Cántica 3Paraíso
Canto1
La gloria de aquel que todo lo mueve
penetra por el universo, y resplandece
en una parte más y en otra menos.
En el cielo que más recibe su luz
estuve yo, y vi cosas que contar
no sabe ni puede quien de allá arriba desciende;
porque acercándose a su deseo,
nuestro intelecto se hunde tan hondo,
que la memoria no puede seguirlo.
Sin embargo, cuanto del reino santo
pude atesorar en mi mente,
será ahora materia de mi canto.
Oh buen Apolo, para la última tarea
hazme tan digno recipiente de tu poder,
como exiges para dar el amado laurel.
Hasta aquí me bastó una cima del Parnaso;
pero ahora con ambas
necesito entrar en la arena que queda.
Entra en mi pecho, y sopla
como cuando arrancaste a Marsias
de la vaina de sus propios miembros.
Oh divina virtud, si te me prestas
tanto que pueda manifestar la sombra
del reino bendito grabada en mi cabeza,
me verás venir al pie de tu árbol amado
y coronarme con las hojas
de las que la materia y tú me harás digno.
Tan raras veces, padre, se cosecha
para triunfar, sea césar o poeta,
culpa y vergüenza de los deseos humanos,
que debería parir alegría en la alegre
deidad délfica la fronda
penea, cuando alguien de ella tiene sed.
Pequeña chispa sigue a gran llama:
quizá después de mí con mejores voces
se rezará para que Cirra responda.
Surge ante los mortales por diversas bocas
la lámpara del mundo; pero desde aquella
que une cuatro círculos con tres cruces,
sale con mejor curso y con mejor estrella
unida, y la cera mundana
modela y sella más a su modo.
Había hecho de allá mañana y de acá tarde
tal boca, y casi todo era allá blanco
aquel hemisferio, y la otra parte negra,
cuando a Beatriz en el flanco izquierdo
vi vuelta y mirando al sol:
águila jamás se fijó así en él.
Y así como el segundo rayo suele
salir del primero y subir hacia arriba,
igual que peregrino que quiere volver,
así de su acto, infundido por los ojos
en mi imagen, se hizo el mío,
y fijé los ojos en el sol más allá de nuestra costumbre.
Mucho se permite allá, que aquí no se permite
a nuestras facultades, gracias al lugar
hecho como propio de la especie humana.
No lo soporté mucho, ni tan poco,
que no lo viera chispear alrededor,
como hierro hirviente que sale del fuego;
y de repente pareció que un día al día
se añadiera, como si quien puede
hubiera adornado el cielo con otro sol.
Beatriz toda en las eternas ruedas
fija con los ojos estaba; y yo en ella
las miradas fijé, apartadas de allá arriba.
En su aspecto tal me hice dentro,
cual se hizo Glauco al probar la hierba
que lo hizo consorte en el mar de los otros dioses.
Trashumanar significar con palabras
no se podría; mas que el ejemplo baste
a quien la gracia reserva la experiencia.
Si yo era solo de mí lo que creaste
últimamente, amor que el cielo gobiernas,
tú lo sabes, que con tu luz me elevaste.
Cuando la rueda que tú eternizas
deseado, hacia sí me hizo atento
con la armonía que templas y disciernes,
me pareció entonces del cielo encendido
por la llama del sol, que lluvia o río
o lago no hizo alguno tan extenso.
La novedad del sonido y la gran luz
de su causa encendieron en mí un deseo
jamás sentido de tanta agudeza.
De donde ella, que me veía como yo me veo,
para aquietar mi ánimo conmovido,
antes que yo preguntara, la boca abrió
y comenzó: "Tú mismo te vuelves torpe
con la falsa imaginación, así que no ves
lo que verías si la hubieras sacudido.
No estás en la tierra, como crees;
mas rayo, escapando de su propio sitio,
no corrió como tú que a él regresas".
Si me despojé de la primera duda
por las sonrientes palabras breves,
dentro de una nueva más fui enredado
y dije: "Ya contento descansaba
de gran admiración; pero ahora me admiro
de cómo trasciendo estos cuerpos leves".
De donde ella, después de un piadoso suspiro,
los ojos dirigió hacia mí con aquel semblante
que hace la madre sobre el hijo delirante,
y comenzó: "Todas las cosas
tienen orden entre ellas, y esto es la forma
que hace al universo semejante a Dios.
Aquí ven las altas criaturas la huella
del eterno valor, el cual es el fin
al que está hecha la norma mencionada.
En el orden que digo están inclinadas
todas las naturalezas, por diversas suertes,
más o menos cercanas a su principio;
de donde se mueven a diversos puertos
por el gran mar del ser, y cada una
con el instinto que le es dado para llevarla.
Este lleva el fuego hacia la luna;
este en los corazones mortales es motor;
este la tierra en sí ciñe y reúne;
y no solo las criaturas que carecen
de inteligencia dispara este arco,
sino aquellas que tienen intelecto y amor.
La providencia, que tanto ordena,
con su luz hace el cielo siempre quieto
en el cual gira aquel que tiene mayor prisa;
y ahora allí, como a sitio decretado,
nos lleva la virtud de aquella cuerda
que lo que dispara dirige a blanco feliz.
Verdad es que, como la forma no se ajusta
muchas veces a la intención del arte,
porque a responder la materia es sorda,
así de este curso se aparta
a veces la criatura, que tiene poder
de doblegarse, así impulsada, hacia otra parte;
y así como se puede ver caer
fuego de nube, el ímpetu primero
lo abate torcido por falso placer.
No debes admirarte más, si bien estimo,
de tu subida, como tampoco de un arroyo
si de alto monte desciende hasta lo bajo.
Maravilla sería en ti si, privado
de impedimento, abajo te hubieras quedado,
como en tierra quietud en fuego vivo".
Luego volvió hacia el cielo el rostro.
Canto2
Oh vosotros que estáis en una barca pequeña,
deseosos de escuchar, que habéis seguido
detrás de mi nave que cantando surca,
volved a ver vuestras costas:
no os metáis en alta mar, porque quizá,
perdiéndome a mí, quedaríais extraviados.
El agua que yo tomo jamás fue surcada;
Minerva sopla, y me conduce Apolo,
y nueve Musas me muestran las Osas.
Vosotros, los pocos que alzasteis el cuello
a tiempo hacia el pan de los ángeles, del cual
se vive aquí pero nunca se llega saciado,
podéis muy bien lanzar por la alta sal
vuestro navío, siguiendo mi surco
antes de que el agua vuelva a igualarse.
Aquellos gloriosos que fueron a Cólquide
no se asombraron como vosotros lo haréis,
cuando vieron a Jasón convertido en labrador.
La sed innata y perpetua
del reino en forma de Dios nos llevaba
veloces casi como veis el cielo.
Beatriz miraba arriba, y yo la miraba a ella;
y tal vez en el tiempo en que una flecha se posa
y vuela y se suelta de la cuerda,
me vi llegado donde una cosa maravillosa
atrajo mi vista hacia sí; y por eso aquella
a quien mi atención no podía estar oculta,
vuelta hacia mí, tan alegre como bella,
"Dirige tu mente agradecida a Dios", me dijo,
"que nos ha unido con la primera estrella".
Me parecía que una nube nos cubría
luminosa, espesa, sólida y pulida,
casi como un diamante que el sol hiriese.
Por dentro de sí la eterna perla
nos recibió, como el agua recibe
un rayo de luz permaneciendo unida.
Si yo era cuerpo, y aquí no se concibe
cómo una dimensión a otra toleró,
lo que debe ser si cuerpo en cuerpo penetra,
debería encendernos más el deseo
de ver aquella esencia en que se ve
cómo nuestra naturaleza y Dios se unieron.
Allí se verá lo que tenemos por fe,
no demostrado, sino que será evidente por sí mismo
como la primera verdad que el hombre cree.
Yo respondí: "Señora mía, tan devoto
como puedo ser más, le doy gracias a aquel
que me ha alejado del mundo mortal.
Pero dime: ¿qué son las manchas oscuras
de este cuerpo, que allá abajo en la tierra
hacen que otros fabulen sobre Caín?".
Ella sonrió un poco, y luego "Si yerra
la opinión", me dijo, "de los mortales
donde llave de sentido no abre,
ciertamente no deberían picarte las flechas
de la admiración ya, pues tras los sentidos
ves que la razón tiene cortas las alas.
Pero dime lo que tú por ti mismo piensas".
Y yo: "Lo que nos aparece aquí arriba diverso
creo que lo hacen los cuerpos raros y densos".
Y ella: "Ciertamente verás muy hundida
en lo falso tu creencia, si bien escuchas
el argumento que le haré en contra.
La octava esfera os muestra muchas
luces, las cuales en el qué y en el cuánto
pueden notarse de diversos aspectos.
Si lo raro y denso hicieran tanto,
una sola virtud estaría en todas,
más y menos distribuida e igualmente.
Virtudes diversas deben ser frutos
de principios formales, y aquellos, excepto uno,
seguirían según tu razón destruidos.
Además, si lo raro fuese de aquella oscuridad
la causa que tú preguntas, o de parte a parte
estaría este planeta tan falto de su materia,
o, así como reparte
lo graso y lo magro un cuerpo, así este
en su volumen cambiaría páginas.
Si fuese lo primero, sería manifiesto
en el eclipse del sol, por transparentarse
la luz como en otra cosa rara insertada.
Esto no es: así que hay que ver
lo otro; y si sucede que yo lo otro refute,
falsificado será tu parecer.
Si es que esto raro no traspasa,
debe haber un término desde donde
su contrario no deje pasar más;
y desde allí el rayo ajeno se refleja
así como el color vuelve por el vidrio
que detrás de sí esconde plomo.
Ahora dirás tú que se muestra oscuro
allí el rayo más que en otras partes,
por ser allí refractado más hacia atrás.
De esta objeción puede liberarte
la experiencia, si alguna vez la pruebas,
que suele ser fuente de los ríos de vuestras artes.
Tres espejos tomarás; y dos alejas
de ti del mismo modo, y el otro, más alejado,
entre ambos primeros tus ojos lo encuentren.
Vuelto a ellos, haz que a tu espalda
esté una luz que los tres espejos encienda
y vuelva a ti de todos rebotada.
Aunque en el cuánto tanto no se extienda
la vista más lejana, allí verás
cómo conviene que igualmente resplandezca.
Ahora, como a los golpes de los cálidos rayos
de la nieve queda desnudo el sujeto
y del color y del frío primeros,
así quedado a ti en el intelecto
quiero informar de luz tan vívida,
que te temblará en su aspecto.
Dentro del cielo de la divina paz
gira un cuerpo en cuya virtud
el ser de todo su contenido yace.
El cielo siguiente, que tiene tantas vistas,
ese ser lo reparte por diversas esencias,
de él distintas y por él contenidas.
Los otros giros por varias diferencias
las distinciones que dentro de sí tienen
disponen a sus fines y sus semillas.
Estos órganos del mundo así van,
como tú ves ya, de grado en grado,
que de arriba reciben y abajo hacen.
Mira bien ahora cómo yo voy
por este lugar al verdadero que deseas,
para que luego sepas solo mantener el vado.
El movimiento y la virtud de los santos giros,
como del herrero el arte del martillo,
de los motores benditos debe espirar;
y el cielo al que tantas luces hacen bello,
de la mente profunda que lo hace girar
toma la imagen y se hace sello.
Y como el alma dentro de vuestra carne
por diferentes miembros y conformados
a diversas potencias se despliega,
así la inteligencia su bondad
multiplicada por las estrellas despliega,
girando sobre su unidad.
Virtud diversa hace diversa aleación
con el precioso cuerpo que ella aviva,
en el cual, así como vida en vosotros, se liga.
Por la naturaleza alegre de donde deriva,
la virtud mezclada por el cuerpo luce
como alegría por pupila viva.
De ella viene lo que de luz a luz
parece diferente, no de denso y raro;
ella es el principio formal que produce,
conforme a su bondad, lo turbio y lo claro".
Canto3
Aquel sol que antes calentó mi pecho de amor,
me había descubierto, de la bella verdad,
probando y refutando, el dulce aspecto;
y yo, para confesarme corregido y cierto
a mí mismo, tanto cuanto convenía,
levanté la cabeza para hablar más erguido;
pero apareció una visión que me retuvo
tan pegado a sí, por verla,
que de mi confesión no me acordé.
Como a través de vidrios transparentes y limpios,
o bien por aguas nítidas y tranquilas,
no tan profundas que se pierda el fondo,
vuelven de nuestros rostros los reflejos
tan débiles, que una perla en frente blanca
no llega menos fuerte a nuestras pupilas;
así vi yo varios rostros dispuestos a hablar;
por lo cual caí en el error contrario
al que encendió amor entre el hombre y la fuente.
En cuanto me di cuenta de ellos,
creyendo que eran semblantes reflejados,
para ver de quiénes eran, volví los ojos;
y no vi nada, y los volví de nuevo
directos a la luz de mi dulce guía,
que, sonriendo, ardía en sus ojos santos.
"No te maravilles de que yo sonría",
me dijo, "ante tu pensamiento infantil,
pues sobre la verdad aún no apoya el pie,
sino que te vuelve, como suele, al vacío:
verdaderas sustancias son lo que ves,
relegadas aquí por falta de voto cumplido.
Por eso habla con ellas y escucha y cree;
porque la luz verdadera que las sacia
no las deja apartar de sí sus pies".
Y yo, hacia la sombra que parecía más ansiosa
de conversar, me dirigí, y comencé,
casi como alguien a quien excesiva ansia turba:
"Oh espíritu bien creado, que a los rayos
de vida eterna sientes la dulzura
que, sin gustarla, nunca se entiende,
me será grato si me contentas
con tu nombre y vuestra suerte".
Y ella, pronta y con ojos sonrientes:
"Nuestra caridad no cierra puertas
a justa voluntad, igual que aquella
que quiere semejante a sí toda su corte.
Yo fui en el mundo virgen consagrada;
y si tu mente bien se mira,
no te ocultará el ser yo más bella,
sino que reconocerás que soy Piccarda,
que, puesta aquí con estos otros beatos,
soy beata en la esfera más lenta.
Nuestros afectos, que solo se inflaman
en el placer del Espíritu Santo,
se alegran formados en su orden.
Y esta suerte que parece tan baja,
por eso nos es dada, porque fueron descuidados
nuestros votos, y vacíos en algún aspecto".
Y yo a ella: "En vuestros aspectos admirables
resplandece no sé qué divino
que os transforma de los primeros conceptos:
por eso no fui rápido en recordar;
pero ahora me ayuda lo que me dices,
así que reconocerte me es más claro.
Pero dime: vosotros que estáis aquí felices,
¿deseáis un lugar más alto
para ver más y haceros más amigos?".
Con aquellas otras sombras primero sonrió un poco;
luego me respondió tan alegre,
que parecía arder de amor en el primer fuego:
"Hermano, nuestra voluntad la aquieta
la virtud de caridad, que hace que queramos
solo lo que tenemos, y de otra cosa no nos da sed.
Si deseáramos ser más arriba,
serían discordes nuestros deseos
con el querer de aquel que aquí nos dispone;
lo que verás que no cabe en estos giros,
si estar en caridad es aquí necesario,
y si su naturaleza bien contemplas.
Antes bien es esencial a este ser beato
mantenerse dentro de la voluntad divina,
por lo que se hacen una nuestras voluntades mismas;
así que, como estamos de umbral en umbral
por este reino, a todo el reino place
como al rey que en su querer nos hace querer.
Y en su voluntad está nuestra paz:
ella es aquel mar al cual todo se mueve,
lo que ella crea o que la naturaleza hace".
Claro me fue entonces cómo en cada lugar
en el cielo es paraíso, aunque la gracia
del sumo bien no llueve de un modo igual.
Pero así como sucede, si un alimento sacia
y de otro queda aún el apetito,
que de aquel se pide y de este se da gracias,
así hice yo con gesto y con palabra,
para aprender de ella cuál fue la tela
de donde no llevó hasta el cabo la lanzadera.
"Vida perfecta y alto mérito lleva al cielo
a una dama más arriba", me dijo, "según cuya norma
en vuestro mundo abajo se visten y velan,
para que hasta morir se vele y duerma
con aquel esposo que todo voto acepta
que caridad a su placer conforma.
Del mundo, para seguirla, muy joven
huí, y en su hábito me encerré
y prometí el camino de su orden.
Hombres luego, más acostumbrados al mal que al bien,
me arrebataron del dulce claustro:
Dios sabe cuál fue después mi vida.
Y este otro esplendor que se te muestra
a mi derecha y que se enciende
con toda la luz de nuestra esfera,
lo que yo digo de mí, de sí lo entiende;
fue hermana, y así le fue quitada
de la cabeza la sombra de las vendas sagradas.
Pero cuando al mundo fue devuelta
contra su voluntad y contra buena costumbre,
nunca se despojó del velo del corazón.
Esta es la luz de la gran Constanza
que del segundo viento de Suabia
engendró el tercero y último poder".
Así me habló, y luego comenzó 'Ave,
María' cantando, y cantando se desvaneció
como por agua oscura cosa pesada.
Mi vista, que tanto la siguió
cuanto fue posible, después que la perdió,
se volvió hacia el objeto de mayor deseo,
y a Beatriz toda se dirigió;
pero ella relumbró en mi mirada
de tal modo que al principio la vista no lo soportó;
y esto me hizo preguntar más tarde.
Canto4
Entre dos platos equidistantes y que se movieran
del mismo modo, antes moriría de hambre
que un hombre libre llevara uno a los dientes;
así se quedaría un cordero entre dos fauces
de lobos feroces, temiendo por igual;
así se quedaría un perro entre dos gamas:
por eso, si callaba, no me reprocho,
empujado de igual modo por mis dudas,
ya que era necesario, ni me alabo.
Yo callaba, pero mi deseo pintado
estaba en mi rostro, y la pregunta con él,
mucho más ardiente que en palabras claras.
Hizo Beatriz como hizo Daniel,
librando a Nabucodonosor de la ira
que lo había vuelto injustamente cruel;
y dijo: "Veo bien cómo te arrastra
un deseo y otro, de modo que tu inquietud
se ata a sí misma y no puede salir.
Tú razonas: 'Si la buena voluntad perdura,
la violencia ajena por qué razón
me reduce la medida del mérito'.
Aún te da motivo de dudar
que parezcan volver las almas a las estrellas,
según la sentencia de Platón.
Estas son las cuestiones que en tu querer
pesan por igual; y por eso primero
trataré la que más tiene de hiel.
De los Serafines el que más se endiosa,
Moisés, Samuel, y ese Juan
que quieras tomar, digo, no María,
no tienen en otro cielo sus escaños
que estos espíritus que ahora se te aparecieron,
ni tienen para su ser más o menos años;
sino que todos embellecen el primer giro,
y diferentemente tienen dulce vida
por sentir más o menos el eterno soplo.
Aquí se mostraron, no porque asignada
sea esta esfera a ellos, sino para dar señal
de la celestial que menos ha subido.
Así conviene hablar a vuestro ingenio,
porque solo de lo sensible aprehende
lo que luego hace digno del intelecto.
Por esto la Escritura condescende
a vuestra facultad, y pies y mano
atribuye a Dios y otra cosa entiende;
y la Santa Iglesia con aspecto humano
a Gabriel y Miguel os representa,
y al otro que a Tobías devolvió sano.
Lo que Timeo de las almas argumenta
no es semejante a lo que aquí se ve,
porque, según dice, parece que lo siente.
Dice que el alma vuelve a su estrella,
creyendo que de allí fue separada
cuando la naturaleza por forma la dio;
y quizá su sentencia es de otra manera
que la voz no suena, y puede ser
con intención de no ser despreciada.
Si él entiende volver a estas ruedas
el honor de la influencia y la culpa, quizá
en alguna verdad su arco da.
Este principio, mal entendido, torció
casi al mundo entero, de modo que a Júpiter,
Mercurio y Marte se desbocó a nombrar.
La otra duda que te conmueve
tiene menos veneno, porque su malicia
no te podría llevar de mí a otro sitio.
Parecer injusta nuestra justicia
a los ojos de los mortales, es argumento
de fe y no de herética maldad.
Pero ya que vuestro entendimiento puede
bien penetrar en esta verdad,
como deseas, te dejaré contento.
Si violencia es cuando el que la padece
en nada contribuye al que la fuerza,
no quedaron estas almas por ella excusadas:
porque la voluntad, si no quiere, no se apaga,
sino que hace como la naturaleza hace en el fuego,
aunque mil veces la violencia lo tuerza.
Por eso, si se pliega mucho o poco,
sigue la fuerza; y así estas hicieron
pudiendo refugiarse en el santo lugar.
Si hubiera sido su querer entero,
como sostuvo Lorenzo sobre la parrilla,
e hizo Mucio severo con su mano,
así las habría empujado de vuelta por el camino
de donde fueron sacadas, tan pronto como soltadas;
pero una voluntad tan firme es demasiado rara.
Y por estas palabras, si las has recogido
como debes, queda anulado el argumento
que te habría dado molestia aún más veces.
Pero ahora se atraviesa otro paso
delante de tus ojos, tal que por ti mismo
no saldrías: antes estarías exhausto.
Yo te he puesto cierto en la mente
que un alma beata no podría mentir,
porque está siempre junto a la primera verdad;
y luego pudiste oír de Piccarda
que el afecto del velo Constanza conservó;
de modo que ella parece aquí contradecirme.
Muchas veces ya, hermano, sucedió
que, por huir del peligro, contra agrado
se hizo lo que no convenía hacer;
como Alcmeón, que, rogado de ello
por su padre, a su propia madre mató,
por no perder piedad se hizo despiadado.
En este punto quiero que pienses
que la fuerza se mezcla con el querer, y hacen
que no se puedan excusar las ofensas.
Voluntad absoluta no consiente el daño;
pero consiente en tanto en cuanto teme,
si se retrae, caer en mayor aflicción.
Por eso, cuando Piccarda exprime aquello,
de la voluntad absoluta entiende, y yo
de la otra; así que ambas decimos verdad".
Tal fue el ondear del santo río
que salió de la fuente de donde toda verdad deriva;
tal puso en paz uno y otro deseo.
"Oh amada del primer amante, oh divina",
dije después, "cuyo hablar me inunda
y calienta tanto, que más y más me aviva,
no es mi afecto tan profundo
que baste para devolverte gracia por gracia;
mas aquel que ve y puede a ello responda.
Veo bien que jamás se sacia
nuestro intelecto, si la verdad no lo ilumina
fuera de la cual ninguna verdad se extiende.
Reposa en ella, como fiera en guarida,
tan pronto como la ha alcanzado; y puede alcanzarla:
si no, cada deseo sería vano.
Nace por ello, a modo de retoño,
al pie de la verdad la duda; y es naturaleza
que nos empuja a la cima de cima en cima.
Esto me invita, esto me asegura
con reverencia, señora, a preguntarte
sobre otra verdad que me es oscura.
Quiero saber si el hombre puede satisfaceros
por los votos rotos con otros bienes,
que en vuestra balanza no sean pequeños".
Beatriz me miró con los ojos llenos
de centellas de amor tan divinos,
que, vencida, mi fuerza dio las riendas,
y casi me perdí con los ojos bajos.
Canto5
"Si te llamo con fuego en el calor del amor
más allá de lo que en la tierra se ve,
hasta vencer la fuerza de tu mirada,
no te asombres, porque esto procede
de la visión perfecta, que al comprender
mueve el pie hacia el bien comprendido.
Yo veo bien cómo ya resplandece
en tu intelecto la luz eterna,
que al ser vista, sola y siempre enciende amor;
y si alguna otra cosa seduce vuestro amor,
no es sino algún vestigio de ella,
mal conocido, que allí transluce.
Quieres saber si con otro servicio,
por un voto incumplido, se puede compensar tanto
que el alma se libre del litigio".
Así comenzó Beatriz este canto;
y como quien no interrumpe su hablar,
continuó así el discurso santo:
"El mayor don que Dios por su generosidad
hizo al crear, y el más conforme
a su bondad, y el que más aprecia,
fue la libertad de la voluntad;
de la cual las criaturas inteligentes,
todas y sólo ellas, fueron y son dotadas.
Ahora te parecerá, si desde aquí razonas,
el alto valor del voto, si es de tal modo
que Dios consiente cuando tú consientes;
pues al sellar el pacto entre Dios y el hombre,
se hace víctima este tesoro,
tal como digo; y se hace con su propio acto.
¿Qué se puede dar entonces como compensación?
Si crees usar bien lo que has ofrecido,
quieres hacer buena obra con lo mal habido.
Ya estás seguro del punto principal;
pero como la Santa Iglesia en esto dispensa,
lo que parece contrario a la verdad que te he revelado,
conviene que te sientes todavía un poco a la mesa,
porque el alimento duro que has tomado
requiere aún ayuda para tu digestión.
Abre la mente a lo que te revelo
y fíjalo dentro; pues no hay ciencia
sin retener lo que se ha entendido.
Dos cosas conforman la esencia
de este sacrificio: una es aquello
de lo que se hace; la otra es el compromiso.
Este último nunca se cancela
a menos que se cumpla; y acerca de él
tan precisamente arriba se habló:
por eso fue necesario para los hebreos
hacer la ofrenda, aunque alguna ofrenda
pudiera permutarse, como debes saber.
La otra, que te es clara como materia,
puede ser tal que no hay falta
si se cambia por otra materia.
Pero nadie puede trasmutar la carga de su espalda
por propia decisión, sin el giro
de la llave blanca y la amarilla;
y considera necia toda permuta
si la cosa dejada no está contenida en la asumida
como el cuatro está contenido en el seis.
Por tanto, cualquier cosa que pese tanto
por su valor que incline toda balanza,
no se puede satisfacer con otro pago.
No tomen los mortales el voto a broma;
sed fieles, y al hacerlo no seáis torcidos,
como Jefté con su primera ofrenda;
a quien más le convenía decir 'Hice mal',
que cumpliendo hacer algo peor; y tan necio
puedes hallar al gran jefe de los griegos,
por lo que Ifigenia lloró su bello rostro,
e hizo llorar por ella a necios y sabios
que oyeron hablar de tal culto.
Sed, cristianos, más graves al moveros:
no seáis como pluma al viento,
y no creáis que cualquier agua os lave.
Tenéis el Nuevo y el Viejo Testamento,
y el pastor de la Iglesia que os guía;
esto os baste para vuestra salvación.
Si la mala codicia os grita otra cosa,
sed hombres, y no ovejas locas,
para que el judío entre vosotros no se ría de vosotros!
No hagáis como el cordero que deja la leche
de su madre, y simple y caprichoso
lucha consigo mismo a su placer!".
Así me habló Beatriz como yo escribo;
luego se volvió toda anhelante
hacia aquella parte donde el mundo está más vivo.
Su silencio y el cambio de semblante
pusieron silencio a mi ingenio ávido,
que ya tenía nuevas preguntas por delante;
y como saeta que en el blanco
impacta antes de que la cuerda esté quieta,
así corrimos al segundo reino.
Allí vi a mi señora tan alegre,
cuando entró en la luz de aquel cielo,
que más luminoso se hizo el planeta.
Y si la estrella se transformó y sonrió,
¡qué me pasó a mí que por mi naturaleza
soy transmutable de todas las maneras!
Como en una pecera que está tranquila y pura
acuden los peces hacia lo que viene de fuera
de modo que lo consideran su alimento,
así vi yo más de mil esplendores
acercarse hacia nosotros, y en cada uno se oía:
"He aquí quien aumentará nuestros amores".
Y así como cada uno venía hacia nosotros,
se veía la sombra llena de alegría
en el fulgor claro que de ella salía.
Piensa, lector, si lo que aquí empieza
no prosiguiera, cómo tendrías
angustiosa ansia de saber más;
y por ti verás cómo de estos
yo estaba deseoso de oír sus condiciones,
tan pronto como a los ojos me fueron manifiestos.
"Oh bien nacido, a quien ver los tronos
del triunfo eterno concede la gracia
antes de que abandones la milicia,
de la luz que por todo el cielo se expande
estamos encendidos; y por eso, si deseas
aclararte sobre nosotros, sáciate a tu placer".
Así me fue dicho por uno de aquellos espíritus piadosos;
y Beatriz dijo: "Habla, habla
con confianza, y cree como si fueran dioses".
"Veo bien cómo te anidas
en tu propia luz, y que la sacas de los ojos,
porque centellea cuando sonríes;
pero no sé quién eres, ni por qué tienes,
alma digna, el grado de la esfera
que se vela a los mortales con rayos ajenos".
Esto dije dirigido a la lumbre
que antes me había hablado; y ella se hizo
mucho más resplandeciente de lo que era.
Como el sol que se oculta a sí mismo
por demasiada luz, cuando el calor ha consumido
el temple de los vapores densos,
por mayor alegría así se me ocultó
dentro de su rayo la figura santa;
y así encerrada encerrada me respondió
del modo que el canto siguiente canta.
Canto6
«Después de que Constantino volvió el águila
contra el curso del cielo que ella siguió
detrás del antiguo que tomó a Lavinia,
cien y cien años y más el ave de Dios
se mantuvo en el extremo de Europa,
cerca de los montes de donde primero salió;
y bajo la sombra de las sagradas plumas
gobernó el mundo allí de mano en mano,
y, así cambiando, llegó hasta la mía.
César fui y soy Justiniano,
que, por voluntad del primer amor que siento,
saqué de entre las leyes lo superfluo y lo vano.
Y antes de que yo me aplicara a la obra,
creía que en Cristo había una naturaleza, no más,
y de tal fe estaba contento;
pero el bendito Agapito, que fue
sumo pastor, hacia la fe sincera
me enderezó con sus palabras.
Le creí; y lo que en su fe había,
lo veo yo ahora tan claro, como tú ves
toda contradicción tanto falsa como verdadera.
Tan pronto como moví los pasos con la Iglesia,
plugo a Dios por gracia inspirarme
el alto trabajo, y me entregué del todo a él;
y a mi Belisario encomendé las armas,
a quien la diestra del cielo estuvo tan unida,
que fue señal de que yo debía reposar.
Ahora aquí se dirige mi respuesta
a la primera pregunta; pero su condición
me obliga a seguir con algún añadido,
para que veas con cuánta razón
se mueve contra el sacrosanto signo
tanto quien se lo apropia como quien se le opone.
Mira cuánta virtud lo ha hecho digno
de reverencia; y comenzó desde la hora
en que Palante murió para darle reino.
Sabes que hizo su morada en Alba
por trescientos años y más, hasta el momento
en que los tres contra los tres pelearon por él todavía.
Y sabes que hizo desde el mal de las Sabinas
hasta el dolor de Lucrecia en siete reyes,
venciendo alrededor a las gentes vecinas.
Sabes lo que hizo llevado por los egregios
romanos contra Breno, contra Pirro,
contra los otros príncipes y alianzas;
de donde Torcuato y Quincio, que por el rizo
descuidado fue nombrado, los Decios y los Fabios
tuvieron la fama que de buena gana celebro.
Él derribó el orgullo de los árabes
que detrás de Aníbal pasaron
las rocas alpestres, Po, de donde tú fluyes.
Bajo él triunfaron jóvenes
Escipión y Pompeyo; y a aquel monte
bajo el cual tú naciste le pareció amargo.
Luego, cerca del tiempo en que todo el cielo quiso
reducir el mundo a su modo sereno,
César por voluntad de Roma lo toma.
Y lo que hizo desde el Var hasta el Rin,
lo vio el Isère y el Arar y lo vio el Sena
y todo valle del que el Ródano está lleno.
Lo que hizo después de que salió de Rávena
y saltó el Rubicón, fue de tal vuelo,
que no lo seguiría lengua ni pluma.
Hacia España volvió la hueste,
luego hacia Durazzo, y golpeó Farsalia
tan fuerte que en el Nilo cálido se sintió el dolor.
Antandro y Simois, de donde partió,
volvió a ver y allá donde Héctor yace;
y mal para Tolomeo luego se sacudió.
De allí descendió fulminando sobre Juba;
de donde se volvió hacia vuestro occidente,
donde oía la tuba pompeyana.
De lo que hizo con el portador siguiente,
Bruto con Casio ladra en el infierno,
y Módena y Perugia estuvieron dolientes.
Aún llora por ello la triste Cleopatra,
que, huyendo delante de él, de la serpiente
tomó la muerte súbita y negra.
Con este corrió hasta el mar Rojo;
con este puso el mundo en tanta paz,
que fue cerrado a Jano su templo.
Pero lo que el signo del que me hace hablar
había hecho antes y luego había de hacer
por el reino mortal que a él está sujeto,
se vuelve en apariencia poco y oscuro,
si se mira en mano del tercer César
con ojo claro y con afecto puro;
pues la viva justicia que me inspira,
le concedió, en mano de aquel del que hablo,
gloria de hacer venganza a su ira.
Ahora aquí admírate en lo que te replico:
luego con Tito corrió a hacer venganza
de la venganza del pecado antiguo.
Y cuando el diente longobardo mordió
a la Santa Iglesia, bajo sus alas
Carlomagno, venciendo, la socorrió.
Ya puedes juzgar de aquellos tales
que yo acusé más arriba y de sus faltas,
que son causa de todos vuestros males.
El uno opone al signo público los lirios amarillos,
y el otro se apropia ese para un partido,
de modo que es difícil ver quién más yerra.
Hagan los gibelinos, hagan su arte
bajo otro signo, pues mal sigue ese
siempre quien la justicia y él separa;
y no lo abata este Carlos nuevo
con sus güelfos, sino que tema de las garras
que a más alto león arrancaron el vello.
Muchas veces ya lloraron los hijos
por la culpa del padre, y que no crea
que Dios cambia las armas por sus lirios!
Esta pequeña estrella se adorna
de los buenos espíritus que fueron activos
para que honor y fama los sucediera:
y cuando los deseos se elevan allí,
desviándose así, es preciso que los rayos
del verdadero amor suban menos vivos.
Mas en el conmensurar nuestros salarios
con el mérito está parte de nuestra alegría,
porque no los vemos ni menores ni mayores.
Por eso endulza la viva justicia
en nosotros el afecto de tal modo, que nunca puede
torcerse jamás hacia ninguna maldad.
Diversas voces hacen dulces notas;
así diversos escaños en nuestra vida
dan dulce armonía entre estas ruedas.
Y dentro de la presente perla
brilla la luz de Romeo, cuya
obra grande y hermosa fue mal agradecida.
Pero los provenzales que actuaron contra él
no se han reído; y por eso mal camina
quien se hace daño del bien hacer ajeno.
Cuatro hijas tuvo, y cada una reina,
Ramón Berenguer, y esto le hizo
Romeo, persona humilde y peregrina.
Y luego lo movieron las palabras torcidas
a pedir cuentas a este justo,
que le asignó siete y cinco por diez,
y luego partió pobre y viejo;
y si el mundo supiera el corazón que tuvo
mendigando su vida trozo a trozo,
mucho lo alaba, y más lo alabaría».
Canto7
«Hosanna, santo Dios de los ejércitos,
que iluminas desde arriba con tu claridad
los fuegos felices de estos reinos!».
Así, girando al compás de su melodía,
vi cantar a esa sustancia
sobre la cual se reúne doble luz;
y ella y las otras se pusieron a danzar,
y como chispas velocísimas
se me velaron con súbita distancia.
Yo dudaba y decía «dile, dile»
dentro de mí, «dile» decía, «a mi señora
que me apaga la sed con sus dulces gotas».
Pero aquella reverencia que se apodera
de todo mi ser, solo por Be y por ice,
me inclinaba como el hombre que se adormece.
Poco me soportó así Beatriz
y comenzó, irradiándome una sonrisa
tal, que en el fuego haría feliz al hombre:
«Según mi infalible juicio,
cómo una justa venganza justamente
fue castigada, te ha puesto a pensar;
pero yo te aclararé pronto la mente;
y tú escucha, porque mis palabras
te harán presente un gran sentido.
Por no soportar a la voluntad que quiere
freno para su provecho, aquel hombre que no nació,
condenándose a sí, condenó a toda su descendencia;
de modo que la especie humana yació enferma
abajo durante muchos siglos en gran error,
hasta que al Verbo de Dios le plugo descender
donde la naturaleza, que de su hacedor
se había alejado, unió a sí en persona
con el solo acto de su eterno amor.
Ahora dirige la vista a lo que ahora se razona:
esta naturaleza unida a su hacedor,
tal como fue creada, fue sincera y buena;
pero por sí misma fue desterrada
del paraíso, porque se apartó
del camino de verdad y de su vida.
La pena pues que la cruz ofreció
si se mide por la naturaleza asumida,
ninguna jamás picó tan justamente;
y así ninguna fue de tanta injuria,
mirando a la persona que sufrió,
en quien estaba contenida tal naturaleza.
Por eso de un acto salieron cosas diversas:
que a Dios y a los judíos agradó una muerte;
por ella tembló la tierra y el cielo se abrió.
No debe ya parecerte más difícil,
cuando se dice que justa venganza
después fue vengada por justa corte.
Pero veo ahora tu mente atrapada
de pensamiento en pensamiento dentro de un nudo,
del cual con gran deseo espera soltarse.
Tú dices: "Bien discierno lo que oigo;
pero por qué Dios quiso, se me oculta,
para nuestra redención solo este modo".
Este decreto, hermano, está sepultado
a los ojos de cualquiera cuyo ingenio
en la llama de amor no ha madurado.
En verdad, porque hacia este blanco
mucho se mira y poco se discierne,
diré por qué tal modo fue más digno.
La divina bondad, que de sí desecha
toda envidia, ardiendo en sí, centellea
de modo que despliega las bellezas eternas.
Lo que de ella sin intermediario destila
no tiene después fin, porque no se mueve
su impronta cuando ella sella.
Lo que de ella sin intermediario llueve
es todo libre, porque no está sujeto
al poder de las cosas nuevas.
Más se le asemeja, y por eso más le place;
porque el ardor santo que todo irradia,
en lo más semejante es más vivaz.
De todos estos dones se beneficia
la criatura humana, y si uno falta,
de su nobleza conviene que caiga.
Solo el pecado es lo que la priva
y la hace desemejante al sumo bien,
por lo que de su luz poco se blanquea;
y a su dignidad nunca vuelve,
si no llena, donde la culpa vació,
contra el mal deleite con justas penas.
Vuestra naturaleza, cuando pecó entera
en su semilla, de estas dignidades,
como del paraíso, fue alejada;
ni podía recobrarlas, si miras
bien sutilmente, por ningún camino,
sin pasar por uno de estos vados:
o que Dios solo por su cortesía
hubiese perdonado, o que el hombre por sí mismo
hubiese satisfecho su locura.
Clava ahora el ojo dentro del abismo
del eterno consejo, cuanto puedas
a mi palabra estrechamente fijo.
No podía el hombre en sus límites
jamás satisfacer, por no poder ir abajo
con humildad obedeciendo después,
cuanto desobedeciendo pretendió ir arriba;
y esta es la razón por la que el hombre fue
de poder satisfacer por sí excluido.
Entonces a Dios convenía con sus vías
reparar al hombre a su vida entera,
digo con una, o bien con ambas.
Pero porque la obra es tanto más grata
al operante, cuanto más presenta
de la bondad del corazón de donde ha salido,
la divina bondad que imprime el mundo,
de proceder por todas sus vías,
para levantaros arriba, estuvo contenta.
Ni entre la última noche y el primer día
tan alto o tan magnífico proceso,
o por una o por otra, fue o será:
porque más generoso fue Dios al darse a sí mismo
para hacer al hombre suficiente para levantarse,
que si él hubiese solo perdonado;
y todos los otros modos eran escasos
para la justicia, si el Hijo de Dios
no se hubiese humillado a encarnarse.
Ahora para llenarte bien todo deseo,
vuelvo a aclararte en algún punto,
para que veas allí así como yo.
Tú dices: "Veo el agua, veo el fuego,
el aire y la tierra y todas sus mezclas
venir a corrupción, y durar poco;
y estas cosas fueron también criaturas;
por lo que, si lo que he dicho ha sido verdad,
deberían estar de corrupción seguras".
Los ángeles, hermano, y el país puro
en el cual estás, se pueden decir creados,
así como son, en su ser íntegro;
pero los elementos que has nombrado
y aquellas cosas que de ellos se hacen
por virtud creada están informados.
Creada fue la materia que ellos tienen;
creada fue la virtud informante
en estas estrellas que en torno a ellos giran.
El alma de todo bruto y de las plantas
de la complexión potenciada atrae
el rayo y el movimiento de las luces santas;
pero vuestra vida sin intermediario inspira
la suma benignidad, y la enamora
de sí de modo que después siempre la desea.
Y de aquí puedes argumentar todavía
vuestra resurrección, si recuerdas
cómo la carne humana se hizo entonces
que los primeros padres ambos se hicieron».
Canto8
Solía creer el mundo en su peligro
que la bella Ciprina el loco amor
irradiaba, vuelta en el tercer epiciclo;
por lo que no solo a ella hacían honor
con sacrificios y con votos de súplica
las gentes antiguas en su antiguo error;
sino que honraban a Dione y a Cupido,
a aquella como su madre, a este como su hijo,
y decían que él se sentó en el regazo de Dido;
y de esta de quien yo tomo el principio
tomaban el nombre de la estrella
que el sol corteja ora desde la nuca ora desde la frente.
No me di cuenta de subir a ella;
pero de estar dentro me dio bastante prueba
mi señora que vi hacerse más bella.
Y como en la llama se ve la chispa,
y como en voz voz se distingue,
cuando una es firme y otra va y vuelve,
vi yo en esa luz otras lámparas
moverse en círculo más y menos veloces,
según el modo, creo, de sus visiones internas.
De fría nube no bajaron vientos,
ni visibles ni no, tan veloces,
que no parecieran impedidos y lentos
a quien hubiera visto aquellas luces divinas
venir hacia nosotros, dejando el giro
antes comenzado en los altos Serafines;
y dentro de aquellas que más adelante aparecieron
sonaba «Hosanna» de tal modo, que nunca después
estuve sin deseo de volver a oírlo.
Luego se acercó una más a nosotros
y sola comenzó: «Todos estamos prestos
a tu placer, para que de nosotros te goces.
Nosotros giramos con los príncipes celestes
de un giro y de un girar y de una sed,
a los cuales tú desde el mundo ya dijiste:
"Vosotros que entendiendo el tercer cielo movéis";
y estamos tan llenos de amor, que, por complacerte,
no será menos dulce un poco de quietud».
Después que mis ojos se ofrecieron
a mi señora reverentes, y ella
los había hecho de sí contentos y seguros,
se volvieron hacia la luz que tanto
se había prometido, y «Dime, ¿quién eres?» fue
mi voz marcada por gran afecto.
Y cuánta y cuál la vi hacerse más grande
por nueva alegría que se acrecentó,
cuando hablé, a sus alegrías.
Así hecha, me dijo: «El mundo me tuvo
abajo poco tiempo; y si más hubiera estado,
mucho mal habrá que no habría sido.
Mi gozo me te tiene oculto
que me irradia alrededor y me esconde
como animal de su seda envuelto.
Mucho me amaste, y tuviste buena razón;
que si yo hubiera estado abajo, te habría mostrado
de mi amor más allá que las hojas.
Aquella orilla izquierda que se baña
del Ródano después que se mezcla con el Sorga,
por su señor a tiempo me esperaba,
y aquel cuerno de Ausonia que se puebla
de Bari y de Gaeta y de Catona,
de donde el Tronto y el Verde al mar desembocan.
Fulgía ya en mi frente la corona
de aquella tierra que el Danubio riega
después que las riberas alemanas abandona.
Y la bella Trinacria, que se oscurece
entre Paquino y Peloro, sobre el golfo
que recibe del Euro mayor daño,
no por Tifeo sino por azufre naciente,
habría esperado a sus reyes todavía,
nacidos por mí de Carlos y de Rodolfo,
si mala señoría, que siempre aflige
a los pueblos sujetos, no hubiera
movido a Palermo a gritar: "¡Muera, muera!".
Y si mi hermano esto previera,
la avara pobreza de Cataluña
ya huiría, para que no le ofendiera;
pues verdaderamente es necesario proveer
por él, o por otro, para que a su barca
cargada no se ponga más carga.
Su naturaleza, que de generosa a tacaña
descendió, necesitaría de tal milicia
que no se preocupara de meter en el arca».
«Porque creo que la alta alegría
que tu hablar me infunde, señor mío,
allí donde todo bien termina y se inicia,
por ti se ve como la veo yo,
me es más grata; y también esto tengo por caro
porque lo disciernes mirando en Dios.
Me has hecho feliz, y así me aclara,
pues, hablando, a dudar me has movido
cómo puede ser, de dulce semilla, amargo».
Esto yo a él; y él a mí: «Si puedo
mostrarte una verdad, a lo que tú preguntas
tendrás el rostro como tienes la espalda.
El bien que todo el reino que tú subes
mueve y contenta, hace ser virtud
su providencia en estos cuerpos grandes.
Y no solo las naturalezas previstas
están en la mente que es por sí perfecta,
sino ellas junto con su salvación:
por lo que cuanto esta arco dispara
cae dispuesto a fin previsto,
así como cosa dirigida a su blanco.
Si esto no fuera, el cielo que tú recorres
produciría así sus efectos,
que no serían artes, sino ruinas;
y esto no puede ser, si las inteligencias
que mueven estas estrellas no están incompletas,
y menos aún la primera, que no las ha hecho perfectas.
¿Quieres que esta verdad más se te aclare?».
Y yo: «No; porque imposible veo
que la naturaleza, en lo que es necesario, se canse».
Por lo que él de nuevo: «Ahora di: ¿sería peor
para el hombre en la tierra, si no fuera ciudadano?».
«Sí», respondí yo; «y aquí razón no pido».
«¿Y puede él serlo, si abajo no se vive
diversamente por diversos oficios?
No, si vuestro maestro bien os escribe».
Así vino deduciendo hasta aquí;
luego concluyó: «Entonces ser diversas
conviene que de vuestros efectos sean las raíces:
por lo que uno nace Solón y otro Jerjes,
otro Melquisedec y otro aquel
que, volando por el aire, al hijo perdió.
La naturaleza circular, que es sello
a la cera mortal, hace bien su arte,
mas no distingue una de otra morada.
De aquí sucede que Esaú se aparta
por semilla de Jacob; y viene Quirino
de tan vil padre, que se atribuye a Marte.
Naturaleza engendrada su camino
haría siempre similar a los engendradores,
si no venciera el proveer divino.
Ahora lo que estaba detrás está delante:
mas para que sepas que de ti me gozo,
un corolario quiero que te envuelva.
Siempre naturaleza, si fortuna encuentra
discorde a sí, como toda otra semilla
fuera de su región, da mala prueba.
Y si el mundo allá abajo pusiera atención
al fundamento que naturaleza pone,
siguiéndolo, tendría buena la gente.
Pero vosotros torcéis a la religión
a tal que nació para ceñirse la espada,
y hacéis rey de tal que es para el sermón;
por lo que vuestra huella está fuera del camino».
Canto9
Después de que tu Carlos, bella Clemencia,
me hubo aclarado esto, me narró los engaños
que debería recibir su descendencia;
pero dijo: «Calla y deja pasar los años»;
así que no puedo decir sino que un llanto
justo vendrá después de vuestros daños.
Y ya la vida de aquella luz santa
se había vuelto al Sol que la llena
como aquel bien que basta para toda cosa.
¡Ah, almas engañadas y criaturas impías,
que de un bien tan grande apartáis los corazones,
dirigiendo hacia la vanidad vuestras sienes!
Y he aquí que otro de aquellos esplendores
se acercó a mí, y su voluntad de complacerme
manifestaba haciéndose más brillante por fuera.
Los ojos de Beatriz, que estaban fijos
sobre mí, como antes, con querido asentimiento
a mi deseo me dieron certeza.
«Ah, satisface pronto mi deseo,
espíritu dichoso», dije, «y dame prueba
de que puedo reflejar en ti lo que pienso».
Entonces la luz que aún me era desconocida,
desde su profundidad, donde antes cantaba,
prosiguió como quien se complace en hacer el bien:
«En aquella parte de la tierra depravada
italiana que se asienta entre Rialto
y las fuentes del Brenta y del Piave,
se alza una colina, y no sube muy alta,
de donde descendió en otro tiempo una antorcha
que hizo a la comarca un gran asalto.
De una misma raíz nacimos yo y ella:
Cunizza fui llamada, y aquí resplandezco
porque me venció la luz de esta estrella;
pero alegremente me perdono a mí misma
la causa de mi suerte, y no me molesta;
aunque quizá parezca duro a vuestro vulgo.
De esta joya reluciente y preciada
de nuestro cielo que más cerca está de mí,
quedó gran fama; y antes de que muera,
este año centenario todavía se quintuplicará:
mira si debe el hombre hacerse excelente,
para que una segunda vida deje la primera.
Y esto no piensa la turba presente
que encierran el Tagliamento y el Adigio,
ni aunque sea castigada se arrepiente;
pero pronto será que Padua en el pantano
cambiará el agua que baña Vicenza,
por ser las gentes crueles con el deber;
y donde el Sile y el Cagnano se juntan,
tal señorea y va con la cabeza alta,
que ya para atraparlo se teje la red.
Llorará Feltre todavía la falta
de su pastor impío, que será tan torpe
que por otra igual no se entró en Malta.
Demasiado grande sería la tina
que recibiera la sangre ferraresa,
y cansado quien la pesara onza por onza,
que donará este cura cortés
por mostrarse partidario; y tales dones
serán conformes al vivir del país.
Arriba hay espejos, vosotros los llamáis Tronos,
desde donde resplandece hacia nosotros Dios juzgante;
así que estas palabras nos parecen buenas».
Aquí calló; y me dio la impresión
de que se volvía hacia otra cosa, por la rueda
en que se puso como estaba antes.
La otra alegría, que ya me era conocida
como cosa preciada, se me hizo a la vista
como fino rubí balaje en que da el sol.
Por alegrarse allá arriba se adquiere fulgor,
como aquí la risa; pero abajo se oscurece
la sombra por fuera, como la mente está triste.
«Dios lo ve todo, y tu ver se adentra en él»,
dije yo, «espíritu dichoso, así que ningún
deseo de sí mismo puede serte oculto.
Entonces tu voz, que deleita al cielo
siempre con el canto de aquellos fuegos píos
que de seis alas se hacen la capucha,
¿por qué no satisface mis deseos?
Ya no esperaría yo tu pregunta,
si me adentrara en ti, como tú te adentras en mí».
«El mayor valle en que el agua se extiende»,
comenzaron entonces sus palabras,
«fuera de aquel mar que ciñe la tierra,
entre las orillas discordantes contra el sol
tanto se adentra, que hace meridiano
allí donde el horizonte antes solía hacerlo.
De aquel valle fui yo ribereño
entre el Ebro y el Magra, que por camino corto
separa lo genovés de lo toscano.
Casi al mismo ocaso y al mismo orto
se asienta Bugía y la tierra de donde fui,
que hizo del propio sangre tibio el puerto.
Folco me llamó aquella gente para quien
fue conocido mi nombre; y este cielo
se marca de mí, como yo me marqué de él;
pues no ardió más la hija de Belo,
ofendiendo a Siqueo y a Creúsa,
que yo, hasta que convino a mi edad;
ni aquella de Ródope que fue engañada
por Demofonte, ni Alcides
cuando a Yola tuvo encerrada en el corazón.
Pero aquí no nos arrepentimos, sino que reímos,
no de la culpa, que no vuelve a la mente,
sino del valor que ordenó y proveyó.
Aquí se contempla el arte que adorna
tanto afecto, y se discierne el bien
por el que el mundo de arriba gira el de abajo.
Pero para que lleves todas tus ansias llenas
que han nacido en esta esfera,
me conviene proceder todavía más.
Quieres saber quién está en esta lumbre
que aquí junto a mí así centellea
como rayo de sol en agua clara.
Ahora sabe que allí dentro se aquieta
Rahab; y a nuestra orden unida,
de ella en el grado supremo se sella.
Por este cielo, en que se proyecta la sombra
que vuestro mundo hace, antes que otra alma
del triunfo de Cristo fue asunta.
Bien convenía dejarla como palma
en algún cielo de la alta victoria
que se consiguió con una y otra palma,
porque ella favoreció la primera gloria
de Josué en la Tierra Santa,
que poco toca al papa la memoria.
Tu ciudad, que es plantación de aquel
que primero volvió las espaldas a su hacedor
y de quien tanto se llora la envidia,
produce y esparce la maldita flor
que ha desviado las ovejas y los corderos,
porque ha hecho lobo del pastor.
Por esto el Evangelio y los grandes doctores
son abandonados, y solo a las Decretales
se estudia, tanto que se ve en sus márgenes.
A esto atienden el papa y los cardenales;
no van sus pensamientos a Nazaret,
allí donde Gabriel abrió las alas.
Pero el Vaticano y las otras partes electas
de Roma que han sido cementerio
de la milicia que siguió a Pedro,
pronto quedarán libres del adulterio».
Canto10
Mirando a su Hijo con el Amor
que uno y otro eternamente exhalan,
el Poder primero e inefable
creó con tanto orden todo lo que gira
por la mente y por el espacio, que no puede
dejar de saborear su presencia quien lo contempla.
Alza entonces, lector, conmigo la vista
hacia las altas ruedas, directamente a esa parte
donde un movimiento choca con el otro;
y allí comienza a deleitarte en el arte
de ese maestro que dentro de sí la ama
tanto que nunca aparta de ella los ojos.
Mira cómo desde allí se ramifica
el círculo oblicuo que lleva los planetas,
para satisfacer al mundo que los llama.
Porque si su camino no fuera torcido,
mucha fuerza del cielo sería en vano
y casi todo poder aquí abajo quedaría muerto;
y si la desviación de la recta fuera
mayor o menor, faltaría mucho
al orden del mundo arriba y abajo.
Ahora quédate, lector, sobre tu banco,
pensando en lo que aquí se anticipa,
si quieres estar contento mucho antes que cansado.
Te he puesto la mesa: ahora aliméntate por ti mismo;
porque reclama toda mi atención
esa materia de la que me he hecho escriba.
El mayor ministro de la naturaleza,
que imprime en el mundo el valor del cielo
y con su luz nos mide el tiempo,
unido a esa parte que arriba se recuerda,
giraba por las espirales
en que cada vez más pronto se presenta;
y yo estaba con él; pero del ascenso
no me di cuenta, sino como uno se da cuenta,
antes del primer pensamiento, de su llegada.
Es Beatriz la que así conduce
de bien en mejor, tan súbitamente
que su acción no se extiende en el tiempo.
Cuán luminoso debía ser por sí mismo
lo que estaba dentro del sol donde entré,
no por color, sino por luz resplandeciente!
Aunque convoque el ingenio, el arte y la práctica,
no lo diría de modo que se pudiera imaginar;
pero se puede creer y se puede anhelar verlo.
Y si nuestras fantasías son bajas
para tanta altura, no es maravilla;
porque no hubo ojo que fuera más allá del sol.
Tal era allí la cuarta familia
del Padre altísimo, que siempre la sacia,
mostrando cómo exhala y cómo engendra.
Y Beatriz comenzó: «Da gracias,
da gracias al Sol de los ángeles, que a este
mundo sensible te ha elevado por su gracia».
Corazón de mortal nunca estuvo tan dispuesto
a la devoción y a entregarse a Dios
con todo su agradecimiento tan pronto
como yo lo estuve ante esas palabras;
y todo mi amor se puso en él,
de modo que Beatriz se eclipsó en el olvido.
No le disgustó; más bien se rió de ello,
de modo que el esplendor de sus ojos sonrientes
dividió mi mente unida en varias cosas.
Vi muchos fulgores vivos y victoriosos
hacer de nosotros centro y de sí mismos corona,
más dulces en la voz que luminosos en la vista:
así vemos a veces ceñir a la hija de Latona,
cuando el aire está preñado,
de modo que retiene el hilo que hace la zona.
En la corte del cielo, de donde regreso,
se encuentran muchas joyas preciosas y bellas
tanto que no se pueden sacar del reino;
y el canto de esas luces era de esas;
quien no se empluma para volar allá arriba,
espere del mudo las noticias.
Luego, así cantando, esos soles ardientes
giraron alrededor de nosotros tres veces,
como estrellas cercanas a los polos inmóviles,
me parecieron damas no sueltas del baile,
sino que se detienen en silencio, escuchando
hasta que han recogido las nuevas notas.
Y dentro de una oí comenzar: «Cuando
el rayo de la gracia, por el que se enciende
el amor verdadero y que luego crece amando,
multiplicado en ti tanto resplandece
que te conduce arriba por esa escalera
por donde nadie desciende sin volver a subir;
quien te negara el vino de su frasco
para tu sed, no estaría en libertad
más que el agua que no baja al mar.
Tú quieres saber de qué plantas se adorna
esta guirnalda que en torno contempla
a la bella dama que al cielo te fortalece.
Yo fui de los corderos del santo rebaño
que Domingo conduce por el camino
donde se engorda bien si no se desvaría.
Este que está a mi derecha más cercano,
fue mi hermano y maestro, y él es Alberto
de Colonia, y yo Tomás de Aquino.
Si así quieres estar seguro de todos los otros,
sigue con la vista mi palabra
girando arriba por la corona beata.
Ese otro flamear sale de la sonrisa
de Graciano, que uno y otro foro
ayudó de modo que agrada en el paraíso.
El otro que después adorna nuestro coro,
fue aquel Pedro que con la viuda pobre
ofreció a la Santa Iglesia su tesoro.
La quinta luz, que entre nosotros es más bella,
exhala tal amor, que todo el mundo
allá abajo tiene sed de saber de ella:
dentro está la mente alta donde tan profundo
saber fue puesto, que, si lo verdadero es verdadero,
para ver tanto no surgió un segundo.
Después ves la luz de aquel cirio
que abajo en carne vio más adentro
la naturaleza angélica y el ministerio.
En la otra lucecita pequeña ríe
aquel abogado de los tiempos cristianos
de cuyo latín Agustín se proveyó.
Ahora si llevas el ojo de la mente
de luz en luz detrás de mis alabanzas,
ya de la octava quedas sediento.
Por ver todo bien dentro goza
el alma santa que el mundo falaz
hace manifiesto a quien de ella bien oye.
El cuerpo del que fue expulsada yace
abajo en Cieldauro; y ella del martirio
y del exilio vino a esta paz.
Ve más allá flamear el espíritu ardiente
de Isidoro, de Beda y de Ricardo,
que en contemplar fue más que hombre.
Este de donde a mí vuelve tu mirada,
es la luz de un espíritu que en pensamientos
graves le pareció llegar tarde a morir:
esa es la luz eterna de Sigerio,
que, enseñando en la calle de la Paja,
silogizó verdades envidiadas».
Luego, como reloj que nos llama
en la hora en que la esposa de Dios se levanta
a cantar maitines al esposo para que la ame,
donde una parte tira y empuja a la otra,
sonando tin tin con tan dulce nota
que el espíritu bien dispuesto se hincha de amor;
así vi yo la gloriosa rueda
moverse y responder voz a voz en armonía
y en dulzura que no puede ser conocida
sino allá donde el gozo se eterniza.
Canto11
Oh insensata preocupación de los mortales,
qué defectuosos son los silogismos
que te hacen batir las alas a ras de suelo!
Uno iba tras las leyes y otro tras los aforismos,
otro seguía el sacerdocio,
otro buscaba reinar por fuerza o por sofismas,
otro robar y otro los negocios civiles,
quién envuelto en el placer de la carne
se afanaba y quién se entregaba al ocio,
cuando yo, liberado de todas estas cosas,
con Beatriz estaba arriba en el cielo
tan gloriosamente acogido.
Después que cada uno hubo vuelto al
punto del círculo en que antes estaba,
se detuvo, como vela en candelero.
Y yo sentí dentro de aquella luz
que antes me había hablado, sonriendo
empezar, haciéndose más pura:
«Así como yo resplandezco de su rayo,
así, mirando en la luz eterna,
comprendo tus pensamientos y de dónde nacen.
Tú dudas, y quieres que se aclare
en lengua tan abierta y tan extendida
mi decir, que se adapte a tu entendimiento,
donde antes dije: "Donde bien se engorda",
y allí donde dije: "No nació el segundo";
y aquí conviene que bien se distinga.
La providencia, que gobierna el mundo
con aquel consejo en el cual toda mirada
creada es vencida antes de llegar al fondo,
para que fuera hacia su deleite
la esposa de aquel que con altos gritos
la desposó con la sangre bendita,
segura en sí y también más fiel a él,
dos príncipes ordenó en su favor,
que de un lado y otro le fueran por guía.
Uno fue todo seráfico en ardor;
el otro por sabiduría en la tierra fue
de luz querúbica un resplandor.
De uno hablaré, porque de ambos
se habla alabando a uno, cualquiera que se tome,
porque a un fin fueron sus obras.
Entre el Tupino y el agua que desciende
del monte elegido por el beato Ubaldo,
fértil ladera de alto monte pende,
desde donde Perusa siente frío y calor
por Porta Sole; y detrás le lloran
por grave yugo Nocera con Gualdo.
De esta ladera, allá donde rompe
más su pendiente, nació al mundo un sol,
como hace este a veces desde el Ganges.
Por eso quien de ese lugar hable,
no diga Asís, que diría poco,
sino Oriente, si quiere hablar con propiedad.
No estaba aún muy lejos de su nacimiento,
cuando él empezó a hacer sentir a la tierra
de su gran virtud algún consuelo;
pues por tal dama, siendo joven, en guerra
con el padre corrió, a quien, como a la muerte,
la puerta del placer nadie abre;
y ante su corte espiritual
y coram patre se unió a ella;
luego de día en día la amó más fuerte.
Esta, privada del primer marido,
mil cien años y más despreciada y oscura
hasta este se estuvo sin invitación;
ni valió oír que la encontró segura
con Amiclas, al son de su voz,
aquel que a todo el mundo dio pavor;
ni valió ser constante ni feroz,
tanto que, donde María quedó abajo,
ella con Cristo lloró en la cruz.
Pero para no proceder demasiado oscuro,
Francisco y Pobreza por estos amantes
toma ya en mi hablar difuso.
Su concordia y sus rostros alegres,
amor y maravilla y dulce mirada
hacían nacer pensamientos santos;
tanto que el venerable Bernardo
se descalzó primero, y tras tanta paz
corrió y, corriendo, le pareció ir despacio.
Oh riqueza ignota! Oh bien fecundo!
Se descalza Egidio, se descalza Silvestre
tras el esposo, tanto la esposa place.
De allí se va aquel padre y aquel maestro
con su dama y con aquella familia
que ya ceñía el humilde cordel.
Ni le pesó vileza de corazón sobre las cejas
por ser hijo de Pietro Bernardone,
ni por parecer despreciable a maravilla;
sino que regalmente su dura intención
a Inocencio abrió, y de él obtuvo
el primer sello a su religión.
Después que la gente pobre creció
tras este, cuya vida admirable
mejor en gloria del cielo se cantaría,
de segunda corona fue ceñida
por Honorio del Eterno Espíritu
la santa voluntad de este archimandrita.
Y después que, por la sed del martirio,
en la presencia del Sultán soberbia
predicó a Cristo y a los otros que lo siguieron,
y por encontrar a la conversión inmadura
demasiado a la gente y por no estar en vano,
volvió al fruto de la hierba itálica,
en la cruda roca entre el Tíber y el Arno
de Cristo recibió el último sello,
que sus miembros dos años llevaron.
Cuando a aquel que a tanto bien lo destinó
plugo elevarlo a la merced
que mereció al hacerse pequeño,
a sus hermanos, como a justos herederos,
recomendó a su dama más querida,
y les mandó que la amaran con fe;
y de su seno el alma preclara
quiso marcharse, volviendo a su reino,
y a su cuerpo no quiso otra tumba.
Piensa ahora cuál fue aquel que digno
colega fue para mantener la barca
de Pedro en alta mar por recto signo;
y este fue nuestro patriarca;
por lo que quien lo sigue, como él manda,
puedes discernir que buena mercancía carga.
Pero su rebaño de nuevo alimento
se ha hecho goloso, tanto que no puede
ser que por diversos senderos no se disperse;
y cuanto sus ovejas más remotas
y vagabundas de él se van,
más vuelven al redil de leche vacías.
Bien hay de aquellas que temen el daño
y se aprietan junto al pastor; pero son tan pocas,
que las capas necesitan poco paño.
Ahora, si mis palabras no son débiles,
si tu atención ha estado atenta,
si lo que he dicho a la mente traes,
en parte quedará tu voluntad contenta,
porque verás la planta de donde se astilla,
y verás la corrección que argumenta
"Donde bien se engorda, si no se desvaría"».
Canto12
Tan pronto como la última palabra
tomó la llama bendita para hablar,
comenzó a girar la santa muela;
y en su giro aún no se había vuelto
del todo cuando otra de círculo la encerró,
y movimiento a movimiento y canto a canto unió;
canto que tanto vence a nuestras musas,
nuestras sirenas en aquellas dulces trompas,
cuanto el primer esplendor vence al que él refleja.
Como se vuelven por una tierna nube
dos arcos paralelos y del mismo color,
cuando Juno ordena a su sirvienta,
naciendo del de dentro el de fuera,
a manera del hablar de aquella errante
que el amor consumió como el sol los vapores,
y hacen aquí a la gente estar presaga,
por el pacto que Dios hizo con Noé,
de que el mundo jamás volverá a inundarse:
así de aquellas sempiternas rosas
se volvían en torno a nosotros las dos guirnaldas,
y así la exterior a la interior respondió.
Después que el júbilo y la otra gran fiesta,
tanto del cantar como del flamear
luz con luz gozosas y dulces,
juntas a un punto y a un querer callaron,
tal como los ojos que al placer que los mueve
conviene juntos cerrarse y alzarse;
del corazón de una de las luces nuevas
salió una voz, que la aguja a la estrella
me pareció al volverme hacia su sitio;
y comenzó: «El amor que me hace bella
me lleva a razonar del otro guía
por quien del mío tan bien aquí se habla.
Digno es que, donde está el uno, el otro se evoque:
para que, como ellos juntos combatieron,
así su gloria junta resplandezca.
El ejército de Cristo, que tan caro
costó rearmar, tras la enseña
se movía lento, receloso y escaso,
cuando el emperador que siempre reina
proveyó a la milicia, que estaba en duda,
por sola gracia, no por ser digna;
y, como está dicho, a su esposa socorrió
con dos campeones, a cuyo hacer, a cuyo decir
el pueblo desviado volvió en sí.
En aquella parte donde surge a abrir
el dulce Céfiro las nuevas frondas
de las que se ve Europa revestirse,
no muy lejos del golpear de las olas
tras las cuales, por la larga carrera,
el sol a veces a todo hombre se esconde,
se asienta la afortunada Calaruega
bajo la protección del gran escudo
en que el león yace debajo y somete:
dentro nació el amoroso amante
de la fe cristiana, el santo atleta
benigno con los suyos y a los enemigos cruel;
y apenas fue creada, fue repleta
su mente de viva virtud,
de modo que, en la madre, la hizo profeta.
Después que los esponsales fueron cumplidos
en la fuente sagrada entre él y la Fe,
donde se dotaron de mutua salvación,
la mujer que por él dio el consentimiento,
vio en sueños el fruto milagroso
que debía salir de él y de sus herederos;
y para que fuese en su nombre lo que era en su ser,
de aquí se movió un espíritu a nombrarlo
del posesivo de aquel que era todo suyo.
Domingo fue llamado; y yo hablo de él
como del agricultor que Cristo
eligió para su huerto para ayudarlo.
Bien pareció mensajero y familiar de Cristo:
pues el primer amor que en él fue manifiesto,
fue al primer consejo que dio Cristo.
Muchas veces fue callado y despierto
encontrado en tierra por su nodriza,
como si dijera: 'He venido para esto'.
¡Oh su padre verdaderamente Félix!
¡oh su madre verdaderamente Juana,
si, interpretada, vale como se dice!
No por el mundo, por el que ahora se afanan
detrás de Ostiense y de Tadeo,
sino por amor del verdadero maná
en poco tiempo gran doctor se hizo;
tal que se puso a recorrer la viña
que pronto emblanquece, si el viñador es malo.
Y a la sede que fue antes benigna
más con los pobres justos, no por ella,
sino por el que se sienta, que degenera,
no dispensar dos o tres por seis,
no la fortuna de la primera vacante,
no las décimas que son de los pobres de Dios,
pidió, sino contra el mundo errante
licencia de combatir por la semilla
de la cual te rodean veinticuatro plantas.
Luego, con doctrina y con voluntad juntas,
con el oficio apostólico se movió
como torrente que alta vena aprieta;
y en los matorrales heréticos golpeó
su ímpetu, más vivamente allí
donde las resistencias eran más fuertes.
De él se hicieron después diversos arroyos
con que el huerto católico se riega,
de modo que sus arbustos están más vivos.
Si tal fue una rueda del carro
en que la Santa Iglesia se defendió
y venció en campo su civil batalla,
bien debería serte muy evidente
la excelencia de la otra, de la que Tomás
antes de mi venida fue tan cortés.
Pero la órbita que hizo la parte suma
de su circunferencia, está abandonada,
de modo que hay moho donde había costra.
Su familia, que se movió derecha
con los pies en sus huellas, está tan vuelta,
que el de delante cae sobre el de atrás;
y pronto se verá de la cosecha
de la mala cultura, cuando la cizaña
se queje de que el arca le sea quitada.
Bien digo, quien buscase hoja por hoja
nuestro volumen, aún encontraría página
donde leería "Yo soy el que solía ser";
pero no será de Casal ni de Acquasparta,
de donde vienen tales a la escritura,
que uno la elude y otro la constríñe.
Yo soy la vida de Buenaventura
de Bañoregio, que en los grandes oficios
siempre pospuse la preocupación siniestra.
Iluminato y Agustín están aquí,
que fueron de los primeros descalzos pobrecillos
que con la cuerda a Dios se hicieron amigos.
Hugo de San Víctor está aquí con ellos,
y Pedro Comestor y Pedro Hispano,
el cual abajo luce en doce librillos;
Natán profeta y el metropolitano
Crisóstomo y Anselmo y aquel Donato
que a la primera arte dignó poner mano.
Rabano está aquí, y luce a mi lado
el abad calabrés Joaquín
de espíritu profético dotado.
A celebrar a tan gran paladín
me movió la inflamada cortesía
de fray Tomás y el discreto latín;
y movió conmigo esta compañía».
Canto13
Imagine, quien quiera entender bien
lo que ahora vi —y que retenga la imagen,
mientras hablo, como roca firme—,
quince estrellas que en distintas zonas
avivan el cielo con tanto brillo
que superan toda densidad del aire;
imagine aquel carro para cuyo seno
basta nuestro cielo noche y día,
de modo que al girar el timón no desaparece;
imagine la boca de aquel cuerno
que comienza en la punta del eje
en torno al cual gira la primera rueda,
haber formado de sí dos signos en el cielo,
como hizo la hija de Minos
cuando sintió el hielo de la muerte;
y que uno en el otro tenga sus rayos,
y ambos giren de tal manera
que uno vaya primero y el otro después;
y tendrá casi la sombra de la verdadera
constelación y de la doble danza
que giraba en el punto donde yo estaba:
pues está tan lejos de nuestra costumbre
cuanto se mueve más allá del lento Chiana
el cielo que aventaja a todos los demás.
Allí se cantó no a Baco, no a Peán,
sino tres personas en divina naturaleza,
y en una persona esa y la humana.
Terminó el canto y su giro completo;
y se volvieron a nosotros aquellas santas luces,
felices de pasar de un cuidado a otro.
Rompió el silencio entre los concordes espíritus
después la luz en que la vida admirable
del pobrecillo de Dios me había sido narrada,
y dijo: «Cuando una paja está trillada,
cuando su semilla ya está guardada,
el dulce amor me invita a trillar la otra.
Tú crees que en el pecho de donde la costilla
se sacó para formar la bella mejilla
cuyo paladar costó al mundo entero,
y en aquel que, traspasado por la lanza,
antes y después tanto satisfizo
que vence en la balanza toda culpa,
cuanta luz le es permitido
tener a la naturaleza humana, toda fue infundida
por aquel poder que hizo a uno y otro;
y por eso te asombras de lo que dije arriba,
cuando narré que no tuvo segundo
el bien que en la quinta luz está encerrado.
Ahora abre los ojos a lo que te respondo,
y verás tu creencia y mi palabra
coincidir en la verdad como centro en círculo.
Lo que no muere y lo que puede morir
no es sino esplendor de aquella idea
que engendra, amando, nuestro Señor;
porque aquella luz viva que así emana
de su luciente, que no se separa
de él ni del amor que entre ambos se entreteje,
por su bondad reúne su irradiar,
como reflejado, en nueve existencias,
permaneciendo eternamente una.
De allí desciende a las últimas potencias
de acto en acto, haciéndose tanto menor
que ya no produce sino breves contingencias;
y estas contingencias entiendo que son
las cosas generadas, que produce
con semilla y sin semilla el cielo en movimiento.
La cera de estas y quien la maneja
no permanecen de un mismo modo; y por eso bajo el signo
ideal luego más y menos transluce.
De ahí viene que un mismo árbol,
según la especie, da mejor y peor fruto;
y vosotros nacéis con diverso ingenio.
Si fuera perfectamente trabajada la cera
y estuviera el cielo en su virtud suprema,
la luz del sello aparecería toda;
pero la naturaleza la da siempre deficiente,
obrando semejantemente al artista
que tiene el hábito del arte pero mano temblorosa.
Pero si el cálido amor la clara vista
de la primera virtud dispone y marca,
toda la perfección allí se adquiere.
Así fue hecha la tierra digna
de toda la perfección animal;
así fue hecha la Virgen preñada;
de modo que apruebo tu opinión
de que la naturaleza humana nunca fue
ni será lo que fue en esas dos personas.
Ahora, si yo no procediera más adelante,
"¿Entonces, cómo este fue sin par?"
comenzarían tus palabras.
Pero para que parezca claro lo que no parece,
piensa quién era, y la razón que lo movió,
cuando se le dijo "Pide", a pedir.
No he hablado de modo que no puedas
ver bien que fue rey, que pidió sabiduría
para que fuera rey suficiente;
no para saber el número de cuántos son
los motores de aquí arriba, o si lo necesario
con lo contingente alguna vez hizo necesario;
no si es dable un primer movimiento,
o si del semicírculo se puede hacer
triángulo de modo que no tenga un recto.
Por lo cual, si notas lo que dije y esto,
prudencia regia es ese ver sin par
al que apunta la flecha de mi intención;
y si diriges los ojos claros al "surgió",
verás que tiene respecto solamente
a los reyes, que son muchos, y los buenos son raros.
Con esta distinción toma mi dicho;
y así puede estar de acuerdo con lo que crees
del primer padre y de nuestro Amado.
Y esto te sea siempre plomo en los pies,
para hacerte mover lento como hombre cansado
hacia el sí y el no que no ves:
porque está entre los necios bien abajo
quien sin distinción afirma y niega
en un caso lo mismo que en el otro;
porque sucede que muchas veces tuerce
la opinión corriente hacia la parte falsa,
y luego el afecto ata el intelecto.
Mucho más que en vano se parte de la orilla,
porque no vuelve tal como se marcha,
quien pesca la verdad y no tiene el arte.
Y de esto son al mundo pruebas abiertas
Parménides, Meliso y Briso y muchos otros,
que iban y no sabían adónde;
así hizo Sabelio y Arrio y aquellos necios
que fueron como espadas para las Escrituras
al volver torcidos los rostros rectos.
Que no sea la gente, tampoco, demasiado confiada
al juzgar, como el que estima
el trigo en el campo antes de que esté maduro;
pues yo he visto todo el invierno primero
el espino mostrarse rígido y feroz,
después llevar la rosa en su cima;
y vi ya un leño derecho y veloz
correr el mar por todo su camino,
perecer al final al entrar en la desembocadura.
No crean doña Berta y señor Martino,
por ver a uno robar, a otro ofrendar,
verlos dentro del consejo divino;
porque aquel puede levantarse, y aquel puede caer».
Canto14
Del centro al borde, y así del borde al centro
se mueve el agua en un recipiente redondo,
según sea golpeado desde fuera o desde dentro:
en mi mente cayó de golpe
esto que digo, apenas calló
la gloriosa vida de Tomás,
por la semejanza que nació
entre su hablar y el de Beatriz,
a quien le plugo comenzar, después de él, así:
«Este necesita, y no os lo dice
ni con la voz ni pensándolo aún,
ir hasta la raíz de otra verdad.
Decidle si la luz con que florece
vuestra sustancia permanecerá con vosotros
eternamente tal como es ahora;
y si permanece, decid cómo, cuando
seáis rehechos visibles,
podrá ser que no os moleste al veros».
Como, empujados y arrastrados por mayor alegría,
a veces los que danzan en ronda
alzan la voz y avivan los gestos,
así, ante la oración pronta y devota,
los santos círculos mostraron nueva alegría
en el girar y en la maravillosa melodía.
Quien se lamenta porque aquí se muera
para vivir allá arriba, no vio ahí
el alivio de la eterna lluvia.
Aquel uno y dos y tres que siempre vive
y reina siempre en tres y en dos y en uno,
no circunscrito, y que todo lo circunscribe,
tres veces era cantado por cada uno
de aquellos espíritus con tal melodía,
que para todo mérito sería justa recompensa.
Y oí en la luz más radiante
del círculo menor una voz modesta,
quizá cual fue la del ángel a María,
responder: «Cuanto dure la fiesta
del paraíso, tanto nuestro amor
irradiará en torno a tal vestidura.
Su claridad sigue al ardor;
el ardor a la visión, y esta es tanta
cuanta tiene de gracia sobre su valor.
Cuando la carne gloriosa y santa
sea revestida, nuestra persona
será más grata por estar completa;
por lo cual se acrecentará lo que nos dona
de luz gratuita el sumo bien,
luz que nos dispone a verlo;
de ahí que la visión deba crecer,
crecer el ardor que de ella se enciende,
crecer el rayo que de él viene.
Pero así como el carbón que da llama,
y por vivo resplandor la supera,
de modo que su apariencia se mantiene;
así este fulgor que ya nos rodea
será vencido en apariencia por la carne
que todo el día cubre la tierra;
ni podrá tanta luz fatigarnos:
porque los órganos del cuerpo serán fuertes
para todo cuanto pueda deleitarnos».
Tan súbitos y prestos me parecieron
uno y otro coro al decir «¡Amén!»,
que bien mostraron deseo de los cuerpos muertos:
quizá no solo por ellos, sino por las madres,
por los padres y por los otros que fueron queridos
antes de que fueran sempiternas llamas.
Y he aquí en torno, de claridad igual,
nacer un brillo sobre el que había,
a manera de horizonte que se aclara.
Y así como al subir la primera tarde
comienzan por el cielo nuevas presencias,
de modo que la vista parece y no parece cierta,
me pareció allí nuevas existencias
comenzar a ver, y hacer un giro
por fuera de las otras dos circunferencias.
Oh verdadero centellear del Santo Espíritu,
cómo se hizo súbito y candente
a mis ojos que, vencidos, no lo soportaron!
Mas Beatriz tan bella y sonriente
se me mostró, que entre aquellas visiones
se debe dejar esta que no puede seguir la mente.
Luego recobraron mis ojos fuerza
para alzarse; y me vi trasladado
solo con mi señora a más alta salvación.
Bien me di cuenta de que estaba más elevado,
por la ardiente sonrisa de la estrella,
que me parecía más roja que de costumbre.
Con todo el corazón y con aquel lenguaje
que es uno en todos, a Dios hice holocausto,
cual convenía a la gracia nueva.
Y no se había agotado aún de mi pecho
el ardor del sacrificio, cuando supe
que había sido aceptado y propicio;
pues con tanto fulgor y tanto rubor
me aparecieron resplandores dentro de dos rayos,
que dije: «Oh Helios que así los adornas!».
Como distinta por menores y mayores
luces blanquea entre los polos del mundo
la Galaxia de tal modo, que hace dudar a los sabios;
así constelados hacían en lo profundo
de Marte aquellos rayos el venerable signo
que forman junturas de cuadrantes en redondo.
Aquí vence la memoria a mi ingenio;
porque aquella cruz relampagueaba a Cristo,
de modo que no sé hallar ejemplo digno;
mas quien toma su cruz y sigue a Cristo,
aún me disculpará por lo que dejo,
viendo en aquel albor relampaguear a Cristo.
De cuerno a cuerno y entre la cima y la base
se movían luces, centelleando fuerte
al juntarse y al cruzarse:
así se ven aquí rectas y torcidas,
veloces y lentas, renovando la vista,
las partículas de los cuerpos, largas y cortas,
moverse por el rayo con que se raya
a veces la sombra que, para su defensa,
la gente con ingenio y arte adquiere.
Y como viola y arpa, en tensión templada
de muchas cuerdas, hace dulce tintinear
a quien la nota no le es conocida,
así de las luces que allí me aparecieron
se recogía por la cruz una melodía
que me arrebataba, sin entender el himno.
Bien me di cuenta de que era de altas alabanzas,
porque me llegaba «Resucita» y «Vence»
como a quien no entiende y oye.
Yo me enamoraba tanto aquí,
que hasta entonces no hubo cosa alguna
que me ligase con vínculos tan dulces.
Quizá mi palabra parezca demasiado osada,
posponiendo el placer de los bellos ojos,
en los cuales mirando mi deseo reposa;
mas quien se da cuenta de que los vivos sellos
de toda belleza hacen más efecto más arriba,
y que yo no me había vuelto allí hacia ellos,
puede excusarme de aquello de que me acuso
para excusarme, y verme decir verdad:
que el placer santo no queda aquí excluido,
porque se hace, subiendo, más sincero.
Canto15
Voluntad benévola en la que siempre se derrite
el amor que exhala rectamente,
como en la iniqua hace la codicia,
impuso silencio a aquella dulce lira,
e hizo callar las cuerdas santas
que la diestra del cielo afloja y tensa.
¿Cómo serán sordas a los ruegos justos
aquellas sustancias que, para darme ganas
de que les rogara, acordaron callarse?
Bien hace en dolerse sin término
quien, por amor de cosa que no dura
eternamente, se despoja de aquel amor.
Como por los cielos serenos, tranquilos y puros
discurre de cuando en cuando súbito fuego,
moviendo los ojos que estaban seguros,
y parece estrella que cambia de lugar,
salvo que de la parte donde se enciende
nada se pierde, y dura poco:
así del cuerno que a la derecha se extiende
al pie de aquella cruz corrió un astro
de la constelación que allí resplandece;
ni se apartó la gema de su cinta,
mas por la franja radial trascurrió,
que pareció fuego tras alabastro.
Tan piadosa la sombra de Anquises se ofreció,
si merece fe nuestra mayor musa,
cuando en Elíseo se percató del hijo.
«O sanguis meus, o superinfusa
gratia Dei, sicut tibi cui
bis unquam celi ianua reclusa?».
Así aquella luz: por lo que me volví hacia ella;
luego dirigí a mi dama el rostro,
y de un lado y del otro quedé estupefacto;
pues dentro de sus ojos ardía una sonrisa
tal, que pensé con los míos tocar el fondo
de mi gloria y de mi paraíso.
Luego, gozoso de oír y de ver,
añadió el espíritu a su comienzo cosas
que no entendí, tan profundo habló;
ni por elección se me ocultó,
sino por necesidad, pues su concepto
sobrepasó la marca de los mortales.
Y cuando el arco del ardiente afecto
se hubo desahogado tanto, que el hablar descendió
hacia la marca de nuestro intelecto,
lo primero que por mí se entendió
fue: «Bendito seas tú, trino y uno,
que en mi simiente eres tan cortés».
Y siguió: «Grato y largo ayuno,
sacado leyendo del magno volumen
donde no se muda jamás blanco ni bruno,
has resuelto, hijo, dentro de esta luz
en que te hablo, merced a aquella
que para el alto vuelo te vistió las plumas.
Crees que a mí tu pensamiento fluye
de aquel que es primero, así como irradia
del uno, si se conoce, el cinco y el seis;
y por eso quién soy yo y por qué parezco
más gozoso ante ti, no me preguntas,
que ningún otro en esta turba alegre.
Crees la verdad; pues los menores y los grandes
de esta vida miran en el espejo
en que, antes que pienses, el pensamiento despliegas;
mas para que el amor sagrado en que velo
con perpetua vista y que me asienta
de dulce desear, se cumpla mejor,
tu voz segura, osada y alegre
suene la voluntad, suene el deseo,
a que mi respuesta ya está decretada».
Me volví a Beatriz, y ella oyó
antes de que yo hablara, y me sonrió un gesto
que hizo crecer las alas a mi querer.
Luego comencé así: «El afecto y el juicio,
cuando la primera igualdad os apareció,
se hicieron de un peso para cada uno de vosotros,
pues el sol que os iluminó y ardió,
con el calor y con la luz es tan igual,
que todas las semejanzas son escasas.
Mas voluntad y argumento en los mortales,
por la causa que a vosotros es manifiesta,
tienen alas con plumas diferentes;
por lo que yo, que soy mortal, me siento en esta
desigualdad, y por eso no doy gracias
sino con el corazón a la fiesta paterna.
Bien te suplico a ti, topacio vivo
que esta joya preciosa engastas,
que me sacies de tu nombre».
«Oh fronda mía en quien me complacía
solo esperando, yo fui tu raíz»:
tal comienzo, respondiendo, me hizo.
Luego me dijo: «Aquel de quien se dice
tu linaje y que cien años y más
ha girado el monte en la primera cornisa,
mi hijo fue y tu bisabuelo fue:
bien conviene que la larga fatiga
tú le acortes con tus obras.
Florencia dentro de la cercha antigua,
de donde ella toma aún tercia y nona,
se estaba en paz, sobria y púdica.
No había cadenilla, ni corona,
ni faldas bordadas, ni cinturón
que fuera más de ver que la persona.
No causaba, al nacer, aún temor
la hija al padre, pues el tiempo y la dote
no huían de aquí y de allá la medida.
No había casas de familia vacías;
no había llegado aún Sardanápalo
a mostrar lo que en la alcoba se puede.
No era vencido aún Montemalo
por vuestro Uccellatoio, que, como es vencido
en el subir, así será en el bajar.
A Bellinción Berti vi yo ir ceñido
de cuero y de hueso, y venir del espejo
a su dama sin el rostro pintado;
y vi al de los Nerli y al del Vecchio
estar contentos con la piel descubierta,
y a sus damas al huso y a la rueca.
¡Oh afortunadas! cada una estaba cierta
de su sepultura, y aún ninguna
era por Francia en el lecho desierta.
Una velaba atenta a la cuna,
y, consolando, usaba el idioma
que primero a los padres y a las madres entretiene;
otra, tirando a la rueca la cabellera,
contaba fábulas con su familia
de los troyanos, de Fiésole y de Roma.
Se tendría entonces por tal maravilla
una Cianghella, un Lapo Salterello,
cual ahora sería Cincinato y Cornelia.
A tan reposado, a tan bello
vivir de ciudadanos, a tan fiel
ciudadanía, a tan dulce morada,
María me dio, llamada en altos gritos;
y en vuestro antiguo Baptisterio
a la vez fui cristiano y Cacciaguida.
Moronto fue mi hermano y Eliseo;
mi dama vino a mí del val de Pado,
y de allí tu sobrenombre se hizo.
Luego seguí al emperador Corrado;
y él me ciñó de su milicia,
tanto por bien obrar vine en su gracia.
Tras él fui contra la iniquidad
de aquella ley cuyo pueblo usurpa,
por culpa de los pastores, vuestra justicia.
Allí fui yo por aquella gente torpe
desatado del mundo falaz,
cuyo amor muchas almas deturpa;
y vine del martirio a esta paz».
Canto16
Oh poca nobleza nuestra de sangre,
si haces que la gente se gloríe de ti
aquí abajo donde nuestro afecto languidece,
nunca será para mí cosa admirable:
porque allá donde el apetito no se tuerce,
digo en el cielo, yo me glorié de ella.
Bien eres tú manto que pronto se acorta:
así que, si no se añade día a día,
el tiempo va alrededor con las tijeras.
Del 'vos' que primero se ofreció en Roma,
en que su familia menos persevera,
recomenzaron mis palabras;
por lo que Beatriz, que estaba un poco apartada,
riendo, pareció aquella que tosió
ante la primera falta escrita de Ginebra.
Yo comencé: «Vos sois mi padre;
vos me dais todo atrevimiento para hablar;
vos me eleváis tanto, que soy más que yo.
Por tantos ríos se llena de alegría
mi mente, que de sí misma hace regocijo
porque puede soportar sin quebrarse.
Decidme pues, querida primicia mía,
quiénes fueron vuestros antepasados y cuáles los años
que se marcaron en vuestra infancia;
decidme del redil de San Juan
cuánto era entonces, y quiénes eran las gentes
entre él dignas de más altos escaños».
Como se aviva al soplo de los vientos
carbón en llama, así vi yo aquella
luz resplandecer ante mis halagos;
y como a mis ojos se hizo más bella,
así con voz más dulce y suave,
pero no con esta lengua moderna,
me dijo: «Desde aquel día que fue dicho 'Ave'
al parto en que mi madre, que ahora es santa,
se alivió de mí de lo que estaba grávida,
a su León quinientas cincuenta
y treinta veces vino este fuego
a reencenderse bajo su planta.
Mis antepasados y yo nacimos en el lugar
donde se encuentra primero el último sexto
por quien corre vuestro juego anual.
Baste de mis mayores oír esto:
quiénes fueron y de dónde vinieron allí,
más honesto es callar que hablar.
Todos los que en aquel tiempo estaban allí
en edad de portar armas entre Marte y el Bautista,
eran la quinta parte de los que ahora viven.
Pero la ciudadanía, que ahora está mezclada
de Campi, de Certaldo y de Figghine,
se veía pura hasta en el último artesano.
Oh cuánto mejor sería que fueran vecinas
aquellas gentes de que hablo, y al Galluzzo
y a Trespiano tener vuestro confín,
que tenerlas dentro y soportar el hedor
del villano de Aguglione, del de Signa,
que ya para traficar tiene el ojo agudo!
Si la gente que en el mundo más degenera
no hubiera sido para el César madrastra,
sino como madre benigna a su hijo,
tal que es florentino y cambia y comercia,
se habría vuelto a Semifonti,
allá donde andaba el abuelo mendigando;
aún sería Montemurlo de los Conti;
estarían los Cerchi en la parroquia de Acone,
y tal vez en Valdigrieve los Buondelmonti.
Siempre la confusión de las personas
fue principio del mal de la ciudad,
como de vuestro cuerpo el alimento que se añade;
y toro ciego cae más rápido
que cordero ciego; y muchas veces corta
más y mejor una que cinco espadas.
Si miras a Luni y a Urbisaglia
cómo se han ido, y cómo se van
detrás de ellas Chiusi y Senigallia,
oír cómo los linajes se deshacen
no te parecerá cosa nueva ni extraña,
puesto que las ciudades tienen fin.
Vuestras cosas todas tienen su muerte,
igual que vosotros; pero se oculta en alguna
que dura mucho, y las vidas son cortas.
Y como el girar del cielo de la luna
cubre y descubre las costas sin pausa,
así hace con Florencia la Fortuna:
por lo que no debe parecer cosa admirable
lo que diré de los nobles florentinos
cuya fama está en el tiempo oculta.
Yo vi a los Ughi y vi a los Catellini,
Filippi, Greci, Ormanni y Alberichi,
ya en decadencia, ilustres ciudadanos;
y vi tan grandes como antiguos,
con el de la Sannella, el del Arca,
y Soldanieri y Ardinghi y Bostichi.
Sobre la puerta que al presente está cargada
de nueva felonía de tanto peso
que pronto será ruina de la barca,
estaban los Ravignani, de donde ha descendido
el conde Guido y cualquiera del nombre
del alto Bellincione que después ha tomado.
El de la Pressa ya sabía cómo
regir se debe, y tenía Galigaio
dorada en su casa ya la empuñadura y el pomo.
Grande era ya la columna del Vero,
Sacchetti, Giuochi, Fifanti y Barucci
y Galli y los que se ruborizan por el celemín.
El tronco del que nacieron los Calfucci
era ya grande, y ya estaban llevados
a las curules Sizii y Arrigucci.
Oh cuáles vi a los que son deshechos
por su soberbia! y las bolas de oro
florecían Florencia en todos sus grandes hechos.
Así hacían los padres de aquellos
que, siempre que vuestra iglesia queda vacante,
se engordan quedándose en el consistorio.
La arrogante estirpe que se endraga
detrás de quien huye, y a quien muestra el diente
o la bolsa, como cordero se aplaca,
ya venía subiendo, pero de gente menuda;
así que no agradó a Ubertino Donato
que luego el suegro los hiciera parientes.
Ya estaba el Caponsacco en el mercado
descendido de Fiesole, y ya era
buen ciudadano Giuda e Infangato.
Diré cosa increíble y verdadera:
en el pequeño cerco se entraba por puerta
que se nombraba por los de la Pera.
Cada uno que de la bella insignia porta
del gran barón cuyo nombre y cuyo prestigio
la fiesta de Tomás reconforta,
de él tuvo milicia y privilegio;
aunque con el pueblo se reúna
hoy aquel que la ciñe con el friso.
Ya estaban Gualterotti e Importuni;
y aún sería el Burgo más tranquilo,
si de nuevos vecinos estuvieran ayunos.
La casa de que nació vuestro llanto,
por el justo desdén que os ha muertos
y puso fin a vuestro vivir feliz,
era honrada, ella y sus consortes:
oh Buondelmonte, cuán mal huiste
las bodas suyas por los consejos ajenos!
Muchos serían alegres, que están tristes,
si Dios te hubiera concedido al Ema
la primera vez que a la ciudad viniste.
Pero convenía, a aquella piedra rota
que guarda el puente, que Florencia hiciese
víctima en su paz postrera.
Con estas gentes, y con otras con ellas,
vi yo Florencia en tal reposo,
que no tenía causa por la que llorase.
Con estas gentes vi yo glorioso
y justo su pueblo, tanto que el lirio
no fue jamás puesto en asta al revés,
ni por división hecho bermejo».
Canto17
Como vino a Clímene, para asegurarse
de aquello que había oído contra sí,
aquel que aún vuelve a los padres recelosos con sus hijos;
así era yo, y así era percibido
tanto por Beatriz como por la santa lámpara
que antes por mí había cambiado de sitio.
Por lo que mi señora me dijo: «Lanza la llama
de tu deseo, para que salga
bien marcada con el sello interior:
no porque nuestro conocimiento crezca
con tus palabras, sino para que te acostumbres
a decir tu sed, y así el hombre te sirva de beber».
«Oh mi querida raíz que tanto te elevas,
que, como ven las mentes terrenales
que no caben dos ángulos obtusos en un triángulo,
así ves las cosas contingentes
antes de que existan en sí, mirando el punto
donde todos los tiempos están presentes;
mientras yo estaba unido a Virgilio
subiendo por el monte que cura las almas
y descendiendo al mundo de los muertos,
me fueron dichas de mi vida futura
palabras graves, aunque yo me sienta
bien cuadrado ante los golpes de la fortuna;
por eso mi voluntad estaría contenta
de entender qué fortuna se me acerca:
porque la flecha prevista viene más lenta».
Así dije yo a aquella misma luz
que antes me había hablado; y como quiso
Beatriz, mi deseo fue confesado.
Y no con ambigüedades, en que la gente necia
ya se enredaba antes de que fuera muerto
el Cordero de Dios que quita los pecados,
sino con palabras claras y con preciso
lenguaje respondió aquel amor paterno,
oculto y transparente en su propia sonrisa:
«La contingencia, que fuera del cuaderno
de vuestra materia no se extiende,
toda está pintada ante el rostro eterno;
pero no toma de allí necesidad
más que como del ojo en que se refleja
la nave que desciende por la corriente.
Desde allí, así como llega al oído
dulce armonía de órgano, me viene
a la vista el tiempo que se te prepara.
Como partió Hipólito de Atenas
por la despiadada y pérfida madrastra,
así de Florencia partir te conviene.
Esto se quiere y esto ya se busca,
y pronto será hecho por quien lo piensa
allí donde a Cristo se vende cada día.
La culpa seguirá a la parte ofendida
en gritos, como suele; pero la venganza
dará testimonio de la verdad que la dispensa.
Tú dejarás toda cosa amada
más entrañablemente; y esta es la flecha
que el arco del exilio dispara primero.
Tú probarás cómo sabe a sal
el pan ajeno, y qué duro camino
es bajar y subir por las escaleras ajenas.
Y lo que más te pesará en los hombros
será la compañía malvada y estúpida
con la que caerás en este valle;
que toda ingrata, toda loca e impía
se volverá contra ti; pero, poco después,
ella, no tú, tendrá roja la sien.
De su bestialidad su proceder
dará la prueba; así que te será hermoso
haberte hecho partido por ti mismo.
Tu primer refugio y tu primera posada
será la cortesía del gran lombardo
que sobre la escala lleva el ave santa;
que en ti tendrá tan benévola mirada,
que del dar y del pedir, entre vosotros dos,
será primero lo que entre los otros es más lento.
Con él verás a aquel que fue impreso,
al nacer, tan fuertemente por esta estrella,
que notables serán sus obras.
Aún no se han dado cuenta las gentes
por su corta edad, pues apenas nueve años
han girado estas ruedas en torno a él;
pero antes de que el Gascón engañe al alto Enrique,
aparecerán chispas de su virtud
en no hacer caso de dinero ni de fatigas.
Sus magnificencias serán conocidas
todavía más, así que sus enemigos
no podrán mantener mudas las lenguas.
A él espera y a sus beneficios;
por él será transformada mucha gente,
cambiando de condición ricos y mendigos;
y llevarás escrito en la memoria
sobre él, y no lo dirás»; y dijo cosas
increíbles para quienes estén presentes.
Después añadió: «Hijo, estas son las glosas
de lo que te fue dicho; he aquí las trampas
que tras pocos giros están ocultas.
Pero no quiero que envidiés a tus vecinos,
puesto que tu vida se extiende hacia el futuro
mucho más allá que el castigo de sus perfidias».
Después de que, callando, se mostró terminada
el alma santa de poner la trama
en aquella tela que yo le ofrecí urdida,
yo comencé, como quien ansía,
dudando, consejo de persona
que ve y quiere rectamente y ama:
«Bien veo, padre mío, cómo apremia
el tiempo hacia mí, para darme un golpe
tal, que es más grave para quien más se abandona;
por lo que es bueno que me arme de previsión,
así, si me es quitado el lugar más querido,
no pierda los otros por mis versos.
Abajo por el mundo sin fin amargo,
y por el monte de cuya bella cumbre
los ojos de mi señora me elevaron,
y después por el cielo, de luz en luz,
he aprendido yo lo que si lo repito,
a muchos será sabor de fuerte agrura;
y si soy tímido amigo de la verdad,
temo perder vida entre aquellos
que este tiempo llamarán antiguo».
La luz en que reía mi tesoro
que hallé allí, se hizo primero radiante,
como al rayo de sol espejo de oro;
luego respondió: «Conciencia turbia
o de la propia o de la ajena vergüenza
sin duda sentirá tu palabra áspera.
Pero no obstante, removida toda mentira,
toda tu visión haz manifiesta;
y deja que se rasquen donde está la roña.
Porque si tu voz será molesta
en el primer gusto, vital alimento
dejará después, cuando sea digerida.
Este grito tuyo hará como el viento,
que las cimas más altas más golpea;
y esto no es poco argumento de honor.
Por eso te son mostradas en estas ruedas,
en el monte y en el valle doloroso
solamente las almas que son de fama conocida,
porque el ánimo de quien oye no reposa
ni fija su fe por un ejemplo que tenga
su raíz desconocida y oculta,
ni por otro argumento que no sea visible».
Canto18
Ya gozaba a solas de su palabra
aquel espejo dichoso, y yo saboreaba
la mía, templando lo amargo con lo dulce;
y aquella mujer que a Dios me conducía
dijo: «Cambia de pensamiento; piensa que estoy
junto a quien descarga todo agravio».
Me volví hacia el sonido amoroso
de mi consuelo; y qué vi entonces
en los ojos santos de amor, aquí lo abandono:
no porque desconfíe de mi palabra,
sino por la mente que no puede regresar
sobre sí misma tanto, si otro no la guía.
Tanto puedo decir de aquel instante,
que, mirándola, mi afecto
quedó libre de cualquier otro deseo,
mientras el placer eterno, que directo
irradiaba en Beatriz, desde el bello rostro
me contentaba con el segundo aspecto.
Venciéndome con la luz de una sonrisa,
ella me dijo: «Vuélvete y escucha;
que no solo en mis ojos está el paraíso».
Como se ve aquí a veces
el afecto en la mirada, si es tan grande
que de él queda toda el alma poseída,
así en el flamear del fulgor santo,
al que me volví, reconocí el deseo
en él de hablarme todavía un poco.
Él comenzó: «En esta quinta grada
del árbol que vive de la cima
y da fruto siempre y nunca pierde hoja,
hay espíritus dichosos, que abajo, antes
de que vinieran al cielo, fueron de gran fama,
tanto que cualquier musa quedaría enriquecida.
Por eso mira en los brazos de la cruz:
aquel que yo nombre, hará allí el acto
que hace en la nube su fuego veloz».
Vi por la cruz una luz trazada
al nombrar Josué, tal como se hizo;
ni me fue conocido el decir antes que el hecho.
Y al nombre del alto Macabeo
vi moverse otra girando,
y la alegría era el látigo del trompo.
Así por Carlomagno y por Roldán
dos siguió mi atenta mirada,
como el ojo sigue a su halcón volando.
Luego arrastró Guillermo y Reinaldo
y el duque Godofredo mi vista
por aquella cruz, y Roberto Guiscardo.
Después, entre las otras luces movida y mezclada,
me mostró el alma que me había hablado
cuál era entre los cantores del cielo artista.
Me volví hacia mi lado derecho
para ver en Beatriz mi deber,
o por palabra o por gesto, señalado;
y vi sus ojos tan puros,
tan gozosos, que su semblante
vencía los otros y la última costumbre.
Y como, por sentir más deleite
obrando bien, el hombre de día en día
se da cuenta de que su virtud avanza,
así me di cuenta de que mi girar en torno
con el cielo junto había aumentado el arco,
viendo aquel milagro más adornado.
Y cual es el transformarse en breve lapso
de tiempo en mujer blanca, cuando el rostro
se descarga de la vergüenza el peso,
tal fue en mis ojos, cuando me volví,
por el candor de la templada estrella
sexta, que dentro de sí me había acogido.
Vi en aquella jovial antorcha
el centelleo del amor que allí había
señalar a mis ojos nuestra lengua.
Y como pájaros alzados de la orilla,
casi congratulándose de sus pastos,
hacen de sí ora redonda ora otra bandada,
así dentro de las luces santas criaturas
volando cantaban, y se hacían
ora D, ora I, ora L en sus figuras.
Primero, cantando, a su nota se movían;
luego, convirtiéndose en uno de estos signos,
un poco se detenían y callaban.
Oh divina Pegasea que los ingenios
haces gloriosos y los vuelves longevos,
y ellos contigo las ciudades y los reinos,
ilumíname con tu luz, para que yo dibuje
sus figuras como las he concebido:
aparezca tu poder en estos versos breves!
Se mostraron entonces en cinco veces siete
vocales y consonantes; y yo anoté
las partes así, como me parecieron dichas.
'DILIGITE IUSTITIAM', fueron primero
verbo y nombre de toda la pintura;
'QUI IUDICATIS TERRAM', fueron al final.
Luego en la eme de la quinta palabra
permanecieron ordenadas; de modo que Júpiter
parecía plata allí de oro marcada.
Y vi descender otras luces donde
estaba la cima de la eme, y allí aquietarse
cantando, creo, el bien que a sí las mueve.
Luego, como al golpear troncos ardientes
surgen innumerables chispas,
de donde los necios suelen augurar,
resurgir parecieron de allí más de mil
luces y subir, cual mucho y cual poco,
según el sol que las enciende las destinó;
y aquietada cada una en su lugar,
la cabeza y el cuello de un águila vi
representar aquel fuego distinguido.
Quien pinta allí, no tiene quien lo guíe;
sino que él guía, y de él se recuerda
aquella virtud que es forma para los nidos.
La otra bienaventuranza, que contenta
parecía antes de florecer en la eme,
con poco movimiento siguió la impronta.
Oh dulce estrella, cuáles y cuántas gemas
me demostraron que nuestra justicia
es efecto del cielo que tú engemas!
Por lo cual ruego a la mente en que se inicia
tu movimiento y tu virtud, que mire
de dónde sale el humo que tu rayo enturbia;
así que otra vez ya se enoje
del comprar y vender dentro del templo
que se edificó con signos y con mártires.
Oh milicia del cielo que yo contemplo,
ruega por los que están en tierra
todos desviados tras el mal ejemplo!
Ya se solía con espadas hacer guerra;
pero ahora se hace quitando ora aquí ora allí
el pan que el Padre piadoso a nadie cierra.
Mas tú que solo para cancelar escribes,
piensa que Pedro y Pablo, que murieron
por la viña que arruinas, aún están vivos.
Bien puedes tú decir: «Tengo fijo el deseo
tan en aquel que quiso vivir solo
y que por saltos fue llevado al martirio,
que no conozco al pescador ni a Polo».
Canto19
Aparecía ante mí con las alas abiertas
la hermosa imagen que en el dulce goce
hacían dichosas a las almas unidas;
parecía cada una un rubí en el cual
un rayo de sol ardiese tan encendido
que en mis ojos lo reflejara.
Y lo que ahora me toca relatar
no lo transmitió voz jamás, ni tinta lo escribió,
ni fue por la fantasía nunca comprendido;
pues vi y también oí hablar al pico,
y sonar en su voz «yo» y «mío»,
cuando en el concepto era «nosotros» y «nuestro».
Y comenzó: «Por ser justo y piadoso
estoy aquí exaltado a aquella gloria
que no se deja vencer por el deseo;
y en la tierra dejé mi memoria
de tal modo, que las gentes malvadas de allí
la elogian, pero no siguen su ejemplo».
Así un solo calor de muchas brasas
se hace sentir, como de muchos amores
salía un solo sonido de aquella imagen.
Entonces yo tras esto: «Oh flores perpetuas
de la eterna alegría, que como uno solo
me hacéis parecer todos vuestros aromas,
resolvedme, exhalando, el gran ayuno
que largamente me ha tenido hambriento,
no encontrando en la tierra alimento alguno.
Bien sé yo que, si en el cielo otro reino
la divina justicia hace su espejo,
el vuestro no lo aprehende con velo.
Sabéis cuán atento yo me preparo
a escuchar; sabéis cuál es aquella
duda que me es ayuno tan antiguo».
Como halcón que sale de la capucha,
mueve la cabeza y con las alas se aplaude,
mostrando voluntad y haciéndose hermoso,
vi yo hacerse aquel signo, que de alabanzas
de la divina gracia estaba tejido,
con cantos como los sabe quien allá arriba goza.
Luego comenzó: «Aquel que volvió el compás
al extremo del mundo, y dentro de él
distinguió tanto lo oculto como lo manifiesto,
no pudo hacer su valor tan impreso
en todo el universo, que su verbo
no quedara en infinito exceso.
Y esto hace cierto que el primer soberbio,
que fue la cumbre de toda criatura,
por no esperar la luz, cayó inmaduro;
y de aquí aparece que toda naturaleza menor
es corto receptáculo a aquel bien
que no tiene fin y se mide consigo mismo.
Por tanto vuestra vista, que conviene
ser uno de los rayos de la mente
de la que todas las cosas están llenas,
no puede por su naturaleza ser tan poderosa
que su principio no discierna
mucho más allá de lo que le es evidente.
Por eso en la justicia sempiterna
la vista que recibe vuestro mundo,
como ojo por el mar, hacia adentro se interna;
que, aunque desde la orilla vea el fondo,
en alta mar no lo ve; y sin embargo
está allí, pero lo oculta el ser profundo.
Luz no hay, si no viene del sereno
que nunca se enturbia; antes bien es tiniebla
o sombra de la carne o su veneno.
Bastante se te ha abierto ya el escondite
que te ocultaba la justicia viva,
de la que hacías pregunta tan frecuente;
pues tú decías: "Un hombre nace a la orilla
del Indo, y allí no hay quien razone
de Cristo ni quien lea ni quien escriba;
y todos sus querer y actos buenos
son, en cuanto la razón humana ve,
sin pecado en vida o en palabras.
Muere sin bautizar y sin fe:
¿dónde está esa justicia que lo condena?
¿dónde está su culpa, si él no cree?".
Ahora tú quién eres, que quieres sentarte en el tribunal,
para juzgar de lejos mil millas
con la vista corta de un palmo?
Ciertamente para quien conmigo sutiliza,
si la Escritura sobre vosotros no estuviera,
habría motivo para dudar de maravilla.
¡Oh animales terrenales! ¡Oh mentes toscas!
La primera voluntad, que es buena por sí misma,
de sí, que es sumo bien, jamás se apartó.
Tanto es justo cuanto con ella concuerda:
ningún bien creado la atrae hacia sí,
sino que ella, irradiando, lo causa».
Como sobre el nido gira
después de que ha alimentado la cigüeña a sus hijos,
y como aquel que ha sido alimentado la mira;
así se hizo, y así levanté las cejas,
la imagen bendita, que las alas
movía impulsada por tantos consejos.
Girando cantaba, y decía: «Tal como
son mis notas para ti, que no las entiendes,
tal es el juicio eterno para vosotros mortales».
Luego se aquietaron aquellos incendios lucientes
del Espíritu Santo aún en el signo
que hizo a los romanos reverentes al mundo,
él recomenzó: «A este reino
no subió jamás quien no creyó en Cristo,
ni antes ni después de que fuera clavado al madero.
Pero mira: muchos gritan "¡Cristo, Cristo!",
que estarán en el juicio mucho menos cerca
de él, que tal que no conoce a Cristo;
y a tales cristianos condenará el etíope,
cuando se separen los dos colegios,
uno eternamente rico y el otro indigente.
¿Qué podrán decir los persas a vuestros reyes,
cuando vean aquel volumen abierto
en el cual se escriben todos sus desprecios?
Allí se verá, entre las obras de Alberto,
aquella que pronto moverá la pluma,
por la que el reino de Praga quedará desierto.
Allí se verá el duelo que sobre el Sena
induce, falsificando la moneda,
aquel que morirá de golpe de jabalí.
Allí se verá la soberbia que da sed,
que hace al escocés y al inglés locos,
de modo que no pueden contenerse dentro de su límite.
Se verá la lujuria y el vivir muelle
de aquel de España y de aquel de Bohemia,
que nunca el valor conoció ni quiso.
Se verá al Cojo de Jerusalén
señalada con una i su bondad,
cuando lo contrario señalará una m.
Se verá la avaricia y la vileza
de aquel que guarda la isla del fuego,
donde Anquises acabó la larga vida;
y para dar a entender cuán poco es,
su escritura serán letras truncas,
que anotarán mucho en poco espacio.
Y aparecerán a cada uno las obras sucias
del tío y del hermano, que tan egregia
nación y dos coronas han dejado torcidas.
Y aquel de Portugal y el de Noruega
allí se conocerán, y el de Rascia
que mal ha visto la moneda de Venecia.
Oh feliz Hungría, si no se deja
más maltratar! y feliz Navarra,
si se armara con el monte que la rodea!
Y debe creer cada uno que ya, como prenda
de esto, Nicosia y Famagusta
por su bestia se lamentan y riñen,
que del flanco de las otras no se aparta».
Canto20
Cuando aquel que ilumina el mundo entero
desciende tanto de nuestro hemisferio
que el día se consume por todas partes,
el cielo, que antes solo por él se enciende,
de pronto se vuelve visible de nuevo
por muchas luces, en las que una resplandece;
y este acto del cielo vino a mi mente
cuando el emblema del mundo y de sus guías
en el bendito pico enmudeció;
porque todas aquellas luces vivas,
luciendo mucho más, comenzaron cantos
frágiles y caducos para mi memoria.
Oh dulce amor que de sonrisa te vistes,
cuánto parecías ardiente en aquellas flautas,
que tenían aliento solo de pensamientos santos!
Después que las claras y preciosas gemas
con que vi enjoyada la sexta luz
pusieron silencio a los toques angelicales,
me pareció oír un murmullo de río
que desciende claro de piedra en piedra,
mostrando la abundancia de su cumbre.
Y como el sonido en el mástil de la cítara
toma su forma, y como en el agujero
de la zampoña el viento que penetra,
así, removida toda espera indecisa,
aquel murmullo del águila subió
por el cuello, como si fuera hueco.
Se hizo voz allí, y de allí salió
por su pico en forma de palabras,
tales como esperaba el corazón donde las escribí.
«La parte en mí que ve y soporta el sol
en las águilas mortales», comenzó a decirme,
«ahora debe ser mirada fijamente,
porque de los fuegos de los que tomo figura,
aquellos con que el ojo en mi cabeza centellea,
son de todos sus grados los más altos.
Aquel que luce en medio como pupila,
fue el cantor del Espíritu Santo,
que el arca trasladó de villa en villa:
ahora conoce el mérito de su canto,
en cuanto fue efecto de su consejo,
por la recompensa que es equivalente.
De los cinco que me forman círculo como ceja,
aquel que más cerca está de mi pico,
consoló a la viudita por su hijo:
ahora conoce cuánto caro cuesta
no seguir a Cristo, por la experiencia
de esta vida dulce y de la opuesta.
Y el que sigue en la circunferencia
de la que hablo, por el arco superior,
retrasó la muerte por verdadera penitencia:
ahora conoce que el juicio eterno
no se muda, cuando digno ruego
hace mañana allá abajo del hoy.
El otro que sigue, con las leyes y conmigo,
bajo buena intención que dio mal fruto,
por ceder al pastor se hizo griego:
ahora conoce cómo el mal derivado
de su buena obra no le daña,
aunque por ello el mundo haya sido destruido.
Y el que ves en el arco descendente,
fue Guillermo, a quien aquella tierra llora
que llora a Carlos y a Federico vivos:
ahora conoce cómo se enamora
el cielo del rey justo, y en el semblante
de su fulgor lo hace ver todavía.
¿Quién creería allá en el mundo errante
que Rifeo Troyano en este círculo
fuese la quinta de las luces santas?
Ahora conoce mucho de lo que el mundo
no puede ver de la divina gracia,
aunque su vista no distinga el fondo».
Como alondra que en el aire se esparce
primero cantando, y luego calla contenta
por la última dulzura que la sacia,
tal me pareció la imagen de la impronta
del eterno placer, a cuyo deseo
cada cosa se vuelve lo que es.
Y aunque yo fuera a mi duda
allí casi vidrio al color que viste,
no soportó esperar callando,
sino que de la boca, «¿Qué cosas son estas?»,
me empujó con la fuerza de su peso:
por lo que vi grandes fiestas de destellos.
Luego después, con el ojo más encendido,
el bendito emblema me respondió
para no tenerme en admiración suspendido:
«Yo veo que crees estas cosas
porque yo las digo, pero no ves cómo;
así que, aunque son creídas, están ocultas.
Haces como aquel que la cosa por nombre
comprende bien, pero su esencia
no puede ver si otro no se la expone.
Regnum celorum violencia padece
de cálido amor y de viva esperanza,
que vence la divina voluntad:
no como el hombre vence al hombre,
sino que la vence porque quiere ser vencida,
y, vencida, vence con su benignidad.
La primera vida de la ceja y la quinta
te hacen maravillar, porque en ellas ves
la región de los ángeles pintada.
De sus cuerpos no salieron, como crees,
gentiles, sino cristianos, en firme fe
uno en los pies futuros y otro en los pies ya pasados.
Pues una del infierno, donde nunca se vuelve
jamás a buen querer, volvió a los huesos;
y esto fue recompensa de viva esperanza:
de viva esperanza, que puso el poder
en los ruegos hechos a Dios para resucitarla,
de modo que pudiese su voluntad ser movida.
El alma gloriosa de la que se habla,
vuelta a la carne, en la que estuvo poco,
creyó en aquel que podía ayudarla;
y creyendo se encendió en tanto fuego
de verdadero amor, que a la muerte segunda
fue digna de venir a este gozo.
La otra, por gracia que de tan profunda
fuente mana, que nunca criatura
hundió el ojo hasta la primera onda,
todo su amor allá abajo puso en rectitud:
por lo que, de gracia en gracia, Dios le abrió
el ojo a nuestra redención futura;
de donde creyó en ella, y no soportó
desde entonces más el hedor del paganismo;
y reprendió a las gentes perversas.
Aquellas tres damas le fueron por bautismo
que viste en la rueda derecha,
más de un milenio antes del bautizar.
Oh predestinación, cuán remota
está tu raíz de aquellos aspectos
que no ven entera la primera causa!
Y vosotros, mortales, manteneos firmes
en juzgar: pues nosotros, que a Dios vemos,
no conocemos todavía a todos los elegidos;
y nos es dulce tal carencia,
porque nuestro bien en este bien se afina,
que lo que quiere Dios, nosotros queremos».
Así de aquella imagen divina,
para aclararme mi corta vista,
me fue dada suave medicina.
Y como a buen cantor buen citarista
hace seguir el vibrar de la cuerda,
en que más placer el canto adquiere,
así, mientras hablaba, así recuerdo
que vi las dos luces benditas,
justo como parpadear de ojos se acuerda,
con las palabras mover las llamitas.
Canto21
Ya estaban mis ojos fijos otra vez en el rostro
de mi señora, y mi ánimo con ellos,
y de cualquier otra intención se había apartado.
Y ella no sonreía; pero «Si yo sonriera»,
me comenzó, «te volverías tal
como fue Sémele cuando se hizo ceniza:
porque mi belleza, que por las escalas
del eterno palacio más se enciende,
como has visto, cuanto más se sube,
si no se templara, tanto resplandece,
que tu poder mortal, ante su fulgor,
sería hoja que el rayo desprende.
Nos hemos elevado al séptimo esplendor,
que bajo el pecho del León ardiente
irradia ahora mezclado con su fuerza hacia abajo.
Clava detrás de tus ojos la mente,
y haz de ellos espejos para la figura
que en este espejo te será mostrada».
Quien supiera cuál era el pasto
de mi mirada en el aspecto beato
cuando me mudé a otra preocupación,
conocería cuánto me era grato
obedecer a mi celeste guía,
contrapesando un lado con el otro.
Dentro del cristal que lleva el nombre,
rodeando el mundo, de su caro guía
bajo quien yació toda malicia muerta,
de color de oro en que un rayo transluce
vi una escalera erguida hacia arriba
tan alta, que no la seguía mi luz.
Vi también por los grados descender abajo
tantos esplendores, que pensé que toda luz
que aparece en el cielo, de allí se difundía.
Y como, por la costumbre natural,
las cornejas juntas, al comenzar el día,
se mueven a calentar las plumas frías;
luego otras se van sin retorno,
otras regresan de donde partieron,
y otras girando hacen estancia;
tal manera me pareció que había allí
en aquel centellear que junto vino,
apenas en cierto grado se detuvo.
Y el que más cerca de nosotros se quedó,
se hizo tan claro, que yo decía pensando:
'Veo bien el amor que me manifiestas.
Pero aquella de quien espero el cómo y el cuándo
del decir y del callar, se está quieta; por eso yo,
contra el deseo, hago bien en no preguntar'.
Por lo cual ella, que veía mi silencio
en la visión de aquel que todo ve,
me dijo: «Libera tu ardiente deseo».
Y yo comencé: «Mi mérito
no me hace digno de tu respuesta;
pero por aquella que me concede preguntar,
vida beata que permaneces oculta
dentro de tu alegría, hazme saber
la causa que tan cerca me te ha puesto;
y di por qué se calla en esta rueda
la dulce sinfonía del paraíso,
que abajo por las otras suena tan devota».
«Tienes el oído mortal así como la vista»,
me respondió; «por eso aquí no se canta
por la misma razón que Beatriz no ha sonreído.
Abajo por los grados de la escala santa
descendí tanto solo para festejarte
con la palabra y con la luz que me envuelve;
ni más amor me hizo ser más pronta,
pues más y tanto amor aquí arriba arde,
así como el flamear te manifiesta.
Pero la alta caridad, que nos hace siervas
prontas al designio que el mundo gobierna,
sortea aquí así como observas».
«Veo bien», dije yo, «sagrada lámpara,
cómo el amor libre en esta corte
basta para seguir la providencia eterna;
pero esto es lo que discernir me parece difícil,
por qué fuiste predestinada sola
a este oficio entre tus compañeras».
No llegué siquiera a la última palabra,
cuando de su centro hizo el lumen centro,
girando sobre sí como veloz muela;
luego respondió el amor que estaba dentro:
«Luz divina sobre mí se concentra,
penetrando por esta en que me envuelvo,
cuya virtud, con mi ver unida,
me eleva sobre mí tanto, que veo
la suma esencia de la cual es extraída.
De allí viene la alegría con que flameo;
porque a mi vista, cuanto ella es clara,
la claridad de la llama igualo.
Pero aquella alma en el cielo que más se aclara,
aquel serafín que en Dios más fija tiene el ojo,
no satisfaría tu pregunta,
porque tan adentro se interna en el abismo
del eterno estatuto lo que pides,
que de toda vista creada está separado.
Y al mundo mortal, cuando regreses,
esto informa, para que no presuma
mover los pies hacia meta tan alta.
La mente, que aquí luce, en la tierra humea;
por tanto mira cómo puede allá abajo
lo que no puede porque el cielo la acoge».
Así me limitaron sus palabras,
que dejé la cuestión y me retraje
a preguntarle humildemente quién fue.
«Entre las dos costas de Italia surgen piedras,
y no muy distantes de tu patria,
tanto que los truenos suenan mucho más bajos,
y forman una joroba que se llama Catria,
debajo de la cual está consagrado un eremitorio,
que solía estar dedicado solo a la adoración».
Así me recomenzó el tercer sermón;
y luego, continuando, dijo: «Allí
al servicio de Dios me hice tan firme,
que solo con alimentos de licor de olivas
fácilmente pasaba calores y hielos,
contento en los pensamientos contemplativos.
Solía rendir aquel claustro a estos cielos
fértilmente; y ahora se ha vuelto vacío,
así que pronto conviene que se revele.
En aquel lugar fui yo Pedro Damiano,
y Pedro Pecador fui en la casa
de Nuestra Señora en el litoral adriático.
Poca vida mortal me quedaba,
cuando fui requerido y llevado a aquel capelo,
que siempre de mal en peor se trasvasa.
Vino Cefas y vino el gran vaso
del Espíritu Santo, flacos y descalzos,
tomando el alimento de cualquier posada.
Ahora quieren de aquí y de allí quien empuje
a los modernos pastores y quien los conduzca,
tanto son pesados, y quien por detrás los alce.
Cubren con sus mantos los palafrenes,
así que dos bestias van bajo una piel:
¡oh paciencia que tanto soportas!».
A esta voz vi más llamas
de grado en grado descender y girar,
y cada giro las hacía más bellas.
Alrededor de esta vinieron y se detuvieron,
e hicieron un grito de tan alto son,
que no podría aquí compararse;
ni yo lo entendí, tanto me venció el trueno.
Canto22
Oprimido de estupor, hacia mi guía
me volví, como un niño que recurre
siempre allí donde más confía;
y ella, como madre que socorre
enseguida al hijo pálido y sin aliento
con su voz, que suele tranquilizarlo,
me dijo: «¿No sabes que estás en el cielo?
¿y no sabes que el cielo es todo santo,
y cuanto aquí se hace viene de buen celo?
Cómo te habría transformado el canto,
y yo riendo, ahora puedes pensarlo,
ya que el grito te ha conmovido tanto;
en el cual, si hubieses entendido sus ruegos,
ya te sería conocida la venganza
que verás antes de que mueras.
La espada de aquí arriba no corta deprisa
ni tarde, salvo en el parecer de aquel
que deseándola o temiéndola la espera.
Pero vuélvete ya hacia otros;
pues verás espíritus muy ilustres,
si como yo digo diriges la vista».
Como a ella le plugo, volví los ojos,
y vi cien esferas que juntas
se embellecían más con mutuos rayos.
Yo estaba como quien en sí reprime
la punta del deseo, y no se atreve
a preguntar, tanto teme excederse;
y la mayor y más resplandeciente
de aquellas perlas se adelantó,
para satisfacer mi anhelo de ella.
Luego dentro de ella oí: «Si tú vieras
cómo arde entre nosotros la caridad,
tus pensamientos serían expresados.
Mas para que tú, esperando, no tardes
en llegar al alto fin, te daré respuesta
incluso al pensamiento, ya que tanto te importa.
Aquel monte en cuya ladera está Cassino
fue frecuentado antaño en la cima
por la gente engañada y mal dispuesta;
y yo soy aquel que allí llevó primero
el nombre de quien a la tierra trajo
la verdad que tanto nos eleva;
y tanta gracia resplandeció sobre mí,
que aparté las villas circundantes
del culto impío que al mundo sedujo.
Estos otros fuegos todos fueron hombres
contemplativos, encendidos de aquel ardor
que hace nacer las flores y frutos santos.
Aquí está Macario, aquí está Romualdo,
aquí están mis hermanos que dentro de los claustros
fijaron los pies y mantuvieron el corazón firme».
Y yo a él: «El afecto que demuestras
hablando conmigo, y la buena apariencia
que veo y noto en todos vuestros ardores,
así ha dilatado mi confianza,
como el sol hace a la rosa cuando abierta
llega a ser tanto cuanto tiene de potencia.
Por eso te ruego, y tú, padre, asegúrame
si puedo recibir tanta gracia, que yo
te vea con imagen descubierta».
De donde él: «Hermano, tu alto deseo
se cumplirá en la última esfera,
donde se cumplen todos los demás y el mío.
Allí es perfecta, madura y entera
cada aspiración; solo en aquella
está cada parte allí donde siempre estuvo,
porque no está en lugar y no gira sobre polos;
y nuestra escala hasta ella se extiende,
por lo que así se hurta de tu vista.
Hasta allá arriba la vio el patriarca
Jacob tender su parte suprema,
cuando se le apareció tan cargada de ángeles.
Mas, para subirla, ahora nadie levanta
de tierra los pies, y mi regla
ha quedado para daño del papel.
Los muros que solían ser abadía
se han vuelto cuevas, y las cogullas
son sacos llenos de harina podrida.
Pero grave usura no ofende tanto
contra el placer de Dios, como aquel fruto
que vuelve tan locos los corazones de los monjes;
pues cuanto la Iglesia guarda, todo
es de la gente que por Dios lo pide;
no de parientes ni de otra cosa más vil.
La carne de los mortales es tan débil,
que abajo no basta un buen comienzo
desde el nacer de la encina al hacer la bellota.
Pedro comenzó sin oro y sin plata,
y yo con oración y con ayuno,
y Francisco humildemente su convento;
y si miras el principio de cada uno,
luego miras adónde ha llegado,
verás lo blanco vuelto oscuro.
Verdaderamente el Jordán vuelto atrás
y el mar huyendo, cuando Dios quiso, fueron
más admirables de ver que aquí el remedio».
Así me dijo, y luego se recogió
con su colegio, y el colegio se estrechó;
después, como torbellino, todo se elevó.
La dulce dama detrás de ellos me impulsó
con un solo gesto arriba por aquella escala,
tan su virtud venció mi naturaleza;
ni jamás aquí abajo donde se sube y baja
naturalmente, hubo movimiento tan rápido
que pudiera igualarse a mi vuelo.
Si vuelvo alguna vez, lector, a aquel devoto
triunfo por el cual lloro a menudo
mis pecados y me golpeo el pecho,
tú no habrías sacado y metido
en el fuego el dedo, en cuanto yo vi el signo
que sigue a Tauro y estuve dentro de él.
Oh gloriosas estrellas, oh luz preñada
de gran virtud, de la cual reconozco
todo, cualquiera que sea, mi ingenio,
con vosotras nacía y se ocultaba con vosotras
aquel que es padre de toda vida mortal,
cuando sentí por primera vez el aire toscano;
y luego, cuando me fue gracia concedida
de entrar en la alta rueda que os hace girar,
vuestra región me fue asignada.
A vosotras devotamente ahora suspira
mi alma, para adquirir virtud
ante el paso difícil que hacia sí la atrae.
«Estás tan cerca de la última salvación»,
comenzó Beatriz, «que debes
tener tus ojos claros y agudos;
y por eso, antes de que más te adentres,
mira hacia abajo, y ve cuánto mundo
bajo tus pies ya te hice estar;
así que tu corazón, cuanto pueda, gozoso
se presente a la turba triunfante
que alegre viene por este éter redondo».
Con la vista volví por todas
las siete esferas, y vi este globo
tal, que sonreí de su vil apariencia;
y aquel consejo por mejor apruebo
que lo tiene por menos; y quien piensa en otra cosa
puede llamarse verdaderamente probo.
Vi a la hija de Latona encendida
sin aquella sombra que me fue causa
de creerla antes rara y densa.
El aspecto de tu hijo, Hiperión,
allí sostuve, y vi cómo se mueven
cerca y junto a él Maya y Dione.
De allí me apareció el templar de Júpiter
entre el padre y el hijo; y de allí me fue claro
el variar que hacen de su posición;
y todos los siete se me mostraron
cuán grandes son y cuán veloces
y cómo están en distante refugio.
La era que nos hace tan feroces,
girando yo con los eternos Géminis,
toda me apareció de los montes a las bocas;
después volví los ojos a los ojos bellos.
Canto23
Como el pájaro, entre las ramas amadas,
posado en el nido de sus dulces crías
la noche que nos oculta las cosas,
que, por ver los rostros deseados
y por hallar el alimento con que nutrirlas,
tareas en las que graves trabajos le son gratos,
anticipa el tiempo sobre una rama abierta,
y con ardiente afecto espera el sol,
mirando fijamente que nazca el alba;
así mi señora estaba erguida
y atenta, vuelta hacia la región
bajo la cual el sol muestra menos prisa:
de modo que, viéndola yo suspensa y ansiosa,
me volví como aquel que deseando
otra cosa querría, y esperando se satisface.
Pero poco tiempo hubo entre uno y otro momento,
de mi esperar, digo, y del ver
el cielo venirse aclarando más y más;
y Beatriz dijo: «Mira las huestes
del triunfo de Cristo y todo el fruto
cosechado del girar de estas esferas».
Me pareció que su rostro ardía todo entero,
y tenía los ojos tan llenos de alegría,
que debo pasarlo sin poder explicarlo.
Como en los plenilunios serenos
Trivia ríe entre las ninfas eternas
que pintan el cielo por todos sus senos,
vi yo sobre millares de lucernas
un sol que a todas ellas encendía,
como hace el nuestro con las visiones supernas;
y por la luz viva transparentaba
la sustancia luciente tan clara
en mi rostro, que no la sostenía.
Oh Beatriz, dulce guía y cara.
Ella me dijo: «Lo que te sobrepasa
es virtud de la que nada se protege.
Aquí está la sabiduría y el poder
que abrió los caminos entre el cielo y la tierra,
de los que hubo antes tan larga espera».
Como el fuego de una nube se libera
por dilatarse tanto que no cabe en ella,
y fuera de su naturaleza cae hacia abajo,
mi mente así, entre aquellos manjares
hecha más grande, salió de sí misma,
y lo que se hizo no sabe recordarlo.
«Abre los ojos y mira quién soy yo;
has visto cosas que te han hecho capaz
de soportar mi sonrisa».
Yo estaba como aquel que despierta
de una visión olvidada y que se esfuerza
en vano por traerla de vuelta a la mente,
cuando oí este ofrecimiento, digno
de tanto agradecimiento, que nunca se borra
del libro que registra el pasado.
Si ahora sonaran todas aquellas lenguas
que Polimnia con sus hermanas hicieron
con su leche dulcísima más ricas,
para ayudarme, a la milésima parte de la verdad
no se llegaría, cantando la santa sonrisa
y cuánto el santo aspecto la hacía pura;
y así, figurando el paraíso,
conviene que salte el sagrado poema,
como quien encuentra su camino cortado.
Pero quien pensara el tema ponderable
y el hombro mortal que lo carga,
no lo censuraría si bajo él tiembla:
no es travesía para pequeña barca
la que hendiendo va la atrevida proa,
ni para timonel que a sí mismo se escatima.
«¿Por qué mi rostro tanto te enamora,
que no te vuelves al bello jardín
que bajo los rayos de Cristo florece?
Allí está la rosa en la que el verbo divino
se hizo carne; allí están los lirios
por cuyo olor se tomó el buen camino».
Así Beatriz; y yo, que a sus consejos
todo estaba dispuesto, de nuevo me entregué
a la batalla de los débiles párpados.
Como bajo un rayo de sol, que puro fluye
por una nube rota, ya un prado de flores
vieron, cubierto de sombra, mis ojos;
vi yo así muchas turbas de esplendores,
iluminados desde arriba por rayos ardientes,
sin ver el principio de los fulgores.
Oh benigna virtud que así los imprimes,
te elevaste arriba, para darme lugar
a los ojos que no eran capaces de verte.
El nombre de la bella flor que siempre invoco
mañana y tarde, todo me concentró
el ánimo en observar el mayor fuego;
y cuando ambas luces me pintaron
el cuál y el cuánto de la estrella viva
que allá arriba vence como aquí abajo venció,
por dentro del cielo descendió una antorcha,
formada en círculo a manera de corona,
y la ciñó y giró en torno a ella.
Cualquier melodía que más dulce suena
aquí abajo y más atrae el alma hacia sí,
parecería nube que desgarrada truena,
comparada con el sonar de aquella lira
con la que se coronaba el bello zafiro
del cual el cielo más claro se azulea.
«Yo soy amor angélico, que giro
la alta alegría que emana del vientre
que fue albergue de nuestro deseo;
y giraré, señora del cielo, mientras
que sigas a tu hijo, y harás más divina
la esfera suprema porque en ella entres».
Así la circular melodía
se sellaba, y todas las demás luces
hacían sonar el nombre de María.
El manto real de todos los volúmenes
del mundo, que más arde y más se aviva
en el aliento de Dios y en sus costumbres,
tenía sobre nosotros la orilla interna
tan distante, que su apariencia,
allá donde yo estaba, aún no aparecía:
por eso no tuvieron mis ojos poder
de seguir la coronada llama
que se elevó tras su semilla.
Y como el niño que hacia la madre
tiende los brazos, después que tomó la leche,
por el afecto que hasta afuera se inflama;
cada uno de aquellos candores hacia arriba se extendió
con su cima, de modo que el alto afecto
que tenían a María me fue manifiesto.
Luego permanecieron allí ante mi vista,
'Regina coeli' cantando tan dulcemente,
que nunca se apartó de mí el deleite.
Oh cuánta es la abundancia que se acumula
en aquellas arcas riquísimas que fueron
para sembrar aquí abajo buenas semillas.
Allí se vive y se goza del tesoro
que se adquirió llorando en el exilio
de Babilonia, donde se dejó el oro.
Allí triunfa, bajo el alto Hijo
de Dios y de María, de su victoria,
y con el antiguo y el nuevo concilio,
aquel que tiene las llaves de tal gloria.
Canto24
«Oh cofradía elegida para la gran cena
del bendito Cordero, que os alimenta
de modo que vuestro deseo siempre está colmado,
si por gracia de Dios este hombre prueba
algo de lo que cae de vuestra mesa,
antes de que la muerte le señale su plazo,
prestad atención a su inmensa sed
y rociadle un poco: vosotros bebéis
siempre de la fuente de donde viene lo que él piensa».
Así habló Beatriz; y aquellas almas dichosas
se hicieron esferas sobre ejes fijos,
llameando, girando, como cometas.
Y como los engranajes en el mecanismo de un reloj
giran de tal modo que el primero, al que lo observa,
parece quieto, y el último parece que vuela;
así aquellas danzas circulares, danzando
de distinta manera, su riqueza
me hacían estimar, rápidas y lentas.
De aquella que vi más hermosa
vi salir un fuego tan feliz
que ninguno dejó allí mayor resplandor;
y tres veces en torno a Beatriz
giró con un canto tan divino
que mi fantasía no logra repetírmelo.
Por eso la pluma salta y no lo escribo:
porque nuestra imaginación para tales pliegues,
y no digamos el lenguaje, es color demasiado vivo.
«Oh santa hermana mía que así nos ruega
con devoción, por tu ardiente afecto
de aquella hermosa esfera me desatas».
Después de detenerse, el fuego bendito
dirigió su aliento a mi señora,
que habló tal como he dicho.
Y ella: «Oh luz eterna del gran varón
a quien Nuestro Señor dejó las llaves
que llevó abajo, de este gozo admirable,
examina a este hombre sobre puntos leves y graves,
como te plazca, acerca de la fe,
por la cual tú caminaste sobre el mar.
Si él ama bien y bien espera y cree,
no se te oculta, porque tienes la vista allí
donde toda cosa pintada se ve;
pero ya que este reino ha hecho ciudadanos
por la verdadera fe, para glorificarla,
conviene que a él le toque hablar de ella».
Como el bachiller se apresta y no habla
hasta que el maestro propone la cuestión,
para aprobarla, no para resolverla,
así me armaba yo de toda razón
mientras ella hablaba, para estar preparado
para tal examinador y tal profesión.
«Di, buen cristiano, manifiéstate:
la fe, ¿qué es?». Entonces alcé la frente
hacia aquella luz de donde salía esto;
luego me volví a Beatriz, y ella me hizo
señales prontas para que derramase
el agua de fuera de mi fuente interna.
«La Gracia que me concede que me confiese»,
comencé yo, «ante el alto primipilo,
haga que mis conceptos sean bien expresados».
Y proseguí: «Como la pluma veraz
lo escribió, padre, de tu querido hermano
que puso contigo a Roma en el buen rumbo,
la fe es sustancia de cosas esperadas
y argumento de las que no se ven;
y esta me parece su esencia».
Entonces oí: «Piensas correctamente,
si entiendes bien por qué la colocó
entre las sustancias, y luego entre los argumentos».
Y yo después: «Las cosas profundas
que me conceden aquí su apariencia,
a los ojos de allá abajo están tan ocultas,
que su existencia allí está solo en la creencia,
sobre la cual se funda la alta esperanza;
y por eso toma significado de sustancia.
Y de esta creencia nos conviene
razonar silogísticamente, sin tener otra vista:
por eso tiene significado de argumento».
Entonces oí: «Si todo cuanto se adquiere
abajo por doctrina se entendiese así,
no habría lugar para ingenio de sofista».
Así exhaló aquel amor encendido;
luego añadió: «Muy bien ha sido examinada
de esta moneda ya la aleación y el peso;
pero dime si la tienes en tu bolsa».
Y yo: «Sí la tengo, tan brillante y tan redonda,
que en su cuño nada me genera duda».
Después salió de la luz profunda
que allí resplandecía: «Esta joya preciosa
sobre la cual toda virtud se funda,
¿de dónde te vino?». Y yo: «La abundante lluvia
del Espíritu Santo, que está derramada
sobre los viejos y sobre los nuevos pergaminos,
es el silogismo que me la ha concluido
tan agudamente, que frente a ella
toda demostración me parece obtusa».
Oí luego: «La antigua y la nueva
proposición que así te concluyen,
¿por qué las tienes por palabra divina?».
Y yo: «La prueba que me descubre la verdad
son las obras que siguieron, para las que la naturaleza
nunca calentó hierro ni golpeó yunque».
Me fue respondido: «Di, ¿quién te asegura
que aquellas obras existieron? Ese mismo
que quiere probarse, no otro, te lo jura».
«Si el mundo se volvió al cristianismo»,
dije yo, «sin milagros, este solo
es tal que los otros no son la centésima parte:
porque tú entraste pobre y en ayunas
al campo, a sembrar la buena planta
que fue vid y ahora se ha vuelto zarza».
Acabado esto, la alta corte santa
resonó por las esferas un «Te Dios alabamos»
en la melodía que allá arriba se canta.
Y aquel barón que así de rama en rama,
examinando, ya me había conducido
hasta que nos acercábamos a las últimas hojas,
recomenzó: «La Gracia, que corteja
con tu mente, la boca te abrió
hasta aquí como debía abrirse,
de modo que apruebo lo que ha salido;
pero ahora conviene que expreses lo que crees,
y de dónde se ofreció a tu creencia».
«Oh santo padre, espíritu que ves
lo que creíste tanto, que venciste
hacia el sepulcro a pies más jóvenes»,
comencé yo, «tú quieres que manifieste
la forma aquí de mi creencia pronta,
y también la causa de ella me pediste.
Y yo respondo: Creo en un Dios
solo y eterno, que todo el cielo mueve,
sin ser movido, con amor y con deseo;
y para tal creencia no tengo solo pruebas
físicas y metafísicas, sino que me la da
también la verdad que desde aquí llueve
por Moisés, por los profetas y por los salmos,
por el Evangelio y por vosotros que escribisteis
después de que el Espíritu ardiente os hizo almas;
y creo en tres personas eternas, y estas
creo una esencia tan una y tan trina,
que admite junto «es» y «son».
De la profunda condición divina
que ahora toco, la mente me sella
muchas veces la doctrina evangélica.
Este es el principio, esta es la chispa
que se dilata luego en llama vivaz,
y como estrella en el cielo centellea en mí».
Como el señor que escucha lo que le place,
luego abraza al siervo, congratulándose
por la noticia, apenas este calla;
así, bendiciéndome cantando,
tres veces me ciñó, apenas callé,
la luz apostólica a cuyo mandato
yo había hablado: ¡tanto le agradé al hablar!
Canto25
Si alguna vez ocurre que el poema sagrado
en el que han puesto mano el cielo y la tierra,
y que me ha dejado demacrado tantos años,
venza la crueldad que me cierra el paso
al hermoso redil donde dormí como cordero,
enemigo de los lobos que le hacen la guerra;
con otra voz ya, con otro vellón
volveré poeta, y sobre la fuente
de mi bautismo recibiré la corona;
porque en la fe, que hace conocidas
las almas a Dios, allí entré yo, y luego
Pedro por ella me ciñó la frente.
Entonces se movió una luz hacia nosotros
desde aquella esfera de donde salió el primero
que Cristo dejó de sus vicarios;
y mi señora, llena de alegría,
me dijo: «Mira, mira: he ahí el varón
por quien allá abajo se visita Galicia».
Igual que cuando la paloma se posa
junto a su compañera, uno a otro despliegan,
girando y arrullando, su afecto;
así vi yo a uno y otro gran
príncipe glorioso ser acogido,
alabando el alimento que allá arriba los nutre.
Pero después que el saludo se hubo acabado,
callado cada uno se fijó ante mí,
tan encendido que vencía mi vista.
Riendo entonces Beatriz dijo:
«Ínclita vida por quien la generosidad
de nuestra basílica fue escrita,
haz resonar la esperanza en esta altura:
tú sabes que tantas veces la representas,
cuantas Jesús a los tres mostró más ternura».
«Levanta la cabeza y ten confianza:
que lo que viene aquí arriba del mundo mortal,
conviene que a nuestros rayos madure».
Este consuelo del segundo fuego
me vino; por lo que alcé los ojos a los montes
que antes los habían doblado con demasiado peso.
«Ya que por gracia quiere que te encuentres
con nuestro Emperador, antes de la muerte,
en la sala más secreta con sus condes,
de modo que, visto el verdadero estado de esta corte,
la esperanza, que allá abajo bien enamora,
en ti y en otros de esto conforte,
di qué es ella, di cómo de ella se adorna
tu mente, y di de dónde te vino».
Así prosiguió el segundo resplandor todavía.
Y aquella piadosa que guió las plumas
de mis alas a tan alto vuelo,
a la respuesta así se me adelantó:
«La Iglesia militante ningún hijo
tiene con más esperanza, como está escrito
en el Sol que irradia toda nuestra hueste:
por eso le es concedido que de Egipto
venga a Jerusalén para ver,
antes de que el militar le sea prescrito.
Los otros dos puntos, que no por saber
son preguntados, sino para que él informe
cuánto esta virtud te es grata,
a él se los dejo, que no le serán difíciles
ni de jactancia; y que él a eso responda,
y la gracia de Dios se lo permita».
Como discípulo que secunda al maestro
pronto y dispuesto en aquello en que es experto,
para que su bondad se revele,
«Esperanza», dije yo, «es una espera cierta
de la gloria futura, la cual produce
gracia divina y mérito precedente.
De muchas estrellas me viene esta luz;
pero quien la destiló en mi corazón primero
fue el supremo cantor del supremo guía.
'Esperen en ti', en su canto de Dios
dice, 'los que conocen tu nombre':
¿y quién no lo conoce, si tiene mi fe?
Tú me destilaste, con su destilar,
en la epístola luego; así que estoy lleno,
y en otros vuestra lluvia derramo».
Mientras yo hablaba, dentro del vivo seno
de aquel incendio temblaba un destello
súbito y frecuente como un relámpago.
Luego exhaló: «El amor con que aún ardo
hacia la virtud que me acompañó
hasta la palma y a la salida del campo,
quiere que yo te hable a ti que te deleitas
con ella; y me es grato que tú digas
aquello que la esperanza te promete».
Y yo: «Las nuevas y las escrituras antiguas
ponen la marca, y ella me la señala,
de las almas que Dios se ha hecho amigas.
Dice Isaías que cada una vestida
en su tierra será de doble vestidura:
y su tierra es esta dulce vida;
y tu hermano mucho más claramente,
allí donde trata de las blancas estolas,
esta revelación nos manifiesta».
Y primero, apenas al fin de estas palabras,
'Esperen en ti' por encima de nosotros se oyó;
a lo que respondieron todos los coros.
Después entre ellos una luz resplandeció
tal que, si Cáncer tuviera tal cristal,
el invierno tendría un mes de un solo día.
Y como surge y va y entra en el baile
una doncella alegre, solo para hacer honor
a la novia, no por ninguna falta,
así vi yo el resplandor aclarado
venir hacia los dos que giraban con ritmo
cual convenía a su ardiente amor.
Se unió allí al canto y a la rueda;
y mi señora en ellos tenía la mirada,
como esposa callada e inmóvil.
«Este es el que yació sobre el pecho
de nuestro pelícano, y este fue
desde la cruz al gran oficio elegido».
Mi señora así; ni por eso más
movió su vista de estar atenta
después que antes sus palabras.
Como aquel que mira fijo y se esfuerza
por ver eclipsarse el sol un poco,
que, por ver, no vidente se vuelve;
así me hice yo ante aquel último fuego
mientras que fue dicho: «¿Por qué te deslumbras
por ver cosa que aquí no tiene lugar?
En tierra es tierra mi cuerpo, y lo será
junto con los otros, hasta que nuestro número
con el eterno propósito se iguale.
Con las dos estolas en el bienaventurado claustro
están las dos únicas luces que subieron;
y esto llevarás a vuestro mundo».
A esta voz el inflamado giro
se aquietó con ello la dulce mezcla
que se hacía en el son del trino espíritu,
así como, para cesar fatiga o riesgo,
los remos, antes en el agua batidos,
todos se posan al sonar un silbato.
Ah, cuánto en la mente me conmoví,
cuando me volví para ver a Beatriz,
por no poder ver, aunque yo estaba
cerca de ella, y en el mundo feliz!
Canto26
Mientras yo dudaba por la vista apagada,
de la fulgente llama que la apagó
salió un aliento que me hizo atento,
diciendo: «Mientras te recuperas
de la vista que has consumido en mí,
es bueno que hablando la compenses.
Comienza pues; y di adónde apunta
tu alma, y ten por cierto que está
la vista en ti extraviada y no muerta:
porque la mujer que por esta divina
región te conduce, tiene en la mirada
la virtud que tuvo la mano de Ananías».
Yo dije: «A su placer pronto o tardío
venga remedio a los ojos, que fueron puertas
cuando ella entró con el fuego del que siempre ardo.
El bien que hace feliz esta corte,
Alfa y Omega es de cuanta escritura
me lee Amor suave o fuertemente».
Aquella misma voz que el miedo
me había quitado del súbito deslumbramiento,
me puso en cuidado de razonar aún;
y dijo: «Cierto que por una criba más estrecha
te conviene aclarar: debes decir
quién dirigió tu arco hacia tal blanco».
Y yo: «Por argumentos filosóficos
y por autoridad que de aquí desciende
tal amor conviene que se imprima en mí:
pues el bien, en cuanto bien, cuando se entiende,
así enciende amor, y tanto más
cuanto más bondad en sí comprende.
Luego hacia la esencia donde hay tanta ventaja,
que cada bien que fuera de ella se encuentra
no es más que un destello de su rayo,
más que hacia otra conviene que se mueva
la mente, amando, de quien discierne
la verdad en que se funda esta prueba.
Tal verdad a mi intelecto extiende
aquel que me muestra el primer amor
de todas las sustancias sempiternas.
La extiende la voz del autor veraz,
que dice a Moisés, hablando de sí:
'Yo te haré ver todo valor'.
Me la extiendes tú también, comenzando
el alto pregón que grita el arcano
de aquí abajo sobre cualquier otro bando».
Y oí: «Por intelecto humano
y por autoridad con él concorde
de tus amores a Dios mira el soberano.
Mas di también si sientes otras cuerdas
tirarte hacia él, así que resuenes
con cuántos dientes este amor te muerde».
No fue oculta la santa intención
del águila de Cristo, antes me di cuenta
adónde quería llevar mi profesión.
Por eso recomencé: «Todas aquellas mordeduras
que pueden hacer que el corazón se vuelva a Dios,
a mi caridad han concurrido:
pues el ser del mundo y mi ser,
la muerte que él sostuvo para que yo viva,
y lo que espera todo fiel como yo,
con el conocimiento vivo antes dicho,
me han sacado del mar del amor torcido,
y del recto me han puesto en la orilla.
Las hojas con que se frondea todo el huerto
del eterno hortelano, amo tanto
cuanto de él a ellas de bien es llevado».
Apenas callé, un dulcísimo canto
resonó por el cielo, y mi señora
decía con los otros: «Santo, santo, santo».
Y como ante luz aguda se despierta
por el espíritu visual que acude
al esplendor que va de túnica en túnica,
y el despertado aborrece lo que ve,
tan necia es la súbita vigilia
hasta que la estimativa no socorre;
así de mis ojos toda mota
ahuyentó Beatriz con el rayo de los suyos,
que refulgía desde más de mil millas:
de modo que mejor que antes vi después;
y casi estupefacto pregunté
por una cuarta luz que vi entre nosotros.
Y mi señora: «Dentro de esos rayos
contempla a su hacedor el alma primera
que la primera virtud creara jamás».
Como la rama que inclina la cima
al paso del viento, y luego se alza
por la propia virtud que la sublima,
hice yo mientras ella hablaba,
asombrado, y luego me rehízo seguro
un deseo de hablar del que yo ardía.
Y comencé: «Oh fruto que maduro
solo fuiste producido, oh padre antiguo
para quien toda esposa es hija y nuera,
devoto cuanto puedo te suplico
que me hables: ves mi deseo,
y por oírte pronto no lo digo».
A veces un animal cubierto se agita,
así que el afecto conviene que se vea
por el seguir que le hace la envoltura;
y similarmente el alma primera
me hacía transparentar por la cubierta
cuán gozosa venía a complacerme.
Luego exhaló: «Sin que me sea expuesta
por ti, tu voluntad discierno mejor
que tú cualquier cosa que te es más cierta;
porque la veo en el espejo veraz
que hace de sí parangón a las otras cosas,
y nada hace de él parangón a sí.
Quieres oír cuánto hace que Dios me puso
en el excelso jardín, donde ella
a tan larga escala te dispuso,
y cuánto fue deleite a mis ojos,
y la propia causa del gran desdén,
y el idioma que usé y que hice.
Pues bien, hijo mío, no el gustar del árbol
fue en sí la causa de tanto exilio,
sino solamente el traspasar el signo.
Desde donde movió tu señora a Virgilio,
cuatro mil trescientos dos giros
de sol deseé este concilio;
y lo vi volver a todas las luces
de su camino novecientas treinta
veces, mientras yo en la tierra estuve.
La lengua que hablé quedó toda extinta
antes de que a la obra inconsumable
se dedicara la gente de Nemrod:
pues ningún efecto racional jamás,
por el placer humano que se renueva
siguiendo el cielo, fue perdurable.
Obra natural es que el hombre hable;
mas así o así, la naturaleza deja
luego hacer a vosotros según os plazca.
Antes de que bajara a la infernal angustia,
I se llamaba en la tierra el sumo bien
de donde viene la alegría que me envuelve;
y El se llamó después: y esto conviene,
pues el uso de los mortales es como hoja
en rama, que se va y otra viene.
En el monte que más se eleva del agua,
estuve yo, con vida pura y deshonesta,
desde la hora prima hasta aquella que sigue,
cuando el sol cambia cuadrante, a la hora sexta».
Canto27
"Al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo",
comenzó, "¡gloria!", todo el paraíso,
de modo que me embriagaba el dulce canto.
Lo que yo veía me parecía una risa
del universo; por lo que mi embriaguez
entraba por el oído y por la vista.
¡Oh gozo! ¡oh inefable alegría!
¡oh vida íntegra de amor y de paz!
¡oh riqueza segura sin deseo!
Ante mis ojos las cuatro antorchas
estaban encendidas, y la que vino primero
comenzó a hacerse más vivaz,
y tal en su apariencia se volvió,
como se volvería Júpiter, si él y Marte
fueran pájaros y se cambiaran las plumas.
La providencia, que allí reparte
turno y oficio, en el coro bendito
silencio había puesto por todas partes,
cuando oí: "Si me descoloro,
no te asombres, porque, mientras hablo,
verás descolorarse a todos estos.
Aquel que usurpa en la tierra mi lugar,
mi lugar, mi lugar que está vacante
en presencia del Hijo de Dios,
ha hecho de mi cementerio una cloaca
de sangre y de hedor; por lo que el perverso
que cayó de aquí arriba, allá abajo se complace".
De ese color que por el sol contrario
tiñe la nube al atardecer y al alba,
vi yo entonces todo el cielo cubierto.
Y como mujer honesta que permanece
segura de sí, y por la falta ajena,
solo escuchando, se vuelve tímida,
así Beatriz cambió de semblante;
y tal eclipse creo que hubo en el cielo
cuando sufrió la suprema potencia.
Luego prosiguieron sus palabras
con voz tan cambiada de sí misma,
que la apariencia no se mudó más:
"No fue la esposa de Cristo criada
con mi sangre, la de Lino, la de Cleto,
para ser usada en adquisición de oro;
sino para adquirir esta vida feliz
Sixto y Pío y Calisto y Urbano
derramaron su sangre tras mucho llanto.
No fue nuestra intención que a la derecha
de nuestros sucesores se sentara una parte,
y otra a la izquierda del pueblo cristiano;
ni que las llaves que me fueron concedidas,
se volvieran emblema en estandarte
que combatiera contra bautizados;
ni que yo fuera figura de sello
en privilegios vendidos y falsos,
por lo que a menudo me ruborizo y centelleo.
En vestidura de pastores lobos rapaces
se ven desde aquí arriba por todos los pastos:
oh defensa de Dios, ¿por qué sigues inactiva?
De nuestra sangre los de Cahors y de Gascuña
se disponen a beber: oh buen principio,
¡a qué vil fin conviene que caigas!
Pero la alta providencia, que con Escipión
defendió para Roma la gloria del mundo,
socorrerá pronto, según yo concibo;
y tú, hijo, que por el peso mortal
aún volverás abajo, abre la boca,
y no escondas lo que yo no escondo".
Así como de vapores helados flotan copos
hacia abajo en nuestro aire, cuando el cuerno
de la cabra del cielo toca al sol,
hacia arriba vi yo así el éter adornarse
y formar copos de vapores triunfantes
que habían hecho con nosotros allí estancia.
Mi vista seguía sus figuras,
y siguió hasta que el medio, por lo mucho,
le quitó el traspasar más adelante.
Por lo que la dama, que me vio liberado
del mirar hacia arriba, me dijo: "Baja
la vista y mira cuánto has girado".
Desde la hora en que había mirado la primera vez
vi que me había movido por todo el arco
que hace desde el medio hasta el fin el primer clima;
de modo que veía más allá de Cádiz el paso
loco de Ulises, y de este lado cerca de la costa
en la cual Europa se hizo dulce carga.
Y más me hubiera sido descubierto el sitio
de esta era; pero el sol procedía
bajo mis pies un signo y más apartado.
La mente enamorada, que cortejaba
a mi dama siempre, de volver
a ella los ojos más que nunca ardía;
y si naturaleza o arte hizo cebo
para atrapar ojos, para poseer la mente,
en carne humana o en sus pinturas,
todos reunidos, parecerían nada
frente al placer divino que me resplandeció,
cuando me volví a su rostro sonriente.
Y la virtud que la mirada me concedió,
del bello nido de Leda me arrancó,
y en el cielo velocísimo me impulsó.
Sus partes vivísimas y excelsas
tan uniformes son, que no sé decir
cuál Beatriz escogió como lugar para mí.
Pero ella, que veía mi deseo,
comenzó, riendo tan alegre,
que Dios parecía gozar en su rostro:
"La naturaleza del mundo, que aquieta
el centro y todo lo demás mueve alrededor,
aquí comienza como desde su meta;
y este cielo no tiene otro dónde
que la mente divina, en la que se enciende
el amor que lo gira y la virtud que él derrama.
Luz y amor de un círculo lo comprenden,
así como este a los otros; y ese recinto
solo lo entiende aquel que lo ciñe.
Su movimiento no está medido por otro,
sino que los otros son medidos por este,
así como diez por medio y por quinto;
y cómo el tiempo tenga en tal vasija
sus raíces y en los otros las frondas,
ya puede serte manifiesto.
Oh codicia, que a los mortales hundes
tan debajo de ti, que ninguno tiene poder
de sacar los ojos fuera de tus ondas!
Bien florece en los hombres la voluntad;
pero la lluvia continua convierte
en ciruelas podridas las ciruelas verdaderas.
Fe e inocencia se encuentran
solo en los niños pequeños; luego cada una
huye antes de que las mejillas estén cubiertas.
Tal, balbuceando todavía, ayuna,
que luego devora, con la lengua suelta,
cualquier comida en cualquier luna;
y tal, balbuceando, ama y escucha
a su madre, que, con habla entera,
desea luego verla sepultada.
Así se vuelve la piel blanca negra
al primer aspecto de la bella hija
de aquel que trae la mañana y deja la tarde.
Tú, para que no te asombres,
piensa que en la tierra no hay quien gobierne;
por lo que se extravía la familia humana.
Pero antes de que enero todo se desinvierne
por la centésima que allá abajo se descuida,
irradiarán tanto estos círculos supernos,
que la fortuna que tanto se espera,
volverá las popas donde están las proas,
de modo que la flota correrá derecha;
y fruto verdadero vendrá después de la flor".
Canto28
Después de que contra la vida presente
de los míseros mortales abrió la verdad
aquella que hace paraíso de mi mente,
como en el espejo ve la llama de un candelero
quien se alumbra por detrás,
antes de tenerla a la vista o en el pensamiento,
y se vuelve para ver si el cristal
le dice la verdad, y ve que concuerda
con él como la nota con su compás;
así mi memoria recuerda
que yo hice mirando en los bellos ojos
por donde Amor hizo la cuerda para atraparme.
Y cuando me volví y fueron tocados
los míos por lo que aparece en ese volumen,
siempre que en su giro bien se mira,
vi un punto que irradiaba luz
tan aguda, que el rostro que él abrasa
debe cerrarse por su fuerte intensidad;
y la estrella que de aquí parece más pequeña,
parecería luna, puesta junto a él
como estrella con estrella se coloca.
Quizás a tanta distancia como parece
al ceñir la luz que lo pinta
cuando el vapor que la porta es más denso,
distante en torno al punto un círculo de fuego
giraba tan rápido, que habría vencido
aquel movimiento que más veloz ciñe el mundo;
y este estaba de otro circundado,
y ese del tercero, y el tercero luego del cuarto,
del quinto el cuarto, y luego del sexto el quinto.
Arriba seguía el séptimo tan extendido
ya en anchura, que el mensajero de Juno
entero para contenerlo sería estrecho.
Así el octavo y el noveno; y cada uno
más lento se movía, según estaba
en número más distante del uno;
y tenía la llama más pura
el que menos distaba de la centella pura,
creo, porque más se hace verdadero en ella.
Mi dama, que me veía intensamente
suspenso, dijo: «De ese punto
depende el cielo y toda la naturaleza.
Mira ese círculo que más se le une;
y sabe que su movimiento es tan veloz
por el amor ardiente del que es impulsado».
Y yo a ella: «Si el mundo estuviera dispuesto
con el orden que veo en esas ruedas,
satisfecho me habría lo que se me propone;
mas en el mundo sensible se puede
ver las esferas tanto más divinas,
cuanto más remotas están del centro.
Por lo cual, si mi deseo ha de tener fin
en este maravilloso y angélico templo
que solo amor y luz tiene por confín,
necesito oír todavía cómo el ejemplo
y el ejemplar no van del mismo modo,
pues yo por mí en vano a esto contemplo».
«Si tus dedos no son para tal nudo
suficientes, no es maravilla:
tanto, por no intentarlo, se ha hecho duro».
Así mi dama; luego dijo: «Toma
lo que te diré, si quieres saciarte;
y en torno a eso afina tu entendimiento.
Los círculos corporales son amplios y estrechos
según el más y el menos de la virtud
que se extiende por todas sus partes.
Mayor bondad quiere hacer mayor bienestar;
mayor bienestar mayor cuerpo abarca,
si tiene las partes igualmente cumplidas.
Entonces este que todo cuanto arrastra
al otro universo consigo, corresponde
al círculo que más ama y que más sabe:
por lo cual, si tú a la virtud ciñes
tu medida, no a la apariencia
de las sustancias que te parecen redondas,
verás una consecuencia admirable
de mayor a más y de menor a menos,
en cada cielo, a su inteligencia».
Como queda espléndido y sereno
el hemisferio del aire, cuando sopla
Bóreas desde aquella mejilla donde es más suave,
porque se purga y disuelve la niebla
que antes turbaba, de modo que el cielo sonríe
con las bellezas de cada su región;
así hice yo, después de que me proveyó
mi dama de su respuesta clara,
y como estrella en el cielo la verdad se vio.
Y cuando sus palabras cesaron,
no de otro modo chispea el hierro
que hierve, como los círculos centellearon.
Su incendio seguía cada chispa;
y eran tantas, que su número
más que el duplicar del ajedrez se multiplica por mil.
Yo oía hosannas de coro en coro
al punto fijo que los sostiene en sus lugares,
y sostendrá siempre, en los que siempre estuvieron.
Y la que veía los pensamientos dudosos
en mi mente, dijo: «Los círculos primeros
te han mostrado Serafines y Querubines.
Tan veloces siguen sus ataduras,
para asemejarse al punto cuanto pueden;
y pueden cuanto a ver son sublimes.
Esos otros amores que en torno a ellos van,
se llaman Tronos del divino aspecto,
porque el primer ternario terminaron;
y debes saber que todos tienen gozo
cuanto su vista se profundiza
en la verdad en que se aquieta todo intelecto.
De aquí se puede ver cómo se funda
el ser bienaventurado en el acto que ve,
no en el que ama, que viene después;
y del ver es medida el mérito,
que gracia engendra y buena voluntad:
así de grado en grado se procede.
El otro ternario, que así germina
en esta primavera sempiterna
que el nocturno Aries no despoja,
perpetuamente 'Hosanna' exhala
con tres melodías, que suenan en tres
órdenes de alegría con que se interioriza.
En esa jerarquía están las otras deidades:
primero Dominaciones, y luego Virtudes;
el orden tercero de Potestades es.
Después en los dos penúltimos regocijos
Principados y Arcángeles giran;
el último es todo de juegos Angélicos.
Estos órdenes de arriba todos se contemplan,
y de abajo vencen de tal modo, que hacia Dios
todos son atraídos y todos atraen.
Y Dionisio con tanto deseo
a contemplar estos órdenes se entregó,
que los nombró y distinguió como yo.
Pero Gregorio de él luego se separó;
por lo que, tan pronto como abrió los ojos
en este cielo, de sí mismo se rió.
Y si tan secreto saber reveló
un mortal en tierra, no quiero que te admires:
pues quien lo vio aquí arriba se lo descubrió
con mucho más de la verdad de estos giros».
Canto29
Cuando los dos hijos de Latona,
cubiertos por el Carnero y por la Libra,
hacen del horizonte juntos faja,
todo el tiempo que el cenit los equilibra
hasta que uno y otro de ese cinturón,
cambiando de hemisferio, se desvinculan,
tanto tiempo, con el rostro pintado de sonrisa,
calló Beatriz, mirando
fijo al punto que me había vencido.
Después comenzó: «Digo, y no pregunto,
lo que quieres oír, porque lo he visto
allí donde convergen todo dónde y todo cuándo.
No para tener en sí una ganancia de bien,
que no puede ser, sino para que su esplendor
pudiera, resplandeciendo, decir "Existo",
en su eternidad fuera del tiempo,
más allá de toda otra comprensión, como le plugo,
se abrió en nuevos amores el amor eterno.
Ni antes yacía como aletargado;
porque ni antes ni después procedió
el movimiento de Dios sobre estas aguas.
Forma y materia, unidas y puras,
salieron a ser sin ningún defecto,
como de un arco de tres cuerdas tres flechas.
Y como en vidrio, en ámbar o en cristal
resplandece un rayo así, que desde el venir
hasta el ser todo no hay intervalo,
así el efecto triforme de su señor
resplandeció en su ser todo junto
sin distinción al comenzar.
Concreado fue el orden y la construcción
en las sustancias; y aquellas fueron cima
en el mundo donde se produjo acto puro;
potencia pura ocupó la parte más baja;
en medio ató potencia con acto
tal liga, que jamás se desvincule.
Jerónimo escribió largo trecho
de siglos de los ángeles creados
antes de que fuera hecho el otro mundo;
pero esta verdad está escrita en muchos lugares
por los escritores del Espíritu Santo,
y te darás cuenta si bien observas;
y también la razón lo ve en parte,
pues no concebiría que los motores
sin su perfección estuvieran tanto tiempo.
Ahora sabes dónde y cuándo estos amores
fueron creados y cómo: de modo que apagados
en tu deseo ya están tres ardores.
Ni llegarías, contando, al veinte
tan pronto como una parte de los ángeles
perturbó el sustrato de vuestros alimentos.
La otra permaneció, y comenzó este arte
que tú disciernes, con tanto deleite,
que jamás de girar se aparta.
Principio de la caída fue el maldito
ensoberbecerse de aquel que tú viste
oprimido por todos los pesos del mundo.
Los que ves aquí fueron modestos
al reconocerse de la bondad
que los había hecho para entender tan prontos:
por lo cual sus vistas fueron exaltadas
con gracia iluminante y con su mérito,
así que tienen firme y plena voluntad;
y no quiero que dudes, sino que estés cierto,
que recibir la gracia es meritorio
según cuánto el afecto le esté abierto.
Ya en torno a este consistorio
puedes contemplar bastante, si mis palabras
han sido recogidas, sin otra ayuda.
Pero porque en la tierra en vuestras escuelas
se lee que la naturaleza angélica
es tal, que entiende y recuerda y quiere,
todavía diré, para que veas pura
la verdad que allá abajo se confunde,
equivocándose en tal lectura.
Estas sustancias, después que se gozaron
con la faz de Dios, no volvieron el rostro
de ella, de quien nada se esconde:
por eso no tienen visión interrumpida
por nuevo objeto, y por eso no necesitan
recordar por concepto separado;
así que allá abajo, sin dormir, se sueña,
creyendo y no creyendo decir verdad;
pero en lo uno hay más culpa y más vergüenza.
Vosotros no vais por un solo sendero
filosofando: tanto os arrastra
el amor de la apariencia y su pensamiento.
Y aun esto aquí arriba se tolera
con menos desdén que cuando se pospone
la divina Escritura o cuando se tuerce.
No se piensa cuánta sangre cuesta
sembrarla en el mundo y cuánto agrada
quien humildemente con ella se acerca.
Por aparentar cada uno se ingenia y hace
sus invenciones; y esas son expuestas
por los predicadores y el Evangelio se calla.
Uno dice que la luna retrocedió
en la pasión de Cristo y se interpuso,
para que la luz del sol no bajara;
y miente, porque la luz se ocultó
por sí misma: por eso a los españoles y a los indios
como a los judíos tal eclipse respondió.
No tiene Florencia tantos Lapos y Bindos
cuantas fábulas así cada año
en los púlpitos se gritan aquí y allá:
así que las ovejitas, que no saben,
vuelven del pasto alimentadas de viento,
y no las excusa no ver el daño.
No dijo Cristo a su primer grupo:
'Id, y predicad al mundo tonterías';
sino que les dio veraz fundamento;
y aquel tanto resonó en sus bocas,
que para combatir por encender la fe
del Evangelio hicieron escudo y lanzas.
Ahora se va con chistes y con bromas
a predicar, y con tal de que bien se rían,
se hincha el capucho y no se pide más.
Pero tal pájaro en el capuchón se anida,
que si el vulgo lo viera, vería
la indulgencia en que él confía:
por la cual tanta necedad en la tierra creció,
que, sin prueba de ningún testimonio,
a toda promesa se acorrería.
De esto engorda el cerdo de san Antonio,
y otros muchos que son aún más cerdos,
pagando con moneda sin cuño.
Pero ya que nos hemos desviado mucho, vuelve
los ojos ahora hacia el camino recto,
para que el camino con el tiempo se acorte.
Esta naturaleza tanto se gradúa
en número, que nunca hubo palabra
ni concepto mortal que tanto llegue;
y si miras lo que se revela
por Daniel, verás que en sus millares
determinado número se oculta.
La luz primera, que toda la ilumina,
de tantos modos en ella se recibe,
cuantos son los esplendores a los que se apareja.
De donde, puesto que al acto que concibe
sigue el afecto, el dulzor de amar
diversamente en ella hierve y tibia.
Ve ya la excelencia y la amplitud
del valor eterno, pues tantos
espejos se ha hecho en que se fragmenta,
permaneciendo uno en sí como antes».
Canto30
Quizá a seis mil millas de distancia
nos hierve la hora sexta, y este mundo
ya inclina su sombra casi al lecho plano,
cuando el centro del cielo, profundo para nosotros,
comienza a hacerse tal que alguna estrella
pierde su apariencia hasta este fondo;
y conforme avanza la clarísima sierva
del sol, así el cielo se cierra
de vista en vista hasta la más bella.
No de otro modo el triunfo que juega
siempre en torno al punto que me venció,
pareciendo encerrado por aquello que él encierra,
poco a poco se apagó a mi mirada:
por lo que volver los ojos a Beatriz,
no ver nada y el amor me obligaron.
Si cuanto hasta aquí se ha dicho de ella
se concentrara todo en una sola alabanza,
sería poco para cumplir esta vez.
La belleza que vi se desmesura
no solo más allá de nosotros, sino que ciertamente creo
que solo su hacedor la goza toda.
Por este paso vencido me declaro
más que jamás por punto alguno de su tema
fuera superado cómico o trágico:
pues como el sol en el rostro que más tiembla,
así el recuerdo de la dulce sonrisa
mi mente me separa de mí mismo.
Desde el primer día en que vi su rostro
en esta vida, hasta esta visión,
no me ha faltado el seguimiento a mi canto;
pero ahora conviene que mi seguir desista
de ir más tras su belleza, poetizando,
como a su límite cada artista.
Tal como la dejo a un pregón mayor
que el de mi trompeta, que conduce
su ardua materia terminando,
con gesto y voz de guía expedito
recomenzó: «Hemos salido fuera
del cuerpo mayor al cielo que es pura luz:
luz intelectual, llena de amor;
amor del verdadero bien, lleno de alegría;
alegría que trasciende toda dulzura.
Aquí verás la una y la otra milicia
del paraíso, y una en aquellos aspectos
que verás en el juicio final».
Como súbito rayo que dispersa
los espíritus visuales, de modo que priva
al ojo del acto ante objetos más fuertes,
así me envolvió luz viva,
y me dejó envuelto en tal velo
de su fulgor, que nada me aparecía.
«Siempre el amor que aquieta este cielo
acoge en sí con tal saludo,
para hacer dispuesta a su llama la candela».
No bien hubieron entrado en mí
estas palabras breves, cuando comprendí
que me elevaba por encima de mi capacidad;
y de nueva vista me encendí
tal, que ninguna luz es tan pura
que mis ojos no se hubieran defendido;
y vi luz en forma de río
fúlgido de fulgor, entre dos riberas
pintadas de maravillosa primavera.
De tal corriente salían chispas vivas,
y por todas partes se posaban en las flores,
como rubíes que el oro circunscribe;
luego, como embriagadas por los olores,
se sumergían de nuevo en el maravilloso torrente,
y si una entraba, otra salía fuera.
«El alto deseo que ahora te inflama y urge,
de tener noticia de lo que ves,
tanto más me place cuanto más crece;
pero de esta agua conviene que bebas
antes de que tanta sed en ti se sacie»:
así me dijo el sol de mis ojos.
También añadió: «El río y los topacios
que entran y salen y la risa de las hierbas
son de su verdad sombríos prefacios.
No es que sean estas cosas inmaduras en sí;
sino que hay defecto de tu parte,
que no tienes vistas aún tan excelentes».
No hay niño que tan súbito se lance
con el rostro hacia la leche, si despierta
muy retrasado de su costumbre,
como hice yo, para hacer mejores espejos
aún de los ojos, inclinándome al agua
que fluye para que en ella uno mejore;
y apenas bebió de ella el borde
de mis párpados, así me pareció
de su longitud haberse vuelto redonda.
Luego, como gente que ha estado bajo máscaras,
que parece otra distinta que antes, si se despoja
de la semblanza ajena en que desapareció,
así se me transformaron en mayores fiestas
las flores y las chispas, de modo que vi
ambas cortes del cielo manifiestas.
Oh esplendor de Dios, por el cual vi
el alto triunfo del reino verdadero,
dame virtud para decir cómo lo vi!
Hay allá arriba una luz que hace visible
al creador a aquella criatura
que solo en verlo tiene su paz.
Se extiende en figura circular,
tanto que su circunferencia
sería para el sol cintura demasiado ancha.
Se hace toda su apariencia de un rayo
reflejado en la cima del primer móvil,
que toma de ahí vivir y potencia.
Y como colina en agua desde su fondo
se refleja, casi para verse adornada,
cuando está rica en verdor y florecillas,
así, elevándose sobre la luz en torno,
vi reflejarse en más de mil gradas
cuanto de nosotros allá arriba ha retornado.
Y si el grado ínfimo recoge en sí
tan grande luz, cuánta es la anchura
de esta rosa en las extremas hojas!
Mi vista en lo ancho y en lo alto
no se perdía, sino que tomaba todo
el cuánto y el cómo de aquella alegría.
Cerca y lejos, allí, ni añade ni quita:
pues donde Dios sin intermediario gobierna,
la ley natural nada cuenta.
En lo amarillo de la rosa sempiterna,
que se degrada y dilata y exhala
olor de alabanza al sol que siempre es primavera,
como quien calla y quiere hablar,
me llevó Beatriz, y dijo: «Mira
cuán grande es la asamblea de las blancas estolas!
Ve nuestra ciudad cuánto abarca;
ve nuestros escaños tan repletos,
que poca gente más se desea aquí.
Y en aquel gran trono al que tú fijas los ojos
por la corona que ya está puesta sobre él,
antes de que tú a estas bodas cenes,
se sentará el alma, que será allá abajo augusta,
del alto Enrique, que a enderezar Italia
vendrá antes de que ella esté dispuesta.
La ciega codicia que os hechiza
os ha hecho semejantes al niñito
que muere de hambre y echa a la nodriza.
Y será prefecto en el foro divino
entonces uno tal, que en público y en secreto
no andará con él por un mismo camino.
Pero poco después será por Dios tolerado
en el santo oficio; pues será hundido
allá donde Simón mago está por su mérito,
y hará que el de Anagni entre más abajo».
Canto31
En forma de una rosa de blancura
se me mostraba la milicia santa
que con su sangre Cristo hizo esposa;
pero la otra, que volando ve y canta
la gloria de aquel que la enamora
y la bondad que la hizo tan grande,
como enjambre de abejas que se posa
en las flores y luego vuelve de nuevo
allá donde su trabajo se endulza,
descendía en la gran flor que se adorna
con tantos pétalos, y de ahí subía
allá donde su amor siempre reside.
Todos los rostros eran de llama viva
y las alas de oro, y lo demás tan blanco
que ninguna nieve llega a ese extremo.
Cuando descendían en la flor, de grada en grada
transmitían la paz y el ardor
que adquirían batiendo el flanco.
Ni la interposición entre lo alto y la flor
de tanta muchedumbre voladora
impedía la vista ni el esplendor:
porque la luz divina es penetrante
por el universo según es digno,
de modo que nada puede serle obstáculo.
Este reino seguro y gozoso,
repleto de gente antigua y nueva,
tenía vista y amor hacia un solo punto.
Oh triple luz que en única estrella
centelleas ante su vista y así los colmas,
mira aquí abajo nuestra tormenta!
Si los bárbaros, viniendo de tal región
que cada día es cubierta por la Osa,
girando con su hijo del que está prendada,
viendo Roma y su ardua obra
se maravillaban, cuando el Laterano
sobrepasó las cosas mortales;
yo, que de lo humano a lo divino,
del tiempo a lo eterno había venido,
y de Florencia a un pueblo justo y sano,
¿de qué estupor debía estar colmado!
Ciertamente entre eso y el gozo me nacía
el deseo de no oír y quedarme mudo.
Y como peregrino que se recrea
en el templo de su voto mirando,
y espera ya relatar cómo es,
por la luz viva paseando,
llevaba yo los ojos por las gradas,
ahora arriba, ahora abajo y ahora en círculo.
Veía rostros que incitaban a la caridad,
adornados por luz ajena y por su propia sonrisa,
y gestos ornados de toda dignidad.
La forma general del paraíso
ya toda entera mi mirada había comprendido,
sin estar aún fija en ninguna parte;
y me volvía con deseo reavivado
para preguntar a mi señora sobre cosas
por las que mi mente estaba en suspenso.
Una cosa pensaba, y otra me respondió:
creía ver a Beatriz y vi un anciano
vestido con las gentes gloriosas.
Difundida estaba por los ojos y las mejillas
una benigna alegría, en actitud piadosa
como conviene a un padre tierno.
Y «¿Dónde está ella?», dije al instante.
Y él: «Para llevar a término tu deseo
Beatriz me movió de mi lugar;
y si miras arriba en el tercer giro
desde el grado más alto, la volverás a ver
en el trono que sus méritos le asignaron».
Sin responder, alcé los ojos,
y la vi haciéndose corona
reflejando desde sí los rayos eternos.
Desde aquella región que más alto truena
ningún ojo mortal tanto dista,
por más que en el mar se hunda,
cuanto allí de Beatriz mi vista;
pero nada me importaba, porque su efigie
no descendía a mí por medio mezclado.
«Oh señora en quien mi esperanza vive,
y que soportaste por mi salvación
dejar tus huellas en el infierno,
de tantas cosas como he visto,
de tu poder y de tu bondad
reconozco la gracia y la virtud.
Tú me has sacado de siervo a libertad
por todos los caminos, por todos los modos
que para hacerlo tenías la potestad.
Tu magnificencia guarda en mí,
para que mi alma, que has hecho sana,
grata a ti se desate del cuerpo».
Así oré; y ella, tan lejana
como parecía, sonrió y me miró;
luego se volvió a la fuente eterna.
Y el santo anciano: «Para que culmines
perfectamente», dijo, «tu camino,
para lo que ruego y amor santo me enviaron,
vuela con los ojos por este jardín;
pues verlo dispondrá tu mirada
mejor para subir por el rayo divino.
Y la reina del cielo, por quien yo ardo
todo de amor, nos dará toda gracia,
pues yo soy su fiel Bernardo».
Como aquel que quizá de Croacia
viene a ver nuestra Verónica,
que por el antiguo anhelo no se sacia,
sino que dice en su pensamiento, mientras se muestra:
'Señor mío Jesucristo, Dios verdadero,
¿así era vuestra apariencia?';
así estaba yo mirando la vivaz
caridad de aquel que en este mundo,
contemplando, gustó de aquella paz.
«Hijo de gracia, este ser gozoso»,
comenzó él, «no te será conocido
manteniendo los ojos solo aquí abajo en el fondo;
sino mira los círculos hasta el más remoto,
tanto que veas sentada a la reina
a quien este reino es súbdito y devoto».
Alcé los ojos; y como por la mañana
la parte oriental del horizonte
supera aquella donde el sol declina,
así, casi yendo de valle a monte
con los ojos, vi una parte en el extremo
vencer en luz a toda la otra frente.
Y como allí donde se espera el timón
que mal guió Faetón, más se inflama,
y a un lado y otro la luz se hace escasa,
así aquella pacífica oriflama
en el medio se avivaba, y por todas partes
de igual modo aflojaba la llama;
y en aquel medio, con las alas abiertas,
vi más de mil ángeles festejantes,
cada uno distinto en fulgor y arte.
Vi en sus juegos allí y en sus cantos
reír una belleza, que era alegría
en los ojos de todos los otros santos;
y aunque tuviera en el decir tanta riqueza
cuanta para imaginar, no me atrevería
a intentar lo mínimo de su delicia.
Bernardo, cuando vio mis ojos
en su cálido amor fijos y atentos,
los suyos con tanto afecto volvió a ella,
que hizo los míos más ardientes al mirar.
Canto32
Atento a su placer, aquel contemplativo
asumió el libre oficio de maestro,
y comenzó estas palabras santas:
«La herida que María cerró y ungió,
aquella que es tan bella a sus pies
es la que la abrió y la punzó.
En el orden que forman los terceros asientos,
está Raquel debajo de ella
con Beatriz, tal como ves.
Sara y Rebeca, Judit y aquella
que fue bisabuela del cantor que por dolor
de su falta dijo 'Miserere mei',
puedes verlas así de grada en grada
descender hacia abajo, como yo que por su propio nombre
voy por la rosa de pétalo en pétalo.
Y desde el séptimo grado hacia abajo, igual
que hasta él, se suceden las hebreas,
dividiendo todas las hebras de la flor;
porque, según la mirada que tuvo
la fe en Cristo, estas son el muro
en que se parten las escaleras sagradas.
De esta parte donde la flor está madura
con todos sus pétalos, están sentados
los que creyeron en Cristo venidero;
de la otra parte donde están cortados
de vacíos los semicírculos, están
los que a Cristo venido volvieron los rostros.
Y como aquí el glorioso trono
de la dama del cielo y los otros tronos
debajo de él hacen tal separación,
así enfrente aquel del gran Juan,
que siempre santo el desierto y el martirio
soportó, y luego el infierno durante dos años;
y debajo de él les tocó en suerte separar
a Francisco, Benedicto y Agustín
y otros hasta aquí abajo de círculo en círculo.
Ahora mira la alta providencia divina:
pues uno y otro aspecto de la fe
igualmente llenará este jardín.
Y sabe que desde el grado hacia abajo que corta
a la mitad el trayecto las dos divisiones,
no se está por ningún mérito propio,
sino por el ajeno, con ciertas condiciones:
pues todos estos son espíritus liberados
antes de que tuvieran verdaderas elecciones.
Bien puedes darte cuenta por los rostros
y también por las voces infantiles,
si los miras bien y los escuchas.
Ahora dudas y dudando callas;
pero yo desataré el fuerte nudo
en que te aprietan los pensamientos sutiles.
Dentro de la amplitud de este reino
ningún punto casual puede tener sitio,
como tampoco tristeza o sed o hambre:
pues por ley eterna está establecido
cuanto ves, de modo que justamente
corresponde aquí el anillo al dedo;
y por eso esta apresurada gente
a vida verdadera no es sin causa
entre sí aquí más y menos excelente.
El rey por quien este reino reposa
en tanto amor y en tanto deleite,
que ninguna voluntad es más audaz,
todas las mentes en su rostro alegre
creando, a su placer de gracia dota
diversamente; y aquí baste el efecto.
Y esto expreso y claro se os señala
en la Escritura santa en aquellos gemelos
que en la madre tuvieron la ira conmovida.
Por eso, según el color de los cabellos,
de tal gracia la altísima luz
dignamente conviene que los corone.
Entonces, sin mérito de su conducta,
situados están por grados diferentes,
solo difiriendo en la agudeza primera.
Bastaba en los siglos recientes
con la inocencia, para tener salvación,
solamente la fe de los padres;
después que las primeras edades se cumplieron,
fue necesario a los varones con inocentes alas
por la circuncisión adquirir virtud;
mas después que el tiempo de la gracia vino,
sin el bautismo perfecto de Cristo
tal inocencia allá abajo quedó retenida.
Mira ahora el rostro que a Cristo
más se asemeja, pues su claridad
sola puede disponerte a ver a Cristo».
Vi sobre ella tanta alegría
llover, llevada en las mentes santas
creadas para volar por aquella altura,
que cuanto yo había visto antes,
de tanta admiración no me suspendió,
ni me mostró de Dios tanto semblante;
y aquel amor que primero allí descendió,
cantando 'Ave, María, gratia plena',
delante de ella sus alas desplegó.
Respondió a la divina cantilena
desde todas partes la corte bienaventurada,
de modo que cada vista se hizo más serena.
«Oh santo padre, que por mí soportas
estar aquí abajo, dejando el dulce sitio
en el cual te sientas por eterna suerte,
¿quién es aquel ángel que con tanto gozo
mira a los ojos a nuestra reina,
enamorado tanto que parece de fuego?».
Así recurrí de nuevo a la enseñanza
de aquel que se embellecía de María,
como del sol la estrella matutina.
Y él a mí: «Arrojo y gracia
cuanta puede haber en ángel y en alma,
toda está en él; y así queremos que sea,
porque él es aquel que llevó la palma
abajo a María, cuando el Hijo de Dios
quiso cargarse de nuestro peso.
Pero ven ya con los ojos mientras yo
vaya hablando, y observa a los grandes patricios
de este imperio justísimo y piadoso.
Aquellos dos que están allá arriba más felices
por estar muy próximos a Augusta,
son de esta rosa como dos raíces:
el que a su izquierda se le ajusta
es el padre por cuyo atrevido gusto
la especie humana tanto amargo gusta;
a la derecha ves aquel padre anciano
de la Santa Iglesia a quien Cristo las llaves
encomendó de esta flor hermosa.
Y el que vio todos los tiempos graves,
antes de que muriera, de la bella esposa
que se ganó con la lanza y los clavos,
está sentado junto a él, y junto al otro reposa
aquel caudillo bajo el cual vivió de maná
la gente ingrata, voluble y rebelde.
Frente a Pedro ves sentada a Ana,
tan contenta de mirar a su hija,
que no mueve los ojos para cantar hosanna;
y frente al mayor padre de familia
está Lucía, que movió a tu dama
cuando inclinabas, hacia la ruina, las cejas.
Pero porque el tiempo huye que te adormece,
aquí pondremos punto, como buen sastre
que según tiene el paño hace la túnica;
y dirigiremos los ojos al primer amor,
de modo que, mirando hacia él, penetres
cuanto sea posible por su fulgor.
En verdad, no sea que tal vez retrocedas
moviendo tus alas, creyendo avanzar,
orando es necesario que se implore
gracia de aquella que puede ayudarte;
y tú me seguirás con el afecto,
de modo que de mi decir el corazón no se aparte».
Y comenzó esta santa oración:
Canto33
«Virgen Madre, hija de tu hijo,
humilde y más elevada que toda criatura,
término fijo del eterno designio,
tú eres quien a la naturaleza humana
ennobleciste tanto, que su hacedor
no desdeñó hacerse su hechura.
En tu vientre se reencendió el amor
por cuyo calor en la eterna paz
ha germinado así esta flor.
Aquí eres para nosotros antorcha meridiana
de caridad, y abajo, entre los mortales,
eres fuente viva de esperanza.
Señora, eres tan grande y tanto vales,
que quien quiere gracia y no acude a ti,
pretende que su anhelo vuele sin alas.
Tu bondad no solo socorre
a quien pide, sino que muchas veces
libremente se adelanta a la petición.
En ti misericordia, en ti piedad,
en ti magnificencia, en ti se reúne
cuanto de bondad hay en criatura.
Ahora este, que desde el más hondo pozo
del universo hasta aquí ha contemplado
las vidas espirituales una por una,
te suplica, por gracia, que le des virtud
suficiente para poder elevarse con los ojos
más alto hacia la última salvación.
Y yo, que nunca ardí por mi propia visión
más de lo que ardo por la suya, todas mis plegarias
te ofrezco, y ruego que no sean escasas,
para que disipes toda nube
de su mortalidad con tus plegarias,
de modo que el sumo placer se le revele.
Aún te ruego, reina, tú que puedes
cuanto quieres, que conserves sanos,
después de tanta visión, sus afectos.
Venza tu custodia los impulsos humanos:
mira a Beatriz con cuántos bienaventurados
por mis plegarias juntan las manos ante ti».
Los ojos amados y venerados por Dios,
fijos en el orador, demostraron
cuánto le agradan las devotas plegarias;
luego se dirigieron a la luz eterna,
en la cual no se debe creer que penetre
por criatura alguna mirada tan clara.
Y yo, que al fin de todos los deseos
me aproximaba, como debía,
llevé a término el ardor del deseo en mí.
Bernardo me hacía señas y sonreía
para que mirase hacia arriba; pero yo ya era
por mí mismo tal como él quería:
porque mi vista, haciéndose pura,
más y más entraba por el rayo
de la alta luz que en sí misma es verdadera.
Desde entonces en adelante mi visión fue mayor
de lo que el hablar muestra, que ante tal vista cede,
y cede la memoria ante tanto exceso.
Como aquel que soñando ve,
que después del sueño la pasión impresa
permanece, y lo demás no vuelve a la mente,
así soy yo, pues casi toda cesa
mi visión, y aún me destila
en el corazón la dulzura que nació de ella.
Así la nieve al sol se desvanece;
así al viento en las hojas ligeras
se perdía la sentencia de la Sibila.
Oh luz suprema que tanto te elevas
de los conceptos mortales, a mi mente
devuelve un poco de lo que parecías,
y haz mi lengua tan poderosa
que una sola chispa de tu gloria
pueda dejar a la gente futura;
porque, al volver algo a mi memoria
y al sonar un poco en estos versos,
más se concebirá de tu victoria.
Creo que por la intensidad que soporté
del rayo vivo, me habría perdido
si mis ojos se hubieran apartado de él.
Y recuerdo que fui más atrevido
por esto a sostenerlo, tanto que alcancé
mi mirada con el valor infinito.
Oh gracia abundante por la que me atreví
a clavar la vista en la luz eterna,
tanto que en ella consumí la mirada.
En su profundidad vi que se encierra,
atado con amor en un volumen,
lo que por el universo se dispersa:
sustancias y accidentes y sus modos
casi fundidos juntos, de tal manera
que lo que digo es un simple destello.
La forma universal de este nudo
creo que vi, porque más ampliamente,
al decir esto, siento que gozo.
Un solo instante me es mayor letargo
que veinticinco siglos a la empresa
que hizo a Neptuno admirar la sombra del Argo.
Así mi mente, toda suspensa,
miraba fija, inmóvil y atenta,
y siempre de mirar se hacía más ardiente.
Ante aquella luz uno se vuelve tal,
que apartarse de ella por otro aspecto
es imposible que jamás se consienta;
porque el bien, que es objeto del querer,
todo se recoge en ella, y fuera de ella
es defectivo lo que allí es perfecto.
Ya será más breve mi palabra,
aun para lo que recuerdo, que la de un niño
que aún moja la lengua en el pecho.
No porque más de un simple semblante
hubiera en la luz viva que miraba,
que tal es siempre cual era antes;
sino por la vista que se fortalecía
en mí al mirar, una sola apariencia,
al cambiar yo, a mí se transformaba.
En la profunda y clara sustancia
de la alta luz me parecieron tres círculos
de tres colores y de una misma dimensión;
y uno del otro como arcoíris de arcoíris
parecía reflejado, y el tercero parecía fuego
que de uno y otro igualmente se exhala.
Oh cuán corto es el decir y cuán débil
para mi concepto, y esto, ante lo que vi,
es tanto, que no basta decir 'poco'.
Oh luz eterna que sola en ti resides,
sola te entiendes, y por ti entendida
y entendiéndote te amas y sonríes.
Aquella circulación que así concebida
parecía en ti como luz reflejada,
por mis ojos un tanto contemplada,
dentro de sí, de su mismo color,
me pareció pintada con nuestra efigie:
por lo que mi vista en ella toda estaba puesta.
Como el geómetra que todo se concentra
en medir el círculo, y no encuentra,
pensando, el principio que necesita,
tal era yo ante aquella visión nueva:
quería ver cómo se ajustaba
la imagen al círculo y cómo allí se acomoda;
mas no eran para esto las propias alas:
sino que mi mente fue golpeada
por un fulgor en el que su deseo se cumplió.
A la alta fantasía aquí faltó poder;
pero ya movía mi deseo y mi voluntad,
como rueda que igualmente es movida,
el amor que mueve el sol y las demás estrellas.
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