajo por el mundo sin fin amargo,

y por el monte de cuya bella cumbre

los ojos de mi señora me elevaron,

y después por el cielo, de luz en luz,

he aprendido yo lo que si lo repito,

a muchos será sabor de fuerte agrura;

y si soy tímido amigo de la verdad,

temo perder vida entre aquellos

que este tiempo llamarán antiguo».

La luz en que reía mi tesoro

que hallé allí, se hizo primero radiante,

como al rayo de sol espejo de oro;

luego respondió: «Conciencia turbia

o de la propia o de la ajena vergüenza

sin duda sentirá tu palabra áspera.

Pero no obstante, removida toda mentira,

toda tu visión haz manifiesta;

y deja que se rasquen donde está la roña.

Porque si tu voz será molesta

en el primer gusto, vital alimento

dejará después, cuando sea digerida.

Este grito tuyo hará como el viento,

que las cimas más altas más golpea;

y esto no es poco argumento de honor.

Por eso te son mostradas en estas ruedas,

en el monte y en el valle doloroso

solamente las almas que son de fama conocida,

porque el ánimo de quien oye no reposa

ni fija su fe por un ejemplo que tenga

su raíz desconocida y oculta,

ni por otro argumento que no sea visible».

Canto18

Ya gozaba a solas de su palabra

aquel espejo dichoso, y yo saboreaba

la mía, templando lo amargo con lo dulce;

y aquella mujer que a Dios me conducía

dijo: «Cambia de pensamiento; piensa que estoy

junto a quien descarga todo agravio».

Me volví hacia el sonido amoroso

de mi consuelo; y qué vi entonces

en los ojos santos de amor, aquí lo abandono:

no porque desconfíe de mi palabra,

sino por la mente que no puede regresar

sobre sí misma tanto, si otro no la guía.

Tanto puedo decir de aquel instante,

que, mirándola, mi afecto

quedó libre de cualquier otro deseo,

mientras el placer eterno, que directo

irradiaba en Beatriz, desde el bello rostro

me contentaba con el segundo aspecto.

Venciéndome con la luz de una sonrisa,

ella me dijo: «Vuélvete y escucha;

que no solo en mis ojos está el paraíso».

Como se ve aquí a veces

el afecto en la mirada, si es tan grande

que de él queda toda el alma poseída,

así en el flamear del fulgor santo,

al que me volví, reconocí el deseo

en él de hablarme todavía un poco.

Él comenzó: «En esta quinta grada

del árbol que vive de la cima

y da fruto siempre y nunca pierde hoja,

hay espíritus dichosos, que abajo, antes

de que vinieran al cielo, fueron de gran fama,

tanto que cualquier musa quedaría enriquecida.

Por eso mira en los brazos de la cruz:

aquel que yo nombre, hará allí el acto

que hace en la nube su fuego veloz».

Vi por la cruz una luz trazada

al nombrar Josué, tal como se hizo;

ni me fue conocido el decir antes que el hecho.

Y al nombre del alto Macabeo

vi moverse otra girando,

y la alegría era el látigo del trompo.

Así por Carlomagno y por Roldán

dos siguió mi atenta mirada,

como el ojo sigue a su halcón volando.

Luego arrastró Guillermo y Reinaldo

y el duque Godofredo mi vista

por aquella cruz, y Roberto Guiscardo.

Después, entre las otras luces movida y mezclada,

me mostró el alma que me había hablado

cuál era entre los cantores del cielo artista.

Me volví hacia mi lado derecho

para ver en Beatriz mi deber,

o por palabra o por gesto, señalado;

y vi sus ojos tan puros,

tan gozosos, que su semblante

vencía los otros y la última costumbre.

Y como, por sentir más deleite

obrando bien, el hombre de día en día

se da cuenta de que su virtud avanza,

así me di cuenta de que mi girar en torno

con el cielo junto había aumentado el arco,

viendo aquel milagro más adornado.

Y cual es el transformarse en breve lapso

de tiempo en mujer blanca, cuando el rostro

se descarga de la vergüenza el peso,

tal fue en mis ojos, cuando me volví,

por el candor de la templada estrella

sexta, que dentro de sí me había acogido.

Vi en aquella jovial antorcha

el centelleo del amor que allí había

señalar a mis ojos nuestra lengua.

Y como pájaros alzados de la orilla,

casi congratulándose de sus pastos,

hacen de sí ora redonda ora otra bandada,

así dentro de las luces santas criaturas

volando cantaban, y se hacían

ora D, ora I, ora L en sus figuras.

Primero, cantando, a su nota se movían;

luego, convirtiéndose en uno de estos signos,

un poco se detenían y callaban.

Oh divina Pegasea que los ingenios

haces gloriosos y los vuelves longevos,

y ellos contigo las ciudades y los reinos,

ilumíname con tu luz, para que yo dibuje

sus figuras como las he concebido:

aparezca tu poder en estos versos breves!

Se mostraron entonces en cinco veces siete

vocales y consonantes; y yo anoté

las partes así, como me parecieron dichas.

'DILIGITE IUSTITIAM', fueron primero

verbo y nombre de toda la pintura;

'QUI IUDICATIS TERRAM', fueron al final.

Luego en la eme de la quinta palabra

permanecieron ordenadas; de modo que Júpiter

parecía plata allí de oro marcada.

Y vi descender otras luces donde

estaba la cima de la eme, y allí aquietarse

cantando, creo, el bien que a sí las mueve.

Luego, como al golpear troncos ardientes

surgen innumerables chispas,

de donde los necios suelen augurar,

resurgir parecieron de allí más de mil

luces y subir, cual mucho y cual poco,

según el sol que las enciende las destinó;

y aquietada cada una en su lugar,

la cabeza y el cuello de un águila vi

representar aquel fuego distinguido.

Quien pinta allí, no tiene quien lo guíe;

sino que él guía, y de él se recuerda

aquella virtud que es forma para los nidos.

La otra bienaventuranza, que contenta

parecía antes de florecer en la eme,

con poco movimiento siguió la impronta.

Oh dulce estrella, cuáles y cuántas gemas

me demostraron que nuestra justicia

es efecto del cielo que tú engemas!

Por lo cual ruego a la mente en que se inicia

tu movimiento y tu virtud, que mire

de dónde sale el humo que tu rayo enturbia;

así que otra vez ya se enoje

del comprar y vender dentro del templo

que se edificó con signos y con mártires.

Oh milicia del cielo que yo contemplo,

ruega por los que están en tierra

todos desviados tras el mal ejemplo!

Ya se solía con espadas hacer guerra;

pero ahora se hace quitando ora aquí ora allí

el pan que el Padre piadoso a nadie cierra.

Mas tú que solo para cancelar escribes,

piensa que Pedro y Pablo, que murieron

por la viña que arruinas, aún están vivos.

Bien puedes tú decir: «Tengo fijo el deseo

tan en aquel que quiso vivir solo

y que por saltos fue llevado al martirio,

que no conozco al pescador ni a Polo».

Canto19

Aparecía ante mí con las alas abiertas

la hermosa imagen que en el dulce goce

hacían dichosas a las almas unidas;

parecía cada una un rubí en el cual

un rayo de sol ardiese tan encendido

que en mis ojos lo reflejara.

Y lo que ahora me toca relatar

no lo transmitió voz jamás, ni tinta lo escribió,

ni fue por la fantasía nunca comprendido;

pues vi y también oí hablar al pico,

y sonar en su voz «yo» y «mío»,

cuando en el concepto era «nosotros» y «nuestro».

Y comenzó: «Por ser justo y piadoso

estoy aquí exaltado a aquella gloria

que no se deja vencer por el deseo;

y en la tierra dejé mi memoria

de tal modo, que las gentes malvadas de allí

la elogian, pero no siguen su ejemplo».

Así un solo calor de muchas brasas

se hace sentir, como de muchos amores

salía un solo sonido de aquella imagen.

Entonces yo tras esto: «Oh flores perpetuas

de la eterna alegría, que como uno solo

me hacéis parecer todos vuestros aromas,

resolvedme, exhalando, el gran ayuno

que largamente me ha tenido hambriento,

no encontrando en la tierra alimento alguno.

Bien sé yo que, si en el cielo otro reino

la divina justicia hace su espejo,

el vuestro no lo aprehende con velo.

Sabéis cuán atento yo me preparo

a escuchar; sabéis cuál es aquella

duda que me es ayuno tan antiguo».

Como halcón que sale de la capucha,

mueve la cabeza y con las alas se aplaude,

mostrando voluntad y haciéndose hermoso,

vi yo hacerse aquel signo, que de alabanzas

de la divina gracia estaba tejido,

con cantos como los sabe quien allá arriba goza.

Luego comenzó: «Aquel que volvió el compás

al extremo del mundo, y dentro de él

distinguió tanto lo oculto como lo manifiesto,

no pudo hacer su valor tan impreso

en todo el universo, que su verbo

no quedara en infinito exceso.

Y esto hace cierto que el primer soberbio,

que fue la cumbre de toda criatura,

por no esperar la luz, cayó inmaduro;

y de aquí aparece que toda naturaleza menor

es corto receptáculo a aquel bien

que no tiene fin y se mide consigo mismo.

Por tanto vuestra vista, que conviene

ser uno de los rayos de la mente

de la que todas las cosas están llenas,

no puede por su naturaleza ser tan poderosa

que su principio no discierna

mucho más allá de lo que le es evidente.

Por eso en la justicia sempiterna

la vista que recibe vuestro mundo,

como ojo por el mar, hacia adentro se interna;

que, aunque desde la orilla vea el fondo,

en alta mar no lo ve; y sin embargo

está allí, pero lo oculta el ser profundo.

Luz no hay, si no viene del sereno

que nunca se enturbia; antes bien es tiniebla

o sombra de la carne o su veneno.

Bastante se te ha abierto ya el escondite

que te ocultaba la justicia viva,

de la que hacías pregunta tan frecuente;

pues tú decías: "Un hombre nace a la orilla

del Indo, y allí no hay quien razone

de Cristo ni quien lea ni quien escriba;

y todos sus querer y actos buenos

son, en cuanto la razón humana ve,

sin pecado en vida o en palabras.

Muere sin bautizar y sin fe:

¿dónde está esa justicia que lo condena?

¿dónde está su culpa, si él no cree?".

Ahora tú quién eres, que quieres sentarte en el tribunal,

para juzgar de lejos mil millas

con la vista corta de un palmo?

Ciertamente para quien conmigo sutiliza,

si la Escritura sobre vosotros no estuviera,

habría motivo para dudar de maravilla.

¡Oh animales terrenales! ¡Oh mentes toscas!

La primera voluntad, que es buena por sí misma,

de sí, que es sumo bien, jamás se apartó.

Tanto es justo cuanto con ella concuerda:

ningún bien creado la atrae hacia sí,

sino que ella, irradiando, lo causa».

Como sobre el nido gira

después de que ha alimentado la cigüeña a sus hijos,

y como aquel que ha sido alimentado la mira;

así se hizo, y así levanté las cejas,

la imagen bendita, que las alas

movía impulsada por tantos consejos.

Girando cantaba, y decía: «Tal como

son mis notas para ti, que no las entiendes,

tal es el juicio eterno para vosotros mortales».

Luego se aquietaron aquellos incendios lucientes

del Espíritu Santo aún en el signo

que hizo a los romanos reverentes al mundo,

él recomenzó: «A este reino

no subió jamás quien no creyó en Cristo,

ni antes ni después de que fuera clavado al madero.

Pero mira: muchos gritan "¡Cristo, Cristo!",

que estarán en el juicio mucho menos cerca

de él, que tal que no conoce a Cristo;

y a tales cristianos condenará el etíope,

cuando se separen los dos colegios,

uno eternamente rico y el otro indigente.

¿Qué podrán decir los persas a vuestros reyes,

cuando vean aquel volumen abierto

en el cual se escriben todos sus desprecios?

Allí se verá, entre las obras de Alberto,

aquella que pronto moverá la pluma,

por la que el reino de Praga quedará desierto.

Allí se verá el duelo que sobre el Sena

induce, falsificando la moneda,

aquel que morirá de golpe de jabalí.

Allí se verá la soberbia que da sed,

que hace al escocés y al inglés locos,

de modo que no pueden contenerse dentro de su límite.

Se verá la lujuria y el vivir muelle

de aquel de España y de aquel de Bohemia,

que nunca el valor conoció ni quiso.

Se verá al Cojo de Jerusalén

señalada con una i su bondad,

cuando lo contrario señalará una m.

Se verá la avaricia y la vileza

de aquel que guarda la isla del fuego,

donde Anquises acabó la larga vida;

y para dar a entender cuán poco es,

su escritura serán letras truncas,

que anotarán mucho en poco espacio.

Y aparecerán a cada uno las obras sucias

del tío y del hermano, que tan egregia

nación y dos coronas han dejado torcidas.

Y aquel de Portugal y el de Noruega

allí se conocerán, y el de Rascia

que mal ha visto la moneda de Venecia.

Oh feliz Hungría, si no se deja

más maltratar! y feliz Navarra,

si se armara con el monte que la rodea!

Y debe creer cada uno que ya, como prenda

de esto, Nicosia y Famagusta

por su bestia se lamentan y riñen,

que del flanco de las otras no se aparta».

Canto20

Cuando aquel que ilumina el mundo entero

desciende tanto de nuestro hemisferio

que el día se consume por todas partes,

el cielo, que antes solo por él se enciende,

de pronto se vuelve visible de nuevo

por muchas luces, en las que una resplandece;

y este acto del cielo vino a mi mente

cuando el emblema del mundo y de sus guías

en el bendito pico enmudeció;

porque todas aquellas luces vivas,

luciendo mucho más, comenzaron cantos

frágiles y caducos para mi memoria.

Oh dulce amor que de sonrisa te vistes,

cuánto parecías ardiente en aquellas flautas,

que tenían aliento solo de pensamientos santos!

Después que las claras y preciosas gemas

con que vi enjoyada la sexta luz

pusieron silencio a los toques angelicales,

me pareció oír un murmullo de río

que desciende claro de piedra en piedra,

mostrando la abundancia de su cumbre.

Y como el sonido en el mástil de la cítara

toma su forma, y como en el agujero

de la zampoña el viento que penetra,

así, removida toda espera indecisa,

aquel murmullo del águila subió

por el cuello, como si fuera hueco.

Se hizo voz allí, y de allí salió

por su pico en forma de palabras,

tales como esperaba el corazón donde las escribí.

«La parte en mí que ve y soporta el sol

en las águilas mortales», comenzó a decirme,

«ahora debe ser mirada fijamente,

porque de los fuegos de los que tomo figura,

aquellos con que el ojo en mi cabeza centellea,

son de todos sus grados los más altos.

Aquel que luce en medio como pupila,

fue el cantor del Espíritu Santo,

que el arca trasladó de villa en villa:

ahora conoce el mérito de su canto,

en cuanto fue efecto de su consejo,

por la recompensa que es equivalente.

De los cinco que me forman círculo como ceja,

aquel que más cerca está de mi pico,

consoló a la viudita por su hijo:

ahora conoce cuánto caro cuesta

no seguir a Cristo, por la experiencia

de esta vida dulce y de la opuesta.

Y el que sigue en la circunferencia

de la que hablo, por el arco superior,

retrasó la muerte por verdadera penitencia:

ahora conoce que el juicio eterno

no se muda, cuando digno ruego

hace mañana allá abajo del hoy.

El otro que sigue, con las leyes y conmigo,

bajo buena intención que dio mal fruto,

por ceder al pastor se hizo griego:

ahora conoce cómo el mal derivado

de su buena obra no le daña,

aunque por ello el mundo haya sido destruido.

Y el que ves en el arco descendente,

fue Guillermo, a quien aquella tierra llora

que llora a Carlos y a Federico vivos:

ahora conoce cómo se enamora

el cielo del rey justo, y en el semblante

de su fulgor lo hace ver todavía.

¿Quién creería allá en el mundo errante

que Rifeo Troyano en este círculo

fuese la quinta de las luces santas?

Ahora conoce mucho de lo que el mundo

no puede ver de la divina gracia,

aunque su vista no distinga el fondo».

Como alondra que en el aire se esparce

primero cantando, y luego calla contenta

por la última dulzura que la sacia,

tal me pareció la imagen de la impronta

del eterno placer, a cuyo deseo

cada cosa se vuelve lo que es.

Y aunque yo fuera a mi duda

allí casi vidrio al color que viste,

no soportó esperar callando,

sino que de la boca, «¿Qué cosas son estas?»,

me empujó con la fuerza de su peso:

por lo que vi grandes fiestas de destellos.

Luego después, con el ojo más encendido,

el bendito emblema me respondió

para no tenerme en admiración suspendido:

«Yo veo que crees estas cosas

porque yo las digo, pero no ves cómo;

así que, aunque son creídas, están ocultas.

Haces como aquel que la cosa por nombre

comprende bien, pero su esencia

no puede ver si otro no se la expone.

Regnum celorum violencia padece

de cálido amor y de viva esperanza,

que vence la divina voluntad:

no como el hombre vence al hombre,

sino que la vence porque quiere ser vencida,

y, vencida, vence con su benignidad.

La primera vida de la ceja y la quinta

te hacen maravillar, porque en ellas ves

la región de los ángeles pintada.

De sus cuerpos no salieron, como crees,

gentiles, sino cristianos, en firme fe

uno en los pies futuros y otro en los pies ya pasados.

Pues una del infierno, donde nunca se vuelve

jamás a buen querer, volvió a los huesos;

y esto fue recompensa de viva esperanza:

de viva esperanza, que puso el poder

en los ruegos hechos a Dios para resucitarla,

de modo que pudiese su voluntad ser movida.

El alma gloriosa de la que se habla,

vuelta a la carne, en la que estuvo poco,

creyó en aquel que podía ayudarla;

y creyendo se encendió en tanto fuego

de verdadero amor, que a la muerte segunda

fue digna de venir a este gozo.

La otra, por gracia que de tan profunda

fuente mana, que nunca criatura

hundió el ojo hasta la primera onda,

todo su amor allá abajo puso en rectitud:

por lo que, de gracia en gracia, Dios le abrió

el ojo a nuestra redención futura;

de donde creyó en ella, y no soportó

desde entonces más el hedor del paganismo;

y reprendió a las gentes perversas.

Aquellas tres damas le fueron por bautismo

que viste en la rueda derecha,

más de un milenio antes del bautizar.

Oh predestinación, cuán remota

está tu raíz de aquellos aspectos

que no ven entera la primera causa!

Y vosotros, mortales, manteneos firmes

en juzgar: pues nosotros, que a Dios vemos,

no conocemos todavía a todos los elegidos;

y nos es dulce tal carencia,

porque nuestro bien en este bien se afina,

que lo que quiere Dios, nosotros queremos».

Así de aquella imagen divina,

para aclararme mi corta vista,

me fue dada suave medicina.

Y como a buen cantor buen citarista

hace seguir el vibrar de la cuerda,

en que más placer el canto adquiere,

así, mientras hablaba, así recuerdo

que vi las dos luces benditas,

justo como parpadear de ojos se acuerda,

con las palabras mover las llamitas.

Canto21

Ya estaban mis ojos fijos otra vez en el rostro

de mi señora, y mi ánimo con ellos,

y de cualquier otra intención se había apartado.

Y ella no sonreía; pero «Si yo sonriera»,

me comenzó, «te volverías tal

como fue Sémele cuando se hizo ceniza:

porque mi belleza, que por las escalas

del eterno palacio más se enciende,

como has visto, cuanto más se sube,

si no se templara, tanto resplandece,

que tu poder mortal, ante su fulgor,

sería hoja que el rayo desprende.

Nos hemos elevado al séptimo esplendor,

que bajo el pecho del León ardiente

irradia ahora mezclado con su fuerza hacia abajo.

Clava detrás de tus ojos la mente,

y haz de ellos espejos para la figura

que en este espejo te será mostrada».

Quien supiera cuál era el pasto

de mi mirada en el aspecto beato

cuando me mudé a otra preocupación,

conocería cuánto me era grato

obedecer a mi celeste guía,

contrapesando un lado con el otro.

Dentro del cristal que lleva el nombre,

rodeando el mundo, de su caro guía

bajo quien yació toda malicia muerta,

de color de oro en que un rayo transluce

vi una escalera erguida hacia arriba

tan alta, que no la seguía mi luz.

Vi también por los grados descender abajo

tantos esplendores, que pensé que toda luz

que aparece en el cielo, de allí se difundía.

Y como, por la costumbre natural,

las cornejas juntas, al comenzar el día,

se mueven a calentar las plumas frías;

luego otras se van sin retorno,

otras regresan de donde partieron,

y otras girando hacen estancia;

tal manera me pareció que había allí

en aquel centellear que junto vino,

apenas en cierto grado se detuvo.

Y el que más cerca de nosotros se quedó,

se hizo tan claro, que yo decía pensando:

'Veo bien el amor que me manifiestas.

Pero aquella de quien espero el cómo y el cuándo

del decir y del callar, se está quieta; por eso yo,

contra el deseo, hago bien en no preguntar'.

Por lo cual ella, que veía mi silencio

en la visión de aquel que todo ve,

me dijo: «Libera tu ardiente deseo».

Y yo comencé: «Mi mérito

no me hace digno de tu respuesta;

pero por aquella que me concede preguntar,

vida beata que permaneces oculta

dentro de tu alegría, hazme saber

la causa que tan cerca me te ha puesto;

y di por qué se calla en esta rueda

la dulce sinfonía del paraíso,

que abajo por las otras suena tan devota».

«Tienes el oído mortal así como la vista»,

me respondió; «por eso aquí no se canta

por la misma razón que Beatriz no ha sonreído.

Abajo por los grados de la escala santa

descendí tanto solo para festejarte

con la palabra y con la luz que me envuelve;

ni más amor me hizo ser más pronta,

pues más y tanto amor aquí arriba arde,

así como el flamear te manifiesta.

Pero la alta caridad, que nos hace siervas

prontas al designio que el mundo gobierna,

sortea aquí así como observas».

«Veo bien», dije yo, «sagrada lámpara,

cómo el amor libre en esta corte

basta para seguir la providencia eterna;

pero esto es lo que discernir me parece difícil,

por qué fuiste predestinada sola

a este oficio entre tus compañeras».

No llegué siquiera a la última palabra,

cuando de su centro hizo el lumen centro,

girando sobre sí como veloz muela;

luego respondió el amor que estaba dentro:

«Luz divina sobre mí se concentra,

penetrando por esta en que me envuelvo,

cuya virtud, con mi ver unida,

me eleva sobre mí tanto, que veo

la suma esencia de la cual es extraída.

De allí viene la alegría con que flameo;

porque a mi vista, cuanto ella es clara,

la claridad de la llama igualo.

Pero aquella alma en el cielo que más se aclara,

aquel serafín que en Dios más fija tiene el ojo,

no satisfaría tu pregunta,

porque tan adentro se interna en el abismo

del eterno estatuto lo que pides,

que de toda vista creada está separado.

Y al mundo mortal, cuando regreses,

esto informa, para que no presuma

mover los pies hacia meta tan alta.

La mente, que aquí luce, en la tierra humea;

por tanto mira cómo puede allá abajo

lo que no puede porque el cielo la acoge».

Así me limitaron sus palabras,

que dejé la cuestión y me retraje

a preguntarle humildemente quién fue.

«Entre las dos costas de Italia surgen piedras,

y no muy distantes de tu patria,

tanto que los truenos suenan mucho más bajos,

y forman una joroba que se llama Catria,

debajo de la cual está consagrado un eremitorio,

que solía estar dedicado solo a la adoración».

Así me recomenzó el tercer sermón;

y luego, continuando, dijo: «Allí

al servicio de Dios me hice tan firme,

que solo con alimentos de licor de olivas

fácilmente pasaba calores y hielos,

contento en los pensamientos contemplativos.

Solía rendir aquel claustro a estos cielos

fértilmente; y ahora se ha vuelto vacío,

así que pronto conviene que se revele.

En aquel lugar fui yo Pedro Damiano,

y Pedro Pecador fui en la casa

de Nuestra Señora en el litoral adriático.

Poca vida mortal me quedaba,

cuando fui requerido y llevado a aquel capelo,

que siempre de mal en peor se trasvasa.

Vino Cefas y vino el gran vaso

del Espíritu Santo, flacos y descalzos,

tomando el alimento de cualquier posada.

Ahora quieren de aquí y de allí quien empuje

a los modernos pastores y quien los conduzca,

tanto son pesados, y quien por detrás los alce.

Cubren con sus mantos los palafrenes,

así que dos bestias van bajo una piel:

¡oh paciencia que tanto soportas!».

A esta voz vi más llamas

de grado en grado descender y girar,

y cada giro las hacía más bellas.

Alrededor de esta vinieron y se detuvieron,

e hicieron un grito de tan alto son,

que no podría aquí compararse;

ni yo lo entendí, tanto me venció el trueno.

Canto22

Oprimido de estupor, hacia mi guía

me volví, como un niño que recurre

siempre allí donde más confía;

y ella, como madre que socorre

enseguida al hijo pálido y sin aliento

con su voz, que suele tranquilizarlo,

me dijo: «¿No sabes que estás en el cielo?

¿y no sabes que el cielo es todo santo,

y cuanto aquí se hace viene de buen celo?

Cómo te habría transformado el canto,

y yo riendo, ahora puedes pensarlo,

ya que el grito te ha conmovido tanto;

en el cual, si hubieses entendido sus ruegos,

ya te sería conocida la venganza

que verás antes de que mueras.

La espada de aquí arriba no corta deprisa

ni tarde, salvo en el parecer de aquel

que deseándola o temiéndola la espera.

Pero vuélvete ya hacia otros;

pues verás espíritus muy ilustres,

si como yo digo diriges la vista».

Como a ella le plugo, volví los ojos,

y vi cien esferas que juntas

se embellecían más con mutuos rayos.

Yo estaba como quien en sí reprime

la punta del deseo, y no se atreve

a preguntar, tanto teme excederse;

y la mayor y más resplandeciente

de aquellas perlas se adelantó,

para satisfacer mi anhelo de ella.

Luego dentro de ella oí: «Si tú vieras

cómo arde entre nosotros la caridad,

tus pensamientos serían expresados.

Mas para que tú, esperando, no tardes

en llegar al alto fin, te daré respuesta

incluso al pensamiento, ya que tanto te importa.

Aquel monte en cuya ladera está Cassino

fue frecuentado antaño en la cima

por la gente engañada y mal dispuesta;

y yo soy aquel que allí llevó primero

el nombre de quien a la tierra trajo

la verdad que tanto nos eleva;

y tanta gracia resplandeció sobre mí,

que aparté las villas circundantes

del culto impío que al mundo sedujo.

Estos otros fuegos todos fueron hombres

contemplativos, encendidos de aquel ardor

que hace nacer las flores y frutos santos.

Aquí está Macario, aquí está Romualdo,

aquí están mis hermanos que dentro de los claustros

fijaron los pies y mantuvieron el corazón firme».

Y yo a él: «El afecto que demuestras

hablando conmigo, y la buena apariencia

que veo y noto en todos vuestros ardores,

así ha dilatado mi confianza,

como el sol hace a la rosa cuando abierta

llega a ser tanto cuanto tiene de potencia.

Por eso te ruego, y tú, padre, asegúrame

si puedo recibir tanta gracia, que yo

te vea con imagen descubierta».

De donde él: «Hermano, tu alto deseo

se cumplirá en la última esfera,

donde se cumplen todos los demás y el mío.

Allí es perfecta, madura y entera

cada aspiración; solo en aquella

está cada parte allí donde siempre estuvo,

porque no está en lugar y no gira sobre polos;

y nuestra escala hasta ella se extiende,

por lo que así se hurta de tu vista.

Hasta allá arriba la vio el patriarca

Jacob tender su parte suprema,

cuando se le apareció tan cargada de ángeles.

Mas, para subirla, ahora nadie levanta

de tierra los pies, y mi regla

ha quedado para daño del papel.

Los muros que solían ser abadía

se han vuelto cuevas, y las cogullas

son sacos llenos de harina podrida.

Pero grave usura no ofende tanto

contra el placer de Dios, como aquel fruto

que vuelve tan locos los corazones de los monjes;

pues cuanto la Iglesia guarda, todo

es de la gente que por Dios lo pide;

no de parientes ni de otra cosa más vil.

La carne de los mortales es tan débil,

que abajo no basta un buen comienzo

desde el nacer de la encina al hacer la bellota.

Pedro comenzó sin oro y sin plata,

y yo con oración y con ayuno,

y Francisco humildemente su convento;

y si miras el principio de cada uno,

luego miras adónde ha llegado,

verás lo blanco vuelto oscuro.

Verdaderamente el Jordán vuelto atrás

y el mar huyendo, cuando Dios quiso, fueron

más admirables de ver que aquí el remedio».

Así me dijo, y luego se recogió

con su colegio, y el colegio se estrechó;

después, como torbellino, todo se elevó.

La dulce dama detrás de ellos me impulsó

con un solo gesto arriba por aquella escala,

tan su virtud venció mi naturaleza;

ni jamás aquí abajo donde se sube y baja

naturalmente, hubo movimiento tan rápido

que pudiera igualarse a mi vuelo.

Si vuelvo alguna vez, lector, a aquel devoto

triunfo por el cual lloro a menudo

mis pecados y me golpeo el pecho,

tú no habrías sacado y metido

en el fuego el dedo, en cuanto yo vi el signo

que sigue a Tauro y estuve dentro de él.

Oh gloriosas estrellas, oh luz preñada

de gran virtud, de la cual reconozco

todo, cualquiera que sea, mi ingenio,

con vosotras nacía y se ocultaba con vosotras

aquel que es padre de toda vida mortal,

cuando sentí por primera vez el aire toscano;

y luego, cuando me fue gracia concedida

de entrar en la alta rueda que os hace girar,

vuestra región me fue asignada.

A vosotras devotamente ahora suspira

mi alma, para adquirir virtud

ante el paso difícil que hacia sí la atrae.

«Estás tan cerca de la última salvación»,

comenzó Beatriz, «que debes

tener tus ojos claros y agudos;

y por eso, antes de que más te adentres,

mira hacia abajo, y ve cuánto mundo

bajo tus pies ya te hice estar;

así que tu corazón, cuanto pueda, gozoso

se presente a la turba triunfante

que alegre viene por este éter redondo».

Con la vista volví por todas

las siete esferas, y vi este globo

tal, que sonreí de su vil apariencia;

y aquel consejo por mejor apruebo

que lo tiene por menos; y quien piensa en otra cosa

puede llamarse verdaderamente probo.

Vi a la hija de Latona encendida

sin aquella sombra que me fue causa

de creerla antes rara y densa.

El aspecto de tu hijo, Hiperión,

allí sostuve, y vi cómo se mueven

cerca y junto a él Maya y Dione.

De allí me apareció el templar de Júpiter

entre el padre y el hijo; y de allí me fue claro

el variar que hacen de su posición;

y todos los siete se me mostraron

cuán grandes son y cuán veloces

y cómo están en distante refugio.

La era que nos hace tan feroces,

girando yo con los eternos Géminis,

toda me apareció de los montes a las bocas;

después volví los ojos a los ojos bellos.

Canto23

Como el pájaro, entre las ramas amadas,

posado en el nido de sus dulces crías

la noche que nos oculta las cosas,

que, por ver los rostros deseados

y por hallar el alimento con que nutrirlas,

tareas en las que graves trabajos le son gratos,

anticipa el tiempo sobre una rama abierta,

y con ardiente afecto espera el sol,

mirando fijamente que nazca el alba;

así mi señora estaba erguida

y atenta, vuelta hacia la región

bajo la cual el sol muestra menos prisa:

de modo que, viéndola yo suspensa y ansiosa,

me volví como aquel que deseando

otra cosa querría, y esperando se satisface.

Pero poco tiempo hubo entre uno y otro momento,

de mi esperar, digo, y del ver

el cielo venirse aclarando más y más;

y Beatriz dijo: «Mira las huestes

del triunfo de Cristo y todo el fruto

cosechado del girar de estas esferas».

Me pareció que su rostro ardía todo entero,

y tenía los ojos tan llenos de alegría,

que debo pasarlo sin poder explicarlo.

Como en los plenilunios serenos

Trivia ríe entre las ninfas eternas

que pintan el cielo por todos sus senos,

vi yo sobre millares de lucernas

un sol que a todas ellas encendía,

como hace el nuestro con las visiones supernas;

y por la luz viva transparentaba

la sustancia luciente tan clara

en mi rostro, que no la sostenía.

Oh Beatriz, dulce guía y cara.

Ella me dijo: «Lo que te sobrepasa

es virtud de la que nada se protege.

Aquí está la sabiduría y el poder

que abrió los caminos entre el cielo y la tierra,

de los que hubo antes tan larga espera».

Como el fuego de una nube se libera

por dilatarse tanto que no cabe en ella,

y fuera de su naturaleza cae hacia abajo,

mi mente así, entre aquellos manjares

hecha más grande, salió de sí misma,

y lo que se hizo no sabe recordarlo.

«Abre los ojos y mira quién soy yo;

has visto cosas que te han hecho capaz

de soportar mi sonrisa».

Yo estaba como aquel que despierta

de una visión olvidada y que se esfuerza

en vano por traerla de vuelta a la mente,

cuando oí este ofrecimiento, digno

de tanto agradecimiento, que nunca se borra

del libro que registra el pasado.

Si ahora sonaran todas aquellas lenguas

que Polimnia con sus hermanas hicieron

con su leche dulcísima más ricas,

para ayudarme, a la milésima parte de la verdad

no se llegaría, cantando la santa sonrisa

y cuánto el santo aspecto la hacía pura;

y así, figurando el paraíso,

conviene que salte el sagrado poema,

como quien encuentra su camino cortado.

Pero quien pensara el tema ponderable

y el hombro mortal que lo carga,

no lo censuraría si bajo él tiembla:

no es travesía para pequeña barca

la que hendiendo va la atrevida proa,

ni para timonel que a sí mismo se escatima.

«¿Por qué mi rostro tanto te enamora,

que no te vuelves al bello jardín

que bajo los rayos de Cristo florece?

Allí está la rosa en la que el verbo divino

se hizo carne; allí están los lirios

por cuyo olor se tomó el buen camino».

Así Beatriz; y yo, que a sus consejos

todo estaba dispuesto, de nuevo me entregué

a la batalla de los débiles párpados.

Como bajo un rayo de sol, que puro fluye

por una nube rota, ya un prado de flores

vieron, cubierto de sombra, mis ojos;

vi yo así muchas turbas de esplendores,

iluminados desde arriba por rayos ardientes,

sin ver el principio de los fulgores.

Oh benigna virtud que así los imprimes,

te elevaste arriba, para darme lugar

a los ojos que no eran capaces de verte.

El nombre de la bella flor que siempre invoco

mañana y tarde, todo me concentró

el ánimo en observar el mayor fuego;

y cuando ambas luces me pintaron

el cuál y el cuánto de la estrella viva

que allá arriba vence como aquí abajo venció,

por dentro del cielo descendió una antorcha,

formada en círculo a manera de corona,

y la ciñó y giró en torno a ella.

Cualquier melodía que más dulce suena

aquí abajo y más atrae el alma hacia sí,

parecería nube que desgarrada truena,

comparada con el sonar de aquella lira

con la que se coronaba el bello zafiro

del cual el cielo más claro se azulea.

«Yo soy amor angélico, que giro

la alta alegría que emana del vientre

que fue albergue de nuestro deseo;

y giraré, señora del cielo, mientras

que sigas a tu hijo, y harás más divina

la esfera suprema porque en ella entres».

Así la circular melodía

se sellaba, y todas las demás luces

hacían sonar el nombre de María.

El manto real de todos los volúmenes

del mundo, que más arde y más se aviva

en el aliento de Dios y en sus costumbres,

tenía sobre nosotros la orilla interna

tan distante, que su apariencia,

allá donde yo estaba, aún no aparecía:

por eso no tuvieron mis ojos poder

de seguir la coronada llama

que se elevó tras su semilla.

Y como el niño que hacia la madre

tiende los brazos, después que tomó la leche,

por el afecto que hasta afuera se inflama;

cada uno de aquellos candores hacia arriba se extendió

con su cima, de modo que el alto afecto

que tenían a María me fue manifiesto.

Luego permanecieron allí ante mi vista,

'Regina coeli' cantando tan dulcemente,

que nunca se apartó de mí el deleite.

Oh cuánta es la abundancia que se acumula

en aquellas arcas riquísimas que fueron

para sembrar aquí abajo buenas semillas.

Allí se vive y se goza del tesoro

que se adquirió llorando en el exilio

de Babilonia, donde se dejó el oro.

Allí triunfa, bajo el alto Hijo

de Dios y de María, de su victoria,

y con el antiguo y el nuevo concilio,

aquel que tiene las llaves de tal gloria.

Canto24

«Oh cofradía elegida para la gran cena

del bendito Cordero, que os alimenta

de modo que vuestro deseo siempre está colmado,

si por gracia de Dios este hombre prueba

algo de lo que cae de vuestra mesa,

antes de que la muerte le señale su plazo,

prestad atención a su inmensa sed

y rociadle un poco: vosotros bebéis

siempre de la fuente de donde viene lo que él piensa».

Así habló Beatriz; y aquellas almas dichosas

se hicieron esferas sobre ejes fijos,

llameando, girando, como cometas.

Y como los engranajes en el mecanismo de un reloj

giran de tal modo que el primero, al que lo observa,

parece quieto, y el último parece que vuela;

así aquellas danzas circulares, danzando

de distinta manera, su riqueza

me hacían estimar, rápidas y lentas.

De aquella que vi más hermosa

vi salir un fuego tan feliz

que ninguno dejó allí mayor resplandor;

y tres veces en torno a Beatriz

giró con un canto tan divino

que mi fantasía no logra repetírmelo.

Por eso la pluma salta y no lo escribo:

porque nuestra imaginación para tales pliegues,

y no digamos el lenguaje, es color demasiado vivo.

«Oh santa hermana mía que así nos ruega

con devoción, por tu ardiente afecto

de aquella hermosa esfera me desatas».

Después de detenerse, el fuego bendito

dirigió su aliento a mi señora,

que habló tal como he dicho.

Y ella: «Oh luz eterna del gran varón

a quien Nuestro Señor dejó las llaves

que llevó abajo, de este gozo admirable,

examina a este hombre sobre puntos leves y graves,

como te plazca, acerca de la fe,

por la cual tú caminaste sobre el mar.

Si él ama bien y bien espera y cree,

no se te oculta, porque tienes la vista allí

donde toda cosa pintada se ve;

pero ya que este reino ha hecho ciudadanos

por la verdadera fe, para glorificarla,

conviene que a él le toque hablar de ella».

Como el bachiller se apresta y no habla

hasta que el maestro propone la cuestión,

para aprobarla, no para resolverla,

así me armaba yo de toda razón

mientras ella hablaba, para estar preparado

para tal examinador y tal profesión.

«Di, buen cristiano, manifiéstate:

la fe, ¿qué es?». Entonces alcé la frente

hacia aquella luz de donde salía esto;

luego me volví a Beatriz, y ella me hizo

señales prontas para que derramase

el agua de fuera de mi fuente interna.

«La Gracia que me concede que me confiese»,

comencé yo, «ante el alto primipilo,

haga que mis conceptos sean bien expresados».

Y proseguí: «Como la pluma veraz

lo escribió, padre, de tu querido hermano

que puso contigo a Roma en el buen rumbo,

la fe es sustancia de cosas esperadas

y argumento de las que no se ven;

y esta me parece su esencia».

Entonces oí: «Piensas correctamente,

si entiendes bien por qué la colocó

entre las sustancias, y luego entre los argumentos».

Y yo después: «Las cosas profundas

que me conceden aquí su apariencia,

a los ojos de allá abajo están tan ocultas,

que su existencia allí está solo en la creencia,

sobre la cual se funda la alta esperanza;

y por eso toma significado de sustancia.

Y de esta creencia nos conviene

razonar silogísticamente, sin tener otra vista:

por eso tiene significado de argumento».

Entonces oí: «Si todo cuanto se adquiere

abajo por doctrina se entendiese así,

no habría lugar para ingenio de sofista».

Así exhaló aquel amor encendido;

luego añadió: «Muy bien ha sido examinada

de esta moneda ya la aleación y el peso;

pero dime si la tienes en tu bolsa».

Y yo: «Sí la tengo, tan brillante y tan redonda,

que en su cuño nada me genera duda».

Después salió de la luz profunda

que allí resplandecía: «Esta joya preciosa

sobre la cual toda virtud se funda,

¿de dónde te vino?». Y yo: «La abundante lluvia

del Espíritu Santo, que está derramada

sobre los viejos y sobre los nuevos pergaminos,

es el silogismo que me la ha concluido

tan agudamente, que frente a ella

toda demostración me parece obtusa».

Oí luego: «La antigua y la nueva

proposición que así te concluyen,

¿por qué las tienes por palabra divina?».

Y yo: «La prueba que me descubre la verdad

son las obras que siguieron, para las que la naturaleza

nunca calentó hierro ni golpeó yunque».

Me fue respondido: «Di, ¿quién te asegura

que aquellas obras existieron? Ese mismo

que quiere probarse, no otro, te lo jura».

«Si el mundo se volvió al cristianismo»,

dije yo, «sin milagros, este solo

es tal que los otros no son la centésima parte:

porque tú entraste pobre y en ayunas

al campo, a sembrar la buena planta

que fue vid y ahora se ha vuelto zarza».

Acabado esto, la alta corte santa

resonó por las esferas un «Te Dios alabamos»

en la melodía que allá arriba se canta.

Y aquel barón que así de rama en rama,

examinando, ya me había conducido

hasta que nos acercábamos a las últimas hojas,

recomenzó: «La Gracia, que corteja

con tu mente, la boca te abrió

hasta aquí como debía abrirse,

de modo que apruebo lo que ha salido;

pero ahora conviene que expreses lo que crees,

y de dónde se ofreció a tu creencia».

«Oh santo padre, espíritu que ves

lo que creíste tanto, que venciste

hacia el sepulcro a pies más jóvenes»,

comencé yo, «tú quieres que manifieste

la forma aquí de mi creencia pronta,

y también la causa de ella me pediste.

Y yo respondo: Creo en un Dios

solo y eterno, que todo el cielo mueve,

sin ser movido, con amor y con deseo;

y para tal creencia no tengo solo pruebas

físicas y metafísicas, sino que me la da

también la verdad que desde aquí llueve

por Moisés, por los profetas y por los salmos,

por el Evangelio y por vosotros que escribisteis

después de que el Espíritu ardiente os hizo almas;

y creo en tres personas eternas, y estas

creo una esencia tan una y tan trina,

que admite junto «es» y «son».

De la profunda condición divina

que ahora toco, la mente me sella

muchas veces la doctrina evangélica.

Este es el principio, esta es la chispa

que se dilata luego en llama vivaz,

y como estrella en el cielo centellea en mí».

Como el señor que escucha lo que le place,

luego abraza al siervo, congratulándose

por la noticia, apenas este calla;

así, bendiciéndome cantando,

tres veces me ciñó, apenas callé,

la luz apostólica a cuyo mandato

yo había hablado: ¡tanto le agradé al hablar!

Canto25

Si alguna vez ocurre que el poema sagrado

en el que han puesto mano el cielo y la tierra,

y que me ha dejado demacrado tantos años,

venza la crueldad que me cierra el paso

al hermoso redil donde dormí como cordero,

enemigo de los lobos que le hacen la guerra;

con otra voz ya, con otro vellón

volveré poeta, y sobre la fuente

de mi bautismo recibiré la corona;

porque en la fe, que hace conocidas

las almas a Dios, allí entré yo, y luego

Pedro por ella me ciñó la frente.

Entonces se movió una luz hacia nosotros

desde aquella esfera de donde salió el primero

que Cristo dejó de sus vicarios;

y mi señora, llena de alegría,

me dijo: «Mira, mira: he ahí el varón

por quien allá abajo se visita Galicia».

Igual que cuando la paloma se posa

junto a su compañera, uno a otro despliegan,

girando y arrullando, su afecto;

así vi yo a uno y otro gran

príncipe glorioso ser acogido,

alabando el alimento que allá arriba los nutre.

Pero después que el saludo se hubo acabado,

callado cada uno se fijó ante mí,

tan encendido que vencía mi vista.

Riendo entonces Beatriz dijo:

«Ínclita vida por quien la generosidad

de nuestra basílica fue escrita,

haz resonar la esperanza en esta altura:

tú sabes que tantas veces la representas,

cuantas Jesús a los tres mostró más ternura».

«Levanta la cabeza y ten confianza:

que lo que viene aquí arriba del mundo mortal,

conviene que a nuestros rayos madure».

Este consuelo del segundo fuego

me vino; por lo que alcé los ojos a los montes

que antes los habían doblado con demasiado peso.

«Ya que por gracia quiere que te encuentres

con nuestro Emperador, antes de la muerte,

en la sala más secreta con sus condes,

de modo que, visto el verdadero estado de esta corte,

la esperanza, que allá abajo bien enamora,

en ti y en otros de esto conforte,

di qué es ella, di cómo de ella se adorna

tu mente, y di de dónde te vino».

Así prosiguió el segundo resplandor todavía.

Y aquella piadosa que guió las plumas

de mis alas a tan alto vuelo,

a la respuesta así se me adelantó:

«La Iglesia militante ningún hijo

tiene con más esperanza, como está escrito

en el Sol que irradia toda nuestra hueste:

por eso le es concedido que de Egipto

venga a Jerusalén para ver,

antes de que el militar le sea prescrito.

Los otros dos puntos, que no por saber

son preguntados, sino para que él informe

cuánto esta virtud te es grata,

a él se los dejo, que no le serán difíciles

ni de jactancia; y que él a eso responda,

y la gracia de Dios se lo permita».

Como discípulo que secunda al maestro

pronto y dispuesto en aquello en que es experto,

para que su bondad se revele,

«Esperanza», dije yo, «es una espera cierta

de la gloria futura, la cual produce

gracia divina y mérito precedente.

De muchas estrellas me viene esta luz;

pero quien la destiló en mi corazón primero

fue el supremo cantor del supremo guía.

'Esperen en ti', en su canto de Dios

dice, 'los que conocen tu nombre':

¿y quién no lo conoce, si tiene mi fe?

Tú me destilaste, con su destilar,

en la epístola luego; así que estoy lleno,

y en otros vuestra lluvia derramo».

Mientras yo hablaba, dentro del vivo seno

de aquel incendio temblaba un destello

súbito y frecuente como un relámpago.

Luego exhaló: «El amor con que aún ardo

hacia la virtud que me acompañó

hasta la palma y a la salida del campo,

quiere que yo te hable a ti que te deleitas

con ella; y me es grato que tú digas

aquello que la esperanza te promete».

Y yo: «Las nuevas y las escrituras antiguas

ponen la marca, y ella me la señala,

de las almas que Dios se ha hecho amigas.

Dice Isaías que cada una vestida

en su tierra será de doble vestidura:

y su tierra es esta dulce vida;

y tu hermano mucho más claramente,

allí donde trata de las blancas estolas,

esta revelación nos manifiesta».

Y primero, apenas al fin de estas palabras,

'Esperen en ti' por encima de nosotros se oyó;

a lo que respondieron todos los coros.

Después entre ellos una luz resplandeció

tal que, si Cáncer tuviera tal cristal,

el invierno tendría un mes de un solo día.

Y como surge y va y entra en el baile

una doncella alegre, solo para hacer honor

a la novia, no por ninguna falta,

así vi yo el resplandor aclarado

venir hacia los dos que giraban con ritmo

cual convenía a su ardiente amor.

Se unió allí al canto y a la rueda;

y mi señora en ellos tenía la mirada,

como esposa callada e inmóvil.

«Este es el que yació sobre el pecho

de nuestro pelícano, y este fue

desde la cruz al gran oficio elegido».

Mi señora así; ni por eso más

movió su vista de estar atenta

después que antes sus palabras.

Como aquel que mira fijo y se esfuerza

por ver eclipsarse el sol un poco,

que, por ver, no vidente se vuelve;

así me hice yo ante aquel último fuego

mientras que fue dicho: «¿Por qué te deslumbras

por ver cosa que aquí no tiene lugar?

En tierra es tierra mi cuerpo, y lo será

junto con los otros, hasta que nuestro número

con el eterno propósito se iguale.

Con las dos estolas en el bienaventurado claustro

están las dos únicas luces que subieron;

y esto llevarás a vuestro mundo».

A esta voz el inflamado giro

se aquietó con ello la dulce mezcla

que se hacía en el son del trino espíritu,

así como, para cesar fatiga o riesgo,

los remos, antes en el agua batidos,

todos se posan al sonar un silbato.

Ah, cuánto en la mente me conmoví,

cuando me volví para ver a Beatriz,

por no poder ver, aunque yo estaba

cerca de ella, y en el mundo feliz!

Canto26

Mientras yo dudaba por la vista apagada,

de la fulgente llama que la apagó

salió un aliento que me hizo atento,

diciendo: «Mientras te recuperas

de la vista que has consumido en mí,

es bueno que hablando la compenses.

Comienza pues; y di adónde apunta

tu alma, y ten por cierto que está

la vista en ti extraviada y no muerta:

porque la mujer que por esta divina

región te conduce, tiene en la mirada

la virtud que tuvo la mano de Ananías».

Yo dije: «A su placer pronto o tardío

venga remedio a los ojos, que fueron puertas

cuando ella entró con el fuego del que siempre ardo.

El bien que hace feliz esta corte,

Alfa y Omega es de cuanta escritura

me lee Amor suave o fuertemente».

Aquella misma voz que el miedo

me había quitado del súbito deslumbramiento,

me puso en cuidado de razonar aún;

y dijo: «Cierto que por una criba más estrecha

te conviene aclarar: debes decir

quién dirigió tu arco hacia tal blanco».

Y yo: «Por argumentos filosóficos

y por autoridad que de aquí desciende

tal amor conviene que se imprima en mí:

pues el bien, en cuanto bien, cuando se entiende,

así enciende amor, y tanto más

cuanto más bondad en sí comprende.

Luego hacia la esencia donde hay tanta ventaja,

que cada bien que fuera de ella se encuentra

no es más que un destello de su rayo,

más que hacia otra conviene que se mueva

la mente, amando, de quien discierne

la verdad en que se funda esta prueba.

Tal verdad a mi intelecto extiende

aquel que me muestra el primer amor

de todas las sustancias sempiternas.

La extiende la voz del autor veraz,

que dice a Moisés, hablando de sí:

'Yo te haré ver todo valor'.

Me la extiendes tú también, comenzando

el alto pregón que grita el arcano

de aquí abajo sobre cualquier otro bando».

Y oí: «Por intelecto humano

y por autoridad con él concorde

de tus amores a Dios mira el soberano.

Mas di también si sientes otras cuerdas

tirarte hacia él, así que resuenes

con cuántos dientes este amor te muerde».

No fue oculta la santa intención

del águila de Cristo, antes me di cuenta

adónde quería llevar mi profesión.

Por eso recomencé: «Todas aquellas mordeduras

que pueden hacer que el corazón se vuelva a Dios,

a mi caridad han concurrido:

pues el ser del mundo y mi ser,

la muerte que él sostuvo para que yo viva,

y lo que espera todo fiel como yo,

con el conocimiento vivo antes dicho,

me han sacado del mar del amor torcido,

y del recto me han puesto en la orilla.

Las hojas con que se frondea todo el huerto

del eterno hortelano, amo tanto

cuanto de él a ellas de bien es llevado».

Apenas callé, un dulcísimo canto

resonó por el cielo, y mi señora

decía con los otros: «Santo, santo, santo».

Y como ante luz aguda se despierta

por el espíritu visual que acude

al esplendor que va de túnica en túnica,

y el despertado aborrece lo que ve,

tan necia es la súbita vigilia

hasta que la estimativa no socorre;

así de mis ojos toda mota

ahuyentó Beatriz con el rayo de los suyos,

que refulgía desde más de mil millas:

de modo que mejor que antes vi después;

y casi estupefacto pregunté

por una cuarta luz que vi entre nosotros.

Y mi señora: «Dentro de esos rayos

contempla a su hacedor el alma primera

que la primera virtud creara jamás».

Como la rama que inclina la cima

al paso del viento, y luego se alza

por la propia virtud que la sublima,

hice yo mientras ella hablaba,

asombrado, y luego me rehízo seguro

un deseo de hablar del que yo ardía.

Y comencé: «Oh fruto que maduro

solo fuiste producido, oh padre antiguo

para quien toda esposa es hija y nuera,

devoto cuanto puedo te suplico

que me hables: ves mi deseo,

y por oírte pronto no lo digo».

A veces un animal cubierto se agita,

así que el afecto conviene que se vea

por el seguir que le hace la envoltura;

y similarmente el alma primera

me hacía transparentar por la cubierta

cuán gozosa venía a complacerme.

Luego exhaló: «Sin que me sea expuesta

por ti, tu voluntad discierno mejor

que tú cualquier cosa que te es más cierta;

porque la veo en el espejo veraz

que hace de sí parangón a las otras cosas,

y nada hace de él parangón a sí.

Quieres oír cuánto hace que Dios me puso

en el excelso jardín, donde ella

a tan larga escala te dispuso,

y cuánto fue deleite a mis ojos,

y la propia causa del gran desdén,

y el idioma que usé y que hice.

Pues bien, hijo mío, no el gustar del árbol

fue en sí la causa de tanto exilio,

sino solamente el traspasar el signo.

Desde donde movió tu señora a Virgilio,

cuatro mil trescientos dos giros

de sol deseé este concilio;

y lo vi volver a todas las luces

de su camino novecientas treinta

veces, mientras yo en la tierra estuve.

La lengua que hablé quedó toda extinta

antes de que a la obra inconsumable

se dedicara la gente de Nemrod:

pues ningún efecto racional jamás,

por el placer humano que se renueva

siguiendo el cielo, fue perdurable.

Obra natural es que el hombre hable;

mas así o así, la naturaleza deja

luego hacer a vosotros según os plazca.

Antes de que bajara a la infernal angustia,

I se llamaba en la tierra el sumo bien

de donde viene la alegría que me envuelve;

y El se llamó después: y esto conviene,

pues el uso de los mortales es como hoja

en rama, que se va y otra viene.

En el monte que más se eleva del agua,

estuve yo, con vida pura y deshonesta,

desde la hora prima hasta aquella que sigue,

cuando el sol cambia cuadrante, a la hora sexta».

Canto27

"Al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo",

comenzó, "¡gloria!", todo el paraíso,

de modo que me embriagaba el dulce canto.

Lo que yo veía me parecía una risa

del universo; por lo que mi embriaguez

entraba por el oído y por la vista.

¡Oh gozo! ¡oh inefable alegría!

¡oh vida íntegra de amor y de paz!

¡oh riqueza segura sin deseo!

Ante mis ojos las cuatro antorchas

estaban encendidas, y la que vino primero

comenzó a hacerse más vivaz,

y tal en su apariencia se volvió,

como se volvería Júpiter, si él y Marte

fueran pájaros y se cambiaran las plumas.

La providencia, que allí reparte

turno y oficio, en el coro bendito

silencio había puesto por todas partes,

cuando oí: "Si me descoloro,

no te asombres, porque, mientras hablo,

verás descolorarse a todos estos.

Aquel que usurpa en la tierra mi lugar,

mi lugar, mi lugar que está vacante

en presencia del Hijo de Dios,

ha hecho de mi cementerio una cloaca

de sangre y de hedor; por lo que el perverso

que cayó de aquí arriba, allá abajo se complace".

De ese color que por el sol contrario

tiñe la nube al atardecer y al alba,

vi yo entonces todo el cielo cubierto.

Y como mujer honesta que permanece

segura de sí, y por la falta ajena,

solo escuchando, se vuelve tímida,

así Beatriz cambió de semblante;

y tal eclipse creo que hubo en el cielo

cuando sufrió la suprema potencia.

Luego prosiguieron sus palabras

con voz tan cambiada de sí misma,

que la apariencia no se mudó más:

"No fue la esposa de Cristo criada

con mi sangre, la de Lino, la de Cleto,

para ser usada en adquisición de oro;

sino para adquirir esta vida feliz

Sixto y Pío y Calisto y Urbano

derramaron su sangre tras mucho llanto.

No fue nuestra intención que a la derecha

de nuestros sucesores se sentara una parte,

y otra a la izquierda del pueblo cristiano;

ni que las llaves que me fueron concedidas,

se volvieran emblema en estandarte

que combatiera contra bautizados;

ni que yo fuera figura de sello

en privilegios vendidos y falsos,

por lo que a menudo me ruborizo y centelleo.

En vestidura de pastores lobos rapaces

se ven desde aquí arriba por todos los pastos:

oh defensa de Dios, ¿por qué sigues inactiva?

De nuestra sangre los de Cahors y de Gascuña

se disponen a beber: oh buen principio,

¡a qué vil fin conviene que caigas!

Pero la alta providencia, que con Escipión

defendió para Roma la gloria del mundo,

socorrerá pronto, según yo concibo;

y tú, hijo, que por el peso mortal

aún volverás abajo, abre la boca,

y no escondas lo que yo no escondo".

Así como de vapores helados flotan copos

hacia abajo en nuestro aire, cuando el cuerno

de la cabra del cielo toca al sol,

hacia arriba vi yo así el éter adornarse

y formar copos de vapores triunfantes

que habían hecho con nosotros allí estancia.

Mi vista seguía sus figuras,

y siguió hasta que el medio, por lo mucho,

le quitó el traspasar más adelante.

Por lo que la dama, que me vio liberado

del mirar hacia arriba, me dijo: "Baja

la vista y mira cuánto has girado".

Desde la hora en que había mirado la primera vez

vi que me había movido por todo el arco

que hace desde el medio hasta el fin el primer clima;

de modo que veía más allá de Cádiz el paso

loco de Ulises, y de este lado cerca de la costa

en la cual Europa se hizo dulce carga.

Y más me hubiera sido descubierto el sitio

de esta era; pero el sol procedía

bajo mis pies un signo y más apartado.

La mente enamorada, que cortejaba

a mi dama siempre, de volver

a ella los ojos más que nunca ardía;

y si naturaleza o arte hizo cebo

para atrapar ojos, para poseer la mente,

en carne humana o en sus pinturas,

todos reunidos, parecerían nada

frente al placer divino que me resplandeció,

cuando me volví a su rostro sonriente.

Y la virtud que la mirada me concedió,

del bello nido de Leda me arrancó,

y en el cielo velocísimo me impulsó.

Sus partes vivísimas y excelsas

tan uniformes son, que no sé decir

cuál Beatriz escogió como lugar para mí.

Pero ella, que veía mi deseo,

comenzó, riendo tan alegre,

que Dios parecía gozar en su rostro:

"La naturaleza del mundo, que aquieta

el centro y todo lo demás mueve alrededor,

aquí comienza como desde su meta;

y este cielo no tiene otro dónde

que la mente divina, en la que se enciende

el amor que lo gira y la virtud que él derrama.

Luz y amor de un círculo lo comprenden,

así como este a los otros; y ese recinto

solo lo entiende aquel que lo ciñe.

Su movimiento no está medido por otro,

sino que los otros son medidos por este,

así como diez por medio y por quinto;

y cómo el tiempo tenga en tal vasija

sus raíces y en los otros las frondas,

ya puede serte manifiesto.

Oh codicia, que a los mortales hundes

tan debajo de ti, que ninguno tiene poder

de sacar los ojos fuera de tus ondas!

Bien florece en los hombres la voluntad;

pero la lluvia continua convierte

en ciruelas podridas las ciruelas verdaderas.

Fe e inocencia se encuentran

solo en los niños pequeños; luego cada una

huye antes de que las mejillas estén cubiertas.

Tal, balbuceando todavía, ayuna,

que luego devora, con la lengua suelta,

cualquier comida en cualquier luna;

y tal, balbuceando, ama y escucha

a su madre, que, con habla entera,

desea luego verla sepultada.

Así se vuelve la piel blanca negra

al primer aspecto de la bella hija

de aquel que trae la mañana y deja la tarde.

Tú, para que no te asombres,

piensa que en la tierra no hay quien gobierne;

por lo que se extravía la familia humana.

Pero antes de que enero todo se desinvierne

por la centésima que allá abajo se descuida,

irradiarán tanto estos círculos supernos,

que la fortuna que tanto se espera,

volverá las popas donde están las proas,

de modo que la flota correrá derecha;

y fruto verdadero vendrá después de la flor".

Canto28

Después de que contra la vida presente

de los míseros mortales abrió la verdad

aquella que hace paraíso de mi mente,

como en el espejo ve la llama de un candelero

quien se alumbra por detrás,

antes de tenerla a la vista o en el pensamiento,

y se vuelve para ver si el cristal

le dice la verdad, y ve que concuerda

con él como la nota con su compás;

así mi memoria recuerda

que yo hice mirando en los bellos ojos

por donde Amor hizo la cuerda para atraparme.

Y cuando me volví y fueron tocados

los míos por lo que aparece en ese volumen,

siempre que en su giro bien se mira,

vi un punto que irradiaba luz

tan aguda, que el rostro que él abrasa

debe cerrarse por su fuerte intensidad;

y la estrella que de aquí parece más pequeña,

parecería luna, puesta junto a él

como estrella con estrella se coloca.

Quizás a tanta distancia como parece

al ceñir la luz que lo pinta

cuando el vapor que la porta es más denso,

distante en torno al punto un círculo de fuego

giraba tan rápido, que habría vencido

aquel movimiento que más veloz ciñe el mundo;

y este estaba de otro circundado,

y ese del tercero, y el tercero luego del cuarto,

del quinto el cuarto, y luego del sexto el quinto.

Arriba seguía el séptimo tan extendido

ya en anchura, que el mensajero de Juno

entero para contenerlo sería estrecho.

Así el octavo y el noveno; y cada uno

más lento se movía, según estaba

en número más distante del uno;

y tenía la llama más pura

el que menos distaba de la centella pura,

creo, porque más se hace verdadero en ella.

Mi dama, que me veía intensamente

suspenso, dijo: «De ese punto

depende el cielo y toda la naturaleza.

Mira ese círculo que más se le une;

y sabe que su movimiento es tan veloz

por el amor ardiente del que es impulsado».

Y yo a ella: «Si el mundo estuviera dispuesto

con el orden que veo en esas ruedas,

satisfecho me habría lo que se me propone;

mas en el mundo sensible se puede

ver las esferas tanto más divinas,

cuanto más remotas están del centro.

Por lo cual, si mi deseo ha de tener fin

en este maravilloso y angélico templo

que solo amor y luz tiene por confín,

necesito oír todavía cómo el ejemplo

y el ejemplar no van del mismo modo,

pues yo por mí en vano a esto contemplo».

«Si tus dedos no son para tal nudo

suficientes, no es maravilla:

tanto, por no intentarlo, se ha hecho duro».

Así mi dama; luego dijo: «Toma

lo que te diré, si quieres saciarte;

y en torno a eso afina tu entendimiento.

Los círculos corporales son amplios y estrechos

según el más y el menos de la virtud

que se extiende por todas sus partes.

Mayor bondad quiere hacer mayor bienestar;

mayor bienestar mayor cuerpo abarca,

si tiene las partes igualmente cumplidas.

Entonces este que todo cuanto arrastra

al otro universo consigo, corresponde

al círculo que más ama y que más sabe:

por lo cual, si tú a la virtud ciñes

tu medida, no a la apariencia

de las sustancias que te parecen redondas,

verás una consecuencia admirable

de mayor a más y de menor a menos,

en cada cielo, a su inteligencia».

Como queda espléndido y sereno

el hemisferio del aire, cuando sopla

Bóreas desde aquella mejilla donde es más suave,

porque se purga y disuelve la niebla

que antes turbaba, de modo que el cielo sonríe

con las bellezas de cada su región;

así hice yo, después de que me proveyó

mi dama de su respuesta clara,

y como estrella en el cielo la verdad se vio.

Y cuando sus palabras cesaron,

no de otro modo chispea el hierro

que hierve, como los círculos centellearon.

Su incendio seguía cada chispa;

y eran tantas, que su número

más que el duplicar del ajedrez se multiplica por mil.

Yo oía hosannas de coro en coro

al punto fijo que los sostiene en sus lugares,

y sostendrá siempre, en los que siempre estuvieron.

Y la que veía los pensamientos dudosos

en mi mente, dijo: «Los círculos primeros

te han mostrado Serafines y Querubines.

Tan veloces siguen sus ataduras,

para asemejarse al punto cuanto pueden;

y pueden cuanto a ver son sublimes.

Esos otros amores que en torno a ellos van,

se llaman Tronos del divino aspecto,

porque el primer ternario terminaron;

y debes saber que todos tienen gozo

cuanto su vista se profundiza

en la verdad en que se aquieta todo intelecto.

De aquí se puede ver cómo se funda

el ser bienaventurado en el acto que ve,

no en el que ama, que viene después;

y del ver es medida el mérito,

que gracia engendra y buena voluntad:

así de grado en grado se procede.

El otro ternario, que así germina

en esta primavera sempiterna

que el nocturno Aries no despoja,

perpetuamente 'Hosanna' exhala

con tres melodías, que suenan en tres

órdenes de alegría con que se interioriza.

En esa jerarquía están las otras deidades:

primero Dominaciones, y luego Virtudes;

el orden tercero de Potestades es.

Después en los dos penúltimos regocijos

Principados y Arcángeles giran;

el último es todo de juegos Angélicos.

Estos órdenes de arriba todos se contemplan,

y de abajo vencen de tal modo, que hacia Dios

todos son atraídos y todos atraen.

Y Dionisio con tanto deseo

a contemplar estos órdenes se entregó,

que los nombró y distinguió como yo.

Pero Gregorio de él luego se separó;

por lo que, tan pronto como abrió los ojos

en este cielo, de sí mismo se rió.

Y si tan secreto saber reveló

un mortal en tierra, no quiero que te admires:

pues quien lo vio aquí arriba se lo descubrió

con mucho más de la verdad de estos giros».

Canto29

Cuando los dos hijos de Latona,

cubiertos por el Carnero y por la Libra,

hacen del horizonte juntos faja,

todo el tiempo que el cenit los equilibra

hasta que uno y otro de ese cinturón,

cambiando de hemisferio, se desvinculan,

tanto tiempo, con el rostro pintado de sonrisa,

calló Beatriz, mirando

fijo al punto que me había vencido.

Después comenzó: «Digo, y no pregunto,

lo que quieres oír, porque lo he visto

allí donde convergen todo dónde y todo cuándo.

No para tener en sí una ganancia de bien,

que no puede ser, sino para que su esplendor

pudiera, resplandeciendo, decir "Existo",

en su eternidad fuera del tiempo,

más allá de toda otra comprensión, como le plugo,

se abrió en nuevos amores el amor eterno.

Ni antes yacía como aletargado;

porque ni antes ni después procedió

el movimiento de Dios sobre estas aguas.

Forma y materia, unidas y puras,

salieron a ser sin ningún defecto,

como de un arco de tres cuerdas tres flechas.

Y como en vidrio, en ámbar o en cristal

resplandece un rayo así, que desde el venir

hasta el ser todo no hay intervalo,

así el efecto triforme de su señor

resplandeció en su ser todo junto

sin distinción al comenzar.

Concreado fue el orden y la construcción

en las sustancias; y aquellas fueron cima

en el mundo donde se produjo acto puro;

potencia pura ocupó la parte más baja;

en medio ató potencia con acto

tal liga, que jamás se desvincule.

Jerónimo escribió largo trecho

de siglos de los ángeles creados

antes de que fuera hecho el otro mundo;

pero esta verdad está escrita en muchos lugares

por los escritores del Espíritu Santo,

y te darás cuenta si bien observas;

y también la razón lo ve en parte,

pues no concebiría que los motores

sin su perfección estuvieran tanto tiempo.

Ahora sabes dónde y cuándo estos amores

fueron creados y cómo: de modo que apagados

en tu deseo ya están tres ardores.

Ni llegarías, contando, al veinte

tan pronto como una parte de los ángeles

perturbó el sustrato de vuestros alimentos.

La otra permaneció, y comenzó este arte

que tú disciernes, con tanto deleite,

que jamás de girar se aparta.

Principio de la caída fue el maldito

ensoberbecerse de aquel que tú viste

oprimido por todos los pesos del mundo.

Los que ves aquí fueron modestos

al reconocerse de la bondad

que los había hecho para entender tan prontos:

por lo cual sus vistas fueron exaltadas

con gracia iluminante y con su mérito,

así que tienen firme y plena voluntad;

y no quiero que dudes, sino que estés cierto,

que recibir la gracia es meritorio

según cuánto el afecto le esté abierto.

Ya en torno a este consistorio

puedes contemplar bastante, si mis palabras

han sido recogidas, sin otra ayuda.

Pero porque en la tierra en vuestras escuelas

se lee que la naturaleza angélica

es tal, que entiende y recuerda y quiere,

todavía diré, para que veas pura

la verdad que allá abajo se confunde,

equivocándose en tal lectura.

Estas sustancias, después que se gozaron

con la faz de Dios, no volvieron el rostro

de ella, de quien nada se esconde:

por eso no tienen visión interrumpida

por nuevo objeto, y por eso no necesitan

recordar por concepto separado;

así que allá abajo, sin dormir, se sueña,

creyendo y no creyendo decir verdad;

pero en lo uno hay más culpa y más vergüenza.

Vosotros no vais por un solo sendero

filosofando: tanto os arrastra

el amor de la apariencia y su pensamiento.

Y aun esto aquí arriba se tolera

con menos desdén que cuando se pospone

la divina Escritura o cuando se tuerce.

No se piensa cuánta sangre cuesta

sembrarla en el mundo y cuánto agrada

quien humildemente con ella se acerca.

Por aparentar cada uno se ingenia y hace

sus invenciones; y esas son expuestas

por los predicadores y el Evangelio se calla.

Uno dice que la luna retrocedió

en la pasión de Cristo y se interpuso,

para que la luz del sol no bajara;

y miente, porque la luz se ocultó

por sí misma: por eso a los españoles y a los indios

como a los judíos tal eclipse respondió.

No tiene Florencia tantos Lapos y Bindos

cuantas fábulas así cada año

en los púlpitos se gritan aquí y allá:

así que las ovejitas, que no saben,

vuelven del pasto alimentadas de viento,

y no las excusa no ver el daño.

No dijo Cristo a su primer grupo:

'Id, y predicad al mundo tonterías';

sino que les dio veraz fundamento;

y aquel tanto resonó en sus bocas,

que para combatir por encender la fe

del Evangelio hicieron escudo y lanzas.

Ahora se va con chistes y con bromas

a predicar, y con tal de que bien se rían,

se hincha el capucho y no se pide más.

Pero tal pájaro en el capuchón se anida,

que si el vulgo lo viera, vería

la indulgencia en que él confía:

por la cual tanta necedad en la tierra creció,

que, sin prueba de ningún testimonio,

a toda promesa se acorrería.

De esto engorda el cerdo de san Antonio,

y otros muchos que son aún más cerdos,

pagando con moneda sin cuño.

Pero ya que nos hemos desviado mucho, vuelve

los ojos ahora hacia el camino recto,

para que el camino con el tiempo se acorte.

Esta naturaleza tanto se gradúa

en número, que nunca hubo palabra

ni concepto mortal que tanto llegue;

y si miras lo que se revela

por Daniel, verás que en sus millares

determinado número se oculta.

La luz primera, que toda la ilumina,

de tantos modos en ella se recibe,

cuantos son los esplendores a los que se apareja.

De donde, puesto que al acto que concibe

sigue el afecto, el dulzor de amar

diversamente en ella hierve y tibia.

Ve ya la excelencia y la amplitud

del valor eterno, pues tantos

espejos se ha hecho en que se fragmenta,

permaneciendo uno en sí como antes».

Canto30

Quizá a seis mil millas de distancia

nos hierve la hora sexta, y este mundo

ya inclina su sombra casi al lecho plano,

cuando el centro del cielo, profundo para nosotros,

comienza a hacerse tal que alguna estrella

pierde su apariencia hasta este fondo;

y conforme avanza la clarísima sierva

del sol, así el cielo se cierra

de vista en vista hasta la más bella.

No de otro modo el triunfo que juega

siempre en torno al punto que me venció,

pareciendo encerrado por aquello que él encierra,

poco a poco se apagó a mi mirada:

por lo que volver los ojos a Beatriz,

no ver nada y el amor me obligaron.

Si cuanto hasta aquí se ha dicho de ella

se concentrara todo en una sola alabanza,

sería poco para cumplir esta vez.

La belleza que vi se desmesura

no solo más allá de nosotros, sino que ciertamente creo

que solo su hacedor la goza toda.

Por este paso vencido me declaro

más que jamás por punto alguno de su tema

fuera superado cómico o trágico:

pues como el sol en el rostro que más tiembla,

así el recuerdo de la dulce sonrisa

mi mente me separa de mí mismo.

Desde el primer día en que vi su rostro

en esta vida, hasta esta visión,

no me ha faltado el seguimiento a mi canto;

pero ahora conviene que mi seguir desista

de ir más tras su belleza, poetizando,

como a su límite cada artista.

Tal como la dejo a un pregón mayor

que el de mi trompeta, que conduce

su ardua materia terminando,

con gesto y voz de guía expedito

recomenzó: «Hemos salido fuera

del cuerpo mayor al cielo que es pura luz:

luz intelectual, llena de amor;

amor del verdadero bien, lleno de alegría;

alegría que trasciende toda dulzura.

Aquí verás la una y la otra milicia

del paraíso, y una en aquellos aspectos

que verás en el juicio final».

Como súbito rayo que dispersa

los espíritus visuales, de modo que priva

al ojo del acto ante objetos más fuertes,

así me envolvió luz viva,

y me dejó envuelto en tal velo

de su fulgor, que nada me aparecía.

«Siempre el amor que aquieta este cielo

acoge en sí con tal saludo,

para hacer dispuesta a su llama la candela».

No bien hubieron entrado en mí

estas palabras breves, cuando comprendí

que me elevaba por encima de mi capacidad;

y de nueva vista me encendí

tal, que ninguna luz es tan pura

que mis ojos no se hubieran defendido;

y vi luz en forma de río

fúlgido de fulgor, entre dos riberas

pintadas de maravillosa primavera.

De tal corriente salían chispas vivas,

y por todas partes se posaban en las flores,

como rubíes que el oro circunscribe;

luego, como embriagadas por los olores,

se sumergían de nuevo en el maravilloso torrente,

y si una entraba, otra salía fuera.

«El alto deseo que ahora te inflama y urge,

de tener noticia de lo que ves,

tanto más me place cuanto más crece;

pero de esta agua conviene que bebas

antes de que tanta sed en ti se sacie»:

así me dijo el sol de mis ojos.

También añadió: «El río y los topacios

que entran y salen y la risa de las hierbas

son de su verdad sombríos prefacios.

No es que sean estas cosas inmaduras en sí;

sino que hay defecto de tu parte,

que no tienes vistas aún tan excelentes».

No hay niño que tan súbito se lance

con el rostro hacia la leche, si despierta

muy retrasado de su costumbre,

como hice yo, para hacer mejores espejos

aún de los ojos, inclinándome al agua

que fluye para que en ella uno mejore;

y apenas bebió de ella el borde

de mis párpados, así me pareció

de su longitud haberse vuelto redonda.

Luego, como gente que ha estado bajo máscaras,

que parece otra distinta que antes, si se despoja

de la semblanza ajena en que desapareció,

así se me transformaron en mayores fiestas

las flores y las chispas, de modo que vi

ambas cortes del cielo manifiestas.

Oh esplendor de Dios, por el cual vi

el alto triunfo del reino verdadero,

dame virtud para decir cómo lo vi!

Hay allá arriba una luz que hace visible

al creador a aquella criatura

que solo en verlo tiene su paz.

Se extiende en figura circular,

tanto que su circunferencia

sería para el sol cintura demasiado ancha.

Se hace toda su apariencia de un rayo

reflejado en la cima del primer móvil,

que toma de ahí vivir y potencia.

Y como colina en agua desde su fondo

se refleja, casi para verse adornada,

cuando está rica en verdor y florecillas,

así, elevándose sobre la luz en torno,

vi reflejarse en más de mil gradas

cuanto de nosotros allá arriba ha retornado.

Y si el grado ínfimo recoge en sí

tan grande luz, cuánta es la anchura

de esta rosa en las extremas hojas!

Mi vista en lo ancho y en lo alto

no se perdía, sino que tomaba todo

el cuánto y el cómo de aquella alegría.

Cerca y lejos, allí, ni añade ni quita:

pues donde Dios sin intermediario gobierna,

la ley natural nada cuenta.

En lo amarillo de la rosa sempiterna,

que se degrada y dilata y exhala

olor de alabanza al sol que siempre es primavera,

como quien calla y quiere hablar,

me llevó Beatriz, y dijo: «Mira

cuán grande es la asamblea de las blancas estolas!

Ve nuestra ciudad cuánto abarca;

ve nuestros escaños tan repletos,

que poca gente más se desea aquí.

Y en aquel gran trono al que tú fijas los ojos

por la corona que ya está puesta sobre él,

antes de que tú a estas bodas cenes,

se sentará el alma, que será allá abajo augusta,

del alto Enrique, que a enderezar Italia

vendrá antes de que ella esté dispuesta.

La ciega codicia que os hechiza

os ha hecho semejantes al niñito

que muere de hambre y echa a la nodriza.

Y será prefecto en el foro divino

entonces uno tal, que en público y en secreto

no andará con él por un mismo camino.

Pero poco después será por Dios tolerado

en el santo oficio; pues será hundido

allá donde Simón mago está por su mérito,

y hará que el de Anagni entre más abajo».

Canto31

En forma de una rosa de blancura

se me mostraba la milicia santa

que con su sangre Cristo hizo esposa;

pero la otra, que volando ve y canta

la gloria de aquel que la enamora

y la bondad que la hizo tan grande,

como enjambre de abejas que se posa

en las flores y luego vuelve de nuevo

allá donde su trabajo se endulza,

descendía en la gran flor que se adorna

con tantos pétalos, y de ahí subía

allá donde su amor siempre reside.

Todos los rostros eran de llama viva

y las alas de oro, y lo demás tan blanco

que ninguna nieve llega a ese extremo.

Cuando descendían en la flor, de grada en grada

transmitían la paz y el ardor

que adquirían batiendo el flanco.

Ni la interposición entre lo alto y la flor

de tanta muchedumbre voladora

impedía la vista ni el esplendor:

porque la luz divina es penetrante

por el universo según es digno,

de modo que nada puede serle obstáculo.

Este reino seguro y gozoso,

repleto de gente antigua y nueva,

tenía vista y amor hacia un solo punto.

Oh triple luz que en única estrella

centelleas ante su vista y así los colmas,

mira aquí abajo nuestra tormenta!

Si los bárbaros, viniendo de tal región

que cada día es cubierta por la Osa,

girando con su hijo del que está prendada,

viendo Roma y su ardua obra

se maravillaban, cuando el Laterano

sobrepasó las cosas mortales;

yo, que de lo humano a lo divino,

del tiempo a lo eterno había venido,

y de Florencia a un pueblo justo y sano,

¿de qué estupor debía estar colmado!

Ciertamente entre eso y el gozo me nacía

el deseo de no oír y quedarme mudo.

Y como peregrino que se recrea

en el templo de su voto mirando,

y espera ya relatar cómo es,

por la luz viva paseando,

llevaba yo los ojos por las gradas,

ahora arriba, ahora abajo y ahora en círculo.

Veía rostros que incitaban a la caridad,

adornados por luz ajena y por su propia sonrisa,

y gestos ornados de toda dignidad.

La forma general del paraíso

ya toda entera mi mirada había comprendido,

sin estar aún fija en ninguna parte;

y me volvía con deseo reavivado

para preguntar a mi señora sobre cosas

por las que mi mente estaba en suspenso.

Una cosa pensaba, y otra me respondió:

creía ver a Beatriz y vi un anciano

vestido con las gentes gloriosas.

Difundida estaba por los ojos y las mejillas

una benigna alegría, en actitud piadosa

como conviene a un padre tierno.

Y «¿Dónde está ella?», dije al instante.

Y él: «Para llevar a término tu deseo

Beatriz me movió de mi lugar;

y si miras arriba en el tercer giro

desde el grado más alto, la volverás a ver

en el trono que sus méritos le asignaron».

Sin responder, alcé los ojos,

y la vi haciéndose corona

reflejando desde sí los rayos eternos.

Desde aquella región que más alto truena

ningún ojo mortal tanto dista,

por más que en el mar se hunda,

cuanto allí de Beatriz mi vista;

pero nada me importaba, porque su efigie

no descendía a mí por medio mezclado.

«Oh señora en quien mi esperanza vive,

y que soportaste por mi salvación

dejar tus huellas en el infierno,

de tantas cosas como he visto,

de tu poder y de tu bondad

reconozco la gracia y la virtud.

Tú me has sacado de siervo a libertad

por todos los caminos, por todos los modos

que para hacerlo tenías la potestad.

Tu magnificencia guarda en mí,

para que mi alma, que has hecho sana,

grata a ti se desate del cuerpo».

Así oré; y ella, tan lejana

como parecía, sonrió y me miró;

luego se volvió a la fuente eterna.

Y el santo anciano: «Para que culmines

perfectamente», dijo, «tu camino,

para lo que ruego y amor santo me enviaron,

vuela con los ojos por este jardín;

pues verlo dispondrá tu mirada

mejor para subir por el rayo divino.

Y la reina del cielo, por quien yo ardo

todo de amor, nos dará toda gracia,

pues yo soy su fiel Bernardo».

Como aquel que quizá de Croacia

viene a ver nuestra Verónica,

que por el antiguo anhelo no se sacia,

sino que dice en su pensamiento, mientras se muestra:

'Señor mío Jesucristo, Dios verdadero,

¿así era vuestra apariencia?';

así estaba yo mirando la vivaz

caridad de aquel que en este mundo,

contemplando, gustó de aquella paz.

«Hijo de gracia, este ser gozoso»,

comenzó él, «no te será conocido

manteniendo los ojos solo aquí abajo en el fondo;

sino mira los círculos hasta el más remoto,

tanto que veas sentada a la reina

a quien este reino es súbdito y devoto».

Alcé los ojos; y como por la mañana

la parte oriental del horizonte

supera aquella donde el sol declina,

así, casi yendo de valle a monte

con los ojos, vi una parte en el extremo

vencer en luz a toda la otra frente.

Y como allí donde se espera el timón

que mal guió Faetón, más se inflama,

y a un lado y otro la luz se hace escasa,

así aquella pacífica oriflama

en el medio se avivaba, y por todas partes

de igual modo aflojaba la llama;

y en aquel medio, con las alas abiertas,

vi más de mil ángeles festejantes,

cada uno distinto en fulgor y arte.

Vi en sus juegos allí y en sus cantos

reír una belleza, que era alegría

en los ojos de todos los otros santos;

y aunque tuviera en el decir tanta riqueza

cuanta para imaginar, no me atrevería

a intentar lo mínimo de su delicia.

Bernardo, cuando vio mis ojos

en su cálido amor fijos y atentos,

los suyos con tanto afecto volvió a ella,

que hizo los míos más ardientes al mirar.

Canto32

Atento a su placer, aquel contemplativo

asumió el libre oficio de maestro,

y comenzó estas palabras santas:

«La herida que María cerró y ungió,

aquella que es tan bella a sus pies

es la que la abrió y la punzó.

En el orden que forman los terceros asientos,

está Raquel debajo de ella

con Beatriz, tal como ves.

Sara y Rebeca, Judit y aquella

que fue bisabuela del cantor que por dolor

de su falta dijo 'Miserere mei',

puedes verlas así de grada en grada

descender hacia abajo, como yo que por su propio nombre

voy por la rosa de pétalo en pétalo.

Y desde el séptimo grado hacia abajo, igual

que hasta él, se suceden las hebreas,

dividiendo todas las hebras de la flor;

porque, según la mirada que tuvo

la fe en Cristo, estas son el muro

en que se parten las escaleras sagradas.

De esta parte donde la flor está madura

con todos sus pétalos, están sentados

los que creyeron en Cristo venidero;

de la otra parte donde están cortados

de vacíos los semicírculos, están

los que a Cristo venido volvieron los rostros.

Y como aquí el glorioso trono

de la dama del cielo y los otros tronos

debajo de él hacen tal separación,

así enfrente aquel del gran Juan,

que siempre santo el desierto y el martirio

soportó, y luego el infierno durante dos años;

y debajo de él les tocó en suerte separar

a Francisco, Benedicto y Agustín

y otros hasta aquí abajo de círculo en círculo.

Ahora mira la alta providencia divina:

pues uno y otro aspecto de la fe

igualmente llenará este jardín.

Y sabe que desde el grado hacia abajo que corta

a la mitad el trayecto las dos divisiones,

no se está por ningún mérito propio,

sino por el ajeno, con ciertas condiciones:

pues todos estos son espíritus liberados

antes de que tuvieran verdaderas elecciones.

Bien puedes darte cuenta por los rostros

y también por las voces infantiles,

si los miras bien y los escuchas.

Ahora dudas y dudando callas;

pero yo desataré el fuerte nudo

en que te aprietan los pensamientos sutiles.

Dentro de la amplitud de este reino

ningún punto casual puede tener sitio,

como tampoco tristeza o sed o hambre:

pues por ley eterna está establecido

cuanto ves, de modo que justamente

corresponde aquí el anillo al dedo;

y por eso esta apresurada gente

a vida verdadera no es sin causa

entre sí aquí más y menos excelente.

El rey por quien este reino reposa

en tanto amor y en tanto deleite,

que ninguna voluntad es más audaz,

todas las mentes en su rostro alegre

creando, a su placer de gracia dota

diversamente; y aquí baste el efecto.

Y esto expreso y claro se os señala

en la Escritura santa en aquellos gemelos

que en la madre tuvieron la ira conmovida.

Por eso, según el color de los cabellos,

de tal gracia la altísima luz

dignamente conviene que los corone.

Entonces, sin mérito de su conducta,

situados están por grados diferentes,

solo difiriendo en la agudeza primera.

Bastaba en los siglos recientes

con la inocencia, para tener salvación,

solamente la fe de los padres;

después que las primeras edades se cumplieron,

fue necesario a los varones con inocentes alas

por la circuncisión adquirir virtud;

mas después que el tiempo de la gracia vino,

sin el bautismo perfecto de Cristo

tal inocencia allá abajo quedó retenida.

Mira ahora el rostro que a Cristo

más se asemeja, pues su claridad

sola puede disponerte a ver a Cristo».

Vi sobre ella tanta alegría

llover, llevada en las mentes santas

creadas para volar por aquella altura,

que cuanto yo había visto antes,

de tanta admiración no me suspendió,

ni me mostró de Dios tanto semblante;

y aquel amor que primero allí descendió,

cantando 'Ave, María, gratia plena',

delante de ella sus alas desplegó.

Respondió a la divina cantilena

desde todas partes la corte bienaventurada,

de modo que cada vista se hizo más serena.

«Oh santo padre, que por mí soportas

estar aquí abajo, dejando el dulce sitio

en el cual te sientas por eterna suerte,

¿quién es aquel ángel que con tanto gozo

mira a los ojos a nuestra reina,

enamorado tanto que parece de fuego?».

Así recurrí de nuevo a la enseñanza

de aquel que se embellecía de María,

como del sol la estrella matutina.

Y él a mí: «Arrojo y gracia

cuanta puede haber en ángel y en alma,

toda está en él; y así queremos que sea,

porque él es aquel que llevó la palma

abajo a María, cuando el Hijo de Dios

quiso cargarse de nuestro peso.

Pero ven ya con los ojos mientras yo

vaya hablando, y observa a los grandes patricios

de este imperio justísimo y piadoso.

Aquellos dos que están allá arriba más felices

por estar muy próximos a Augusta,

son de esta rosa como dos raíces:

el que a su izquierda se le ajusta

es el padre por cuyo atrevido gusto

la especie humana tanto amargo gusta;

a la derecha ves aquel padre anciano

de la Santa Iglesia a quien Cristo las llaves

encomendó de esta flor hermosa.

Y el que vio todos los tiempos graves,

antes de que muriera, de la bella esposa

que se ganó con la lanza y los clavos,

está sentado junto a él, y junto al otro reposa

aquel caudillo bajo el cual vivió de maná

la gente ingrata, voluble y rebelde.

Frente a Pedro ves sentada a Ana,

tan contenta de mirar a su hija,

que no mueve los ojos para cantar hosanna;

y frente al mayor padre de familia

está Lucía, que movió a tu dama

cuando inclinabas, hacia la ruina, las cejas.

Pero porque el tiempo huye que te adormece,

aquí pondremos punto, como buen sastre

que según tiene el paño hace la túnica;

y dirigiremos los ojos al primer amor,

de modo que, mirando hacia él, penetres

cuanto sea posible por su fulgor.

En verdad, no sea que tal vez retrocedas

moviendo tus alas, creyendo avanzar,

orando es necesario que se implore

gracia de aquella que puede ayudarte;

y tú me seguirás con el afecto,

de modo que de mi decir el corazón no se aparte».

Y comenzó esta santa oración:

Canto33

«Virgen Madre, hija de tu hijo,

humilde y más elevada que toda criatura,

término fijo del eterno designio,

tú eres quien a la naturaleza humana

ennobleciste tanto, que su hacedor

no desdeñó hacerse su hechura.

En tu vientre se reencendió el amor

por cuyo calor en la eterna paz

ha germinado así esta flor.

Aquí eres para nosotros antorcha meridiana

de caridad, y abajo, entre los mortales,

eres fuente viva de esperanza.

Señora, eres tan grande y tanto vales,

que quien quiere gracia y no acude a ti,

pretende que su anhelo vuele sin alas.

Tu bondad no solo socorre

a quien pide, sino que muchas veces

libremente se adelanta a la petición.

En ti misericordia, en ti piedad,

en ti magnificencia, en ti se reúne

cuanto de bondad hay en criatura.

Ahora este, que desde el más hondo pozo

del universo hasta aquí ha contemplado

las vidas espirituales una por una,

te suplica, por gracia, que le des virtud

suficiente para poder elevarse con los ojos

más alto hacia la última salvación.

Y yo, que nunca ardí por mi propia visión

más de lo que ardo por la suya, todas mis plegarias

te ofrezco, y ruego que no sean escasas,

para que disipes toda nube

de su mortalidad con tus plegarias,

de modo que el sumo placer se le revele.

Aún te ruego, reina, tú que puedes

cuanto quieres, que conserves sanos,

después de tanta visión, sus afectos.

Venza tu custodia los impulsos humanos:

mira a Beatriz con cuántos bienaventurados

por mis plegarias juntan las manos ante ti».

Los ojos amados y venerados por Dios,

fijos en el orador, demostraron

cuánto le agradan las devotas plegarias;

luego se dirigieron a la luz eterna,

en la cual no se debe creer que penetre

por criatura alguna mirada tan clara.

Y yo, que al fin de todos los deseos

me aproximaba, como debía,

llevé a término el ardor del deseo en mí.

Bernardo me hacía señas y sonreía

para que mirase hacia arriba; pero yo ya era

por mí mismo tal como él quería:

porque mi vista, haciéndose pura,

más y más entraba por el rayo

de la alta luz que en sí misma es verdadera.

Desde entonces en adelante mi visión fue mayor

de lo que el hablar muestra, que ante tal vista cede,

y cede la memoria ante tanto exceso.

Como aquel que soñando ve,

que después del sueño la pasión impresa

permanece, y lo demás no vuelve a la mente,

así soy yo, pues casi toda cesa

mi visión, y aún me destila

en el corazón la dulzura que nació de ella.

Así la nieve al sol se desvanece;

así al viento en las hojas ligeras

se perdía la sentencia de la Sibila.

Oh luz suprema que tanto te elevas

de los conceptos mortales, a mi mente

devuelve un poco de lo que parecías,

y haz mi lengua tan poderosa

que una sola chispa de tu gloria

pueda dejar a la gente futura;

porque, al volver algo a mi memoria

y al sonar un poco en estos versos,

más se concebirá de tu victoria.

Creo que por la intensidad que soporté

del rayo vivo, me habría perdido

si mis ojos se hubieran apartado de él.

Y recuerdo que fui más atrevido

por esto a sostenerlo, tanto que alcancé

mi mirada con el valor infinito.

Oh gracia abundante por la que me atreví

a clavar la vista en la luz eterna,

tanto que en ella consumí la mirada.

En su profundidad vi que se encierra,

atado con amor en un volumen,

lo que por el universo se dispersa:

sustancias y accidentes y sus modos

casi fundidos juntos, de tal manera

que lo que digo es un simple destello.

La forma universal de este nudo

creo que vi, porque más ampliamente,

al decir esto, siento que gozo.

Un solo instante me es mayor letargo

que veinticinco siglos a la empresa

que hizo a Neptuno admirar la sombra del Argo.

Así mi mente, toda suspensa,

miraba fija, inmóvil y atenta,

y siempre de mirar se hacía más ardiente.

Ante aquella luz uno se vuelve tal,

que apartarse de ella por otro aspecto

es imposible que jamás se consienta;

porque el bien, que es objeto del querer,

todo se recoge en ella, y fuera de ella

es defectivo lo que allí es perfecto.

Ya será más breve mi palabra,

aun para lo que recuerdo, que la de un niño

que aún moja la lengua en el pecho.

No porque más de un simple semblante

hubiera en la luz viva que miraba,

que tal es siempre cual era antes;

sino por la vista que se fortalecía

en mí al mirar, una sola apariencia,

al cambiar yo, a mí se transformaba.

En la profunda y clara sustancia

de la alta luz me parecieron tres círculos

de tres colores y de una misma dimensión;

y uno del otro como arcoíris de arcoíris

parecía reflejado, y el tercero parecía fuego

que de uno y otro igualmente se exhala.

Oh cuán corto es el decir y cuán débil

para mi concepto, y esto, ante lo que vi,

es tanto, que no basta decir 'poco'.

Oh luz eterna que sola en ti resides,

sola te entiendes, y por ti entendida

y entendiéndote te amas y sonríes.

Aquella circulación que así concebida

parecía en ti como luz reflejada,

por mis ojos un tanto contemplada,

dentro de sí, de su mismo color,

me pareció pintada con nuestra efigie:

por lo que mi vista en ella toda estaba puesta.

Como el geómetra que todo se concentra

en medir el círculo, y no encuentra,

pensando, el principio que necesita,

tal era yo ante aquella visión nueva:

quería ver cómo se ajustaba

la imagen al círculo y cómo allí se acomoda;

mas no eran para esto las propias alas:

sino que mi mente fue golpeada

por un fulgor en el que su deseo se cumplió.

A la alta fantasía aquí faltó poder;

pero ya movía mi deseo y mi voluntad,

como rueda que igualmente es movida,

el amor que mueve el sol y las demás estrellas.

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