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Parte 5La cadena de verdades descubiertas

Discurso del método · René Descartes · 27 min de lectura

Me gustaría mucho proseguir y mostrar aquí toda la cadena de las demás verdades que he deducido de estas primeras; pero, como para ello sería necesario ahora que hablase de varias cuestiones que están en controversia entre los doctos, con quienes no deseo enzarzarme, creo que será mejor que me abstenga y que diga solamente en general cuáles son, a fin de dejar que los más sabios juzguen si sería útil que el público fuera informado de ellas más en particular.

Siempre me he mantenido firme en la resolución que había tomado de no suponer ningún otro principio que aquel del cual acabo de servirme para demostrar la existencia de Dios y del alma, y de no admitir ninguna cosa como verdadera que no me pareciera más clara y más cierta de lo que habían sido antes las demostraciones de los geómetras; y sin embargo me atrevo a decir que no solamente he encontrado el modo de satisfacerme en poco tiempo acerca de todas las principales dificultades de las que se suele tratar en la filosofía, sino también que he advertido ciertas leyes que Dios ha establecido de tal manera en la naturaleza, y de las cuales ha impreso tales nociones en nuestras almas, que después de haber reflexionado bastante sobre ellas no podríamos dudar de que se observan exactamente en todo lo que existe o se hace en el mundo.

Luego, al considerar la serie de estas leyes, me parece haber descubierto varias verdades más útiles y más importantes que todo lo que había aprendido antes o incluso esperado aprender.

Pero como he intentado explicar las principales en un tratado que algunas consideraciones me impiden publicar, no podría darlas a conocer mejor que diciendo aquí sumariamente lo que contiene. Había tenido el propósito de incluir en él todo lo que pensaba saber, antes de escribirlo, acerca de la naturaleza de las cosas materiales. Pero del mismo modo que los pintores, no pudiendo representar igualmente bien en un cuadro plano todas las diversas caras de un cuerpo sólido, eligen una de las principales, que ponen sola hacia la luz, y sombreando las demás, no las hacen aparecer sino en cuanto se las puede ver al mirarla;

así, temiendo no poder poner en mi discurso todo lo que tenía en el pensamiento, emprendí solamente exponer en él con bastante amplitud lo que concebía acerca de la luz; después, con ocasión de ella, añadir algo del sol y de las estrellas fijas, porque de ellos procede casi toda; de los cielos, porque la transmiten; de los planetas, los cometas y la tierra, porque la hacen reflejar; y en particular de todos los cuerpos que están sobre la tierra, porque son o coloreados, o transparentes, o luminosos;

y finalmente del hombre, porque es su espectador. Incluso, para sombrear un poco todas estas cosas y poder decir más libremente lo que juzgaba de ellas, sin estar obligado a seguir ni a refutar las opiniones admitidas entre los doctos, me resolví a dejar todo este mundo aquí a sus disputas, y a hablar solamente de lo que sucedería en uno nuevo, si Dios crease ahora en alguna parte, en los espacios imaginarios, bastante materia para componerlo, y agitase diversamente y sin orden las diversas partes de esta materia, de modo que compusiera con ella un caos tan confuso como el que los poetas pueden fingir, y que después no hiciera otra cosa que prestar su concurso ordinario a la naturaleza y dejarla actuar siguiendo las leyes que él ha establecido.

Así, primeramente, describí esta materia e intenté representarla de tal manera que no hay nada en el mundo, me parece, más claro ni más inteligible, excepto lo que acaba de decirse de Dios y del alma; pues incluso supuse expresamente que no había en ella ninguna de esas formas o cualidades de las que se discute en las escuelas, ni en general ninguna cosa cuyo conocimiento no fuera tan natural a nuestras almas que no se pudiera ni siquiera fingir ignorarlo.

Además, mostré cuáles eran las leyes de la naturaleza; y, sin apoyar mis razones en ningún otro principio que las perfecciones infinitas de Dios, intenté demostrar todas aquellas de las que se hubiera podido tener alguna duda, y hacer ver que son tales que aunque Dios hubiera creado varios mundos, no podría haber ninguno donde dejaran de ser observadas. Después de esto, mostré cómo la mayor parte de la materia de este caos debía, como consecuencia de estas leyes, disponerse y ordenarse de cierta manera que la hacía semejante a nuestros cielos; cómo sin embargo algunas de sus partes debían componer una tierra y algunas planetas y cometas, y algunas otras un sol y estrellas fijas.

Y aquí, extendiéndome sobre el tema de la luz, expliqué muy extensamente cuál era la que debía encontrarse en el sol y las estrellas, y cómo desde allí atravesaba en un instante los inmensos espacios de los cielos, y cómo se reflejaba de los planetas y de los cometas hacia la tierra. Añadí también varias cosas acerca de la sustancia, la situación, los movimientos y todas las diversas cualidades de estos cielos y de estos astros; de modo que pensaba decir bastante como para hacer saber que no se observa nada en los de este mundo que no deba o al menos que no pueda parecer del todo semejante en los del mundo que describía.

De ahí pasé a hablar particularmente de la tierra: cómo, aunque hubiera supuesto expresamente que Dios no había puesto ninguna gravedad en la materia de la que estaba compuesta, todas sus partes no dejaban de tender exactamente hacia su centro; cómo, habiendo agua y aire sobre su superficie, la disposición de los cielos y de los astros, principalmente de la luna, debía causar en ella un flujo y reflujo que fuera semejante en todas sus circunstancias al que se observa en nuestros mares, y además cierto curso tanto del agua como del aire, del oriente hacia el poniente, tal como se observa también entre los trópicos;

cómo las montañas, los mares, las fuentes y los ríos podían formarse allí naturalmente, y los metales venir en las minas, y las plantas crecer en los campos, y en general todos los cuerpos que se llaman mezclados o compuestos engendrarse en ellos: y, entre otras cosas, como después de los astros no conozco nada en el mundo que el fuego produzca luz, me esforcé en hacer entender bien claramente todo lo que pertenece a su naturaleza, cómo se hace, cómo se alimenta, cómo a veces solo tiene calor sin luz, y a veces solo luz sin calor;

cómo puede introducir diversos colores en diversos cuerpos, y diversas otras cualidades; cómo funde algunos y endurece otros; cómo puede consumirlos casi todos o convertirlos en cenizas y humo; y finalmente cómo de estas cenizas, por la sola violencia de su acción, forma vidrio; pues esta transmutación de cenizas en vidrio, pareciéndome tan admirable como cualquier otra que se haga en la naturaleza, tuve particular gusto en describirla.

Sin embargo no quería inferir de todas estas cosas que este mundo haya sido creado de la manera que proponía; pues es mucho más verosímil que desde el comienzo Dios lo haya hecho tal como debía ser. Pero es cierto, y es una opinión comúnmente admitida entre los teólogos, que la acción por la cual ahora lo conserva es exactamente la misma que aquella por la cual lo creó; de modo que aunque no le hubiera dado al principio otra forma que la del caos, con tal de que, habiendo establecido las leyes de la naturaleza, le prestara su concurso para actuar como tiene por costumbre, se puede creer, sin perjudicar el milagro de la creación, que por ello solo todas las cosas que son puramente materiales habrían podido con el tiempo llegar a ser tales como las vemos ahora;

y su naturaleza es mucho más fácil de concebir cuando se las ve nacer poco a poco de esta manera que cuando no se las considera sino ya hechas.

De la descripción de los cuerpos inanimados y de las plantas pasé a la de los animales, y particularmente a la de los hombres. Pero como no tenía todavía bastante conocimiento de ellos para hablar de ellos en el mismo estilo que del resto, es decir, demostrando los efectos por las causas y mostrando de qué semillas y de qué manera la naturaleza debe producirlos, me contenté con suponer que Dios formara el cuerpo de un hombre enteramente semejante a uno de los nuestros, tanto en la figura exterior de sus miembros como en la conformación interior de sus órganos, sin componerlo de otra materia que la que había descrito, y sin poner en él al principio ningún alma racional ni ninguna otra cosa para servir en él de alma vegetativa o sensitiva, sino solamente que excitara en su corazón uno de esos fuegos sin luz que ya había explicado, y que no concebía de otra naturaleza que el que calienta el heno cuando se lo ha encerrado antes de que esté seco, o el que hace hervir los vinos nuevos cuando se los deja fermentar sobre el orujo: pues, examinando las funciones que podían estar como consecuencia de ello en este cuerpo, encontraba en él exactamente todas las que pueden estar en nosotros sin que pensemos en ellas, ni por consiguiente que nuestra alma, es decir, esa parte distinta del cuerpo de la cual se ha dicho antes que su naturaleza no es sino pensar, contribuya a ellas, y que son todas las mismas en las que se puede decir que los animales sin razón se nos asemejan;

sin que pudiera por ello encontrar en él ninguna de aquellas que, dependiendo del pensamiento, son las únicas que nos pertenecen en tanto que hombres; mientras que las encontraba todas después, habiendo supuesto que Dios creara un alma racional y la uniera a este cuerpo de cierta manera que describía.

Pero para que se pueda ver de qué manera trataba yo esta materia, quiero poner aquí la explicación del movimiento del corazón y de las arterias, que siendo el primero y el más general que se observa en los animales, se juzgará fácilmente por él lo que se debe pensar de todos los demás. Y para que se tenga menos dificultad en entender lo que diré de ello, quisiera que quienes no están versados en anatomía se tomaran la molestia, antes de leer esto, de hacer cortar ante ellos el corazón de algún animal grande que tenga pulmones, pues es en todos bastante semejante al del hombre, y que se hicieran mostrar las dos cámaras o cavidades que hay en él: primeramente la que está en su lado derecho, a la cual corresponden dos conductos muy anchos;

a saber, la vena cava, que es el principal receptáculo de la sangre y como el tronco del árbol del cual todas las demás venas del cuerpo son las ramas; y la vena arteriosa, que ha sido así mal nombrada, porque es en efecto una arteria que, tomando su origen del corazón, se divide, después de salir de él, en varias ramas que van a esparcirse por todas partes en los pulmones: después la que está en su lado izquierdo, a la cual corresponden de la misma manera dos conductos que son tan anchos o más anchos que los precedentes;

a saber, la arteria venosa, que ha sido también mal nombrada, porque no es otra cosa que una vena que viene de los pulmones, donde está dividida en varias ramas entrelazadas con las de la vena arteriosa y con las de ese conducto que se llama el silbato, por donde entra el aire de la respiración; y la gran arteria que, saliendo del corazón, envía sus ramas por todo el cuerpo. Quisiera también que se les mostrara cuidadosamente las once pequeñas membranas que, como otras tantas pequeñas puertas, abren y cierran las cuatro aberturas que hay en estas dos cavidades;

a saber, tres en la entrada de la vena cava, donde están dispuestas de tal manera que no pueden en absoluto impedir que la sangre que contiene fluya hacia la cavidad derecha del corazón, pero impiden exactamente que pueda salir de ella; tres en la entrada de la vena arteriosa, que, estando dispuestas al contrario, permiten bien que la sangre que está en esta cavidad pase a los pulmones, pero no que la que está en los pulmones vuelva a ella;

e igualmente otras dos en la entrada de la arteria venosa, que dejan fluir la sangre de los pulmones hacia la cavidad izquierda del corazón pero se oponen a su retorno; y tres en la entrada de la gran arteria, que le permiten salir del corazón pero le impiden volver a él: y no es necesario buscar otra razón del número de estas membranas sino que la abertura de la arteria venosa, siendo ovalada, a causa del lugar donde se encuentra, puede ser cómodamente cerrada con dos, mientras que las otras, siendo redondas, pueden serlo mejor con tres.

Además, quisiera que se les hiciera considerar que la gran arteria y la vena arteriosa son de una composición mucho más dura y más firme que la arteria venosa y la vena cava; y que estas dos últimas se ensanchan antes de entrar en el corazón y hacen allí como dos bolsas, llamadas las orejas del corazón, que están compuestas de una carne semejante a la suya; y que siempre hay más calor en el corazón que en ningún otro lugar del cuerpo; y finalmente que este calor es capaz de hacer que, si entra alguna gota de sangre en sus cavidades, se hinche prontamente y se dilate, así como hacen generalmente todos los líquidos cuando se los deja caer gota a gota en algún recipiente que está muy caliente.

Pues después de esto no necesito decir otra cosa para explicar el movimiento del corazón sino que cuando sus cavidades no están llenas de sangre, fluye necesariamente de la vena cava hacia la derecha y de la arteria venosa hacia la izquierda, dado que estos dos vasos están siempre llenos de ella y que sus aberturas, que miran hacia el corazón, no pueden entonces estar tapadas; pero tan pronto como han entrado así dos gotas de sangre, una en cada una de sus cavidades, estas gotas, que no pueden ser sino muy gruesas, porque las aberturas por las que entran son muy anchas y los vasos de donde vienen muy llenos de sangre, se rarifican y se dilatan, a causa del calor que encuentran allí;

por medio de lo cual, haciendo hincharse todo el corazón, empujan y cierran las cinco pequeñas puertas que están en las entradas de los dos vasos de donde vienen, impidiendo así que descienda más sangre al corazón; y, continuando rarificándose cada vez más, empujan y abren las seis otras pequeñas puertas que están en las entradas de los otros dos vasos por donde salen, haciendo hincharse por este medio todas las ramas de la vena arteriosa y de la gran arteria, casi al mismo instante que el corazón;

el cual inmediatamente después se deshincha, como hacen también estas arterias, porque la sangre que ha entrado en ellas se enfría allí; y sus seis pequeñas puertas se cierran, y las cinco de la vena cava y de la arteria venosa se abren, y dan paso a otras dos gotas de sangre, que hacen de nuevo hincharse el corazón y las arterias, exactamente igual que las precedentes. Y porque la sangre que entra así en el corazón pasa por esas dos bolsas que se llaman sus orejas, de ahí viene que su movimiento es contrario al suyo, y que ellas se deshinchan cuando él se hincha.

Por lo demás, para que quienes no conocen la fuerza de las demostraciones matemáticas y no están acostumbrados a distinguir las razones verdaderas de las verosímiles no se arriesguen a negar esto sin examinarlo, quiero advertirles que este movimiento que acabo de explicar se sigue tan necesariamente de la sola disposición de los órganos que se puede ver a simple vista en el corazón, y del calor que se puede sentir allí con los dedos, y de la naturaleza de la sangre que se puede conocer por experiencia, como el de un reloj se sigue de la fuerza, de la situación y de la figura de sus contrapesos y de sus ruedas.

Pero si se pregunta cómo la sangre de las venas no se agota, fluyendo así continuamente en el corazón, y cómo las arterias no se llenan demasiado de ella, puesto que toda la que pasa por el corazón va a parar allí, no necesito responder otra cosa que lo que ya ha sido escrito por un médico de Inglaterra, al cual hay que dar la alabanza de haber roto el hielo en este punto y de ser el primero que ha enseñado que hay varios pequeños pasajes en las extremidades de las arterias, por donde la sangre que reciben del corazón entra en las pequeñas ramas de las venas, de donde va a volver de nuevo hacia el corazón;

de modo que su curso no es otra cosa que una circulación perpetua. Lo cual prueba muy bien mediante la experiencia ordinaria de los cirujanos, que, habiendo ligado el brazo medianamente fuerte, por encima del lugar donde abren la vena, hacen que la sangre salga de ella más abundantemente que si no lo hubieran ligado; y sucedería todo lo contrario si lo ligaran por debajo, entre la mano y la abertura, o bien si lo ligaran muy fuerte por encima.

Pues es manifiesto que la ligadura, medianamente apretada, pudiendo impedir que la sangre que ya está en el brazo vuelva hacia el corazón por las venas, no impide por ello que siga viniendo siempre nueva por las arterias, porque están situadas por debajo de las venas, y sus membranas, siendo más duras, son menos fáciles de comprimir; y también porque la sangre que viene del corazón tiende con más fuerza a pasar por ellas hacia la mano de lo que tiende a volver de allí hacia el corazón por las venas;

y puesto que esta sangre sale del brazo por la abertura que hay en una de las venas, debe necesariamente haber algunos pasajes por debajo de la ligadura, es decir, hacia las extremidades del brazo, por donde pueda venir de las arterias. Prueba también muy bien lo que dice del curso de la sangre mediante ciertas pequeñas membranas que están dispuestas de tal manera en diversos lugares a lo largo de las venas que no le permiten en absoluto pasar en ellas del centro del cuerpo hacia las extremidades, sino solamente volver de las extremidades hacia el corazón; y además mediante la experiencia que muestra que toda la que está en el cuerpo puede salir en muy poco tiempo por una sola arteria cuando está cortada, aunque estuviera estrechamente ligada muy cerca del corazón y cortada entre él y la ligadura, de modo que no se tuviera ningún motivo para imaginar que la sangre que saliera de ella viniera de otra parte.

Pero hay varias otras cosas que testimonian que la verdadera causa de este movimiento de la sangre es la que he dicho. Como, primeramente, la diferencia que se observa entre la que sale de las venas y la que sale de las arterias no puede proceder sino de que, siendo rarificada y como destilada al pasar por el corazón, es más sutil y más viva y más caliente inmediatamente después de haber salido de él, es decir, estando en las arterias, de lo que es un poco antes de entrar en él, es decir, estando en las venas.

Y si se presta atención, se encontrará que esta diferencia no aparece bien sino cerca del corazón, y no tanto en los lugares que están más alejados de él. Luego, la dureza de las membranas de las cuales están compuestas la vena arteriosa y la gran arteria muestra bastante que la sangre late contra ellas con más fuerza que contra las venas. ¿Y por qué la cavidad izquierda del corazón y la gran arteria serían más amplias y más anchas que la cavidad derecha y la vena arteriosa, si no fuera porque la sangre de la arteria venosa, no habiendo estado sino en los pulmones desde que ha pasado por el corazón, es más sutil y se rarifica más fuerte y más fácilmente que la que viene inmediatamente de la vena cava?

¿Y qué es lo que los médicos pueden adivinar al tomar el pulso, si no saben que, según cambie de naturaleza la sangre, puede ser rarificada por el calor del corazón más o menos fuerte y más o menos rápidamente que antes? Y si se examina cómo este calor se comunica a los demás miembros, ¿no hay que reconocer que es por medio de la sangre, que, pasando por el corazón, se recalienta allí y se expande desde allí por todo el cuerpo: de donde viene que si se quita la sangre de alguna parte, se quita por el mismo medio el calor; y aunque el corazón estuviera tan ardiente como un hierro al rojo, no bastaría para recalentar los pies y las manos tanto como lo hace, si no enviara allí continuamente sangre nueva?

Luego también se conoce por ello que el verdadero uso de la respiración es llevar bastante aire fresco al pulmón para hacer que la sangre que viene allí de la cavidad derecha del corazón, donde ha sido rarificada y como cambiada en vapores, se espese y convierta en sangre de nuevo, antes de volver a caer en la izquierda, sin lo cual no podría ser apta para servir de alimento al fuego que hay allí; lo cual se confirma porque se ve que los animales que no tienen pulmones no tienen tampoco sino una sola cavidad en el corazón, y que los niños, que no pueden usarlos mientras están encerrados en el vientre de sus madres, tienen una abertura por donde fluye sangre de la vena cava a la cavidad izquierda del corazón, y un conducto por donde viene de la vena arteriosa a la gran arteria, sin pasar por el pulmón.

Luego, ¿cómo se haría la cocción en el estómago si el corazón no enviara allí calor por las arterias, y con ello algunas de las partes más fluidas de la sangre, que ayudan a disolver los alimentos que se han puesto en él? ¿Y la acción que convierte el jugo de estos alimentos en sangre no es fácil de conocer si se considera que se destila, pasando y repasando por el corazón, quizás más de cien o doscientas veces cada día?

¿Y qué se necesita para explicar la nutrición y la producción de los diversos humores que hay en el cuerpo sino decir que la fuerza con que la sangre, al rarificarse, pasa del corazón hacia las extremidades de las arterias hace que algunas de sus partes se detengan entre las de los miembros donde se encuentran y tomen el lugar de algunas otras que expulsan de ellos, y que, según la situación o la figura o la pequeñez de los poros que encuentran, unas van a parar a ciertos lugares antes que las otras, de la misma manera que cada cual ha podido ver diversos cedazos que, estando perforados de diversas maneras, sirven para separar diversos granos unos de otros?

Y finalmente, lo que hay de más notable en todo esto es la generación de los espíritus animales, que son como un viento muy sutil, o más bien como una llama muy pura y muy viva, que, subiendo continuamente en gran abundancia del corazón al cerebro, va a parar desde allí por los nervios a los músculos y da el movimiento a todos los miembros; sin que haga falta imaginar otra causa que haga que las partes de la sangre que, siendo las más agitadas y las más penetrantes, son las más aptas para componer estos espíritus, vayan a parar antes hacia el cerebro que hacia otra parte, sino que las arterias que las llevan allí son las que vienen del corazón de la manera más rectilínea de todas, y que, según las reglas de las mecánicas, que son las mismas que las de la naturaleza, cuando varias cosas tienden juntas a moverse hacia un mismo lado donde no hay bastante lugar para todas, así como las partes de la sangre que salen de la cavidad izquierda del corazón tienden hacia el cerebro, las más débiles y menos agitadas deben ser desviadas por las más fuertes, que por este medio van a parar allí solas.

Había explicado bastante particularmente todas estas cosas en el tratado que había tenido antes el propósito de publicar. Y enseguida había mostrado en él cuál debe ser la fábrica de los nervios y de los músculos del cuerpo humano para hacer que los espíritus animales, estando dentro, tengan la fuerza de mover sus miembros, así como se ve que las cabezas, un poco después de ser cortadas, se mueven todavía y muerden la tierra aunque ya no estén animadas;

qué cambios se deben hacer en el cerebro para causar la vigilia, el sueño y los sueños; cómo la luz, los sonidos, los olores, los gustos, el calor y todas las demás cualidades de los objetos exteriores pueden imprimir allí diversas ideas por medio de los sentidos; cómo el hambre, la sed y las demás pasiones interiores pueden también enviar allí las suyas; qué debe tomarse en él por el sentido común donde estas ideas son recibidas, por la memoria que las conserva, y por la fantasía que las puede cambiar diversamente y componer otras nuevas, y, por el mismo medio, distribuyendo los espíritus animales en los músculos, hacer mover los miembros de este cuerpo de tantas maneras diversas y tan apropiadamente a los objetos que se presentan a sus sentidos y a las pasiones interiores que hay en él, como los nuestros se puedan mover sin que la voluntad los conduzca: lo cual no parecerá en absoluto extraño a quienes, sabiendo cuántos diversos autómatas, o máquinas movientes, puede hacer la industria de los hombres empleando en ellos muy pocas piezas, en comparación con la gran multitud de huesos, de músculos, de nervios, de arterias, de venas y de todas las demás partes que hay en el cuerpo de cada animal, considerarán este cuerpo como una máquina que, habiendo sido hecha por las manos de Dios, está incomparablemente mejor ordenada y tiene en sí movimientos más admirables que ninguna de las que puedan ser inventadas por los hombres.

Y me había detenido aquí particularmente a mostrar que si hubiera tales máquinas que tuvieran los órganos y la figura exterior de un mono o de algún otro animal sin razón, no tendríamos ningún medio para reconocer que no serían en todo de la misma naturaleza que esos animales; mientras que si hubiera algunas que tuvieran la semejanza de nuestros cuerpos e imitaran tanto nuestras acciones como fuera moralmente posible, tendríamos siempre dos medios muy ciertos para reconocer que no serían por ello verdaderos hombres: de los cuales el primero es que jamás podrían usar de palabras ni de otros signos componíéndolos, como hacemos nosotros para declarar a los demás nuestros pensamientos: pues se puede muy bien concebir que una máquina esté hecha de tal manera que profiera palabras, e incluso que profiera algunas a propósito de acciones corporales que causen algún cambio en sus órganos, como, si se la toca en algún lugar, que pregunte qué se le quiere decir;

si en otro, que grite que se le hace daño, y cosas semejantes; pero no que las ordene diversamente para responder al sentido de todo lo que se diga en su presencia, así como pueden hacer los hombres más embrutecidos. Y el segundo es que, aunque hicieran varias cosas tan bien o quizás mejor que ninguno de nosotros, fallarían infaliblemente en algunas otras, por las cuales se descubriría que no actuarían por conocimiento sino solamente por la disposición de sus órganos: pues, mientras que la razón es un instrumento universal que puede servir en toda suerte de situaciones, estos órganos necesitan alguna disposición particular para cada acción particular; de donde viene que es moralmente imposible que haya bastantes diversos en una máquina para hacerla actuar en todas las ocurrencias de la vida de la misma manera que nuestra razón nos hace actuar.

Ahora bien, por estos dos mismos medios se puede también conocer la diferencia que hay entre los hombres y las bestias. Pues es cosa muy notable que no hay hombres tan embrutecidos y tan estúpidos, sin exceptar ni siquiera a los dementes, que no sean capaces de ordenar juntas diversas palabras y de componer con ellas un discurso mediante el cual hagan entender sus pensamientos; y que al contrario no hay ningún otro animal, por perfecto y por felizmente nacido que pueda ser, que haga lo semejante.

Lo cual no ocurre porque les falten órganos: pues se ve que las urracas y los loros pueden proferir palabras como nosotros, y sin embargo no pueden hablar como nosotros, es decir, testimoniando que piensan lo que dicen; mientras que los hombres que, habiendo nacido sordos y mudos, están privados de los órganos que sirven a los demás para hablar, tanto o más que las bestias, suelen inventar por sí mismos algunos signos por los cuales se hacen entender a quienes, estando ordinariamente con ellos, tienen tiempo de aprender su lengua.

Y esto no testimonia solamente que las bestias tienen menos razón que los hombres, sino que no tienen ninguna en absoluto: pues se ve que no hace falta sino muy poca para saber hablar; y dado que se observa desigualdad entre los animales de una misma especie, lo mismo que entre los hombres, y que unos son más fáciles de adiestrar que otros, no es creíble que un mono o un loro que fuera de los más perfectos de su especie no igualara en ello a un niño de los más estúpidos, o al menos a un niño que tuviera el cerebro turbado, si su alma no fuera de una naturaleza totalmente diferente de la nuestra.

Y no se deben confundir las palabras con los movimientos naturales que testimonian las pasiones y pueden ser imitados por máquinas lo mismo que por los animales; ni pensar, como algunos antiguos, que las bestias hablan, aunque no entendamos su lenguaje. Pues si fuera verdad, puesto que tienen varios órganos que se corresponden con los nuestros, podrían también hacerse entender a nosotros lo mismo que a sus semejantes. Es también cosa muy notable que, aunque hay varios animales que muestran más industria que nosotros en algunas de sus acciones, se ve sin embargo que los mismos no muestran ninguna en absoluto en muchas otras: de manera que lo que hacen mejor que nosotros no prueba que tienen ingenio, pues en ese caso tendrían más que ninguno de nosotros y harían mejor en toda otra cosa; sino más bien que no tienen ninguno, y que es la naturaleza la que actúa en ellos según la disposición de sus órganos: así como se ve que un reloj, que no está compuesto sino de ruedas y resortes, puede contar las horas y medir el tiempo más justamente que nosotros con toda nuestra prudencia.

Había descrito después de esto el alma racional, y mostrado que no puede en absoluto ser extraída de la potencia de la materia, como las demás cosas de las que había hablado, sino que debe expresamente ser creada; y cómo no basta con que esté alojada en el cuerpo humano como un piloto en su navío, sino quizás para mover sus miembros, sino que es necesario que esté unida y ligada más estrechamente con él para tener además sentimientos y apetitos semejantes a los nuestros, y así componer un verdadero hombre.

Por lo demás, me he extendido aquí un poco sobre el tema del alma, porque es de los más importantes: pues, después del error de quienes niegan a Dios, el cual pienso haber refutado bastante antes, no hay ninguno que aleje más pronto a los espíritus débiles del recto camino de la virtud que imaginar que el alma de las bestias es de la misma naturaleza que la nuestra, y que por consiguiente no tenemos nada ni que temer ni que esperar después de esta vida, como tampoco las moscas y las hormigas;

mientras que cuando se sabe cuánto difieren, se comprenden mucho mejor las razones que prueban que la nuestra es de una naturaleza enteramente independiente del cuerpo, y por consiguiente que no está sujeta a morir con él; luego, dado que no se ven otras causas que la destruyan, se está naturalmente llevado a juzgar de ello que es inmortal.

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