
Pensamiento chino
551 – 479 a.C. · Reino de Lu, China
Fracasó en todo lo que se propuso: quería ser ministro y no lo dejaron gobernar. Sus alumnos apuntaron lo que decía y con eso ordenaron China durante dos mil años.
1 obra suya en Clasicalia, completa y gratis.
Nació en el pequeño reino de Lu, en una familia noble venida a menos, y quedó huérfano de padre muy pronto. Empezó como funcionario menor: guardián de graneros, inspector de ganado. Se educó a sí mismo y acabó siendo el hombre más culto de su estado.
Llegó a ocupar cargos importantes en Lu, pero su idea de gobierno —virtud antes que castigo— no interesaba a los príncipes. A los cincuenta y pocos años se marchó y pasó trece recorriendo los reinos vecinos ofreciendo sus servicios. Nadie lo contrató. Pasó hambre, lo confundieron con un bandido y estuvo a punto de morir en el camino.
Volvió a Lu con setenta años y se dedicó a enseñar. Tuvo, según la tradición, tres mil discípulos. Murió convencido de haber fracasado. Las «Analectas» no las escribió él: son los apuntes que sus alumnos y los alumnos de sus alumnos fueron reuniendo.
La China de Confucio es la de los Reinos Combatientes, con el orden feudal deshecho y guerras continuas. Frente a ese caos propone volver a los ritos de la dinastía Zhou: no por nostalgia, sino porque cree que la forma sostiene el fondo. El taoísmo, su contrario, propone justo abandonar todo eso.
Todas se leen enteras aquí, gratis y sin registro.
La virtud central: tratar a los demás como personas. Cuando le piden que la resuma en una palabra, responde con la regla de oro en negativo: no hagas a otro lo que no quieras para ti.
Los gestos, el respeto, las maneras: para Confucio son lo que hace posible convivir. Quien desprecia la forma acaba destruyendo el fondo.
Gobernar con castigos consigue que la gente evite el castigo; gobernar con virtud consigue que le dé vergüenza obrar mal.
Junzi significaba «hijo de noble» y él lo convirtió en «persona ejemplar», algo que se alcanza estudiando y comportándose. Fue una revolución silenciosa.
Empieza por el libro I y no busques un sistema: son frases sueltas, respuestas a preguntas concretas de alumnos concretos. La coherencia aparece leyendo mucho, no leyendo seguido.
Un buen método es leer diez o quince sentencias por sesión y quedarse con una.
Para el contraste, lee el «Tao Te King»: donde Confucio pide ritos y estudio, Lao Tse pide soltar. Los dos responden a la misma guerra civil.
Aquí están las «Analectas», que es lo esencial. Faltan los otros libros del canon confuciano —«La gran enseñanza», «La doctrina del medio», el «Mencio»— y los clásicos que la tradición dice que él editó, como el «Libro de las odas».
Dónde aparece su obra frente a la de otro autor, con lo que aporta cada una y cuál conviene leer antes.
También: frases de Confucio, comprobadas una a una contra el texto publicado.
Cinco ejes para preparar un trabajo o una sesión sobre el autor. Todo se puede comprobar sobre los textos, que están aquí completos.
No. Son apuntes de sus discípulos, reunidos y ordenados durante generaciones después de su muerte.
No en el sentido habitual: no habla de dioses ni de salvación. Es una ética y una teoría del buen gobierno, aunque haya tenido culto y templos.
Defiende la jerarquía y la tradición, sí. Pero sostener que cualquiera puede llegar a ser un hombre ejemplar por su conducta, y no por su cuna, era radical en el siglo V a.C.
Cada sentencia es fácil; lo difícil es que no hay hilo. Conviene una edición con notas que sitúe a los alumnos que aparecen.
Son los dos polos del pensamiento chino y se leen mejor juntos. La tradición cuenta incluso que se conocieron.