
Épica griega
s. VIII a.C. (discutido) · Jonia, quizá Quíos
Puede que no existiera, o que fuera varios. Lo que sí existe son los dos poemas con los que empieza la literatura occidental.
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De Homero no se sabe nada con certeza: ni cuándo vivió, ni dónde, ni si fue una persona. Siete ciudades se disputaban ser su cuna. La tradición lo hacía ciego y aedo, uno de esos cantores que recorrían las cortes recitando de memoria historias en verso, acompañados de una lira.
Lo que se discute desde hace dos siglos es la llamada cuestión homérica: si los dos poemas son obra de un autor o el resultado de siglos de tradición oral fijados por escrito en algún momento del siglo VIII a.C. El estudio de las fórmulas repetidas —«el de los pies ligeros», «la aurora de rosados dedos»— demostró que son recursos de composición oral: ayudaban al recitador a improvisar dentro del metro.
Sea quien fuera, el resultado son dos poemas que fundaron la educación griega entera. Durante siglos, aprender a leer en Grecia fue aprender a Homero.
Los poemas hablan de un mundo anterior al suyo: la guerra de Troya, si ocurrió, sería de hacia el 1200 a.C., y los poemas se fijan cuatro siglos después. Es memoria de una edad heroica perdida, contada por una sociedad que ya no era aquella.
Los dos poemas fundacionales. Se pueden leer en cualquier orden: la «Odisea» empieza con la guerra ya terminada y explica lo necesario.
«El de los pies ligeros», «la aurora de rosados dedos». No son adornos: son piezas métricas que permitían al recitador improvisar dentro del verso. Su estudio resolvió el enigma de la autoría.
Aquiles elige una vida corta con fama imperecedera. En un mundo sin más allá consolador, ser recordado es la única forma de no morir del todo.
El deber sagrado de acoger al extranjero organiza media «Odisea». Violarlo —el cíclope, los pretendientes— es lo que desencadena el castigo.
Si los poemas son de un autor o el resultado de siglos de tradición oral. Doscientos años de discusión y ningún consenso: es el problema literario más antiguo que sigue abierto.
Empieza por «La Odisea». Es la más entretenida y la más fácil de seguir: episodios cerrados —el cíclope, Circe, las sirenas— que se pueden leer uno a uno sin perder el hilo. Funciona a cualquier edad.
«La Ilíada» es más dura y más grande. No cuenta la guerra de Troya entera, sino unas semanas del último año, y su tema es la cólera de Aquiles. Deja imágenes que no se olvidan, pero pide más paciencia.
Los dos poemas están completos. Fuera quedan los «Himnos homéricos» y la «Batracomiomaquia», atribuidos a él sin fundamento.
Para seguir: Virgilio, que escribió «La Eneida» con la «Odisea» sobre la mesa, y los tres trágicos, que tomaron de aquí a casi todos sus personajes.
Dónde aparece su obra frente a la de otro autor, con lo que aporta cada una y cuál conviene leer antes.
También: frases de Homero, comprobadas una a una contra el texto publicado.
Cinco ejes para preparar un trabajo o una sesión sobre el autor. Todo se puede comprobar sobre los textos, que están aquí completos.
No hay pruebas. La opinión más extendida es que los poemas provienen de una larga tradición oral y que en algún momento se fijaron por escrito, con o sin un poeta principal detrás. El nombre puede designar a esa tradición.
«La Odisea». Es más accesible, más episódica y no exige haber leído la otra: empieza con la guerra ya terminada.
No. Los poemas presentan a sus dioses y personajes sobre la marcha. Una nota al pie resuelve los nombres que hoy no dicen nada.
Hay una Troya arqueológica con niveles destruidos por la fuerza, y eso hizo pensar que detrás del mito hay algún conflicto real. De ahí a que ocurriera como la cuenta la Ilíada hay mucho trecho.
El original es hexámetro dactílico, el metro de la épica griega. Esta edición ofrece una traducción moderna en español pensada para leerse de corrido.