Traducción moderna de Clasicalia. Léelo a tu ritmo, libro a libro.
1. «Quien me sigue no camina en tinieblas», dice el Señor. Estas son palabras de Cristo, con las que se nos advierte que imitemos su vida y sus costumbres, si queremos estar verdaderamente iluminados y liberados de toda ceguera del corazón. Por tanto, nuestro mayor empeño debe ser meditar en la vida de Jesús.
2. Su doctrina supera todas las doctrinas de los santos, y quien tuviera el espíritu descubriría allí el maná escondido. Pero sucede que muchos, por escuchar con frecuencia el Evangelio, sienten poco deseo, porque no tienen el espíritu de Cristo. Quien quiera entender plena y sabiamente las palabras de Cristo, debe esforzarse en conformar toda su vida a él.
3. ¿De qué te sirve discutir elevadamente sobre la Trinidad, si careces de humildad y por eso desagradas a la Trinidad? En verdad, las palabras elevadas no hacen santo y justo, sino que la vida virtuosa hace grato a Dios. Prefiero sentir compunción antes que saber definirla. Si supieras toda la Biblia y los dichos de todos los filósofos, ¿de qué te serviría todo eso sin caridad y sin gracia? «Vanidad de vanidades y todo es vanidad», excepto amar a Dios y servirle solo a él. Esta es la suma sabiduría: tender hacia los reinos celestiales mediante el desprecio del mundo.
4. Vanidad es, pues, buscar riquezas perecederas y poner en ellas la esperanza. Vanidad es también ambicionar honores y elevarse a las alturas. Vanidad es seguir los deseos de la carne y desear aquello por lo cual luego será necesario ser gravemente castigado. Vanidad es desear una vida larga y preocuparse poco de una vida buena. Vanidad es atender solo a la vida presente y no prever lo que ha de venir. Vanidad es amar lo que pasa con toda rapidez y no apresurarse hacia donde permanece el gozo eterno.
5. Esfuérzate, pues, en apartar tu corazón del amor a las cosas visibles y transferirte a las invisibles. Porque quienes siguen su sensualidad manchan su conciencia y pierden la gracia de Dios.
1. Todo hombre desea naturalmente saber. Pero la ciencia sin temor de Dios, ¿qué importa? Mejor es, ciertamente, un campesino humilde que sirve a Dios, que un filósofo soberbio que, descuidándose a sí mismo, considera el curso del cielo. Quien se conoce bien a sí mismo se desprecia y no se deleita con las alabanzas humanas. Si yo supiera todo lo que hay en el mundo y no tuviera caridad, ¿de qué me serviría ante Dios, que ha de juzgarme por mis hechos?
2. Descansa del deseo desmesurado de saber, porque en él se suscita gran distracción y engaño. Los que saben quieren aparecer como doctos y ser llamados sabios. Muchas cosas hay cuyo conocimiento poco o nada aprovecha al alma. Y muy insensato es quien se ocupa de otras cosas más que de las que sirven a su salvación. Las muchas palabras no sacian el alma, sino que la vida buena reconforta la mente, y la conciencia pura otorga gran confianza ante Dios.
3. Cuanto más y mejor sepas, tanto más gravemente serás juzgado por ello si no has vivido santamente. Por tanto, no te enorgullezcas de ningún arte o ciencia, sino más bien teme del conocimiento que se te ha dado. Si te parece que sabes mucho y entiendes bastante bien, reconoce sin embargo que son muchas más las cosas que ignoras. No te creas sabio, sino reconoce más bien tu ignorancia. ¿Por qué quieres anteponerte a alguien, cuando se encuentran muchos más doctos que tú y más versados en la ley? Si quieres saber y aprender algo útil, ama no ser conocido y ser tenido por nada.
4. Esta es la lección más alta y útil: el verdadero conocimiento y desprecio de uno mismo. No tener nada en cuenta de sí mismo y pensar siempre bien y en alto de los demás es gran sabiduría y perfección. Si vieras a alguien pecar abiertamente o cometer cosas graves, no deberías considerarte mejor, porque no sabes cuánto tiempo podrás mantenerte en el bien. Todos somos frágiles, pero a nadie consideres más frágil que a ti mismo.
1. Feliz aquel a quien la Verdad enseña por sí misma, no por figuras y palabras pasajeras, sino tal como es. Nuestra opinión y nuestro sentido a menudo nos engañan y ven poco. ¿De qué sirve mucha discusión sobre cosas ocultas y oscuras de las que ni siquiera seremos acusados en el juicio por haberlas ignorado? Gran insensatez es que, dejando de lado lo útil y necesario, nos dediquemos espontáneamente a lo curioso y dañoso. «Teniendo ojos, no vemos».
2. ¿Y qué nos importan géneros y especies? Aquel a quien habla el Verbo eterno queda libre de muchas opiniones. De una sola Palabra procede todo, y una sola dicen todas las cosas, y este es el Principio que también nos habla. Nadie sin él entiende o juzga rectamente. Aquel para quien todas las cosas son una, y quien todo lo refiere a una y todo lo ve en una, puede ser estable y permanecer en paz en Dios. Oh Dios, Verdad, hazme uno contigo en caridad perpetua. A menudo me cansa leer y oír mucho: en ti está todo lo que quiero y deseo. Callen todos los doctores, guarden silencio todas las criaturas ante ti; háblame tú solo.
3. Cuanto más unido y sencillo interiormente esté alguien, tanto más y más elevadas cosas entiende sin esfuerzo, porque recibe de lo alto la luz de la inteligencia. El espíritu puro, simple y estable no se dispersa en muchas obras, porque todo lo hace para honor de Dios y se esfuerza por estar interiormente libre de toda búsqueda egoísta. ¿Quién te impide y molesta más que el afecto no mortificado de tu corazón? El hombre bueno y devoto dispone primero interiormente las obras que debe realizar fuera, y ellas no lo arrastran a los deseos de una inclinación viciosa, sino que él las somete al criterio de la recta razón. ¿Quién tiene un combate más fuerte que quien se esfuerza por vencerse a sí mismo? Y este debería ser nuestro empeño: vencernos a nosotros mismos y hacernos cada día más fuertes que nosotros mismos y avanzar hacia lo mejor.
4. Toda perfección en esta vida tiene anexa cierta imperfección. Y toda nuestra especulación no carece de cierta oscuridad. El humilde conocimiento de ti mismo es un camino más seguro hacia Dios que la profunda investigación de la ciencia. No debe culparse la ciencia ni el conocimiento de cualquier cosa, que es bueno en sí mismo considerado y ordenado por Dios, pero siempre debe preferirse la buena conciencia y la virtud, porque muchos se empeñan más en saber que en vivir bien, por eso a menudo yerran y dan poco o ningún fruto.
5. ¡Oh, si pusieran tanto empeño en extirpar los vicios e infundir virtudes como en mover cuestiones, no habría tantos males y escándalos en el pueblo ni tanta disolución en los monasterios! Ciertamente, en el día del juicio no se nos preguntará qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos, sino cuán religiosamente vivimos. Dime, ¿dónde están ahora todos aquellos señores y maestros que conociste bien cuando aún vivían y florecían en los estudios? Ya otros poseen sus prebendas, y no sé si alguien piensa en ellos. En vida parecían algo y ahora de ellos se calla.
6. ¡Oh, cuán rápidamente pasa la gloria del mundo! Ojalá su vida hubiera concordado con su ciencia, entonces habrían leído y estudiado bien. Cuántos perecen por la vana ciencia en este siglo, que poco se preocupan del servicio de Dios. Y porque prefieren ser grandes antes que humildes, por eso se desvanecen en sus pensamientos. Verdaderamente grande es quien es pequeño en sí mismo y tiene por nada toda cumbre de honor. Verdaderamente prudente es quien considera todas las cosas terrenas como estiércol para ganar a Cristo. Y verdaderamente bien instruido es quien hace la voluntad de Dios y abandona su propia voluntad.
1. No hay que creer toda palabra ni todo impulso, sino que según Dios hay que ponderar la cosa con cautela y paciencia. Por desgracia, a menudo se cree y se dice más fácilmente el mal que el bien acerca de otro; ¡tan débiles somos! Pero los hombres perfectos no creen fácilmente cualquier relato, porque conocen la fragilidad humana, más aún, la inclinación al mal y la gran facilidad para caer en palabras.
2. Gran sabiduría es no ser precipitado en el obrar ni aferrarse obstinadamente a los propios juicios. A esto también pertenece no creer cualquier palabra de los hombres ni derramar enseguida en oídos ajenos lo oído o creído.
3. Toma consejo con hombre sabio y prudente, y busca ser instruido por los mejores antes que seguir tus propias invenciones. La vida buena hace al hombre sabio según Dios y experimentado en muchas cosas. Cuanto más humilde sea alguien en sí mismo y más sometido a Dios, tanto más sabio y pacífico será en todo.
1. En las Sagradas Escrituras debe buscarse la verdad, no la elocuencia. Toda Escritura sagrada debe leerse con el mismo espíritu con que fue hecha. En las Escrituras debemos buscar más bien la utilidad que la sutileza del lenguaje. Así debemos leer con igual agrado los libros devotos y sencillos como los elevados y profundos. No te influya la autoridad del escritor ni si fue de poca o mucha cultura, sino que el amor a la verdad pura te atraiga a leer. No busques quién dijo esto, sino atiende a lo que se dice.
2. Los hombres pasan, pero la verdad del Señor permanece eternamente. Sin acepción de personas Dios nos habla de diversos modos. Nuestra curiosidad a menudo nos impide en la lectura de las Escrituras, cuando queremos entender y discutir donde simplemente hay que pasar. Si quieres sacar provecho, lee con humildad, sencillez y fidelidad, y nunca quieras tener nombre de sabio. Pregunta de buen grado y escucha en silencio las palabras de los santos, y no te desagraden las parábolas de los ancianos, pues no se dicen sin motivo.
1. Siempre que el hombre apetece algo desordenadamente, al instante se vuelve inquieto en sí mismo. El soberbio y el avaro nunca descansan. El pobre y humilde de espíritu vive en gran paz. El hombre que aún no está perfectamente muerto en sí mismo es tentado fácilmente y vencido en cosas pequeñas y viles. El débil de espíritu, y de cierto modo todavía carnal, inclinado a lo sensible, difícilmente puede abstraerse del todo de los deseos terrenos. Y por eso a menudo tiene tristeza cuando se retira de ellos. También se indigna fácilmente si alguien se le resiste.
2. Si obtiene lo que codicia, enseguida queda agobiado por el remordimiento de conciencia, porque siguió su pasión, que en nada ayuda a la paz que buscaba. Resistiendo, pues, a las pasiones se encuentra la verdadera paz del corazón, no sirviéndolas. Por tanto, no hay paz en el corazón del hombre carnal, ni en el hombre entregado a las cosas exteriores, sino en el hombre fervoroso y espiritual.
1. Vano es quien pone su esperanza en los hombres o en las criaturas. No te avergüence servir a otros por amor de nuestro Señor Jesucristo y parecer pobre en este siglo. No te apoyes en ti mismo, sino pon tu esperanza en Dios. Haz lo que esté en ti y Dios asistirá tu buena voluntad. No confíes en tu ciencia ni en la astucia de ningún viviente, sino más bien en la gracia de Dios, que ayuda a los humildes y humilla a los presuntuosos.
2. No te gloríes en las riquezas si las tienes, ni en los amigos porque sean poderosos, sino en Dios que todo lo da y desea darse a sí mismo sobre todas las cosas. No te enorgullezcas de la grandeza o belleza del cuerpo, que hasta una pequeña enfermedad corrompe y afea. No te complazas en ti mismo por tu talento o ingenio, no sea que desagrades a Dios, de quien procede todo lo bueno que naturalmente tenemos.
3. No te consideres mejor que otros, no sea que ante Dios seas tenido por peor, pues él sabe lo que hay en el hombre. No te enorgullezcas de las obras buenas, porque los juicios de Dios son distintos de los de los hombres, y a menudo le desagrada lo que a los hombres agrada. Si tienes algo bueno, cree cosas mejores de los demás, para conservar la humildad. No daña que te subordines a los hombres, pero daña muchísimo que te antepongas aunque sea a uno solo. Paz continua hay en el humilde, pero en el corazón del soberbio hay celos e indignación frecuentes.
1. No reveles tu corazón a cualquier hombre, sino trata tu asunto con quien sea sabio y tema a Dios. Con jóvenes y extraños sé raro, no adules a los ricos y no te presentes gustosamente ante los magnates. Relaciónate con los humildes y sencillos, con los devotos y virtuosos, y habla de lo que edifica. No seas familiar con ninguna mujer, sino encomienda a Dios en general a todas las mujeres buenas. Desea ser familiar solo con Dios y sus ángeles, y evita el trato de los hombres.
2. Caridad hay que tener con todos, pero la familiaridad no conviene. A veces sucede que una persona desconocida brilla por su buena fama, pero luego su presencia ofusca los ojos de quienes la miran. Pensamos agradar a otros con nuestro trato y comenzamos más bien a desagradar al considerarse en nosotros la indignidad de costumbres.
1. Muy grande cosa es estar en obediencia, vivir bajo un superior y no ser dueño de sí mismo. Mucho más seguro es estar en sumisión que en prelatura. Muchos están en obediencia más por necesidad que por caridad, y estos sufren pena y murmuran fácilmente, y no alcanzarán libertad de espíritu a menos que se sometan de todo corazón por Dios. Corre de aquí para allá: no encontrarás descanso sino en la humilde sumisión bajo el gobierno de un superior. La imaginación de lugares y el cambio han engañado a muchos.
2. Verdad es que cada uno actúa de buen grado según su parecer y se inclina más hacia quienes están de acuerdo con él. Pero si Cristo está entre nosotros, entonces es necesario que renunciemos incluso a nuestro propio parecer por el bien de la paz. ¿Quién es tan sabio que pueda saberlo todo plenamente? Por tanto, no confíes demasiado en tu parecer, sino escucha también el de los demás. Si tu parecer es bueno y lo dejas por Dios y sigues el de otro, más provecho sacarás de ello.
3. Pues he oído muchas veces que es más seguro escuchar y recibir consejo que darlo. Puede suceder que el parecer de cada uno sea bueno, pero no querer acceder a otros cuando la razón o la causa lo pide es señal de soberbia o pertinacia.
1. Evita el tumulto de la gente en la medida que puedas. Pues tratar de asuntos mundanos estorba mucho, aunque se expongan con intención sencilla. En efecto, pronto nos manchamos de vanidad y quedamos cautivos. Ojalá hubiera callado más veces y no hubiera estado entre los hombres. Pero ¿por qué hablamos tan frecuentemente y conversamos unos con otros, si luego rara vez volvemos al silencio sin daño para la conciencia? Hablamos tan frecuentemente porque buscamos consolarnos mutuamente con muchas palabras, y deseamos aliviar el corazón fatigado por diversos pensamientos, y nos gusta hablar y pensar muy a menudo de aquello que amamos o deseamos, o que sentimos contrario a nosotros. 2. Pero, ¡ay!, a menudo es en vano y sin fruto. Pues este consuelo exterior es un gran perjuicio para el consuelo interior y divino. Por eso hay que velar y orar para que el tiempo no transcurra ociosamente. Si es lícito y conveniente hablar, habla de cosas edificantes. El mal uso y la negligencia de nuestro progreso contribuyen mucho al descuido de nuestra boca. Sin embargo, la conversación devota sobre cosas espirituales ayuda no poco al progreso espiritual, sobre todo cuando personas afines en alma y espíritu se unen en Dios.
1. Podemos tener mucha paz si queremos no ocuparnos de los dichos y hechos de los demás que no nos conciernen. ¿Cómo puede permanecer en paz aquel que se mezcla en asuntos ajenos, que busca ocasiones fuera de sí y rara vez o nunca se recoge interiormente? Bienaventurados los sencillos, pues tendrán mucha paz. 2. ¿Por qué algunos santos fueron tan perfectos y contemplativos? Porque se esforzaron en mortificarse totalmente a todos los deseos terrenales, y por eso pudieron adherirse a Dios con toda la médula de su corazón y dedicarse libremente a sí mismos. Nosotros estamos demasiado ocupados en nuestras propias pasiones y demasiado preocupados por lo transitorio. Pues rara vez vencemos completamente un solo vicio, y no prestamos atención al progreso diario; por eso permanecemos fríos y tibios. 3. Si estuviéramos perfectamente concentrados en nosotros mismos, y no estuviéramos mínimamente enredados en el exterior, entonces podríamos también gustar lo divino y experimentar algo de la contemplación celestial. Todo y el mayor impedimento es que no estamos libres de pasiones y concupiscencias, ni tratamos de entrar por el camino perfecto de los santos. Incluso cuando sucede alguna pequeña adversidad, nos desanimamos demasiado pronto y nos volvemos a los consuelos humanos. 4. Si nos esforzáramos como varones fuertes en mantenernos firmes en el combate, ciertamente veríamos la ayuda del Señor sobre nosotros desde el cielo. Pues él está dispuesto a ayudar a los que luchan y esperan en su gracia, ya que nos procura ocasiones de luchar para que venzamos. Si ponemos el progreso de la religión solamente en estas observancias exteriores, pronto tendrá fin nuestra devoción. Más bien pongamos el hacha en la raíz, para que, purificados de las pasiones, poseamos una mente pacificada. 5. Si cada año arrancáramos un vicio, pronto nos haríamos hombres perfectos. Pero muchas veces sentimos lo contrario, y descubrimos que éramos mejores y más puros al principio de nuestra conversión que después de muchos años de profesión. Nuestro fervor y progreso debería crecer cada día, pero ahora parece algo grande si alguien puede conservar una parte del primer fervor. Si hiciéramos un poco de violencia al principio, entonces podríamos hacer todo con ligereza y gozo. 6. Es duro dejar lo acostumbrado, y más duro todavía ir contra la propia voluntad. Pero si no vences lo pequeño y leve, ¿cuándo superarás lo más difícil? Resiste desde el principio tu inclinación y abandona la mala costumbre, no sea que poco a poco te lleve a una dificultad mayor. ¡Oh, si advirtieras cuánta paz te darías a ti y cuánta alegría a los demás comportándote bien, creo que estarías más solícito por el progreso espiritual!
1. Es bueno para nosotros que a veces tengamos algunas dificultades y contrariedades, porque a menudo hacen volver al hombre a su corazón, para que reconozca que está en el exilio y no ponga su esperanza en ninguna cosa del mundo. Es bueno que padezcamos a veces contradicciones, y que se piense mal e imperfectamente de nosotros, aunque obremos e intentemos bien. Esto a menudo ayuda a la humildad y nos defiende de la vanagloria. Pues entonces buscamos mejor a Dios como testigo interior, cuando somos despreciados exteriormente por los hombres y no se cree bien de nosotros. 2. Por eso el hombre debería afirmarse totalmente en Dios, y no le sería necesario buscar muchos consuelos. Cuando el hombre de buena voluntad es atribulado o tentado o afligido por malos pensamientos, entonces entiende que Dios le es más necesario, sin el cual reconoce que no puede nada en absoluto. Gime y ora por las miserias que padece. Le disgusta vivir mucho tiempo, desea que venga la muerte para poder disolverse y estar con Cristo. Entonces también advierte bien que la seguridad y la paz plena no pueden existir en el mundo.
1. Mientras vivamos en este mundo no podemos estar sin tribulación y tentación. Por eso está escrito en Job: «La vida del hombre sobre la tierra es una tentación». Por eso cada uno debe estar solícito respecto a sus tentaciones y vigilar en las oraciones, para que el diablo no encuentre lugar para engañar, él que nunca duerme, sino que anda alrededor buscando a quién devorar. Nadie es tan santo y perfecto que no tenga a veces tentaciones, y no podemos carecer de ellas plenamente. 2. Sin embargo, las tentaciones son muy útiles a los hombres, aunque sean molestas y graves, porque en ellas el hombre es humillado, purificado e instruido. Todos los santos pasaron por muchas tribulaciones y tentaciones y progresaron; y quienes no pudieron soportar las tentaciones, se hicieron réprobos y desfallecieron. No hay orden tan santa ni lugar tan secreto donde no haya tentaciones y adversidades. 3. El hombre no está totalmente seguro de las tentaciones mientras viva, porque en nosotros está aquello por lo que somos tentados. Puesto que nacimos en la concupiscencia, al irse una tribulación o tentación sobreviene otra, y siempre tendremos algo que padecer. Pues perdimos el bien de la felicidad. Muchos buscan huir de las tentaciones e incurren en ellas más gravemente. Con la sola huida no podemos vencer, sino por la paciencia y la verdadera humildad nos hacemos más fuertes que todos los enemigos. 4. Quien solamente se aparta exteriormente y no arranca la raíz, poco progresará; más aún, las tentaciones volverán a él más pronto y arreciarán peor. Poco a poco, y con paciencia y longanimidad, con la ayuda de Dios vencerás mejor, que con dureza e importunidad propias. Pide consejo frecuentemente en la tentación, y no trates con dureza al tentado, sino ofrécele consuelos, como desearías que te los dieran a ti. 5. El principio de todas las malas tentaciones es la inconstancia del ánimo y la escasa confianza en Dios; porque como la nave sin timón es impulsada de aquí para allá por las olas, así el hombre remiso y que abandona su propósito es tentado de varias maneras. El fuego prueba el hierro, y la tentación al hombre justo. A menudo no sabemos qué podemos, pero la tentación revela qué somos. Hay que vigilar sobre todo en el comienzo de la tentación, porque entonces el enemigo es vencido más fácilmente, si de ningún modo se le permite entrar por la puerta de la mente, sino que se le sale al encuentro inmediatamente fuera del umbral en cuanto llama. Por eso alguien dijo: «Resiste al principio, tarde se prepara el remedio». Pues primero ocurre a la mente un simple pensamiento, luego una imaginación fuerte, después la delectación y el movimiento perverso y el consentimiento; y así poco a poco el enemigo maligno entra del todo, mientras no se le resiste al principio. Y cuanto más tarde alguien en resistir, tanto más débil se hace en sí cada día, y el enemigo más poderoso contra él. 6. Algunos padecen tentaciones más graves al principio de su conversión, algunos al final; algunos padecen mal casi durante toda su vida. Algunos son tentados muy levemente, según la sabiduría y equidad de la ordenación divina, que pondera el estado y los méritos de los hombres, y preordena todo para la salvación de sus elegidos. 7. Por eso no debemos desesperar cuando somos tentados, sino rogar a Dios más fervientemente para que se digne ayudarnos en toda nuestra tribulación, quien ciertamente, según la palabra de san Pablo, «también dará con la tentación la salida, para que podamos soportarla». Humillemos, pues, nuestras almas bajo la mano de Dios en toda tentación y tribulación, porque salvará y exaltará a los humildes de espíritu. 8. En las tentaciones y tribulaciones se prueba cuánto ha progresado el hombre, y allí existe mayor mérito, y la virtud se manifiesta mejor. No es gran cosa si el hombre se vuelve devoto y fervoroso cuando no siente dificultad; pero si en tiempo de adversidad se sostiene con paciencia, habrá esperanza de un gran progreso. Algunos son guardados de las grandes tentaciones, pero son vencidos frecuentemente en las cotidianas, para que humillados, nunca confíen en sí mismos en las grandes, ellos que se debilitan en cosas tan pequeñas.
1. Vuelve los ojos a ti mismo y cuídate de juzgar los hechos de los demás. Al juzgar a otros el hombre trabaja en vano, se equivoca a menudo y peca fácilmente. Pero al juzgarse y examinarse a sí mismo siempre trabaja fructuosamente. Juzgamos frecuentemente según el asunto nos importa al corazón. Pues perdemos fácilmente el verdadero juicio por el amor privado. Si Dios fuera siempre la intención pura de nuestro deseo, no nos turbaríamos tan fácilmente por la resistencia de nuestro sentimiento. 2. Pero siempre se esconde algo dentro, o también ocurre algo desde fuera, que igualmente nos arrastra. Muchos se buscan ocultamente a sí mismos en las cosas que hacen, y no lo saben. Incluso parecen estar en buena paz cuando las cosas suceden según su voluntad. Por la diversidad de sentimientos y opiniones surgen con bastante frecuencia disensiones entre amigos y ciudadanos, entre religiosos y devotos. 3. La antigua costumbre se abandona difícilmente, y nadie es conducido de buen grado más allá de su propio modo de ver. Si te apoyas más en tu razón o industria que en la virtud subyugante de Jesucristo, rara y tardíamente serás un hombre iluminado, porque Dios quiere que nos sometamos perfectamente a él, y que trascendamos toda razón por el amor inflamado.
1. Por ninguna cosa del mundo ni por amor de ningún hombre debe hacerse algún mal. Pero por utilidad del necesitado una obra buena debe a veces interrumpirse, o a veces cambiarse por otra mejor. Pues hecho esto, la obra buena no se destruye, sino que se transforma en mejor. Sin caridad la obra exterior no aprovecha a nadie. Pero todo lo que se hace por caridad, por pequeño y despreciable que sea, todo se vuelve fructuoso. Pues Dios pondera más con cuánto amor obra alguien, que cuánto hace. 2. Hace mucho quien mucho ama. Hace mucho quien hace bien la cosa. Hace bien quien sirve a la comunidad más que a su propia voluntad. A menudo parece ser caridad, y es más bien carnalidad, porque rara vez quieren ausentarse la inclinación carnal, la propia voluntad, la esperanza de retribución, el afecto del provecho. 3. Quien tiene caridad verdadera y perfecta no se busca a sí mismo en ninguna cosa, sino que desea solamente que la gloria de Dios se haga en todo. Tampoco envidia a nadie, porque no ama ningún gozo privado, ni quiere gozarse en sí mismo, sino que desea sobre todo ser bienaventurado en Dios sobre todos los bienes. No atribuye nada bueno a nadie, sino que lo refiere totalmente a Dios, del cual todo procede. En quien finalmente todos los santos descansan gozosamente. ¡Oh, quien tuviera una chispa de verdadera caridad, sentiría perfectamente que todas las cosas terrenas están llenas de vanidad!
1. Lo que el hombre no puede enmendar en sí o en otros, debe soportarlo pacientemente, hasta que Dios ordene otra cosa. Piensa que quizá así es mejor para tu prueba y paciencia, sin la cual no deben ponderarse mucho nuestros méritos. Sin embargo, debes suplicar por tales impedimentos, para que Dios se digne socorrerte, de modo que puedas llevarlo benignamente. 2. Si alguien amonestado una o dos veces no accede, no contiendes con él, sino encomiéndalo todo a Dios, para que se haga su voluntad y honor en todos sus siervos, que sabe bien convertir el mal en bien. Esfuérzate en ser paciente al tolerar los defectos de los demás y cualesquiera enfermedades, porque tú también tienes muchas cosas que deben ser toleradas por los demás. Si no puedes hacerte a ti mismo como quieres, ¿cómo podrás tener a otro según tu agrado? De buen grado queremos que los demás sean perfectos, y sin embargo no enmendamos nuestros propios defectos. 3. Queremos que los demás sean corregidos estrictamente, y no queremos ser corregidos nosotros mismos, ni que se nos niegue lo que pedimos. Queremos que los demás sean restringidos por estatutos, y nosotros no soportamos de ningún modo ser más cohibidos. Así pues, es evidente cuán rara vez consideramos al prójimo como a nosotros mismos. Si todos fueran perfectos, ¿qué tendríamos entonces que padecer de los demás por Dios? 4. Pero ahora Dios ha ordenado así, para que aprendamos a llevar las cargas unos de otros, porque nadie está sin defecto, nadie sin carga, nadie se basta a sí mismo, nadie es suficientemente sabio para sí; sino que es necesario sobrellevarnos mutuamente, consolarnos mutuamente, ayudarnos y amonestarnos igualmente. Cuánta virtud tiene cada uno se manifiesta mejor en ocasión de la adversidad. Pues las ocasiones no hacen frágil al hombre, sino que muestran cómo es.
1. Conviene que aprendas a quebrantarte a ti mismo en muchas cosas, si quieres mantener la paz y la concordia con los demás. No es poca cosa habitar en monasterios o en congregación, y convivir en ellos sin queja, y perseverar fiel hasta la muerte. Bienaventurado quien allí vivió bien y consumó felizmente. Si quieres mantenerte debidamente y progresar, tengas por ti mismo como desterrado y peregrino sobre la tierra. Conviene que te hagas necio por Cristo, si quieres llevar vida religiosa. 2. El hábito y la tonsura hacen poco, pero el cambio de costumbres y la mortificación íntegra de las pasiones hacen al verdadero religioso. Quien busca otra cosa que puramente a Dios y la salvación de su alma, no encontrará sino tribulación y dolor. Tampoco puede permanecer mucho tiempo en paz quien no se esfuerza en ser el menor y sujeto a todos. Viniste a servir, no a mandar; sabe que fuiste llamado a padecer y trabajar, no a estar ocioso ni a conversar. Aquí, pues, se prueban los hombres como el oro en el horno. Aquí nadie puede mantenerse si no quiso de todo corazón humillarse por Dios.
1. Contempla los ejemplos vivos de los Santos Padres, en quienes brilló la verdadera perfección, y verás qué poco es, y verdaderamente nada, lo que nosotros hacemos. Ay, ¿qué es nuestra vida si se compara con la de ellos? Los santos y amigos de Cristo sirvieron al Señor en el hambre y la sed, en el frío y la desnudez, en el trabajo y el cansancio, en las vigilias y los ayunos, en las oraciones y santas meditaciones, en las persecuciones y en muchos oprobios.
2. Oh, cuántas y cuán graves tribulaciones sufrieron los Apóstoles, Mártires y Confesores, Vírgenes y todos los demás que quisieron seguir las huellas de Cristo. Porque odiaron sus vidas en este mundo para poseerlas en la vida eterna. Oh, qué vida tan estricta y abnegada llevaron los santos Padres en el desierto, qué tentaciones tan largas y graves soportaron, cuán frecuentemente fueron hostigados por el enemigo, qué oraciones tan graves y fervientes ofrecieron a Dios, qué abstinencias tan rigurosas practicaron, qué gran celo y fervor tuvieron por el progreso espiritual, qué fuerte batalla libraron contra el dominio de los vicios, qué pura y recta intención mantuvieron hacia Dios; trabajaban durante el día y dedicaban las noches a largas oraciones, aunque mientras trabajaban tampoco dejaban de lado la oración mental.
3. Empleaban útilmente todo el tiempo, toda hora les parecía breve para dedicarse a Dios. Y por la gran dulzura de la contemplación, incluso olvidaban la necesidad del alimento corporal. Renunciaban a todas las riquezas, dignidades, honores, amigos y parientes. Nada del mundo deseaban poseer; apenas tomaban lo necesario para vivir, les dolía servir al cuerpo incluso en la necesidad. Eran pobres, pues, en bienes terrenos, pero muy ricos en gracia y virtudes. Fuera pasaban necesidad, pero dentro eran reconfortados con la gracia y la consolación divina.
4. Eran extraños al mundo, pero próximos a Dios y amigos familiares suyos. A sí mismos se consideraban como nada y despreciados por este mundo, pero eran preciosos y elegidos ante los ojos de Dios. Se mantenían en la verdadera humildad, vivían en simple obediencia, caminaban en la caridad y la paciencia, y por eso progresaban cada día y obtenían gran gracia ante Dios. Fueron dados como ejemplo a todos los religiosos y deben incitarnos más a progresar bien que el número de los tibios a relajarnos.
5. Oh, qué gran fervor hubo entre todos los religiosos al principio de su santa institución; oh, qué devoción en la oración, qué emulación de la virtud, qué gran disciplina floreció, qué reverencia y obediencia bajo la regla floreció en todos. Todavía dan testimonio las huellas dejadas de que fueron verdaderos varones santos y perfectos, que luchando tan valerosamente sometieron al mundo. Ahora se considera grande si alguien no ha sido transgresor, si alguien ha podido tolerar con paciencia lo que ha recibido.
6. Oh, la tibieza y negligencia de nuestro estado, que tan pronto declinamos del fervor primitivo, y ya nos cansa vivir por el hastío y la tibieza. Ojalá no durmiera del todo en ti el progreso en las virtudes, tú que tantas veces has visto ejemplos de personas devotas.
1. La vida del buen religioso debe brillar en todas las virtudes, de modo que sea interiormente tal como los hombres lo ven exteriormente. Y debe haber mucho más dentro que lo que se ve fuera, porque nuestro inspector es Dios, a quien debemos reverenciar profundamente dondequiera que estemos, y caminar puros como los ángeles en su presencia. Cada día debemos renovar nuestro propósito y excitarnos al fervor, como si hoy hubiéramos venido por primera vez a la conversión, y decir: «Ayúdame, Dios, en mi buen propósito y en tu santo servicio, y dame ahora hoy comenzar perfectamente, porque nada es lo que he hecho hasta ahora».
2. Según nuestro propósito es el curso de nuestro progreso, y se necesita mucha diligencia para quien quiere progresar bien. Si el que propone con firmeza falla a menudo, ¿qué hará aquel que rara vez o con poca firmeza propone algo? Sin embargo, la deserción de nuestro propósito ocurre de diversos modos. Y la omisión leve de los ejercicios difícilmente pasa sin algún perjuicio. El propósito de los justos depende más de la gracia de Dios que de su propia prudencia. Y en ella siempre confían cualquier cosa que emprendan. Porque el hombre propone, pero Dios dispone, y no está en manos del hombre su camino.
3. Si por causa de piedad o de utilidad fraterna se omite a veces el ejercicio acostumbrado, fácilmente podrá recuperarse después. Pero si se abandona con facilidad por hastío de ánimo o por negligencia, es bastante culpable y se siente nocivo. Esforcémonos cuanto podamos, aun así fallaremos fácilmente en muchas cosas. Siempre, sin embargo, hay que proponer algo concreto, y hay que proponer especialmente aquello que más nos impide. Debemos examinar y ordenar por igual lo exterior y lo interior, porque ambos contribuyen al progreso propio.
4. Si no puedes recogerte continuamente, hazlo al menos de vez en cuando, y como mínimo una vez al día, por la mañana o por la tarde. Por la mañana propón, por la tarde examina tus costumbres, cómo has sido hoy en palabra, obra y pensamiento, porque en esto quizá has ofendido a menudo a Dios y al prójimo. Cíñete como varón fuerte contra las maldades diabólicas, refrena la gula y más fácilmente frenarás toda inclinación de la carne. Nunca estés del todo ocioso, sino leyendo, o escribiendo, u orando, o meditando, o trabajando en algo útil para el bien común. Sin embargo, los ejercicios corporales deben hacerse con discreción y no deben ser asumidos por todos por igual.
5. Lo que no es común no debe mostrarse fuera, pues lo privado se ejerce más seguro en secreto. Sin embargo, hay que cuidarse de no ser perezoso para lo común y más pronto para lo particular. Pero cumplidos íntegra y fielmente los deberes e imposiciones, si ya sobra tiempo, dedícate a ti mismo según tu devoción lo desee. No todos pueden tener el mismo ejercicio, sino que uno sirve mejor a unos, otro a otros, y según la oportunidad del tiempo agradan diversos ejercicios, porque unos saben mejor en los días festivos, otros en los días feriales; unos necesitamos en tiempo de tentación, y otros en tiempo de paz y quietud. Unas cosas nos gusta pensar cuando estamos tristes, y otras cuando estamos alegres en el Señor.
6. Hacia las fiestas principales deben renovarse los buenos ejercicios y deben implorarse más fervientemente los sufragios de los Santos. De fiesta en fiesta debemos proponer como si entonces hubiéramos de emigrar del mundo y llegar a la fiesta eterna. Por eso debemos prepararnos solícitamente en los tiempos devotos y conversar más devotamente, y custodiar más estrictamente toda observancia, como si en breve hubiéramos de recibir de Dios el premio de nuestro trabajo.
7. Y si se retrasa, creamos que estamos menos bien preparados e indignos de tanta gloria que se revelará en nosotros en el tiempo prefijado, y esforcémonos en prepararnos mejor para la salida. «Bienaventurado el siervo», dice el evangelista Lucas, «a quien el Señor, cuando venga, encuentre vigilando. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes».
1. Busca un tiempo apropiado para dedicarte a ti mismo, piensa frecuentemente en los beneficios de Dios. Deja las curiosidades, lee más bien materias que proporcionen compunción más que ocupación. Si te sustraes de las conversaciones superfluas y de los paseos curiosos, así como de escuchar novedades y rumores, encontrarás tiempo suficiente y apto para dedicarte a las buenas meditaciones. Los más grandes santos evitaban los consorcios humanos donde podían y elegían vivir para Dios en secreto.
2. Dijo uno: «Cuantas veces estuve entre los hombres, volví siendo menos hombre». Esto lo experimentamos a menudo cuando conversamos largo tiempo. Más fácil es callar que no excederse en la palabra. Más fácil es esconderse en casa que poder guardarse suficientemente fuera. Por tanto, quien pretende llegar a lo interior y espiritual debe apartarse con Jesús de la turba. Nadie aparece seguro sino quien se esconde de buen grado. Nadie manda seguro sino quien ha aprendido a obedecer. Nadie se alegra seguro sino quien tiene el testimonio de la buena conciencia.
3. Sin embargo, la seguridad de los santos siempre estuvo llena del temor de Dios. Y no fueron menos solícitos y humildes en sí mismos porque brillaron en grandes virtudes y gracia. Pero la seguridad de los malvados nace de la soberbia y la presunción, y al final se convierte en desesperación de sí mismos. Nunca te prometas seguridad en esta vida, aunque parezcas buen cenobita o buen eremita.
4. A menudo los mejores en la opinión de los hombres estuvieron más en peligro por su excesiva confianza. Por eso es mucho más útil que no carezcan del todo de tentaciones, sino que sean atacados a menudo para que no estén demasiado seguros, no sea que se eleven en soberbia, no sea que también se inclinen más libremente a las consolaciones exteriores. Oh, quien nunca buscara la alegría transitoria, quien nunca se ocupara del mundo, qué buena conciencia conservaría. Oh, quien cortara toda vana solicitud y pensara solo en lo saludable y divino, y pusiera toda su esperanza en el Señor, qué gran paz y quietud poseería.
5. Nadie es digno de la consolación celestial si no se ha ejercitado diligentemente en la santa compunción. Si quieres compungirte de corazón, entra en tu celda y excluye los tumultos del mundo. Como está escrito: «Compungíos en vuestros lechos». En la celda encontrarás lo que fuera pierdes a menudo. La celda frecuentada se hace dulce, y mal guardada genera hastío. Si al principio de tu conversión la habitas bien y la guardas, será después para ti amiga querida y gratísimo consuelo.
6. En el silencio y la quietud progresa el alma devota y aprende los secretos de las Escrituras. Allí encuentra corrientes de lágrimas con las que cada noche se lava y purifica, para hacerse tanto más familiar con su Creador cuanto más lejos vive de todo tumulto secular. Quien se sustrae de conocidos y amigos, Dios se acercará a él con los ángeles santos. Mejor es esconderse y cuidar de sí mismo que, descuidándose, hacer prodigios. Es laudable para el hombre religioso salir rara vez fuera, huir de ser visto y no querer ver a los hombres.
7. ¿Qué quieres ver que no te está permitido tener? Pasa el mundo y su concupiscencia. Los deseos sensuales arrastran a pasear. Pero cuando la hora ha pasado, ¿qué trae sino gravedad de conciencia y dispersión del corazón? Una salida alegre a menudo da un regreso triste, y una vigilia alegre por la tarde hace triste la mañana. Así todo gozo carnal entra blandamente, pero al final muerde y mata.
8. ¿Qué puedes ver en algún sitio que pueda permanecer bajo el sol? Quizá crees que te saciarás, pero no podrás alcanzarlo. Si vieras todas las cosas presentes, ¿qué sería sino una vana visión? Levanta tus ojos a Dios en las alturas y ora por tus pecados y negligencias. Deja lo vano a los vanos, tú atiende a lo que Dios te ha mandado. Cierra tras de ti tu puerta y llama a ti a Jesús, tu amado. Permanece con él en la celda, porque no encontrarás en otro sitio tanta paz. Si no hubieras salido ni hubieras oído nada de rumores, habrías permanecido mejor en la buena paz. Pero puesto que te deleitas en oír novedades a veces, es preciso que toleres por ello turbación del corazón.
1. Si quieres progresar en algo, consérvate en el temor de Dios y no seas demasiado libre. Sino sujeta bajo disciplina todos tus sentidos, y no te entregues a la alegría necia, entrégate a la compunción del corazón y encontrarás devoción; la compunción abre muchos bienes que la disolución suele perder pronto. Es admirable que el hombre pueda alguna vez alegrarse perfectamente en esta vida, quien considera y pondera su exilio y tantos peligros de su alma.
2. Por la ligereza del corazón y la negligencia de nuestros defectos no sentimos los dolores de nuestra alma, sino que a menudo pronunciamos palabras vanas cuando merecidamente deberíamos llorar. No hay verdadera libertad ni buena conciencia sino en el temor de Dios. Feliz quien puede arrojar todo impedimento de distracción y reducirse a la unión de la santa compunción. Feliz quien aparta de sí todo lo que pueda manchar o gravar su conciencia. Lucha valientemente. La costumbre se vence con la costumbre. Si sabes dejar en paz a los hombres, ellos te dejarán bien hacer tus cosas.
3. No te atraigas los asuntos de otros ni te enredes en causas de los mayores. Ten siempre el ojo primero sobre ti y amonéstate a ti mismo especialmente, antes que a todos tus queridos. Si no tienes el favor de los hombres, no te entristezcas por ello, pero que te pese esto: que no te tienes a ti mismo tan buena y circunspectamente como convendría que conversara un siervo de Dios y un religioso devoto. A menudo es más útil y seguro que el hombre no tenga muchas consolaciones en esta vida según la carne, especialmente sin embargo, que no tengamos las divinas o las sintamos raramente, nosotros tenemos la culpa, porque no buscamos la compunción del corazón ni desechamos las vanas y extrínsecas.
4. Reconócete indigno de la consolación divina, sino más bien digno de mucha tribulación. Cuando el hombre está perfectamente compungido, entonces todo el mundo le es grave y amargo. El hombre bueno encuentra materia suficiente para dolerse y llorar: pues tanto si se considera a sí mismo como si piensa en el prójimo, sabe que nadie vive aquí sin tribulación; y cuanto más estrictamente se considera, tanto más se duele. Las materias del justo dolor y de la compunción interna son nuestros pecados y vicios, en los que yacemos tan envueltos que rara vez podemos contemplar las cosas celestiales.
5. Si pensaras más frecuentemente en tu muerte que en la longitud de tu vida, no hay duda de que te enmendarías más fervientemente. Si también ponderaras cordialmente las futuras penas del Infierno o del Purgatorio, creo que soportarías con gusto el dolor y el trabajo, y no temerías ningún rigor. Pero como estas cosas no llegan al corazón y todavía amamos los halagos, por eso permanecemos fríos y muy perezosos. A menudo es la pobreza de espíritu la causa de que el cuerpo miserable se queje tan ligeramente. Ruega, pues, humildemente al Señor que te dé el espíritu de compunción; y di con el Profeta: «Aliméntame, Señor, con pan de lágrimas y dame de beber lágrimas en medida».
1. Eres desgraciado dondequiera que estés y adondequiera que te dirijas, si no te vuelves a Dios. ¿Por qué te turbas porque las cosas no te salen como quieres y deseas? ¿Quién hay que tenga todo según su voluntad? Ni yo, ni tú, ni ningún hombre sobre la tierra. Nadie hay en el mundo sin alguna tribulación o angustia, sea rey o papa. ¿Quién es el que está mejor? Sin duda, quien es capaz de sufrir algo por Dios. 2. Muchos débiles y enfermos dicen: «Mira qué buena vida tiene ese hombre, qué rico y qué grande, qué poderoso y elevado». Pero presta atención a los bienes celestiales, y verás que todos esos bienes temporales son nada, sino más bien inciertos y muy pesados, porque nunca se poseen sin inquietud y temor. La felicidad del hombre no consiste en tener bienes temporales en abundancia, y a él le basta la medianía. Verdaderamente es una miseria vivir sobre la tierra. Cuanto más espiritual quiera ser el hombre, tanto más amarga le resulta la vida presente, porque percibe mejor y ve con mayor claridad los defectos de la corrupción humana. Pues comer, beber, velar, dormir, descansar, trabajar y estar sometido a las demás necesidades de la naturaleza es verdaderamente una gran miseria y aflicción para el hombre devoto, que desearía estar libre y desligado de todo pecado. 3. Verdaderamente el hombre interior se siente muy abrumado por las necesidades corporales en este mundo. Por eso el Profeta ruega devotamente que pueda verse libre de ellas, diciendo: «De mis necesidades líbrame, Señor». Pero ay de los que no reconocen su miseria y su vida corruptible. Pues algunos abrazan tanto esta vida, aunque apenas puedan conseguir lo necesario trabajando o mendigando, que si pudieran vivir aquí para siempre, no se preocuparían nada del reino de Dios. 4. ¡Oh insensatos e infieles de corazón, que yacen tan hundidos en la tierra que solo saborean lo carnal! Pero los miserables al final sentirán gravemente cuán vil y nada era lo que amaron. Los santos de Dios, en cambio, y todos los amigos devotos de Cristo no atendieron a lo que agradaba a la carne ni a lo que florecía en este tiempo. Toda su esperanza e intención anhelaban los bienes eternos. Todo su deseo se elevaba hacia lo duradero e invisible, para no ser arrastrados a lo más bajo por el amor a lo visible. 5. No pierdas, hermano, la confianza de progresar hacia lo espiritual. Todavía tienes tiempo y ocasión. ¿Por qué quieres aplazar tu propósito? Levántate y comienza en este mismo instante, y di: «Ahora es el tiempo de actuar, ahora es tiempo de luchar, ahora es tiempo apropiado de enmendarse». Cuando te encuentras mal y atribulado, entonces es tiempo de merecer. Debes pasar por el fuego y el agua antes de llegar al refrigerio. Si no te haces violencia a ti mismo, no vencerás el vicio. Mientras llevamos este cuerpo frágil, no podemos estar sin pecado ni vivir sin hastío y dolor. Desearíamos tener descanso de toda miseria, pero como por el pecado perdimos la inocencia, perdimos también la verdadera bienaventuranza. Por eso debemos mantener la paciencia y esperar la misericordia de Dios, hasta que pase esta iniquidad y la mortalidad sea absorbida por la vida. 6. ¡Oh, qué frágil es la humanidad, siempre inclinada a los vicios! Hoy confiesas tus pecados, y mañana vuelves a cometer los confesados. Ahora te propones tener cuidado, y una hora después actúas como si nada hubieras propuesto. Con razón, pues, podemos humillarnos a nosotros mismos y nunca tener gran concepto de nosotros, porque somos tan frágiles e inestables. Puede perderse rápidamente también por negligencia lo que apenas al fin se adquirió con mucho trabajo por la gracia. 7. ¿Qué será de nosotros al final, si nos enfriamos tan temprano? Ay de nosotros si así queremos inclinarnos al descanso, como si ya hubiera paz y seguridad, cuando todavía no aparece rastro de verdadera santidad en nuestra conducta. Sería bueno que todavía nos formáramos como buenos novicios en las mejores costumbres, si acaso hubiera esperanza de futura enmienda y mayor progreso espiritual.
1. Muy pronto se habrá acabado esto contigo: mira cómo te comportas por lo demás. Hoy el hombre existe, y mañana no aparece. Cuando es apartado de los ojos, también pasa rápidamente de la memoria. ¡Oh torpeza y dureza del corazón humano, que solo medita lo presente y no prevé más lo futuro! Deberías comportarte en todo hecho y pensamiento como si estuvieras a punto de morir. Si tuvieras buena conciencia, no temerías mucho a la muerte. Mejor sería evitar los pecados que huir de la muerte. Si hoy no estás preparado, ¿cómo lo estarás mañana? Mañana es un día incierto, y ¿qué sabes tú si tendrás el mañana? 2. ¿De qué sirve vivir mucho tiempo, cuando nos enmendamos poco? Ay, la larga vida no siempre enmienda, sino que a menudo aumenta más la culpa. Ojalá nos hubiéramos comportado bien un solo día en este mundo. Muchos cuentan los años de su conversión, pero a menudo es escaso el fruto de la enmienda. Si es temible morir, quizá sea más peligroso vivir mucho tiempo. Dichoso quien tiene siempre ante los ojos la hora de su muerte y se dispone cada día para morir. Si has visto morir a alguien, piensa que tú pasarás por el mismo camino. 3. Cuando sea de mañana, piensa que no llegarás a la tarde. Y llegada la tarde, no te atrevas a prometerte la mañana. Esté, pues, siempre preparado, y vive de tal modo que la muerte nunca te encuentre desprevenido. Muchos mueren súbita e inesperadamente. Pues «a la hora en que no se piensa, vendrá el Hijo del hombre». Cuando llegue aquella hora extrema, comenzarás a sentir muy de otra manera acerca de toda tu vida pasada y te dolerás mucho de haber sido tan negligente y remiso. 4. Cuán feliz y prudente es quien ahora se esfuerza por ser en vida como desea ser hallado en la muerte. Pues darán gran confianza para morir el perfecto desprecio del mundo, el deseo ferviente de progresar en las virtudes, el amor a la disciplina, el trabajo de la penitencia, la prontitud en la obediencia, la abnegación de sí mismo y el soportar cualquier adversidad por amor a Cristo. Muchas cosas buenas puedes hacer mientras estás sano, pero enfermo no sé qué podrás. Pocos se enmiendan con la enfermedad; así también los que peregrinan mucho raramente se santifican. 5. No confíes en amigos y parientes, ni aplaces para el futuro tu salvación, porque los hombres se olvidarán de ti más pronto de lo que piensas. Mejor es proveer ahora oportunamente y enviar por delante algún bien, que esperar en la ayuda de otros. Si no te preocupas por ti mismo ahora, ¿quién se preocupará por ti en el futuro? El tiempo presente es muy precioso, pero, ¡ay, dolor!, que lo gastas tan inútilmente cuando podrías merecer algo con que vivir eternamente. Vendrá el momento en que desearás un día o una hora para enmendarte, y no sé si lo conseguirás. 6. ¡Ea, querido!, ¡de cuánto peligro podrías librarte, de cuánto gran temor escapar, si ahora estuvieras siempre temeroso y receloso de la muerte! Esfuérzate ahora por vivir de tal manera que en la hora de la muerte puedas alegrarte más bien que temer. Aprende ahora a morir al mundo, para que entonces comiences a vivir con Cristo. Aprende ahora a despreciarlo todo, para que entonces puedas ir libremente a Cristo. Castiga ahora tu cuerpo por la penitencia, para que entonces puedas tener segura confianza. 7. ¡Ay, insensato!, ¿por qué piensas que vivirás mucho tiempo, cuando no tienes seguro ningún día? ¡Cuántos han sido engañados y arrancados inesperadamente del cuerpo! Cuántas veces has oído decir que ese cayó por la espada, aquel se ahogó, otro al caer de lo alto se rompió el cuello, este se atragantó comiendo, aquel acabó jugando; uno pereció por el fuego, otro por el hierro, otro por la peste, otro a manos de ladrones: y así el fin de todos es la muerte, y la vida de los hombres pasa rápidamente como una sombra. 8. ¿Quién se acordará de ti después de la muerte, y quién orará por ti? Actúa, actúa ahora, querido, todo lo que puedas hacer por ti, porque no sabes cuándo morirás. Tampoco sabes qué te seguirá después de la muerte. Mientras tienes tiempo, acumula riquezas inmortales. No pienses en nada más que en tu salvación. Preocúpate solo de lo que es de Dios. Hazte ahora amigos venerando a los santos e imitando sus acciones, para que cuando faltes en esta vida, ellos te reciban en los tabernáculos eternos. 9. Guárdate como peregrino y huésped sobre la tierra, a quien nada importa de los negocios del mundo. Conserva el corazón libre y elevado hacia Dios, porque no tienes aquí ciudad permanente. Dirige allá tus gemidos y preces cotidianas con lágrimas, para que tu espíritu merezca después de la muerte pasar felizmente al Señor.
1. En todas las cosas mira el fin, y cómo estarás ante el juez severo, a quien nada está oculto, que no se aplaca con presentes ni acepta excusas, sino que juzgará lo que es justo. ¡Oh muy miserable e insensato!, ¿qué responderás a Dios, que conoce todos tus males, tú que a veces temes el rostro de un hombre airado? ¿Por qué no previenes para ti en el día del juicio? Cuando nadie podrá ser excusado o defendido por otro, sino que cada uno llevará su carga suficientemente por sí mismo. Ahora tu trabajo es fructuoso, tu llanto aceptable, tu gemido audible, tu dolor satisfactorio y purificador. 2. Tiene un gran y saludable purgatorio el hombre paciente, que recibiendo injurias se duele más de la malicia del otro que de su propia injuria, que ora de buena gana por los que se le oponen y perdona de corazón las culpas; que no tarda en pedir perdón a otros, que se compadece con más facilidad que se enoja, que con frecuencia se hace violencia a sí mismo y procura someter del todo su carne al espíritu. Mejor es purgar ahora los pecados y cortar los vicios, que reservarlos para purgarlos en el futuro. Verdaderamente nos engañamos a nosotros mismos por el amor desordenado que tenemos a la carne. 3. ¿Qué otra cosa devorará aquel fuego sino tus pecados? Cuanto más te perdonas ahora a ti mismo y sigues la carne, después lo pagarás más duramente y reservarás mayor materia para arder. En lo que el hombre pecó, en eso será castigado más gravemente. Allí los perezosos serán purgados con aguijones ardientes, y los glotones serán atormentados con hambre y sed inmensas. Allí los lujuriosos y amantes de los placeres serán bañados en pez ardiente y azufre hediondo. Y los envidiosos aullarán como perros furiosos, por el dolor. 4. No habrá vicio que no tenga su propio tormento. Allí los soberbios serán llenados de toda confusión, y los avaros serán estrechados con la más miserable indigencia. Allí una sola hora será más grave en el castigo que aquí cien años en la penitencia más amarga. Allí no hay descanso ni consuelo para los condenados. Aquí, en cambio, a veces se descansa de los trabajos y se disfruta del consuelo de los amigos. Preocúpate ahora y duélete por tus pecados, para que en el día del juicio estés seguro con los bienaventurados. Pues entonces los justos se mantendrán con gran firmeza frente a los que los angustiaron y oprimieron. Entonces se levantará a juzgar quien ahora se somete humildemente a los juicios de los hombres. Entonces el pobre y el humilde tendrán gran confianza, y el soberbio temerá por todas partes. 5. Entonces se verá que fue sabio en este mundo quien aprendió a ser necio y despreciado por Cristo. Entonces agradará toda tribulación soportada pacientemente, y toda iniquidad cerrará su boca. Entonces se alegrará todo devoto y se afligirá todo irreligioso. Entonces se regocijará más la carne afligida que si siempre hubiera sido nutrida en delicias. Entonces resplandecerá el vestido vil, y se oscurecerá la ropa suntuosa. Entonces será más alabada la pobre morada que el palacio dorado. Entonces ayudará más la paciencia constante que todo el poder del mundo. Entonces será más exaltada la simple obediencia que toda la astucia mundana. 6. Entonces alegrará más la conciencia pura y simple y buena que la filosofía docta. Entonces pesará más el desprecio de las riquezas que todo el tesoro de los terrenos. Entonces te consolarás más por la oración devota que por la comida delicada. Entonces te alegrarás más del silencio guardado que de la larga conversación. Entonces valdrán más las obras santas que muchas palabras hermosas. Entonces valdrá más la vida estricta y la dura penitencia que toda la delicia terrena. Aprende ahora a sufrir en lo pequeño, para que entonces puedas ser liberado de cosas más graves. Prueba aquí primero qué puedes sufrir después. Si ahora no puedes soportar tan poco, ¿cómo podrás sufrir los tormentos eternos? Si ahora un pequeño sufrimiento te hace tan impaciente, ¿qué hará entonces el infierno? Mira, verdaderamente no puedes tener ahora dos gozos: deleitarte aquí en el mundo y después reinar con Cristo. 7. Si hasta el día de hoy siempre hubieras vivido en honores y placeres, ¿de qué te serviría todo eso si ahora te ocurriera morir en este instante? Todo, pues, es vanidad, excepto amar a Dios y servirle solo a él. Quien ama a Dios con todo el corazón no teme ni a la muerte, ni al suplicio, ni al juicio, ni al infierno, porque el amor perfecto da acceso seguro a Dios. Quien todavía se deleita en pecar, no es extraño que tema la muerte y el juicio. Sin embargo, es bueno que, si el amor todavía no te aparta del mal, al menos el temor del infierno te refrene. Quien pospone el temor de Dios, no podrá permanecer mucho tiempo en el bien, sino que caerá pronto en los lazos del diablo.
1. Sé vigilante y diligente en el servicio de Dios, y piensa frecuentemente para qué viniste y por qué dejaste el mundo. ¿Acaso no fue para vivir para Dios y hacerte espiritual? Por tanto, arde en deseos de progresar, porque en breve recibirás la recompensa de tus trabajos. Y entonces ya no habrá más temor ni dolor en tus confines. Ahora trabajarás un poco, y encontrarás gran descanso, más aún, gozo perpetuo. Si tú permaneces fiel y fervoroso en el obrar, Dios sin duda será fiel y generoso en recompensar. Debes conservar la buena esperanza de que llegarás a la palma, pero no conviene que te sientas seguro, no sea que te entorpezcas o te vuelvas soberbio. 2. Pues cuando cierto hombre fluctuaba frecuentemente ansioso entre el temor y la esperanza, y cierta vez, consumido por la tristeza, se postró en oración en la iglesia ante un altar, resolvió esto dentro de sí diciendo: «Oh, si supiera que he de perseverar aún»; enseguida escuchó una respuesta divina en su interior: «¿Qué, si supieras esto, qué querrías hacer? Haz ahora lo que querrías hacer, y estarás bien seguro». Y al instante, consolado y confortado, se entregó a la voluntad divina, y cesó la fluctuación ansiosa. Y no quiso investigar curiosamente para saber qué le sucedería en el futuro, sino que más bien se esforzó por indagar cuál era la voluntad de Dios buena y perfecta para comenzar y perfeccionar toda obra. 3. «Espera en el Señor y haz el bien», dice el Profeta, «y habitarás la tierra, y te apacentarás de sus riquezas». Una cosa es lo que retrae a muchos del progreso y de la enmienda fervorosa: el horror a la dificultad o el trabajo del combate. Aquellos progresan en las virtudes más que otros que se esfuerzan por vencer lo que les es más gravoso y contrario. Pues allí el hombre progresa más y merece gracia más abundante, donde más se vence a sí mismo y se mortifica en el espíritu. 4. Pero no todos tienen igual cantidad de cosas que vencer y mortificar. Sin embargo, el émulo diligente será más fuerte para progresar, aunque tenga más pasiones, que otro de buenas costumbres pero menos fervoroso en las virtudes. Dos cosas ayudan especialmente a una gran enmienda, a saber: apartarse violentamente de aquello a lo que la naturaleza se inclina viciosamente, e insistir fervorosamente en el bien del que uno más carece. Procura también evitar y vencer con mayor cuidado aquellas cosas que más frecuentemente te desagradan en otros. 5. Obtendrás progreso en todas partes si, cuando veas u oigas buenos ejemplos, te inflames por imitarlos. Pero si observaras algo reprensible, guárdate de hacer lo mismo, o si alguna vez lo hiciste, procura enmendarte pronto. Así como tu ojo observa a otros, así también eres observado por otros. ¡Qué alegre y dulce es ver a hermanos fervorosos y devotos, bien educados y disciplinados! ¡Qué triste y grave es ver que andan desordenadamente, que no ejercen aquello a lo que fueron llamados! ¡Qué nocivo es descuidar el propósito de la propia vocación e inclinar el sentido a lo que no está encomendado! 6. Acuérdate del propósito que abrazaste, y pon ante ti la imagen del crucificado. Bien puedes avergonzarte contemplando la vida de Jesucristo, porque aún no te has esforzado más por conformarte a Él, aunque hace tiempo que estás en el camino de Dios. El religioso que se ejercita intensa y devotamente en la santísima vida y pasión del Señor, encontrará allí abundantemente todas las cosas útiles y necesarias para sí. Y no necesita buscar fuera de Jesús nada mejor. ¡Oh, si Jesús crucificado viniera a nuestro corazón, cuán rápida y suficientemente seríamos instruidos! El religioso fervoroso lleva y acepta bien todo lo que se le ordena. 7. El religioso negligente y tibio tiene tribulación sobre tribulación y por todas partes padece angustia, porque carece de consuelo interior y se le prohíbe buscar el exterior. El religioso que vive fuera de la disciplina está expuesto a grave ruina. Quien busca cosas más laxas y relajadas, siempre estará en angustias, porque una cosa u otra le desagradará. 8. ¿Cómo hacen tantos otros religiosos que están muy sometidos bajo la disciplina claustral, salen raramente, viven recogidos, comen pobrísimamente, visten toscamente, trabajan mucho, hablan poco, velan largamente, se levantan temprano, prolongan las oraciones, leen frecuentemente y se guardan en toda disciplina? Atiende a los cartujos y benedictinos, y cistercienses y a los monjes y monjas de diversas religiones, cómo todas las noches se levantan para salmodiar a Dios. Y por eso sería vergonzoso que tú debas dormitar y holgazanear en tan santa obra, donde tanta multitud de religiosos comienza a cantar con júbilo a Dios. 9. ¡Oh, si no incumbiera hacer ninguna otra cosa sino alabar al Señor nuestro Dios con todo el corazón y la boca! ¡Oh, si nunca necesitaras comer, ni beber, ni dormir, sino que siempre pudieras alabar a Dios y ocuparte solamente en estudios espirituales, entonces serías mucho más feliz que ahora, sirviendo a la carne por cualquier necesidad! ¡Ojalá no existieran estas necesidades, sino solamente los refrigerios espirituales del alma, que, ay, tan raramente degustamos! 10. Cuando el hombre llega a esto, a no buscar consuelo de ninguna criatura, entonces Dios comienza a saberle perfectamente, entonces también estará bien contento con todo acontecimiento, entonces no se alegrará por lo grande ni se entristecerá por lo pequeño, sino que se pondrá íntegra y confiadamente en Dios, que es para él todo en todas las cosas, para quien nada ciertamente perece ni muere, sino que todas las cosas le viven y a su señal le sirven sin tardanza. 11. Acuérdate siempre del fin, y de que el tiempo perdido no vuelve; sin solicitud y diligencia nunca adquirirás las virtudes. Si comienzas a enfriarte, comienzas a estar mal. Pero si te entregas al fervor, encontrarás gran paz, y sentirás más liviano el trabajo por la gracia de Dios y el amor de la virtud. El hombre fervoroso y diligente está preparado para todo. Mayor trabajo es resistir a los vicios y pasiones que sudar en trabajos corporales. Quien no evita los defectos pequeños, poco a poco se desliza hacia los mayores. Siempre te alegrarás por la tarde si pasas el día fructuosamente. Vela siempre sobre ti mismo y, sea lo que sea de los otros, no te descuides a ti mismo. Tanto progresarás cuanto te hagas violencia a ti mismo. Amén. Tomás de Kempis
1. «El Reino de Dios está dentro de vosotros», dice el Señor. Vuélvete con todo tu corazón al Señor, abandona este mundo miserable, y tu alma encontrará descanso. Aprende a despreciar lo exterior y a entregarte a lo interior, y verás el Reino de Dios llegar dentro de ti. Porque el Reino de Dios es paz y gozo en el Espíritu Santo, que no se da a los impíos. Cristo vendrá a ti mostrándote su consuelo, si le preparas dentro una morada digna. Toda su gloria y hermosura está en lo interior, y allí se complace. Frecuentes son sus visitas al hombre interior, dulce su conversación, grata su consolación, mucha su paz, asombrosa su familiaridad.
2. Ea, alma fiel, prepara tu corazón para este esposo, para que se digne venir a ti y habitar en ti. Pues así dice: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y vendremos a él, y haremos morada en él». Da, pues, lugar a Cristo y niega la entrada a todo lo demás. Cuando tengas a Cristo, eres rico, y él te basta. Él será tu proveedor y fiel administrador en todo, de modo que no necesitarás poner tu esperanza en los hombres. Porque los hombres cambian pronto y desfallan rápidamente, pero Cristo permanece eternamente, y está contigo con firmeza hasta el fin.
3. No se debe poner gran confianza en el hombre frágil y mortal, aunque sea útil y querido, ni hay que entristecerse mucho si a veces se opone y contradice. Los que hoy están contigo, mañana pueden estar en contra. Y al contrario, a menudo cambian como el viento. Pon toda tu confianza en el Señor; que él sea tu temor y tu amor. Él responderá por ti, y hará bien como mejor convenga. No tienes aquí ciudad permanente, y dondequiera que estés, eres extranjero y peregrino, y nunca tendrás descanso si no estás íntimamente unido a Cristo.
4. ¿Por qué miras a tu alrededor, si este no es el lugar de tu descanso? Tu morada debe estar en los cielos, y todas las cosas han de verse como de paso. Todo pasa, y tú igualmente con ello. Cuida de no aferrarte, no sea que quedes atrapado y perezcas. Que tu pensamiento esté en el Altísimo, y que tu súplica se dirija sin cesar a Cristo. Si no sabes contemplar lo alto y lo celestial, descansa en la pasión de Cristo, y habita con gusto en sus sagradas llagas. Si acudes devotamente a las llagas y preciosos estigmas de Jesús, sentirás gran consuelo en la tribulación, y poco te importará el desprecio de los hombres, y soportarás fácilmente las palabras de los que te critican.
5. Jesucristo el Señor fue también despreciado en el mundo por los hombres, y en la mayor necesidad, abandonado entre oprobios por conocidos y amigos. El Señor Jesús quiso padecer y ser despreciado, ¿y tú te atreves a quejarte de algo? Cristo tuvo adversarios y detractores, ¿y tú quieres tener a todos por amigos y bienhechores? ¿Dónde será coronada tu paciencia, si no te ocurre ninguna adversidad? Si no quieres sufrir nada contrario, ¿cómo serás amigo de Cristo? Soporta con Cristo y por Cristo, si quieres reinar con Cristo.
6. Si una vez hubieras entrado perfectamente en el interior de Jesús, y hubieras gustado un poco de su ardiente amor, entonces no te preocuparías de tu propia conveniencia o inconveniencia, sino que más bien te alegrarías del oprobio recibido, porque el amor de Jesús hace que el hombre se desprecie a sí mismo. El amante de Jesús, verdaderamente interior y libre de afectos desordenados, puede volverse libremente a Dios, y elevarse sobre sí mismo en espíritu y descansar con gozo.
7. Aquel a quien las cosas le saben como son, no como se dicen o se estiman, ese es verdaderamente sabio, e instruido más por Dios que por los hombres. Quien sabe caminar desde dentro y dar poco peso a las cosas externas, no requiere lugares, ni espera tiempos para tener ejercicios devotos. El hombre interior se recoge enseguida, y nunca se derrama del todo hacia el exterior. No le estorba el trabajo exterior, ni la ocupación necesaria por un tiempo. Sino que según suceden las cosas, así se acomoda a ellas. Quien está bien dispuesto y ordenado por dentro, no se preocupa de los gestos extraños y perversos de los hombres. Tanto se impide y distrae el hombre, cuanto a sí atrae las cosas.
8. Si estuvieras bien contigo mismo, y bien purificado, todo se volvería para ti en bien y provecho. Por eso muchas cosas te desagradan a menudo y te turban frecuentemente, porque aún no estás perfectamente muerto para ti mismo, ni separado de todas las cosas terrenas. Nada contamina y enreda tanto el corazón del hombre, como el amor impuro hacia las criaturas. Si renuncias al consuelo exterior, podrás contemplar lo celestial, y alegrarte frecuentemente por dentro.
1. No le des gran importancia a quién está a favor o en contra de ti, sino procura y cuida que Dios esté contigo en todo lo que hagas. Ten buena conciencia, y Dios te defenderá bien. A quien Dios quiera ayudar, ninguna maldad podrá dañar. Si tú sabes callar y padecer, verás sin duda la ayuda del Señor. Él conoce el tiempo y el modo de librarte, y por eso debes entregarte a él. De Dios es ayudar y librar de toda confusión. A menudo es muy provechoso para conservar mayor humildad, que otros conozcan y reprendan nuestros defectos.
2. Cuando uno se humilla por sus defectos, entonces apacigua fácilmente a los demás, y satisface sin esfuerzo a los que se enojan con él. Dios protege y libera al humilde. Ama y consuela al humilde. Se inclina hacia el hombre humilde. Le otorga gracia plena y grande. Y después de su humillación lo eleva a la gloria. Al humilde le revela sus secretos, y lo atrae dulcemente hacia sí, y lo invita. El humilde, habiendo aceptado el ultraje y la confusión, está bastante bien en paz, porque se sostiene en Dios, y no en el mundo. No creas haber progresado en algo, si no te sientes inferior a todos.
1. Ponte primero en paz tú, y entonces podrás pacificar a otros. El hombre pacífico hace más provecho que el muy docto. El hombre apasionado incluso lo bueno lo vuelve en mal, y fácilmente cree el mal. El hombre bueno y pacífico lo convierte todo en bien. Quien está bien en paz, de nadie sospecha. Pero quien está descontento y agitado, es sacudido por varias sospechas, ni él descansa, ni permite descansar a otros. Dice a menudo lo que le convendría más hacer, y descuida lo que él mismo está obligado a hacer. Ten, pues, primero celo sobre ti mismo, entonces podrás también tener celo justo por tu prójimo.
2. Tú sabes excusar y tolerar tus buenas obras, y no quieres aceptar las excusas de los otros. Más justo serías si te acusaras a ti y excusaras a tu hermano. Si quieres ser llevado, lleva tú a otro. Mira cuán lejos estás aún de la verdadera caridad y humildad, que no sabe indignarse ni airarse sino solo consigo misma. No es gran cosa convivir con los buenos y mansos. Esto naturalmente agrada a todos, y cada uno tiene paz de buena gana, y ama más a los que sienten con él. Pero poder vivir pacíficamente con los duros, y perversos o indisciplinados o que nos contrarían, eso es gran gracia, y cosa muy laudable y varonil.
3. Pero hay quienes se mantienen en paz y también tienen paz con los otros. Y hay quienes ni tienen paz, ni dejan en paz a los demás. Son pesados para los otros, pero siempre son más pesados para sí mismos. Y hay quienes se mantienen en paz, y procuran reducir a otros a la paz. Y sin embargo, toda nuestra paz en esta vida miserable debe ponerse más bien en el sufrir humilde, que en el no sentir lo contrario. Quien mejor sabe padecer, tendrá mayor paz. Ese es vencedor de sí mismo, y señor del mundo, amigo de Cristo, y heredero del cielo.
1. Con dos alas el hombre se eleva de lo terreno, a saber, con simplicidad y pureza. La simplicidad debe estar en la intención, la pureza en el afecto. La simplicidad busca a Dios, la pureza lo aprehende y gusta. Ninguna acción te impedirá, si estás libre por dentro de todo afecto desordenado. Si no buscas ni pretendes otra cosa que el beneplácito de Dios y la utilidad del prójimo, gozarás de libertad interior. Si tu corazón fuera recto, entonces toda criatura sería espejo de vida, y libro de santa doctrina. No hay criatura tan pequeña y vil que no represente la bondad de Dios.
2. Si tú fueras interiormente bueno y puro, entonces verías y comprenderías bien todas las cosas sin impedimento. El corazón puro penetra el cielo y el infierno. Según es cada uno por dentro, así juzga por fuera. Si hay gozo en el mundo, ciertamente lo posee el hombre de corazón puro. Y si hay en alguna parte tribulación y angustia, esto lo conoce mejor la mala conciencia. Como el hierro puesto en el fuego pierde el óxido y se vuelve todo candente, así el hombre que se vuelve íntegramente a Dios, se despoja del letargo, y se transforma en hombre nuevo.
3. Cuando el hombre comienza a enfriarse, entonces teme el pequeño trabajo, y acepta el consuelo exterior. Pero cuando comienza a vencerse perfectamente, y a caminar virilmente en el camino de Dios, entonces tiene por menos lo que antes le parecía gravoso.
1. No podemos confiar demasiado en nosotros mismos, porque a menudo nos falta la gracia, hay poco entendimiento en nosotros, y esto lo perdemos pronto por negligencia. A menudo tampoco advertimos cuán ciegos estamos por dentro. A menudo obramos mal, y peor aún nos excusamos. Y a veces nos movemos por pasión, y creemos que es celo. Reprendemos lo pequeño en los otros, y pasamos por alto lo mayor en nosotros. Bastante pronto percibimos y ponderamos lo que soportamos de los otros; pero no advertimos cuánto soportan los otros de nosotros. Quien ponderara bien y rectamente lo suyo, no juzgaría gravemente al otro.
2. El hombre interior antepone el cuidado de sí mismo a todos los cuidados: y quien se atiende diligentemente a sí mismo, fácilmente calla acerca de los otros. Nunca serás interior y devoto, si no callas acerca de los otros y te miras especialmente a ti mismo. Si atiendes totalmente a ti mismo y a Dios, poco te moverá lo que percibas fuera. ¿Dónde estás, cuando no estás presente a ti mismo? Y cuando lo has recorrido todo, ¿de qué te sirvió si te descuidaste a ti mismo? Si debes tener paz y verdadera unión, conviene que lo demás todo lo pospongas y solo a ti te tengas ante los ojos.
3. Por tanto, progresarás mucho, si te conservas libre de todo cuidado temporal. Mucho retrocederás, si algo temporal estimares. Nada te sea elevado, nada grande, nada grato, nada aceptable, si no es puramente Dios, o de Dios. Considera vano todo consuelo que te venga de cualquier criatura. El alma que ama a Dios desprecia bajo Dios, menosprecia todas las demás cosas. Solo Dios eterno e inmenso, que lo llena todo, es consuelo del alma y verdadera alegría de la mente.
1. La gloria de los buenos hombres es el testimonio de la buena conciencia. Ten buena conciencia y siempre tendrás alegría. La buena conciencia puede soportar muchísimo, y está muy alegre en medio de las adversidades. La mala conciencia siempre está temerosa e inquieta. Descansarás suavemente, si tu corazón no te reprende. No te alegres, sino cuando hayas obrado bien. Los malos nunca tienen verdadera alegría, ni sienten paz interior, porque «no hay paz para los impíos», dice el Señor. Y si dijeren: «estamos en paz, no vendrán sobre nosotros males; y quién se atreverá a dañarnos», no les creas, porque de repente se levantará la ira de Dios, y sus actos serán reducidos a la nada, y sus pensamientos perecerán.
2. Gloriarse en las tribulaciones no es difícil para el que ama, porque gloriarse así es gloriarse en la cruz del Señor. Breve es la gloria que se da y se recibe de los hombres. La tristeza siempre acompaña la gloria del mundo. La gloria de los buenos está en sus conciencias, y no en boca de los hombres. La alegría de los justos es de Dios y en Dios, y su gozo es de la verdad. Quien desea la gloria verdadera y eterna, no se preocupa de la temporal. Y quien busca la gloria temporal, o no la desprecia de corazón, se demuestra que ama menos la celestial. Gran tranquilidad de corazón tiene quien no se preocupa de alabanzas ni de vituperios.
3. Fácilmente estará contento y en paz, aquel cuya conciencia es limpia. No eres más santo si te alaban, ni más vil si te vituperan. Lo que eres, eso eres, ni puedes ser dicho mejor de lo que eres ante el testimonio de Dios. Si atiendes a lo que eres dentro de ti, no te preocupará lo que los hombres digan de ti fuera. El hombre ve la cara, Dios en cambio ve el corazón. El hombre considera los actos, Dios pesa la intención. Obrar siempre bien, y tener poco concepto de sí, es indicio de alma humilde. No querer ser consolado por criatura alguna es indicio de gran pureza y de confianza interior.
4. Quien no busca ningún testimonio externo a su favor, queda claro que se ha encomendado totalmente a Dios. Porque «no es aprobado el que se recomienda a sí mismo», dice el bienaventurado Pablo, «sino aquel a quien Dios recomienda». Caminar con Dios interiormente, y no estar retenido por ningún afecto exteriormente, es el estado del hombre interior.
1. Dichoso quien entiende qué significa amar a Jesús y despreciarse a sí mismo por Dios. Es necesario dejar al amado por el Amado, porque Jesús quiere ser amado solo sobre todas las cosas. El amor a las criaturas es engañoso e inestable; el amor a Jesús es feliz y perseverante. Quien se adhiere a las criaturas caerá con lo que es perecedero; quien abraza a Jesús se afirmará en él. Ámalo a él y tenlo como amigo, que cuando todos se alejen no te abandonará ni dejará que perezcas al final. De todos es necesario que algún día te separes, quieras o no. 2. Permanece junto a Jesús en vida y en muerte, y encomiéndate a su fidelidad, que cuando todos faltan solo él puede ayudarte. Tu amado es de tal naturaleza que no quiere admitir a ningún extraño, sino que desea tener tu corazón solo para él y sentarse como rey en su propio trono. Si supieras vaciarte de toda criatura, Jesús habitaría gustoso contigo. Descubrirás que está casi todo perdido cuanto hayas puesto en los hombres fuera de Jesús. No confíes ni te apoyes sobre una caña quebradiza, porque toda carne es hierba, y toda su gloria caerá como flor de heno. 3. Serás engañado pronto si solo miras la apariencia exterior de los hombres. Si buscas en otros tu consuelo y provecho, sentirás a menudo el perjuicio. Si buscas a Jesús en todas las cosas, sin duda encontrarás a Jesús. Mas si te buscas a ti mismo, también te encontrarás a ti mismo, pero para tu perdición. Pues el hombre se daña más a sí mismo si no busca a Jesús, que todo el mundo y todos sus adversarios.
1. Cuando Jesús está presente, todo es bueno y nada parece difícil. Cuando Jesús no está presente, todo es duro. Si Jesús dice una sola palabra, se siente gran consuelo. ¿Acaso María Magdalena no se levantó enseguida del lugar donde lloraba cuando Marta le dijo: «El Maestro está aquí y te llama»? Feliz la hora en que Jesús te llama de las lágrimas al gozo del espíritu. Qué árido y duro eres sin Jesús. Qué insensato y vano si deseas algo fuera de Jesús. ¿No es esto mayor pérdida que si perdieras el mundo entero? 2. ¿Qué puede ofrecerte el mundo sin Jesús? Estar sin Jesús es un infierno penoso, y estar con Jesús es un dulce paraíso. Si Jesús está contigo, ningún enemigo podrá dañarte. Quien encuentra a Jesús encuentra un tesoro precioso, más aún, el bien sobre todo bien. Y quien pierde a Jesús pierde muchísimo y más que el mundo entero. Pobrísimo es quien vive sin Jesús, riquísimo quien está bien con Jesús. 3. Gran arte es saber conversar con Jesús, y saber retener a Jesús, gran prudencia. Sé humilde y pacífico, y Jesús estará contigo. Sé devoto y tranquilo, y Jesús permanecerá contigo. Puedes ahuyentar pronto a Jesús y perder su gracia si quieres inclinarte a las cosas exteriores. Y si lo ahuyentas y lo pierdes, ¿a quién acudirás entonces y qué amigo buscarás? Sin un amigo no puedes vivir mucho tiempo. Y si Jesús no es tu amigo por encima de todos, estarás demasiado triste y desolado. Actúas pues neciamente si confías y te alegras en cualquier otro. Hay que preferir tener a todo el mundo en contra antes que ofender a Jesús. Entre todos los que te son queridos, sea Jesús el amado especial. 4. Ama a los hombres por Jesús, mas a Jesús ámalo por sí mismo. Solo Jesucristo debe ser amado singularmente, pues solo él se encuentra bueno y fiel por encima de todos los amigos. Por él y en él, te sean queridos tanto amigos como enemigos, y por todos ellos debes rogar para que todos lo conozcan y amen. Nunca desees ser alabado y amado singularmente, porque esto solo pertenece a Dios, que no tiene semejante. Ni quieras que alguien ocupe tu corazón contigo, ni te ocupes tú con el amor de nadie. Que Jesús esté en ti y en todo hombre bueno. 5. Sé puro y libre por dentro, sin enredarte con ninguna criatura. Debes estar desnudo y llevar a Jesús un corazón puro, si quieres estar libre y ver cuán suave es el Señor. Y en verdad no llegarás a esto si su gracia no te previene y te atrae, para que, evacuado y liberado de todo, te unas solo con Dios. Cuando la gracia de Dios llega al hombre, entonces se hace capaz de todo. Y cuando se retira, entonces será pobre y débil, y como abandonado solo a los azotes. En esto no debes abatirte ni desesperar, sino mantenerte con ecuanimidad en la voluntad de Dios y soportar todo lo que te sobrevenga para alabanza de Jesucristo. Porque después del invierno sigue el verano, después de la noche regresa el día, y después de la tempestad una gran serenidad.
1. No es difícil despreciar el consuelo humano cuando está presente el divino. Sí es grande, y muy grande, poder carecer tanto del consuelo humano como del divino, y por amor a Dios querer soportar voluntariamente el destierro del corazón, y no buscarse a sí mismo en nada ni atender al propio mérito. ¿Qué tiene de especial que seas alegre y devoto cuando llega la gracia? Todos desean esa hora. Bastante suavemente cabalga quien es llevado por la gracia de Dios. Y ¿qué tiene de extraño que no sienta la carga quien es llevado por el Omnipotente y guiado por el Guía supremo? 2. Gustosamente queremos tener algo como consuelo, y el hombre difícilmente se despoja de sí mismo. Venció san Lorenzo al mundo con su Sumo Sacerdote, porque despreció todo lo que en el mundo parecía deleitable, y soportó con serenidad que le fuera arrebatado, por amor a Cristo, el Sumo Sacerdote de Dios, Sixto, a quien amaba muchísimo. Superó pues con el amor al Creador el amor al hombre, y prefirió el divino beneplácito al consuelo humano. Así también tú aprende a dejar por amor a Dios a algún amigo necesario y querido. Y no te duela cuando seas abandonado por un amigo, sabiendo que todos debemos finalmente separarnos unos de otros. 3. Mucho y largo tiempo debe el hombre luchar en su interior antes de aprender a superarse plenamente a sí mismo y dirigir toda su inclinación plenamente a Dios. Cuando el hombre se apoya en sí mismo, fácilmente se desliza hacia los consuelos humanos. Pero el verdadero amante de Cristo y seguidor estudioso de las virtudes no cae en esos consuelos ni busca tales dulzuras sensibles, sino más bien fuertes tentaciones y ejercicios, y soportar duros trabajos por Cristo. 4. Cuando pues te sea dada la consolación espiritual por Dios, acógela con acción de gracias y entiende que es don de Dios, no mérito tuyo, y no te engrías. No te alegres demasiado ni presumas vanamente, sino sé más humilde por el don, más cauto también y más temeroso en todos tus actos, porque pasará esa hora y seguirá la tentación. Cuando te sea quitada la consolación, no desesperes enseguida, sino espera con humildad y paciencia la visitación celestial, porque Dios es capaz de devolverte mayor gracia y consolación. Esto no es nuevo ni extraño para quienes tienen experiencia del camino de Dios, pues en los grandes santos y en los antiguos profetas hubo a menudo este modo de alternancia. 5. Por eso alguien, estando presente la gracia, decía: «Yo dije en mi abundancia: no seré movido eternamente». Mas estando ausente la gracia, añade diciendo qué experimentó en sí: «Apartaste tu rostro de mí, y quedé turbado». Entre tanto, sin embargo, de ningún modo desespera, sino que ruega más insistentemente al Señor, y dice: «A ti, Señor, clamaré, y a mi Dios suplicaré». Finalmente recoge el fruto de su oración y atestigua haber sido escuchado diciendo: «Escuchó el Señor y se compadeció de mí, el Señor se hizo mi ayudador». Pero ¿en qué? «Convertiste, dice, mi llanto en gozo para mí, y me rodeaste de alegría». Y si así ocurrió con los grandes santos, no hemos de desesperar nosotros, débiles y pobres, si a veces estamos en la frialdad y a veces en el fervor, porque el Espíritu viene y se retira según el beneplácito de su voluntad. Por eso el bienaventurado Job dice: «Lo visitas al amanecer, y de repente lo pruebas». 6. ¿En qué puedo entonces esperar, o en qué debo confiar, sino solo en la gran misericordia del Señor y en la sola esperanza de la gracia celestial? Pues ya estén presentes hombres buenos, ya hermanos devotos y amigos fieles, ya libros santos o bellos tratados, ya dulces cantos e himnos, todas estas cosas ayudan poco y saben poco cuando estoy abandonado por la gracia y dejado en mi propia pobreza. Entonces no hay mejor remedio que la paciencia y la renuncia de mí mismo en la voluntad de Dios. 7. Nunca encontré a ningún religioso que no tuviera a veces sustracción de la gracia o no sintiera disminución del fervor. Ningún santo hubo tan arrebatado en lo alto o tan iluminado que antes o después no fuera tentado. Pues no es digno de la alta contemplación de Dios quien no ha sido ejercitado por alguna tribulación por Dios. Suele la tribulación precedente ser señal de la consolación que sigue. Pues a los probados por las tentaciones se les promete la consolación celestial. «Al que venza, dice, le daré a comer del árbol de la vida». 8. Se da también la consolación divina para que el hombre sea más fuerte para soportar las adversidades. Sigue también la tentación, para que no se enaltezca por el bien. No duerme el diablo, ni la carne está aún muerta. Por eso no ceses de prepararte para el combate, porque a derecha e izquierda hay enemigos que nunca descansan.
1. ¿Por qué buscas el descanso, cuando has nacido para el trabajo, más para la paciencia que para la consolación, y más para llevar la cruz que para la alegría? ¿Quién incluso entre los mundanos no recibiría gustosamente consolación y alegría espiritual, si siempre pudiera obtenerla? Pues las consolaciones espirituales exceden todas las delicias del mundo y los placeres de la carne, porque todas las delicias mundanas o son torpes o son vanas. Mas las delicias espirituales son las únicas que son gratas y honestas, engendradas por las virtudes e infundidas por Dios en las mentes puras. Pero de estas divinas consolaciones nadie puede gozar siempre según su deseo, porque el tiempo de la tentación no cesa por mucho tiempo. 2. Se opone mucho a la visitación celestial la falsa libertad del ánimo y la gran confianza en sí mismo. Dios hace bien dando la gracia de la consolación, pero el hombre hace mal no devolviéndolo todo enseguida a Dios con acción de gracias. Y por eso no pueden fluir en nosotros los dones de la gracia, porque somos ingratos con el autor y no lo devolvemos todo a la fuente original. Siempre se debe gracia a quien da gracias dignamente y devuelve el don. Se quitará al soberbio lo que suele darse al humilde. 3. No quiero consolación que me quite la compunción, ni deseo contemplación que conduzca al engreimiento. Pues no todo lo alto es santo, ni todo lo deseable es puro, ni todo lo dulce es bueno, ni todo lo querido es grato a Dios. Acepto gustoso la gracia por la que me encuentre más humilde y temeroso, y quede más dispuesto a renunciar a mí mismo. Instruido por el don de la gracia y corregido por el azote de su sustracción, no osará atribuirse nada bueno, sino que más bien se confesará pobre y desnudo. Da a Dios lo que es de Dios, y atribúyete lo que es tuyo. Es decir, tributa a Dios gracias por la gracia; para ti solo reconoce la culpa, y siente que te es debida la justa pena por la culpa. 4. Ponte siempre en el lugar más bajo, y se te dará el más alto, pues lo más alto no existe sin lo más bajo. Los santos más grandes ante Dios son los más pequeños ante sí mismos, y cuanto más gloriosos, tanto más humildes en sí; llenos de verdad y de gloria celestial, no codiciosos de vanagloria y fundados y confirmados en Dios, de ningún modo pueden engreírse. Y quienes atribuyen a Dios todo el bien que recibieron, no buscan gloria unos de otros, sino que quieren la gloria que viene de Dios, y desean que Dios sea alabado sobre todas las cosas en sí y en todos los santos, y tienden siempre a esto. 5. Sé pues agradecido en lo mínimo, y serás digno de recibir cosas mayores. Sea para ti lo mínimo como lo máximo, y lo despreciable como don especial. Si se considera la dignidad del dador, ningún don parecerá pequeño o demasiado vil. Pues no es pequeño lo que es donado por el Dios altísimo, y aunque diera penas y azotes, debe ser agradecido, porque siempre hace por nuestra salvación todo lo que permite que nos sobrevenga. Quien desea retener la gracia de Dios, sea agradecido por la gracia dada, paciente por la quitada, ruegue para que le sea devuelta, sea cauto y humilde para no perderla.
1. Tiene Jesús muchos amantes de su reino celestial, pero pocos portadores de su cruz. Encuentra muchos compañeros de mesa, pero pocos de la abstinencia. Todos quieren gozar con Cristo, pero pocos quieren soportar algo por él. Muchos siguen a Jesús hasta la fracción del pan, pero pocos hasta beber el cáliz de la pasión. Muchos veneran sus milagros, pero pocos siguen las ignominias de la cruz. Muchos aman a Jesús mientras no les sobrevienen adversidades. Muchos lo alaban y lo bendicen mientras reciben de él algunas consolaciones. Pero si Jesús se esconde y los deja un poco, caen en la queja o en la excesiva abatimiento. 2. Mas quienes aman a Jesús por Jesús, y no por algún consuelo propio suyo, lo bendicen tanto en la tribulación y en la angustia del corazón como en la mayor consolación. Y aunque nunca quisiera darles consolación, lo alabarían igualmente y siempre querrían darle gracias. 3. ¡Oh, cuánto puede el amor puro a Jesús, sin mezcla de ningún provecho o amor propio! ¿Acaso no han de llamarse mercenarios quienes siempre buscan consolaciones? ¿Acaso no se muestran amantes de sí mismos más que de Jesús quienes siempre piensan en sus ventajas o ganancias? ¿Dónde se encuentra alguien que quiera servir a Dios gratuitamente? 4. Rara vez se encuentra a alguien tan espiritual que esté desnudo de todo. Pues ¿quién hallará al verdadero pobre de espíritu, desnudo de toda criatura? Viene de lejos y de todos los confines su precio. Si el hombre diera toda su fortuna, aún no es nada. Y si hiciera gran penitencia, aún es poco. Y si alcanzara toda la ciencia, aún está lejos. Y si tuviera gran virtud y devoción muy ardiente, aún le falta mucho. Una cosa en concreto, que le es sumamente necesaria. ¿Cuál es? Que dejándolo todo se deje a sí mismo, y salga totalmente de sí, y no retenga nada de amor propio. Cuando haya hecho todo lo que sabe que debe hacer, sienta que no ha hecho nada. 5. No considere gran cosa lo que podría ser estimado grande, sino que en verdad se proclame siervo inútil, como dice la verdad: «Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid aún que sois siervos inútiles». Entonces verdaderamente podrá ser pobre y desnudo de espíritu, y decir con el Profeta: «Porque único y pobre soy yo». Nadie más rico que este, nadie más libre, nadie más poderoso que quien sabe dejarse a sí mismo y a todo y ponerse en el lugar más bajo.
1. A muchos les parece dura esta expresión: Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sigue a Jesús. Pero mucho más duro será escuchar aquella palabra final: Apartaos de mí, malditos todos, al fuego eterno. Quienes ahora escuchan con agrado la palabra de la cruz y la siguen, entonces no temerán oír la sentencia de condenación eterna. Esta señal de la cruz estará en el cielo cuando el Señor venga a juzgar. Entonces todos los siervos de la cruz, que en vida se conformaron al Crucificado, se acercarán con gran confianza a Cristo juez. 2. ¿Por qué temes entonces tomar la cruz, por la cual se va al Reino? En la cruz está la salvación. En la cruz está la vida. En la cruz está la protección contra los enemigos. En la cruz está la fortaleza de la mente. En la cruz está la alegría del espíritu. En la cruz está la virtud suprema. En la cruz está la perfección de la santidad. No hay salvación del alma ni esperanza de vida eterna, sino en la cruz. Toma pues la cruz y sigue a Jesús, e irás a la vida eterna. Él fue delante llevando su cruz, y murió por ti en la cruz, para que tú también lleves la cruz y desees morir en la cruz. Porque si mueres con él en la cruz, también vivirás con él igualmente, y si eres compañero en el sufrimiento, lo serás también en la gloria. 3. He aquí que todo se resume en la cruz, y no hay otro camino a la vida y a la verdadera paz interior, sino el camino de la santa cruz y de la mortificación diaria. Camina adonde quieras, busca lo que desees, y no encontrarás camino más alto arriba ni más seguro abajo que el camino de la santa cruz. Dispón y ordena todas las cosas según tu voluntad y tu parecer, y no encontrarás sino que siempre debes sufrir algo, ya sea de grado o por fuerza, y así siempre encontrarás la cruz. Porque o bien sentirás dolor en el cuerpo, o bien soportarás en el alma tribulación del espíritu. 4. A veces serás abandonado por Dios, a veces serás probado por el prójimo, y lo que es más, a menudo serás una carga para ti mismo. Y sin embargo no podrás ser liberado ni aliviado por ningún remedio o consuelo, sino que debes soportar mientras Dios quiera. Porque Dios quiere que aprendas a sufrir la tribulación sin consuelo, y que te sometas totalmente a él y te hagas más humilde por la tribulación. Nadie siente tan cordialmente la pasión de Cristo como aquel a quien le ha tocado sufrir cosas semejantes. La cruz, pues, está siempre preparada y te espera en todas partes. No puedes escapar adonde quiera que corras, porque adondequiera que vayas te llevas a ti mismo contigo, y siempre te encontrarás a ti mismo. Vuélvete hacia arriba, vuélvete hacia abajo, vuélvete hacia afuera y hacia dentro, y en todas estas cosas encontrarás la cruz, y es necesario que tengas paciencia en todas partes si quieres tener paz interior y merecer la corona perpetua. 5. Si llevas la cruz con gusto, ella te llevará y te conducirá al fin deseado, donde habrá fin del sufrimiento. Si la llevas a disgusto, te haces una carga y te agobias más a ti mismo, y sin embargo debes soportarla. Si rechazas una cruz, sin duda encontrarás otra, y tal vez más pesada. 6. ¿Crees tú poder escapar de lo que ningún mortal ha podido evitar? ¿Qué santo en el mundo estuvo sin cruz y tribulación? Ni siquiera nuestro Señor Jesucristo estuvo una hora sin dolor de pasión mientras vivió. Era necesario que Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos, y así entrara en su gloria. Y ¿cómo buscas tú otro camino que no sea la cruz, que es este camino real, que es el camino de la santa cruz? 7. Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio, ¿y tú te buscas descanso y alegría? Te equivocas, te equivocas si buscas otra cosa que no sea sufrir tribulaciones, porque toda esta vida mortal está llena de miserias y rodeada de cruces. Y cuanto más alto haya progresado alguien en el espíritu, tanto más pesadas cruces encontrará a menudo, porque el dolor de su destierro crece más por el amor. 8. Pero sin embargo este que está afligido de tantas maneras no está sin el alivio de la consolación, porque siente que le crece un gran fruto de soportar su cruz. Cuando se somete espontáneamente a ella, toda carga de tribulación se convierte en confianza de la consolación divina. Y cuanto más se desgasta la carne por la tribulación, tanto más se fortalece el espíritu por la consolación interior. Y a veces se fortalece tanto por el afecto a la tribulación y adversidad, por amor a la conformidad con la cruz de Cristo, que no querría estar sin dolor y tribulación, ya que esto lo hace tanto más aceptable a Dios cuanto más y más duras y graves cosas pueda soportar por él. Esto no es virtud del hombre, sino gracia de Cristo, que tanto puede y obra en la carne frágil, que lo que naturalmente siempre aborrece y huye, esto con el fervor del espíritu lo acomete y ama. 9. No es propio del hombre llevar la cruz, amar la cruz, castigar el cuerpo y someterlo a servidumbre, huir de los honores, soportar con gusto las afrentas, despreciarse a sí mismo y desear ser despreciado, sufrir cualesquier adversidades con pérdidas, y no desear ninguna prosperidad en este mundo. Si miras hacia ti mismo, nada de esto podrás hacer por ti. Pero si confías en el Señor, se te dará fortaleza del cielo, y se someterán a tu dominio el mundo y la carne, y ni siquiera temerás al enemigo diablo si estás armado con la fe y marcado con la cruz de Jesús. 10. Disponte pues como siervo fiel y bueno de Cristo a llevar virilmente la cruz de tu Señor, crucificado por ti por amor. Prepárate a tolerar muchas adversidades y diversas incomodidades en esta miserable vida, porque así estará contigo dondequiera que estés, y así lo encontrarás verdaderamente dondequiera que te escondas. Debe ser así, y no hay remedio para escapar de la tribulación de los males y del dolor, sino que te soportes a ti mismo. Bebe con afecto el cáliz del Señor si deseas ser su amigo y tener parte con él. Las consolaciones confíalas a Dios, que haga él con tales cosas lo que más le plazca. Pero tú disponte a soportar las tribulaciones, y considéralas las mayores consolaciones, porque los padecimientos del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria futura que ha de revelarse en nosotros, aunque tú solo pudieras soportarlos todos. 11. Cuando llegues a esto, que la tribulación te sea dulce y te sepa bien por Cristo, entonces considera que te va bien, porque has encontrado el paraíso en la tierra. Mientras te sea penoso sufrir y busques huir, te irá mal y te seguirán por todas partes las tribulaciones. 12. Si te dispones a lo que debes ser, es decir, a sufrir y a morir, pronto estarás mejor y encontrarás paz. Aunque fueras arrebatado al tercer cielo con Pablo, no estarás por ello seguro de no sufrir ningún mal. Yo, dice Jesús, le mostraré cuántas cosas le es necesario padecer por mi nombre. Te queda pues sufrir, si te place amar a Dios y servirle perpetuamente. 13. ¡Ojalá fueras digno de sufrir algo por el nombre de Jesús, qué gran gloria te quedaría, qué júbilo a todos los santos de Dios, qué edificación sería para el prójimo! Pues todos alaban la paciencia, aunque pocos quieren sufrir. Con razón deberías sufrir un poco por Cristo, cuando muchos sufren cosas más graves por el mundo. 14. Has de saber con certeza que debes llevar una vida de muerte. Y cuanto más muere cada uno a sí mismo, tanto más comienza a vivir para Dios. Nadie es apto para comprender las cosas celestiales si no se ha sometido a soportar adversidades por Cristo. Nada es más aceptable a Dios, nada más saludable para ti en este mundo, que sufrir con gusto por Cristo. Y si tuvieras que elegir, deberías preferir más sufrir adversidades por Cristo que ser recreado con muchas consolaciones, porque serías más semejante a Cristo y más conforme a todos los santos. Pues nuestro mérito y el progreso de nuestro estado no están en muchas dulzuras y consolaciones, sino más bien en soportar grandes dificultades y tribulaciones. 15. Si en verdad hubiera habido algo mejor y más útil para la salvación de los hombres que sufrir, Cristo ciertamente lo habría mostrado con la palabra y el ejemplo. Pues manifiestamente exhorta a llevar la cruz tanto a los discípulos que lo seguían como a todos los que desean seguirlo, y dice: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Así pues, leídas y examinadas todas las cosas, sea esta la conclusión final: que es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios. Amén. Tomás de Kempis
1. Escucharé lo que habla en mí el Señor mi Dios. Dichosa el alma que oye al Señor hablar en ella y recibe de su boca palabra de consuelo. Dichosos los oídos que perciben el susurro divino y no atienden a los murmullos de este mundo. Dichosos en verdad los oídos que no escuchan la voz que suena fuera, sino que atienden interiormente la verdad que habla y enseña. Dichosos los ojos que están cerrados a lo exterior pero atentos a lo interior. Dichosos quienes penetran en lo interno y se esfuerzan por prepararse cada vez más, con ejercicios diarios, para captar los secretos celestiales. Dichosos quienes desean dedicarse a Dios y se liberan de todo impedimento del mundo. 2. Atiende esto, alma mía, y cierra las puertas de tu sensualidad, para que puedas oír lo que habla Dios el Señor en ti. Esto dice tu amado: «Yo soy tu salvación, tu paz y tu vida. Permanece conmigo y encontrarás la paz. Deja todo lo pasajero y busca lo eterno. ¿Qué son todas las cosas temporales sino engaños, y de qué sirven todas las criaturas si te abandona el Creador? Renuncia, pues, a todo y hazte grata y fiel a tu Creador, para que puedas alcanzar la verdadera bienaventuranza».
1. Habla, Señor, que tu siervo escucha. Yo soy tu siervo, dame inteligencia para que conozca tus testimonios. Inclina mi corazón a las palabras de tu boca. Que tu palabra fluya como rocío, decían antiguamente los hijos de Israel a Moisés. Háblanos tú y te escucharemos; que no nos hable el Señor, no sea que muramos. No así, Señor, no así te pido, sino más bien con el profeta Samuel, humilde y fervorosamente te suplico: Habla, Señor, que tu siervo escucha. Que no me hable Moisés ni ninguno de los profetas, sino háblame tú más bien, Señor Dios, inspirador e iluminador de todos los profetas, porque tú solo, sin ellos, puedes instruirme perfectamente, pero ellos sin ti nada lograrán. 2. Ciertamente pueden hacer sonar palabras, pero no confieren el espíritu. Hablan hermosamente, pero si tú callas, no encienden el corazón. Transmiten la letra, pero tú abres el sentido. Exponen los misterios, pero tú revelas el significado de lo sellado. Promulgan los mandamientos, pero tú ayudas a cumplirlos. Muestran el camino, pero tú das fuerzas para caminarlo. Ellos solo actúan por fuera, pero tú instruyes e iluminas los corazones. Ellos riegan exteriormente, pero tú das la fecundidad. Ellos claman con palabras, pero tú concedes al oído la inteligencia. 3. Que no me hable Moisés, pues, sino tú, Señor Dios mío, verdad eterna, no sea que muera y quede sin fruto si soy amonestado solo por fuera y no encendido por dentro, no sea que la palabra oída y no cumplida, conocida y no amada, creída y no observada, se convierta para mí en juicio. Habla, pues, Señor, que tu siervo escucha, porque tú tienes palabras de vida eterna. Háblame para algún consuelo de mi alma y para enmienda de toda mi vida, y para gloria tuya y honor perpetuo.
1. Oye, hijo mío, mis palabras. Mis palabras son muy dulces, superan la ciencia de los filósofos y sabios de este mundo. Mis palabras son espíritu y vida, no deben valorarse con sentido humano; no han de usarse para vana complacencia, sino que deben escucharse en silencio y recibirse con toda humildad y gran afecto. Y dije: Dichoso aquel a quien tú instruyes, Señor, y enseñas de tu ley, para que le hagas llevaderos los días malos y no quede desolado en la tierra. 2. Yo, dice el Señor, enseñé a los profetas desde el principio, y hasta ahora no ceso de hablar a todos. Pero muchos son sordos y duros a mi voz. Muchos escuchan más gustosamente al mundo que a Dios, siguen más fácilmente el apetito de su carne que el beneplácito de Dios. El mundo promete cosas temporales y pequeñas, y se le sirve con gran avidez. Yo prometo cosas supremas y eternas, y los corazones de los mortales se entorpecen. ¿Quién me sirve y obedece con tanto cuidado en todo como se sirve al mundo y a sus señores? Avergüénzate, Sidón, dice el mar. Y si preguntas la causa, escucha por qué: Por una paga mezquina se recorre largo camino, por la vida eterna apenas muchos mueven y levantan el pie de la tierra. Se busca un precio vil, por una sola moneda a veces se litiga vergonzosamente, por una cosa vana y una pequeña promesa no se teme fatigarse día y noche. 3. Pero, ¡ay!, por el bien inmutable, por el precio inestimable, por el honor supremo y la gloria interminable, se tiene pereza hasta de fatigarse un poco. Avergüénzate, pues, siervo perezoso y quejoso, porque ellos se muestran más dispuestos para la perdición que tú para la vida; se gozan más en la vanidad que tú en la verdad. Ciertamente ellos a veces quedan frustrados en su esperanza, pero mi promesa no engaña a nadie ni deja vacío al que confía en mí. Lo que prometí lo daré, lo que dije lo cumpliré, con tal de que uno permanezca fiel en mi amor hasta el fin. Yo soy el remunerador de todos los buenos y el fuerte probador de todos los devotos. 4. Escribe mis palabras en tu corazón y medítalas con atención, pues te serán muy necesarias en tiempo de tentación. Lo que no entiendes cuando lees, lo conocerás en el día de la visitación. Suelo visitar a mis elegidos de dos modos, con tentación y con consolación, y les leo dos lecciones cada día: una reprendiéndoles sus vicios, otra exhortándoles al crecimiento en las virtudes. Quien tiene mis palabras y las desprecia, tiene quien le juzgue en el último día. Oración para implorar la gracia de la devoción. 5. Señor Dios mío, tú eres todos mis bienes. ¿Y quién soy yo para atreverme a hablarte? Soy tu siervo muy pobre y tu vil gusano, mucho más pobre y despreciable de lo que sé y me atrevo a decir. Recuerda, sin embargo, Señor, que no soy nada, nada valgo y nada tengo. Solo tú eres bueno, justo y santo; tú todo lo puedes, todo lo concedes, todo lo llenas, dejando solo vacío al pecador. Acuérdate de tus misericordias, Señor, y llena de tu gracia mi corazón, pues no quieres que estén vacías tus obras. 6. ¿Cómo puedo soportarme en esta vida miserable si no me confortan tu misericordia y tu gracia? No apartes tu rostro de mí, no prolongues tu visitación, no retires tu consuelo, no sea que mi alma sea ante ti como tierra sin agua. Enséñame, Señor, a hacer tu voluntad. Enséñame a comportarme ante ti digna y humildemente, porque tú eres mi sabiduría, tú me conoces en verdad, me conociste antes de que fuera hecho el mundo y antes de que yo naciera en el mundo.
1. Hijo, anda ante mí en verdad y en simplicidad de corazón, búscame siempre. Quien anda ante mí en verdad se protegerá de los ataques vanos, y la verdad lo liberará de los seductores y las calumnias de los malvados. Si la verdad te libera, verdaderamente serás libre y no te preocuparás de las vanas palabras de los hombres. Señor, es verdad lo que dices, así te ruego que suceda conmigo. Que tu verdad me enseñe, que ella me guarde y me conserve hasta el fin saludable; que me libre de todo afecto malo y desordenado, y andaré contigo en gran libertad de corazón. 2. Yo te enseñaré, dice la Verdad, lo que es recto y agradable ante mí. Piensa en tus pecados con gran desagrado y recuerdo, y nunca te consideres algo por tus buenas obras. En verdad eres pecador, sometido a muchas pasiones y enredado. Desde ti mismo siempre tiendes a la nada, fácilmente caes, fácilmente te turbas, fácilmente te deshaces. No tienes nada de qué puedas gloriarte. Pero tienes mucho por qué debes despreciarte, porque eres mucho más débil de lo que puedes comprender. 3. Nada de cuanto haces te parezca, pues, grande. Nada grande, nada precioso y admirable, nada digno de estima, nada elevado, nada verdaderamente laudable y deseable, sino lo que es eterno. Que te agrade sobre todo la verdad eterna, que te desagrade sobre todo tu máxima vileza. Nada temas y huyas tanto como tus vicios y pecados, que deben desagradarte más que cualquier pérdida de bienes. Algunos no andan sinceramente ante mí, sino que llevados por cierta curiosidad y arrogancia quieren conocer mis secretos y comprender las cosas altas de Dios, descuidando su propia salvación. Estos, a menudo, por su jactancia, soberbia y curiosidad, caen en grandes tentaciones y pecados, oponiéndome yo a ellos. Teme los juicios de Dios, espanta la ira del Omnipotente. 4. Pero no examines las obras del Altísimo, sino escudriña tus iniquidades, en cuántas has faltado y cuántos bienes has descuidado. Algunos llevan su devoción solo en libros, otros en imágenes; otros en signos exteriores y figuras. Algunos me tienen en la boca, pero poco en el corazón. Hay otros que, iluminados en el entendimiento y purificados en el afecto, anhelan siempre lo eterno, oyen con pesar hablar de lo terreno, sirven con dolor a las necesidades de la naturaleza, y estos sienten lo que habla en ellos el espíritu de verdad. Porque les enseña a despreciar lo terreno y amar lo celestial, descuidar el mundo y desear el cielo día y noche.
1. Te bendigo, Padre celestial, Padre de mi Señor Jesucristo, que te has dignado recordar a mí, pobre. Oh, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, gracias te doy porque a mí, indigno de todo consuelo, a veces me confortas con tu consolación. Te bendigo siempre y glorifico con tu Hijo unigénito y el Espíritu Santo paráclito por los siglos de los siglos, amén. ¡Ea, Señor Dios, amador santo mío! Cuando vengas a mi corazón, se alegrarán todas mis entrañas. Tú eres mi gloria y la alegría de mi corazón, tú mi esperanza y refugio en el día de mi tribulación. 2. Pero como todavía soy débil en el amor e imperfecto en la virtud, necesito ser confortado y consolado. Por eso visítame a menudo e instrúyeme con tus enseñanzas. Líbrame de las pasiones malas y perversas, y sana mi corazón de todos los afectos desordenados, para que sanado interiormente y bien purificado me haga apto para amar, fuerte para sufrir, estable para perseverar. 3. Grande cosa es el amor, bien grande en verdad, que solo él hace ligero lo pesado y lleva con igualdad todo lo desigual, pues soporta la carga sin carga y hace dulce y sabroso todo lo amargo. El amor noble de Jesús impulsa a obrar cosas grandes y excita a desear siempre lo más perfecto. El amor quiere estar arriba y no dejarse retener por ninguna cosa baja. El amor quiere ser libre y ajeno a todo afecto mundano, para que no se impida su mirada interior, ni se vea enredado por ninguna comodidad temporal ni sucumba por ninguna incomodidad. Nada hay más dulce que el amor, nada más fuerte, nada más alto, nada más amplio, nada más gozoso, nada más pleno, nada mejor en el cielo y en la tierra, porque el amor nacido de Dios no puede descansar sino en Dios sobre todas las cosas creadas. 4. El que ama vuela, corre, se alegra, es libre y no se deja atar. Da todo por todo y tiene todo en todo, porque descansa en uno solo, el Sumo sobre todas las cosas, de quien fluye y procede todo bien. No mira los dones, sino que se vuelve al dador sobre todos los bienes. El amor a menudo desconoce medida, sino que hierve sobre todo lo bueno. El amor no siente la carga, no cuenta los trabajos, desea más de lo que puede, no alega imposibilidad, porque estima que todo le es lícito y posible. Vale, pues, para todo, y realiza y lleva a efecto muchas cosas. Pero donde el que no ama desfallece y yace, el amor está vigilante, y dormido no duerme, fatigado no se afloja, constreñido no se angustia, aterrorizado no se turba, sino que, como llama vivaz y antorcha ardiente, irrumpe hacia arriba y pasa seguro. 5. Si alguien ama, sabe lo que clama esta voz. Gran clamor en los oídos de Dios es el afecto ardiente del alma que dice: «Dios, Dios mío, amor mío, tú todo mío y yo todo tuyo». 6. Dilátame en el amor, para que aprenda a saborear con el paladar interior del corazón cuán dulce es amar, y licuarse y nadar en el amor. Que me posea el amor yendo sobre mí mismo por el inmenso fervor y estupor. Que cante el cántico del amor; que siga a mi amado a lo alto. Que desfallezca en tu alabanza mi alma, jubilosa de amor. Que te ame más que a mí, y a mí solo por ti, y a todos en ti los que verdaderamente te aman, como ordena la ley del amor que resplandece desde ti. 7. El amor es veloz, sincero, piadoso, prudente, sufrido, varonil, y nunca se busca a sí mismo. Porque donde uno se busca a sí mismo, ahí cae del amor. El amor es circunspecto, humilde y recto, no blando, ni ligero ni atento a cosas vanas, sobrio, estable, casto, sereno y vigilante en todos los sentidos. El amor es sumiso y obediente a los prelados, vil y despreciado ante sí mismo, devoto y agradecido a Dios, confiado y siempre esperanzado en él, aun cuando no siente gusto en Dios, porque sin dolor no se vive en el amor. 8. Quien no está dispuesto a sufrir todo y mantenerse en la voluntad del amado, no es digno de llamarse amante. Conviene que el amante abrace gustosamente todo lo duro y amargo por el amado, y no se aparte de él por las adversidades que ocurran.
1. Hijo, todavía no eres un amante fuerte y sabio. ¿Por qué, Señor? Porque ante la menor adversidad desfalleces y buscas el consuelo con demasiada ansia. El amante fuerte permanece firme en las tentaciones y no cree en las astusas persuasiones del enemigo. Así como le agrado en la prosperidad, tampoco le desagrado en la adversidad. 2. El amante sabio no considera tanto el regalo del amante como el amor del que lo da. Se fija más en el afecto que en el valor, y pone todos los dones por debajo del amado. El amante noble no descansa en el don, sino en mí por encima de todo don. No todo está perdido si a veces sientes menos bien de mí o de mis santos de lo que quisieras. Ese afecto bueno y dulce que percibes a veces es efecto de la gracia presente y un cierto anticipo de la patria celestial, sobre el cual no hay que apoyarse demasiado, porque va y viene. 3. Luchar contra los malos movimientos del ánimo que sobrevienen y despreciar las sugestiones del diablo es señal de virtud y de gran mérito. Por tanto, no te turben las fantasías ajenas que se introducen sobre cualquier materia. Conserva firme el propósito y la intención recta hacia Dios. No es ilusión que a veces seas arrebatado súbitamente en éxtasis y luego vuelvas a las habituales banalidades del corazón. Pues las sufres más a disgusto que las ejecutas, y mientras te desagraden y te resistas, es mérito y no perdición. 4. Has de saber que el antiguo enemigo se esfuerza totalmente por impedir tu deseo del bien y apartarte de todo ejercicio devoto, del culto a los Santos, del piadoso recuerdo de mi pasión, de la útil memoria de los pecados, de la custodia del propio corazón y del firme propósito de progresar en la virtud. Introduce muchos pensamientos malos para producirte tedio y horror, y apartarte de la oración y de la lectura sagrada. Le desagrada la confesión humilde y, si pudiera, te haría abandonar la sagrada comunión. No le creas ni te preocupes por él, aunque a menudo te haya tendido lazos de engaño. Impútale a él cuando introduce cosas malas e inmundas. Dile: Vete, espíritu inmundo, avergüénzate miserable; vete, eres inmundo tú, que introduces tales cosas en mis oídos. Apártate de mí, seductor pésimo; no tendrás parte alguna en mí, sino que Jesús estará conmigo, como guerrero fuerte, y tú quedarás confundido. Prefiero morir y soportar todo castigo antes que consentirte. Calla y enmudece; no te oiré más, aunque me prepares muchas molestias. El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré? Aunque se alcen campamentos contra mí, no temerá mi corazón. El Señor es mi auxilio y mi redentor. 5. Lucha como buen soldado; y si a veces caes por fragilidad, recobra fuerzas más vigorosas que las anteriores, confiando en mi gracia más abundante, y guárdate mucho de la vana complacencia y la soberbia. Por esto muchos son llevados al error y a veces caen en una ceguera casi incurable. Que te sirva de advertencia y perpetua humildad esta ruina de los soberbios y de los que presumen neciamente de sí mismos.
1. Hijo, te es más útil y seguro ocultar la gracia de la devoción y no enaltecerte ni hablar mucho de ella ni ponderarla excesivamente, sino más bien despreciarte a ti mismo y temer como indigno lo que se te ha dado. No hay que aferrarse tenazmente a este afecto, que puede mudarse rápidamente en lo contrario. Piensa cuán miserable y pobre sueles estar sin la gracia cuando estás en gracia. Y el progreso de la vida espiritual no está tanto en tener la gracia del consuelo, como en soportar su privación con humildad, abnegación y paciencia. De modo que entonces no te aletargues en el empeño de la oración ni permitas que se abandonen del todo las demás obras que sueles hacer, sino que de buen grado hagas lo que esté en ti lo mejor y como mejor lo entiendas, y no te descuides totalmente a causa de la sequedad o ansiedad de espíritu que sientes. 2. Pues muchos son los que, cuando no les va bien, se vuelven impacientes o negligentes. Pues no siempre está en poder del hombre su camino, sino que es de Dios dar y consolar, cuando quiera y cuanto quiera, y a quien quiera, según le plazca, y no más. Algunos imprudentes se destruyeron a sí mismos a causa de la gracia de la devoción, porque quisieron hacer más de lo que podían, sin considerar la medida de su pequeñez sino siguiendo más el afecto del corazón que el juicio de la razón. Y porque presumieron cosas mayores de lo que agradó a Dios, por eso perdieron pronto la gracia, y se volvieron pobres y viles, abandonados los que se habían construido un nido en el cielo: para que humillados y empobrecidos aprendieran a no volar con sus propias alas, sino a esperar bajo mis plumas. Los que aún son nuevos e inexpertos en el camino del Señor, si no se dejan guiar por el consejo de los prudentes, fácilmente pueden ser engañados e ilusionados. 3. Pero si quieren seguir su propio parecer más que creer a otros experimentados, su final será peligroso, si no consienten ser apartados de su propia idea. Rara vez los que son sabios a sus propios ojos soportan ser gobernados humildemente por otros. Mejor es saber poco con humildad y escasa inteligencia que grandes tesoros de ciencias con vana complacencia. Mejor es tener menos que mucho de lo que pudiera ensoberbecerte. No actúa con suficiente discreción quien se entrega totalmente a la alegría, olvidando su anterior indigencia y el casto temor del Señor, que no teme perder la gracia ofrecida. Tampoco es suficientemente sabio en la virtud quien en tiempo de adversidad y de cualquier tribulación se conduce con demasiada desesperación, y piensa y siente de mí con menos confianza de la que conviene. 4. Quien quiera estar demasiado seguro en tiempo de paz, a menudo se encontrará demasiado abatido y miedoso en tiempo de guerra. Si supieras permanecer siempre humilde y moderado en ti mismo, y gobernar y regir bien tu espíritu, no caerías tan fácilmente en peligro y ofensa. 5. Es buen consejo que, cuando hayas concebido el fervor del espíritu, medites qué sucederá cuando se aleje la luz. Y cuando esto ocurra, reconoce que puede volverte de nuevo la luz, que te retiré por un tiempo para advertencia tuya y gloria mía. Tal prueba suele ser más útil que si siempre tuvieras prosperidad según tu voluntad. Pues los méritos no se estiman por tener más visiones o consuelos, o por ser experto en las Escrituras, o estar colocado en grado más elevado: sino por estar fundado en verdadera humildad y lleno de caridad divina; por buscar siempre pura e íntegramente el honor de Dios; por tenerse en nada a sí mismo y despreciarse en verdad, y gozarse más de ser despreciado y humillado por otros que de ser honrado.
1. Hablaré a mi Señor, aun siendo polvo y ceniza. Si me estimara más, he aquí que tú te alzas contra mí; y mis iniquidades dan testimonio verdadero y no puedo contradecir. Pero si me envilezco y me reduzco a la nada, y desaparezco de toda propia estimación, y me pulverizo como soy, tu gracia me será propicia, y tu luz cercana a mi corazón, y toda estimación, por pequeña que sea, se sumergirá en el valle de mi nada y perecerá para siempre. Allí me muestras qué soy, qué fui y de dónde vine, pues no soy nada y no lo sabía. Si me dejas a mí mismo, he aquí que no soy nada y toda debilidad; pero si de pronto me miras, al instante me vuelvo fuerte y me lleno de nuevo gozo. Y es muy admirable que así sea elevado súbitamente y tan benignamente abrazado por ti, yo que por mi propio peso siempre soy arrastrado hacia lo más bajo. 2. Hace esto tu amor, previniéndome gratuitamente y socorriéndome en tantas necesidades, y guardándome también de graves peligros, y librándome de males innumerables, a decir verdad. Pues amándome mal me perdí; y buscándote a ti solo y amándote puramente, me encontré a mí y a ti al mismo tiempo, y por amor me reduje más profundamente a la nada. Porque tú, oh Dulcísimo, obras conmigo por encima de todo mérito y por encima de lo que me atrevo a esperar o pedir. 3. Bendito seas, Dios mío, porque aunque yo sea indigno de todos los bienes, tu nobleza e infinita bondad nunca cesa de hacer bien incluso a los ingratos y a los muy alejados de ti. Conviértenos a ti, para que seamos agradecidos, humildes, devotos, porque tú eres nuestra salvación, nuestra fuerza y nuestro poder.
1. Hijo, yo debo ser tu fin supremo. Con esta intención se purificará tu afecto, con frecuencia indebidamente inclinado a sí mismo y a las criaturas. Pues si te buscas a ti mismo en algo, al punto desfalleces en ti y te secas. Por tanto, refiérelo todo principalmente a mí, que lo soy todo, que todo lo di. Considera cada cosa como emanada del bien supremo. Y por eso todo debe ser referido a mí como a su origen. 2. De mí, pequeños y grandes, pobres y ricos, como de fuente viva sacan agua viva. Y los que me sirven espontánea y libremente recibirán gracia sobre gracia. Pero quien quiera gloriarse fuera de mí o deleitarse en algún bien privado, no se afianzará en el gozo verdadero, ni se dilatará en su corazón, sino que se verá impedido y angustiado de múltiples maneras. Por tanto, no debes atribuirte ningún bien ni atribuir virtud a ningún hombre, sino darlo todo a Dios, sin el cual el hombre nada tiene. Yo lo di todo, yo quiero recibir todo de vuelta, y con gran rigor exijo acciones de gracias. 3. Esta es la verdad que ahuyenta la vana gloria. Y si entra la gracia celestial y la caridad verdadera, no habrá envidia ni contracción de corazón, ni amor privado ocupará espacio. Pues la caridad divina vence todo y dilata todas las fuerzas del alma. Si piensas rectamente, en mí solo te alegrarás, en mí solo esperarás, porque nadie es bueno sino solo Dios, que debe ser alabado sobre todo y bendecido en todo.
1. Ahora hablaré de nuevo, Señor, y no callaré. Diré a oídos de mi Dios, mi Señor y mi Rey que está en lo alto. ¡Oh, cuán grande es la multitud de tu dulzura, Señor, que has escondido para los que te temen! Pero ¿qué eres para los que te aman? ¿Qué para los que te sirven de todo corazón? Verdaderamente inefable es la dulzura de tu contemplación, que concedes a los que te aman. En esto mostraste especialmente la dulzura de tu caridad: que cuando yo no existía, me hiciste, y cuando andaba lejos de ti errante, me trajiste de vuelta para que te sirviera, y me ordenaste que te amara. 2. Oh fuente de amor perpetuo, ¿qué diré de ti? ¿Cómo podré olvidarme de ti, que te dignaste acordarte de mí? Y después de que me consumí y perecí, hiciste misericordia con tu siervo más allá de toda esperanza, y mostraste gracia y amistad más allá de todo mérito. ¿Qué te retribuiré por esta gracia? Pues no a todos les es dado renunciar a todo, abdicar del mundo y asumir la vida monástica. ¿Acaso no es grande servirte a ti, a quien toda criatura debe servir? No debería parecerme gran cosa. Más bien esto me parece grande y admirable: que te dignes recibir como siervo a uno tan pobre e indigno y unirlo a tus siervos amados. 3. He aquí que todo lo que tengo es tuyo, y con ello te sirvo. Sin embargo, más bien tú me sirves a mí que yo a ti. He aquí que el cielo y la tierra, que creaste para servicio del hombre, están prestos y cumplen cada día cuanto mandaste. Y esto es poco: pues incluso a los ángeles los creaste y dispusiste para servicio del hombre. Pero supera todo esto que tú te dignaste servir al hombre y prometiste darte a ti mismo. 4. ¿Qué te daré por estos miles de bienes? Ojalá pudiera servirte todos los días de mi vida. Ojalá al menos fuera capaz de prestarte digno servicio un solo día. Verdaderamente eres digno de todo servicio, de todo honor y alabanza eterna. Verdaderamente eres mi Señor y yo tu pobre siervo, que estoy obligado a servirte con todas mis fuerzas, y nunca debo cansarme de tus alabanzas. Así lo quiero, así lo deseo, y lo que me falta, dígnate suplirlo tú. 5. Gran honor y gran gloria es servirte y despreciarlo todo por ti y para ti. Pues tendrán gran gracia los que espontáneamente se sometieron a tu santísima servidumbre, y encontrarán la suavísima consolación del Espíritu Santo. Conseguirán gran libertad de corazón los que por tu nombre entran por el camino estrecho y han descuidado toda preocupación mundana. 6. ¡Oh grata y gozosa servidumbre de Dios, por la cual el hombre se hace verdaderamente libre y santo! ¡Oh sagrado estado del servicio religioso, que hace al hombre igual a los ángeles, agradable a Dios, terrible a los demonios y recomendable a todos los fieles! ¡Oh servicio que debe ser abrazado y siempre deseado, por el cual se merece el sumo bien y se alcanza el gozo que ha de permanecer sin fin!
1. Hijo, aún te queda mucho por aprender que todavía no has aprendido bien. ¿Cuáles son esas cosas, Señor? Que pongas tu deseo totalmente según mi beneplácito, y que no seas amante de ti mismo, sino deseoso amante y celoso de mi voluntad. Los deseos a menudo te encienden y te impulsan vehementemente; pero considera si te mueves más por mi honor o por tu propia conveniencia. Si yo soy la causa, estarás bien contento de cualquier modo que yo disponga. Pero si se oculta algo de búsqueda propia, he aquí esto que te impide y te grava. 2. Cuídate, pues, de no apoyarte demasiado en el deseo preconcebido sin consultarme, no sea que después te arrepientas y te desagrade lo que primero te agradó y por lo que te esforzaste como lo mejor. Pues no todo afecto que parece bueno debe seguirse de inmediato, ni todo afecto contrario debe huirse al primer momento. Conviene a veces usar de freno, incluso en los buenos estudios y deseos, no sea que por importunidad incurras en distracción mental, o generes escándalo a otros por indisciplina, o también por resistencia de otros te turbes súbitamente y caigas. 3. Sin embargo, a veces conviene usar de violencia y resistir virilmente al apetito sensible, y no atender a lo que quiere o no quiere la carne; sino más bien esforzarse en esto: que quede sujeta, aunque no quiera, al espíritu, y debe ser castigada y obligada a someterse a la servidumbre hasta que esté dispuesta a todo, y aprenda a contentarse con poco y a deleitarse con lo sencillo, y a no murmurar contra ninguna inconveniencia.
1. Señor Dios, según oigo, la paciencia me es muy necesaria. Muchas cosas contrarias suceden en esta vida. Pues por mucho que haya planeado mi paz, mi vida no puede estar sin dolor y sin lucha. Así es, hijo. No quiero que busques una paz que carezca de tentaciones o que no sienta contrariedades; sino que consideres que has encontrado la paz cuando hayas sido ejercitado en diversas tribulaciones y probado en muchas contrariedades. 2. Si dices que no puedes soportar mucho, ¿cómo soportarás entonces el fuego del purgatorio? De dos males siempre hay que elegir el menor: así pues, para que puedas evitar los suplicios eternos futuros, esfuérzate en tolerar con serenidad los males presentes por Dios. ¿Acaso piensas que los hombres de este mundo no sufren nada o sufren poco? No encontrarás eso, aunque busques a los más delicados. Pero tienen, dirás, muchos placeres y siguen sus propias voluntades: por eso ponderan poco sus tribulaciones. Supongamos que sea así, que tengan cuanto quieren, pero ¿cuánto tiempo crees que durará? 3. Mira cómo desaparecerán como humo los abundantes del mundo, y no habrá recuerdo de las alegrías pasadas. Pero incluso cuando aún viven, no descansan en ellas sin amargura, hastío y temor. Pues de la misma cosa de la que conciben placer, de ahí reciben frecuentemente el castigo del dolor. Justo les ocurre que, porque buscan y siguen placeres desordenados, no los disfruten sin amargura y confusión. 4. Oh, cuán breves, cuán falsos, cuán desordenados y vergonzosos son todos. Sin embargo, por embriaguez y ceguera no lo entienden, sino que como animales mudos, por un pequeño placer de la vida corruptible, incurren en la muerte del alma. Tú, pues, hijo, no vayas tras tus concupiscencias y apártate de tu voluntad; deléitate en el Señor, y te dará las peticiones de tu corazón. 5. En efecto, si quieres deleitarte verdaderamente y ser consolado más abundantemente por mí, he aquí que en el desprecio de todas las cosas mundanas y en la renuncia a todos los placeres engañosos estará tu bendición, y te será devuelta copiosa consolación. Y cuanto más te apartes de todo consuelo de las criaturas, tanto más suaves y poderosas consolaciones encontrarás en mí. Pero al principio no llegarás a estas sin cierta tristeza y trabajo de combate. Se opondrá la costumbre arraigada, pero será vencida por una costumbre mejor. La carne murmurará, pero será refrenada por el fervor del espíritu. Te instigará y te provocará la serpiente antigua, pero con la oración será ahuyentada, y además con el trabajo útil se le cerrará en gran medida el acceso.
1. Hijo, quien se esfuerza en sustraerse de la obediencia, se sustrae de la gracia; y quien busca tener cosas privadas, pierde las comunes. Quien no se somete gustosa y espontáneamente a su superior: es señal de que su carne aún no le obedece perfectamente, sino que muchas veces se rebela y murmura. Aprende pues a someterte rápidamente a tu superior, si deseas sojuzgar tu propia carne. Pues más rápidamente se vence al enemigo exterior, si el hombre interior no ha sido devastado. No hay enemigo más molesto y peor para el alma, que tú mismo para ti, cuando no estás en buena concordia con el espíritu. Es necesario que asumas el verdadero desprecio de ti mismo, si quieres prevalecer contra la carne y la sangre, porque aún te amas demasiado desordenadamente: por eso temes resignarte plenamente a la voluntad de otros. 2. Pero ¿qué tiene de grande que tú, que eres polvo y nada, te sometas por Dios a un hombre, cuando yo, Omnipotente y Altísimo, que creé todas las cosas de la nada, me sometí humildemente al hombre por ti? Me hice el más humilde y el más bajo de todos, para que también vencieras tu soberbia con mi humildad. Aprende a obedecer, polvo; aprende a humillarte, tierra y barro, y a inclinarte bajo los pies de todos. Aprende a quebrar tus voluntades y a entregarte a toda sujeción. 3. Enciéndete contra ti, y no permitas que la hinchazón viva en ti, sino muéstrate tan sujeto y reducido a polvo, que todos puedan caminar sobre ti y pisotearte como el barro de las calles. ¿Qué tienes tú, hombre vano, para quejarte? ¿Qué puedes tú, sucio pecador, contradecir a quienes te echan en cara, tú que tantas veces has ofendido a Dios y tantas veces has merecido el infierno? Pero mi ojo se apiadó de ti, porque tu alma fue preciosa ante mi vista, para que conocieras mi amor, y siempre fueras agradecido a mis beneficios, y te dieras continuamente a la verdadera sujeción y humildad, y soportaras pacientemente tu propio desprecio.
1. Haces tronar sobre mí tus juicios, Señor, y con temor y temblor sacudes todos mis huesos, y mi alma se espanta muchísimo. Me detengo atónito y considero que los cielos no son limpios ante tu vista. Si en los ángeles hallaste maldad, y sin embargo no los perdonaste, ¿qué será de mí? Cayeron las estrellas del cielo, y yo, que soy polvo, ¿qué presumo? Aquellos cuyas obras parecían laudables, cayeron a lo más bajo, y vi a quienes comían el pan de los ángeles deleitarse con las algarrobas de los cerdos. 2. No hay pues santidad alguna, si retiras tu mano, Señor. Ninguna sabiduría aprovecha, si dejas de gobernar. Ninguna fortaleza ayuda, si dejas de conservar. Ninguna castidad está segura, si tú no la proteges. Ninguna custodia propia aprovecha, si no está presente tu santa vigilancia. Pues abandonados nos hundimos y perecemos; pero visitados vivimos y somos levantados. Somos inestables ciertamente, pero por ti somos confirmados; nos enfriamos, pero por ti somos encendidos. 3. Oh, cuán humilde y abyectamente debo sentir de mí mismo, cuán nada debo estimar si parezco tener algún bien. Oh, cuán profundamente debo someterme bajo tus juicios abismales, Señor; donde no encuentro que soy otra cosa sino nada y nada. Oh, peso inmenso, oh piélago innavegable, donde nada encuentro de mí, sino en todo nada. ¿Dónde está pues el escondite de la gloria? ¿Dónde la confianza concebida en la virtud? Toda vana gloria ha sido absorbida en la profundidad de tus juicios sobre mí. 4. ¿Qué es toda carne ante tu vista? ¿Acaso se gloriará el barro contra quien lo forma? ¿Cómo puede ser levantado por la vanagloria aquel cuyo corazón está en verdad sujeto a Dios? No lo levantará el mundo entero a quien la verdad ha sujetado a sí. Ni será movido por la boca de todos los que le alaban quien ha fijado toda su esperanza en Dios. Pues también aquellos mismos que hablan, he aquí que todos son nada, y desaparecerán con el sonido de las palabras. Pero la verdad del Señor permanece eternamente.
1. Hijo, di así en toda cosa: «Señor, si te agrada, hágase esto así; Señor, si es tu honor, hágase esto en tu nombre; Señor, si ves que me conviene y apruebas que es útil, entonces dame esto para usarlo en honor tuyo. Pero si sabes que me será nocivo y no aprovechará a la salvación de mi alma, aparta de mí tal deseo». Pues no todo deseo procede del Espíritu Santo, aunque al hombre le parezca justo, recto y bueno. Es difícil juzgar con verdad si es el espíritu bueno o el malo el que te impulsa a desear esto o aquello, o si acaso te mueves por tu propio espíritu. Muchos al final han sido engañados, quienes al principio parecían guiados por el buen espíritu. 2. Por tanto, siempre con temor de Dios y humildad de corazón debe desearse y pedirse cuanto deseable ocurra a la mente, y sobre todo con propia resignación debe confiárseme todo y decir: «Señor, tú sabes qué es mejor para mí; hágase esto o aquello como tú quieras; dame lo que quieres y cuanto quieres y cuando quieres. Haz conmigo como sabes y como te agrade más, y sea mayor tu honor. Ponme donde quieras, y actúa libremente conmigo en todo. Estoy en tu mano, dame vueltas y revuélveme por completo. He aquí que soy tu siervo, dispuesto para todo: pues no deseo vivir para mí, sino para ti, ojalá digna y perfectamente». Oración para hacer el beneplácito de Dios. 3. Concédeme, benignísimo Jesús, tu gracia, para que esté conmigo y trabaje conmigo, y conmigo persevere hasta el fin. Dame siempre desear y querer lo que te es más aceptable y más querido te agrada. Sea tu voluntad la mía, y mi voluntad siga siempre la tuya, y concuerde óptimamente con ella. Sea para mí un solo querer y un solo no querer contigo: y que no pueda querer o no querer sino lo que tú quieres o no quieres. 4. Dame morir a todas las cosas que están en el mundo, y por ti amar ser despreciado, y ser desconocido en este siglo. Dame por encima de todos los deseos reposar en ti, y pacificar mi corazón en ti. Tú eres la verdadera paz del corazón, tú el único descanso; fuera de ti todo es duro e inquieto. En esta paz en él mismo, esto es en ti solo y sumo y eterno bien, dormiré y reposaré. Amén.
1. Cuanto puedo desear o pensar para mi consuelo, no lo espero aquí, sino en el futuro: porque, si tuviera todos los consuelos de este mundo y pudiera gozar de todos los deleites, es cierto que no podrían durar mucho. Por lo cual no puedes, alma mía, ser plenamente consolada, ni perfectamente recreada, sino en Dios, consolador de los pobres y amparo de los humildes. Espera un poco, alma mía: espera la promesa divina, y tendrás abundancia de todos los bienes en el cielo; y si apeteces demasiado desordenadamente estos bienes presentes, perderás los eternos y celestiales. Sean las cosas temporales para el uso, las eternas para el deseo. No puedes saciarte con ningún bien temporal, porque no has sido creada para gozar de estos. 2. Aunque tuvieras todos los bienes creados, no podrías ser feliz y bienaventurada; sino que en Dios, que creó todas las cosas, consiste toda tu bienaventuranza y felicidad, no cual parece y es alabada por los necios amadores del mundo, sino cual la esperan los buenos fieles de Cristo, y la pregustan a veces los espirituales y limpios de corazón, cuya conversación está en los cielos. Vano y breve es todo consuelo humano: bienaventurado y verdadero el consuelo que se recibe interiormente de la verdad. El hombre devoto lleva consigo en todas partes a su consolador Jesús y le dice: «Asísteme, Señor Jesús, en todo lugar y tiempo. Sea esta mi consolación, querer carecer gustosamente de todo consuelo humano. Y si faltara tu consolación, sea para mí tu voluntad y tu justa prueba como supremo consuelo. Pues no te enojarás perpetuamente, ni amenazarás eternamente».
1. Hijo, déjame actuar contigo como quiero: yo sé qué te conviene. Tú piensas como hombre, en muchas cosas sientes según te sugiere el afecto humano. 2. Señor, es verdad lo que dices. Mayor es tu solicitud por mí, que todo el cuidado que yo pudiera tener por mí. Pues demasiado casualmente se sostiene quien no proyecta en ti toda su solicitud. Señor, con tal de que mi voluntad permanezca recta y firme en ti, haz de mí cuanto te agrade. Pues no puede ser sino bueno cuanto hicieras de mí. Si quieres que esté en tinieblas, seas bendito; y si quieres que esté en la luz, seas de nuevo bendito. Si te dignas consolarme, seas bendito; si quieres que sea atribulado, seas igualmente siempre bendito. 3. Hijo, así debes estar, si deseas caminar conmigo. Tan dispuesto debes estar para padecer, como para gozar. Tan gustosamente debes estar pobre e indigente, como lleno y rico. 4. Señor, sufriré gustosamente por ti cuanto quieras que venga sobre mí. Quiero recibir indiferentemente de tu mano lo bueno y lo malo, lo dulce y lo amargo, lo alegre y lo triste, y dar gracias por todo lo que me acontezca. Guárdame de todo pecado, y no temeré la muerte ni el infierno. Con tal de que no me arrojes eternamente, ni me borres del libro de la vida, no me dañará tribulación alguna que viniere sobre mí.
1. Hijo, yo descendí del cielo para tu salvación; tomé sobre mí tus miserias, no por necesidad, sino por caridad que me impulsó, para que aprendieras la paciencia y soportaras las miserias temporales sin indignación. Pues desde la hora de mi nacimiento hasta mi muerte en la cruz no me faltó la tolerancia del dolor, y tuve gran carencia de cosas temporales. Oí frecuentemente muchas quejas sobre mí, soporté benignamente confusiones y oprobios, recibí por los milagros blasfemias, por la doctrina reproches. 2. Señor, porque fuiste paciente en tu vida, cumpliendo en esto sobre todo el precepto de tu Padre, es justo que yo, miserable pecador, me sostenga pacientemente según tu voluntad, y mientras tú mismo quieras, lleve para mi salvación la carga de la vida corruptible. Pues aunque se sienta gravosa la vida presente, se ha hecho ya por tu gracia muy meritoria, y por tu ejemplo y las huellas de tus santos más tolerable para los débiles, y más clara. Pero también mucho más consoladora que antiguamente en el Antiguo Testamento, cuando la puerta del cielo permanecía cerrada, y el camino también parecía más oscuro, cuando tan pocos se preocupaban por buscar el reino de los cielos. Pero ni siquiera quienes entonces eran justos y debían salvarse, antes de tu pasión y el tributo de tu muerte sagrada, podían entrar en el reino celestial. 3. Oh, cuántas gracias debo darte, porque te has dignado mostrarme a mí y a todos los fieles el camino recto y bueno hacia tu reino eterno. Pues tu vida es nuestro camino, y por la santa paciencia caminamos hacia ti, que eres nuestra corona. Si tú no nos hubieras precedido y enseñado, ¿quién se preocuparía de seguir? Ay, cuántos retrocederían muy lejos, si no contemplaran tus preclares ejemplos. He aquí que aún nos enfriamos habiendo oído tantas señales y doctrinas tuyas. ¿Qué sucedería si no tuviéramos tanta luz para seguirte?
1. ¿Qué es lo que dices, hijo mío? Deja de lamentarte, considera mi pasión y la de los demás santos. Aún no has resistido hasta derramar sangre. Poco es lo que sufres en comparación con aquellos que tanto padecieron, tan fuertemente fueron tentados, tan gravemente atribulados, tan repetidamente probados y ejercitados. Conviene, pues, que traigas a la mente los padecimientos más graves de otros, para que lleves con mayor ligereza tus pequeñeces. Y si no te parecen pequeñas, mira que no sea tu impaciencia la que las haga así. Ya sean pequeñas, ya sean grandes, esfuérzate en soportarlas todas con paciencia. 2. Cuanto mejor te dispones al sufrimiento, tanto más sabiamente actúas, y más mereces y más ligeramente lo llevarás con el ánimo y la práctica al estar preparado para ello sin pereza. Y no digas: «No puedo soportar esto de tal persona, ni debo sufrir semejantes cosas: pues me ha causado grave daño, y me reprocha cosas en las que nunca pensé; pero de otra persona lo soportaría de buen grado, y según me pareciere que debo sufrir». Insensato es tal pensamiento, que no considera la virtud de la paciencia, ni por quién ha de ser coronada; sino que más bien sopesa las personas y las ofensas que se le han inferido. 3. No es verdaderamente paciente quien no quiere sufrir sino lo que le pareciere y de quien le agradare. Mas el verdaderamente paciente no atiende a quién lo ejercita, si es su superior, o un igual, o un inferior, si es un hombre bueno y santo, o uno perverso e indigno. Sino que indiferentemente, de toda criatura, cuanto y cuantas veces le aconteciere alguna adversidad, todo esto lo acepta agradecido de la mano de Dios, y lo reputa como ganancia inmensa, porque nada ante Dios, por pequeño que sea si se sufre por Dios, podrá pasar sin recompensa. 4. Está, pues, preparado para el combate, si quieres tener la victoria. Sin lucha no puedes llegar a la corona de la paciencia; si no quieres sufrir, rechazas ser coronado. Mas si deseas ser coronado, combate varonilmente, soporta pacientemente. Sin trabajo no se llega al descanso, ni sin lucha se alcanza la victoria. 5. Hazme posible, Señor, por tu gracia, lo que me parece imposible por naturaleza. Tú sabes que poco puedo sufrir, y que pronto me abato cuando surge leve adversidad. Que todo ejercicio de tribulación se me haga amable y aceptable por tu nombre: pues padecer y ser afligido por ti es muy saludable para mi alma.
1. Confieso contra mí mi injusticia; te confesaré, Señor, mi debilidad. A menudo es una cosa pequeña la que me abate y entristece. Me propongo actuar con firmeza, pero cuando viene una pequeña tentación, se me hace gran angustia. A veces es una cosa muy vil de donde proviene grave tentación; mientras me creo algo seguro, cuando no lo siento, me encuentro a veces casi vencido por un leve soplo. 2. Mira, pues, Señor, mi humillación y mi fragilidad, que te es conocida por todas partes. Ten piedad de mí, y sácame del lodo, para que no quede atascado, no permanezca vencido por completo. Esto es lo que frecuentemente me abate, y me confunde ante ti, que soy tan débil e inestable para resistir a las pasiones, y aunque no del todo hasta el consentimiento, sin embargo me es molesta y grave su incitación, y me hastía en extremo vivir así cada día en lucha. De aquí se me hace patente mi debilidad, porque mucho más fácilmente asaltan las abominables fantasías que se marchan. 3. Ojalá, fortísimo Dios de Israel, celador de las almas fieles, miraras el trabajo y el dolor de tu siervo, y lo asistieras en todo aquello a lo que se dirigiere. Fortaléceme con fuerza celestial, no sea que el hombre viejo, la miserable carne aún no bien sujeta al espíritu, prevalezca para dominar, contra la cual habrá que combatir mientras se respire en esta vida miserabilísima. ¡Ay, qué clase de vida es esta! Donde no faltan tribulaciones y miserias; donde todo está lleno de lazos y enemigos. Pues una tribulación o tentación al retirarse, otra llega, y aún durando el primer conflicto, sobrevienen otras muchas e inesperadas. 4. ¿Y cómo puede amarse la vida humana teniendo tantas amarguras, y estando sujeta a tantas calamidades y miserias? ¿Cómo se llama siquiera vida lo que engendra tantas muertes y plagas? Y sin embargo es amada, y muchos buscan deleitarse en ella. Frecuentemente se reprende al mundo por ser falaz y vano, y sin embargo no se abandona fácilmente, pues dominan las concupiscencias de la carne. Pero unas cosas atraen a amarlo, otras a despreciarlo: al amor del mundo, el deseo de la carne, el deseo de los ojos y la soberbia de la vida; pero las penas y miserias que las siguen engendran odio al mundo y hastío. 5. Pero vence, ¡ay dolor!, el deleite perverso a la mente entregada al mundo, y reputa como delicias el estar bajo espinas, porque no ha visto ni gustado la suavidad de Dios, y la amena hermosura interior de la virtud. Mas quienes desprecian perfectamente al mundo, y se esfuerzan por vivir para Dios bajo santa disciplina, estos no ignoran la dulzura divina prometida a los verdaderos renunciantes, y ven claramente cuán gravemente yerra el mundo, y de cuántas maneras se engaña.
1. Sobre todas las cosas y en todas ellas descansarás, alma mía, en el Señor siempre, porque él es el descanso eterno de los santos. Concédeme, dulcísimo y amantísimo Jesús, descansar en ti sobre toda salud y hermosura, sobre toda gloria y honor, sobre todo poder y dignidad, sobre toda ciencia y sutileza, y sobre todas las riquezas y artes, sobre todo gozo y exultación, sobre toda fama y alabanza, sobre toda suavidad y consolación, sobre toda esperanza y promesa, sobre todo mérito y deseo, sobre todos los dones y presentes que puedes dar e infundir, sobre todo júbilo y regocijo que la mente pueda captar y sentir. Finalmente sobre todos los ángeles y arcángeles, y sobre todo el ejército del cielo y sobre todo lo visible e invisible, y sobre todo, Dios mío, que no eres tú: porque tú, Dios mío, eres el mejor sobre todas las cosas. 2. Tú solo altísimo, tú solo potentísimo, tú solo suficientísimo y plenísimo, tú solo suavísimo y consoladísimo, tú solo bellísimo y amantísimo, tú solo nobilísimo y gloriosísimo sobre todas las cosas; en quien todos los bienes juntos están, fueron y serán perfectos. Y por ello es poco e insuficiente todo lo que fuera de ti mismo me das, y de ti mismo me revelas o prometes, no siendo tú visto ni plenamente alcanzado: pues ciertamente no puede mi corazón descansar verdaderamente, ni contentarse totalmente, si no descansa en ti, y trasciende todos los dones y toda criatura. 3. Oh mi amadísimo esposo Jesucristo, amador purísimo, señor de toda criatura, ¿quién me diera alas de verdadera libertad, para volar y reposar en ti? ¡Oh, cuándo se me concederá plenamente vacar, y ver cuán suave eres, Señor Dios mío! ¿Cuándo me recogeré plenamente en ti, para que por tu amor no me sienta a mí mismo, sino solo a ti sobre todo sentido y medida en modo no conocido por todos? Mas ahora gimo frecuentemente, y llevo con dolor mi infelicidad, porque muchos males ocurren en este valle de miserias, que a menudo me turban, y me entristecen y oscurecen, a menudo me impiden, y me distraen, me seducen y enredan, para que no tenga libre acceso a ti, y no disfrute de los gozosos abrazos siempre prestos con los espíritus bienaventurados. Que te conmueva mi suspiro, y la múltiple desolación en la tierra. 4. Oh Jesús, resplandor de la gloria eterna, consuelo de la peregrinación de mi alma, ante ti está mi boca sin voz, y mi silencio te habla a ti. ¿Hasta cuándo tarda mi Dios en venir? Venga a mí su pobrecito, y me alegre, extienda su mano, y arrebate al miserable de toda angustia. Ven, ven, porque sin ti no habrá día ni hora tranquila, porque tú eres mi alegría, y sin ti vacía está mi mesa. Miserable soy, y de algún modo encarcelado, y encadenado y abrumado, hasta que con la luz de tu presencia me refresque, y me devuelvas la libertad, y me muestres tu rostro amigable. 5. Busquen otros por ti otra cosa que les plazca, y a mí entretanto nada me agrada, ni me agradará, sino mi Dios, mi esperanza, mi salvación eterna. No callaré ni cesaré de suplicar, hasta que vuelva a mí tu gracia, pues tú hablas interiormente. 6. Aquí estoy, he aquí que vengo a ti, porque me has invocado. Tus lágrimas, y el deseo de tu alma, tu humillación y la contrición de tu corazón me han inclinado, y me han traído a ti. 7. Y dije: Señor, te he invocado, y he deseado gozarte, dispuesto a rechazar todo por ti: pues tú primero me impulsaste a que te buscara; sé, pues, bendito, Señor, que has hecho esta bondad con tu siervo, según la multitud de tu misericordia. ¿Qué tiene más que decir tu siervo ante ti, Señor, sino humillarse profundamente ante ti, siempre consciente de su propia iniquidad, e indignidad y vileza? Pues no hay nada semejante a ti en todas las maravillas del cielo y de la tierra. Muy buenas son tus obras, Señor, verdaderos tus juicios, y por tu providencia se rige el universo. Alabanza, pues, a ti y gloria, oh Sabiduría del Padre, te alabe y bendiga mi boca, mi alma, y todas las criaturas juntas.
1. Abre, Señor, mi corazón en tu ley, y enséñame a caminar en tus mandamientos. Dame entender tu voluntad y recordar con gran reverencia y diligente consideración tus beneficios, tanto en general, como en particular, para que desde aquí pueda darte gracias. Mas sé y confieso, que ni por el más mínimo punto puedo pagar las debidas alabanzas de agradecimiento. Soy menor que todos los bienes que me has otorgado; y cuando considero tu nobleza, desfallece ante su grandeza mi espíritu. 2. Todo lo que tenemos en el alma y en el cuerpo y todo cuanto poseemos exterior o interiormente, natural o sobrenaturalmente, son beneficios tuyos, y te manifiestan bienhechor, piadoso y bueno, de quien hemos recibido todos los bienes. Y si uno recibió más, otro menos, todo sin embargo es tuyo, y sin ti no puede tenerse ni lo mínimo. El que recibió mayores dones, no puede gloriarse por su mérito, ni enaltecerse sobre otros, ni insultar al menor, porque aquel es mayor y mejor, que menos se atribuye a sí mismo, y al dar gracias es más humilde y más devoto: y quien se estima más vil que todos, y se juzga más indigno, es más apto para recibir mayores dones. 3. Mas quien recibió menos, no debe entristecerse, ni indignarse, ni envidiar al más rico: sino más bien atenderte a ti, y alabar grandemente tu bondad, que tan abundante, tan gratis, tan generosamente y sin acepción de personas repartes tus dones. Todo procede de ti, y por ello eres alabado en todas las cosas. Tú sabes qué conviene dar a cada uno, y por qué este tiene menos y aquel más, no nos toca a nosotros discernirlo, sino a ti, en quien están definidos los méritos de cada uno. 4. Por eso, Señor Dios, reputo también como gran beneficio no tener muchos dones que en lo exterior y según los hombres aparezcan como alabanza y gloria: de tal modo que quien considerara su pobreza y vileza de persona, no solo no conciba de ahí pesadumbre, o tristeza, o abatimiento, sino más bien consuelo, y gran alegría; porque tú, oh Dios, elegiste como familiares y domésticos tuyos a los pobres y humildes y despreciados por este mundo. Testigos son tus propios apóstoles, a quienes constituiste príncipes sobre toda la tierra. Sin embargo vivieron sin queja en el mundo, tan humildes como sencillos sin toda malicia y engaño, hasta gozarse de padecer afrentas por tu nombre, y lo que el mundo aborrece, ellos lo abrazaron con gran afecto. 5. Nada, pues, debe alegrar tanto a quien te ama y reconoce tus beneficios, como tu voluntad en él, y el beneplácito de tu eterna disposición, de lo cual debe contentarse y consolarse tanto, que tan gustosamente querría ser el menor, como otro desearía ser el mayor, y tan pacífico y contento en el último lugar como en el primero y tan de buen grado despreciable, y abatido, sin nombre ni fama alguna como otros más honorables y mayores en el mundo. Pues tu voluntad y el amor de tu honor, debe exceder todo, y consolarlo más y agradarle más, que todos los beneficios dados o por dar.
1. Hijo, ahora te enseñaré el camino de la paz y de la verdadera libertad. 2. Haz, Señor, lo que dices, pues esto me es grato oír. 3. Esfuérzate, hijo, por hacer más bien la voluntad del otro que la tuya. Elige siempre tener menos que más. Busca siempre el lugar inferior y estar sujeto a todos. Desea siempre y pide, que la voluntad de Dios se cumpla íntegramente en ti. He aquí que tal hombre entra en los confines de la paz y del reposo. 4. Señor, esta breve palabra tuya contiene mucha perfección; es pequeña de decir, pero llena de sentido y abundante en fruto. Pues si pudiera ser fielmente guardada por mí, no debería originarse en mí tan fácilmente la turbación. Pues cuantas veces me siento sin paz y abrumado, descubro que me he apartado de esta doctrina. Mas tú que todo lo puedes, y siempre amas el provecho del alma, aumenta en mí tu gracia, para que pueda cumplir tu palabra, y realizar mi salvación. Oración contra los malos pensamientos. 5. Señor Dios mío, no te alejes de mí; Dios mío, mira en mi auxilio: pues se han levantado en mí pensamientos vanos y grandes temores que afligen mi alma. ¿Cómo pasaré ileso? ¿Cómo los romperé? 6. Yo, dice, iré delante de ti, y humillaré a los gloriosos de la tierra; abriré las puertas de la cárcel, y te revelaré los secretos arcanos. 7. Haz, Señor, como dices, y huyan de tu presencia todos los pensamientos inicuos. Esta es mi esperanza y única consolación, refugiarme en ti en toda tribulación, confiar en ti, invocarte desde lo íntimo, y esperar pacientemente tu consolación. Oración por la iluminación de la mente. 8. Ilumíname, buen Jesús, con la claridad de la luz eterna. Expulsa de la morada de mi corazón todas las tinieblas. Refrena las múltiples divagaciones y quebranta la fuerza de las tentaciones que hacen violencia. Combate fuertemente por mí, y vence a las bestias malignas, las concupiscencias seductoras digo, para que se haga la paz en tu poder y abunde la alabanza tuya en el atrio santo, esto es en la conciencia pura. Manda a los vientos y tempestades; di al mar: aquiétate; di al Aquilón: no soples, y habrá gran tranquilidad. 9. Envía tu luz y tu verdad, para que luzcan sobre la tierra, porque yo soy tierra vacía y sin forma, hasta que me ilumines. Derrama tu gracia desde lo alto, baña mi corazón con la gracia celestial, suministra aguas de devoción para regar la faz de la tierra, para producir fruto bueno y óptimo. Eleva mi mente oprimida por el peso de los pecados y suspende hacia las cosas celestiales todo mi deseo: para que gustada la dulzura de la felicidad suprema, me pese pensar en cosas terrenas. 10. Arrebátame y líbrame de toda consolación pasajera de las criaturas, porque ninguna cosa creada puede plenamente aquietar y consolar mi apetito. Úneme a ti con vínculo inseparable de amor, porque solo tú bastas al que te ama y sin ti son frívolos todos los universos.
1. Hijo mío, yo dije: «Os dejo la paz, os doy mi paz; no os la doy como la da el mundo». Todos desean la paz, pero no todos se preocupan por lo que pertenece a la paz verdadera. Mi paz está con los humildes y con los mansos de corazón; tu paz estará en la mucha paciencia. Si me escuchas y sigues mi voz, podrás gozar de mucha paz. ¿Qué debo hacer, entonces, en todo momento? Atiende a lo que haces y a lo que dices, y dirige toda tu intención a esto: a agradarme solo a mí, y a no desear ni buscar nada fuera de mí. Pero tampoco juzgues a la ligera lo que otros dicen o hacen, ni te metas en asuntos que no te han sido encomendados, y podrá suceder que poco o rara vez te perturbes.
2. Pero no sentir nunca perturbación alguna, ni sufrir molestia alguna de corazón o de cuerpo no es propio del tiempo presente, sino del estado de descanso eterno. No creas, pues, que has encontrado la paz verdadera si no has sentido ningún peso, ni que entonces todo está bien si no soportas a ningún adversario, ni que esto es la perfección si todo sucede según tu deseo. Ni tampoco te consideres algo grande ni creas que eres especialmente amado si te encuentras en gran devoción o dulzura: porque en esto no se reconoce al verdadero amante de la virtud, ni en esto consiste el progreso y la perfección del hombre.
3. ¿En qué consiste, entonces, Señor? En que te ofrezcas de todo corazón a la voluntad divina, sin buscar lo tuyo ni en lo pequeño ni en lo grande, ni en el tiempo ni en la eternidad, de modo que permanezcas con un mismo rostro ecuánime dando gracias en medio de las circunstancias favorables y adversas, pesándolas todas con igual balanza. Si llegas a ser tan fuerte y tan magnánimo en la esperanza que, retirada la consolación interior, prepares tu corazón para soportar cosas aún mayores, y no te justifiques ni te alabes como santo, entonces caminas por el sendero verdadero y recto de la paz, y tendrás esperanza cierta de volver a ver mi rostro en el gozo. Y si llegas al desprecio pleno de ti mismo, has de saber que entonces gozarás de la paz en abundancia según la medida posible de tu peregrinación terrena.
1. Señor, esto es obra del hombre perfecto: no relajar nunca su ánimo de la atención a las cosas celestiales, y pasar entre muchas preocupaciones como si no tuviera ninguna, no al modo del que está aletargado, sino por cierta prerrogativa de la mente libre, sin apegarse a criatura alguna con afecto desordenado.
2. Te suplico, piadosísimo Señor Dios mío, presérvame de las preocupaciones de esta vida, para que no me vea demasiado enredado en las múltiples necesidades del cuerpo; para que no me deje atrapar por el placer de todos los obstáculos del alma, ni me vea abatido quebrantado por las molestias. No hablo de aquellas cosas que la vanidad mundana ambiciona con todo afán, sino de aquellas miserias que penosamente pesan y retrasan el alma de tu siervo por la maldición común de la mortalidad, para que no pueda entrar en la libertad del espíritu cada vez que quisiera.
3. Oh Dios mío, dulzura inefable, convierte para mí en amargura todo consuelo carnal que me aparta del amor de lo eterno y me atrae perversamente hacia sí por la contemplación de algún bien deleitable presente. Que no me venza, Dios mío, que no me venzan la carne y la sangre; que no me engañe el mundo y su breve gloria; que no me haga caer el diablo y su astucia. Dame fortaleza para resistir, paciencia para tolerar, constancia para perseverar. Dame, en lugar de todos los consuelos del mundo, la suavísima unción de tu espíritu, y en lugar del amor carnal, infunde el amor de tu nombre.
4. Mira, la comida, la bebida, el vestido y las demás cosas necesarias para el sustento del cuerpo son una carga para el espíritu fervoroso. Concédeme usar estos auxilios con templanza, sin dejarme enredar por el deseo excesivo. No es lícito rechazar todas estas cosas, porque hay que sostener la naturaleza; pero buscar lo superfluo y lo que más deleita lo prohíbe la ley santa, pues de otro modo la carne se rebelaría insolente contra el espíritu. Que entre estas cosas, te ruego, tu mano me gobierne y me enseñe, Señor, para que no se haga nada en exceso.
1. Hijo mío, tienes que darlo todo por el todo, y no ser nada de ti mismo. Debes saber que el amor de ti mismo te daña más que cualquier cosa de este mundo. Según el amor y el afecto que tengas, cada cosa se te adhiere más o menos. Si tu amor fuera puro, simple y bien ordenado, no serías cautivo de las cosas. No desees lo que no es lícito tener; no tengas lo que puede impedirte y privarte de la libertad interior. Es sorprendente que no te entregues a mí de todo corazón con todo lo que puedes desear o tener.
2. ¿Por qué te consumes en tristeza vana? ¿Por qué te fatigas con preocupaciones superfluas? Disponte a mi beneplácito y no sufrirás ningún daño. Si buscas esto o aquello, y quieres estar aquí o allá por tu comodidad y para tener más tu propio beneplácito, nunca estarás en quietud ni libre de inquietud, porque en cada cosa se encontrará algún defecto y en todo lugar habrá quien se te oponga.
3. Por tanto, no ayuda el que se adquiera o se multiplique cualquier cosa exterior, sino más bien el que se desprecie y se arranque de raíz del corazón. Y esto no solo se entiende del dinero y las riquezas, sino también de la ambición de honores y del deseo de vana alabanza, cosas que todas pasan con el mundo. El lugar protege poco si falta el espíritu de fervor; ni durará mucho aquella paz buscada exteriormente si el estado del corazón carece de verdadero fundamento, es decir, si no has permanecido firme en mí. Podrás cambiarte de sitio, pero no mejorarte. Pues cuando surja y se presente la ocasión, encontrarás aquello de lo que huiste, y más aún.
Oración para la purificación del corazón y la sabiduría celestial.
4. Confírmame, oh Dios, por la gracia del Espíritu Santo; dame fuerza para ser fortalecido en el hombre interior y para vaciar mi corazón de toda preocupación y angustia inútil, y para no ser arrastrado por diversos deseos de cualquier cosa, vil o preciosa; sino para considerar todas las cosas como pasajeras, y que yo pasaré igualmente con ellas, porque nada permanece bajo el sol, porque todo es vanidad y aflicción del espíritu. ¡Oh, cuán sabio es quien así considera!
5. Dame, Señor, sabiduría celestial, para que aprenda a buscarte y encontrarte sobre todas las cosas, a saborearte y amarte sobre todas las cosas, y a entender las demás cosas según el orden de tu sabiduría, tal como son. Dame prudencia para evitar al que me adula y paciencia para soportar al que me es adverso, porque gran sabiduría es no moverse con cualquier viento de palabras ni prestar oído al que aduladoramente engaña: así se avanza con seguridad por el camino emprendido.
1. Hijo, no te aflijas si algunos piensan mal de ti y dicen lo que no oyes con gusto. Tú debes pensar cosas peores de ti mismo y creer que nadie es inferior a ti. Si caminas en el interior, no pesarás mucho las palabras que vuelan en el exterior. No es pequeña prudencia callar en tiempo malo y volverse interiormente hacia mí, sin perturbarse por el juicio humano.
2. Que tu paz no esté en boca de los hombres; pues tanto si interpretan bien como si interpretan mal, no eres otro hombre. ¿Dónde está la paz verdadera y la gloria verdadera? ¿No están en mí? Y quien no busca agradar a los hombres ni teme desagradarles, gozará de mucha paz. De amor desordenado y de temor vano nacen toda inquietud de corazón y toda distracción de los sentidos.
1. Bendito sea tu nombre, Señor, por los siglos, tú que has querido que vengan sobre mí esta tentación y tribulación. No puedo huir de ella, pero necesito refugiarme en ti para que me ayudes y la conviertas en bien para mí. Señor, ahora estoy en tribulación y mi corazón no está bien, sino muy atormentado por la pasión presente. Y ahora, Padre amado, ¿qué diré? Me veo atrapado en angustias. Sálvame en esta hora. Pero para esto he llegado a esta hora, para que tú seas glorificado cuando yo sea profundamente humillado y liberado por ti. Complázcase en ti, Señor, rescatarme. Porque ¿qué puedo hacer yo, pobre? ¿Y adónde iré sin ti? Dame paciencia, Señor, también en esta ocasión. Ayúdame, Dios mío, y no temeré por mucho que esté agobiado.
2. Y ahora, en medio de esto, ¿qué diré? Señor, hágase tu voluntad. Bien he merecido ser atribulado y agobiado. Debo, pues, soportarlo, y ojalá con paciencia, hasta que pase la tempestad y venga lo mejor. Pero tu mano omnipotente es capaz de apartar incluso esta tentación de mí y de mitigar su ímpetu para que no sucumba del todo, como tantas veces lo has hecho conmigo antes. Dios mío, misericordia mía, cuanto más difícil me resulta a mí, tanto más fácil te es a ti este cambio de la diestra del Altísimo.
1. Hijo, yo soy el Señor que conforta en el día de la tribulación. Ven a mí cuando no estés bien. Esto es lo que más impide el consuelo celestial: que tardas en convertirte a la oración. Pues antes de rogarme intensamente, buscas entretanto muchos consuelos y te recreas en cosas exteriores. Por eso sucede que todo aprovecha poco, hasta que adviertes que soy yo quien salva a los que esperan en mí; y no hay consejo valioso ni remedio útil ni duradero fuera de mí. Pero ahora, recobrado el ánimo después de la tempestad, recupérate en la luz de mis misericordias, porque estoy cerca, dice el Señor, para restaurarlo todo, no solo íntegramente, sino abundante y colmadamente.
2. ¿Acaso algo me resulta difícil? ¿O seré semejante al que dice y no hace? ¿Dónde está tu fe? Permanece firme y perseverante. Sé magnánimo y varón fuerte. El consuelo vendrá a ti a su tiempo. Espérame, espérame: vendré y te sanaré. Es una tentación lo que te atormenta, y un temor vano lo que te aterroriza. ¿Qué importa la preocupación por las cosas futuras contingentes, sino tener tristeza sobre tristeza? Basta a cada día su propia malicia. Es vano e inútil turbarse o alegrarse por lo futuro, que quizá nunca suceda.
3. Pero es propio del hombre dejarse engañar por tales imaginaciones, y es señal de ánimo todavía pequeño dejarse arrastrar tan fácilmente por la sugerencia del enemigo. Pues a él no le importa si engaña y seduce con falsedades o verdades, ni si te derriba con amor a las cosas presentes o con temor a las futuras. No se turbe tu corazón ni tenga miedo; cree en mí y ten confianza en mi misericordia. Cuando tú te sientes lejos de mí, muchas veces estoy muy cerca. Cuando crees que está todo perdido, entonces muchas veces se acerca la ocasión de mayor mérito. No está todo perdido cuando algo sucede al revés. No debes juzgar según lo que sientes en el momento presente, ni aferrarte a ninguna aflicción de donde venga ni aceptarla como si estuviera quitada toda esperanza de salir de ella.
4. No pienses que estás del todo abandonado, aunque por algún tiempo yo te permita alguna tribulación: así se llega al reino de los cielos. Y sin duda te conviene más a ti y a mis demás siervos ser ejercitados en las adversidades, que si tuvierais todo a vuestro gusto. Yo conozco los pensamientos ocultos: porque te conviene mucho para tu salvación que a veces seas dejado sin sabor, no sea que te exaltes por el buen éxito y quieras complacerte en lo que no eres. Lo que di puedo quitarlo y devolverlo cuando me plazca.
5. Cuando doy, mío es; cuando retiro, no te quité lo tuyo, porque mío es todo don óptimo y todo don perfecto. Si te envío aflicción o alguna contrariedad, no te indignes ni desfallezca tu corazón, porque yo puedo aliviarte pronto y convertir toda carga en gozo. No obstante, soy justo y muy digno de alabanza cuando obro así contigo.
6. Si piensas rectamente y miras en verdad, nunca debes entristecerte tan abatidamente por las adversidades, sino más bien alegrarte y dar gracias. Incluso debes considerar este tu único gozo: que afligiéndote con dolores no te perdono. «Como me amó el Padre, así os amo yo», dije a mis discípulos amados, a quienes ciertamente no envié a gozos temporales, sino a grandes combates; no a honores, sino a desprecios; no al ocio, sino a trabajos; no al descanso, sino a dar mucho fruto en la paciencia. Acuérdate, hijo mío, de estas palabras.
1. Señor mío, aún necesito mayor gracia si debo llegar allí donde nada ni ninguna criatura pueda impedirme. Pues mientras alguna cosa me retiene, no puedo volar libremente hacia ti. Deseaba volar libremente quien decía: «¿Quién me diera alas como de paloma para volar y descansar?». ¿Qué hay más tranquilo que el ojo sencillo, y qué más libre que no desear nada en la tierra? Es necesario, pues, trascender toda criatura y abandonarse perfectamente a sí mismo, y estar en éxtasis de mente, y ver que tú, Creador de todas las cosas, no tienes nada semejante a las criaturas. Y si uno no estuviera libre de todas las criaturas, no podría atender libremente a las cosas divinas. Por eso se encuentran pocos contemplativos, porque pocos saben apartarse plenamente de las criaturas perecederas.
2. Para esto se requiere gran gracia, que eleve el alma y la arrebate sobre sí misma. Y si el hombre no está elevado sobre sí en el espíritu, y liberado de todas las criaturas y totalmente unido a Dios, lo que sabe y lo que tiene no es de gran peso; mucho tiempo será pequeño y yacerá abajo quien considera algo grande excepto el único bien inmenso y eterno. Y lo que no es Dios, nada es y debe considerarse como nada. Hay, ciertamente, gran diferencia entre la sabiduría del varón iluminado y devoto, y la ciencia del clérigo letrado y estudioso. Mucho más noble es aquella doctrina que mana de arriba por influencia divina, que la que se adquiere laboriosamente por el ingenio humano.
3. Muchos se encuentran que desean la contemplación, pero no se esfuerzan por practicar lo que se requiere para ella. También es gran impedimento que nos detengamos en signos y cosas sensibles, y tengamos poco de perfecta mortificación. No sé qué es, ni por qué espíritu somos conducidos, ni qué pretendemos los que parecemos llamarnos espirituales, cuando empleamos todo nuestro trabajo y mayor solicitud en cosas pasajeras y viles, y pensamos en nuestro interior tan raras veces con los sentidos plenamente recogidos.
4. ¡Ay!, después de una breve recogida nos dispersamos en seguida hacia fuera, y no examinamos nuestras obras con escrutinio riguroso. No atendemos a dónde se inclinan nuestros afectos, ni lloramos cuán impuras son todas nuestras cosas. Pues toda carne había corrompido su camino, y por eso sobrevino el gran diluvio. Como nuestro afecto interior está corrompido, es necesario que la acción que sigue, índice de la carencia de vigor interior, esté también corrompida. De corazón puro procede el fruto de vida buena.
5. Se pregunta cuánto hizo alguien, pero no se pondera con tanto cuidado con cuánta virtud obra. Se investiga si fue valiente, rico, hermoso, hábil o buen escritor, o buen cantor, o buen trabajador; pero cuán pobre es de espíritu, cuán paciente y manso, cuán devoto e interior, de esto callan muchos. La naturaleza mira las cosas exteriores del hombre; la gracia se vuelve hacia lo interior. Aquella se equivoca frecuentemente; esta espera en Dios para no ser engañada.
1. Hijo, no puedes poseer perfectamente la libertad si no te niegas totalmente a ti mismo. Están encadenados todos los que se apegan a lo propio y se aman a sí mismos, los codiciosos, los curiosos, los vagabundos, que siempre buscan lo novedoso y lo fácil, no lo que es de Jesucristo: a menudo fingen y construyen algo que no permanecerá. Perecerá, en efecto, todo lo que no nace de Dios. Retén esta palabra breve y plena: Deja todo, y lo encontrarás todo; deja el deseo, y encontrarás el descanso. Reflexiona esto en tu mente, y cuando lo hayas cumplido, lo entenderás todo.
2. Señor, esto no es obra de un solo día, ni juego de niños: en verdad, en esta breve sentencia se resume toda la perfección de los religiosos.
3. Hijo, no debes apartarte ni desanimarte enseguida al oír el camino de los perfectos, sino más bien ser impulsado hacia lo más alto, y al menos suspirar por ello con deseo. Ojalá estuvieras así contigo mismo y hubieras llegado a esto: que no fueras amante de ti mismo, sino que te mantuvieras pura y simplemente a mi disposición, y a la de aquel que te he puesto como Padre: entonces me agradarías muchísimo, y toda tu vida transcurriría con alegría y paz. Todavía tienes mucho que abandonar, y si no me lo entregas todo por completo, no conseguirás lo que pides. Te aconsejo que compres de mí oro purificado por el fuego, para que te hagas rico, es decir, la sabiduría celestial, que pisotea todo lo que es bajo. Deja atrás toda sabiduría terrenal y el agrado humano y propio.
4. Te he dicho que compres lo vil en lugar de lo precioso y de las cosas humanas elevadas. Porque parece vil y pequeña, y casi entregada al olvido, la verdadera sabiduría celestial, que no piensa altamente de sí misma, ni busca engrandecerse en la tierra. Muchos la predican de boca, pero en su vida se alejan completamente de ella: sin embargo, ella es la perla preciosa, oculta para muchos.
1. Hijo, no confíes en tu afecto presente: pronto cambiará hacia otra cosa. Mientras vivas, estarás sujeto a la mutabilidad, aunque no quieras: de modo que unas veces te encontrarás alegre, otras triste; unas veces tranquilo, otras turbado; ahora devoto, ahora no devoto; ahora aplicado, ahora perezoso; ahora grave, ahora ligero. Pero por encima de estos cambios permanece el sabio y bien instruido en el espíritu, no prestando atención a lo que siente en sí mismo ni hacia qué lado sopla el viento de la inestabilidad, sino procurando que toda la intención de su mente avance hacia el fin debido y óptimo. Pues así podrá permanecer uno e idéntico e inconmovible, con el ojo de la intención simple dirigido hacia mí sin desviarse a través de tantos sucesos diversos.
2. Cuanto más puro sea el ojo de la intención, con tanta mayor constancia se avanza entre las diversas tempestades. Pero en muchos se oscurece el ojo de la intención pura. Pues enseguida se fija en alguna cosa agradable que se presenta, y raras veces se encuentra alguien totalmente libre de la mancha de la búsqueda del propio interés. Así los judíos antaño fueron a Betania, a casa de Marta y María, no solo por Jesús, sino para ver a Lázaro. Debe, pues, purificarse el ojo de la intención, para que sea simple y recto, y dirigido hacia mí más allá de todas las cosas variables intermedias.
1. He aquí mi Dios y mi todo. ¿Qué más quiero? ¿Y qué puedo desear más feliz? Oh, palabra sabrosa y dulce, pero para quien ama la palabra, no el mundo ni las cosas que hay en el mundo. Dios mío y mi todo. Al que entiende, se le ha dicho bastante, y es agradable repetirlo a menudo para quien ama. Estando tú presente, todas las cosas son agradables; pero estando tú ausente, todas resultan fastidiosas. Tú haces el corazón tranquilo, y la gran paz, y la alegría festiva. Tú haces pensar bien de todas las cosas, y alabarte en todas: nada puede agradar mucho tiempo sin ti; pero si ha de ser grato y tener buen sabor, es necesario que esté presente tu gracia y que sea sazonado con el condimento de tu sabiduría.
2. Para quien tú tienes sabor, ¿qué no tendrá buen sabor? Y para quien tú no tienes sabor, ¿qué podrá serle realmente agradable? Pero fracasan en tu sabiduría los sabios del mundo y los que piensan según la carne: porque allí se encuentra mucha vanidad, y aquí la muerte. Pero quienes te siguen por el desprecio de las cosas mundanas y la mortificación de la carne, se reconoce que son verdaderamente sabios, porque pasan de la vanidad a la verdad, y de la carne al espíritu. Para estos Dios tiene sabor, y todo lo que se encuentra en las criaturas lo refieren a la alabanza de su Creador. Sin embargo, es diferente, y muy diferente, el sabor del Creador y de la criatura, de la eternidad y del tiempo, de la luz increada y de la luz iluminada.
3. Oh luz perpetua, que trasciendes todas las luces creadas: lanza un fulgor resplandeciente desde lo alto que penetre todos los rincones íntimos de mi corazón. Purifica, alegra, ilumina y vivifica mi espíritu con sus potencias para que se adhiera a ti con éxtasis jubilosos. Oh, ¿cuándo llegará esa hora bendita y deseable, en que me sacies con tu presencia y seas para mí todo en todas las cosas? Mientras esto no me sea concedido, no habrá gozo pleno. Todavía, ay de mí, vive en mí el hombre viejo, no está totalmente crucificado, no está perfectamente muerto, todavía se rebela fuertemente contra el espíritu. Provoca guerras internas, y no permite que el reino del alma esté en paz.
4. Pero tú, que dominas el poder del mar y calmas el movimiento de sus olas, levántate, ayúdame. Dispersa a las naciones que quieren guerras; destrúyelas con tu poder. Muestra, te lo ruego, tus maravillas, y sea glorificada tu diestra: porque no hay otra esperanza, ni otro refugio para mí sino en ti, Señor Dios mío.
1. Hijo, nunca estás seguro en esta vida: sino que mientras vivas, siempre te serán necesarias las armas espirituales. Estás entre enemigos; eres atacado por la derecha y por la izquierda. Si, pues, no usas por todas partes el escudo de la paciencia, no estarás mucho tiempo sin herida. Además, si no fijas tu corazón en mí con verdadera voluntad de sufrirlo todo por mí, no podrás soportar este ardor, ni alcanzar la palma de los bienaventurados. Debes, por tanto, atravesarlo todo varonilmente, y usar con mano poderosa contra lo que se te opone. Pues al que vence se le da el maná, y al perezoso se le deja mucha miseria.
2. Si buscas el descanso en esta vida, ¿cómo llegarás entonces al descanso eterno? No te dispongas para mucho descanso, sino para gran paciencia. Busca la verdadera paz no en la tierra sino en los cielos, no en los hombres ni en las demás criaturas, sino solo en Dios. Por amor de Dios debes soportar gustosamente todas las cosas, es decir, trabajos y dolores, tentaciones y vejaciones, ansiedades y necesidades, enfermedades, injurias, difamaciones, reprobaciones, humillaciones, confusiones, correcciones y desprecios. Yo daré recompensa eterna por el breve trabajo, y gloria infinita por la confusión transitoria.
3. ¿Piensas que siempre tendrás según tu voluntad consuelos espirituales? Mis santos no tuvieron tales, sino muchas dificultades y tentaciones diversas, y grandes desolaciones, pero se sostuvieron pacientemente en todas ellas y confiaron más en Dios que en sí mismos: sabiendo que los padecimientos de este tiempo no son dignos de compararse con la gloria futura que han de merecer. ¿Quieres tú tener enseguida lo que muchos apenas consiguieron después de muchas lágrimas y grandes trabajos? Espera al Señor, obra varonilmente y esfuérzate; no desconfíes, no te retires, sino expón constantemente cuerpo y alma por la gloria de Dios. Yo te retribuiré plenísimamente; estaré contigo en toda tribulación.
1. Hijo, apoya tu corazón firmemente en el Señor, y no temas el juicio humano, cuando la conciencia te hace piadoso e inocente. Es bueno y dichoso sufrir de este modo: y esto no será penoso para el corazón humilde que confía en Dios más que en sí mismo. Muchos hablan mucho, y por eso se les debe dar poca fe. Pero tampoco es posible satisfacer a todos. Y aunque Pablo se esforzó por agradar a todos en el Señor, y se hizo todo para todos, sin embargo también consideró como cosa mínima ser juzgado por tribunal humano.
2. Hizo cuanto pudo y estuvo en su mano por la edificación y salvación de los demás: pero no pudo evitar que a veces fuera juzgado o menospreciado por otros. Por eso confió todo a Dios, que lo sabía todo; y con paciencia y humildad se defendió contra las bocas que hablaban iniquidades, e incluso contra quienes pensaban cosas vanas y mundanas, y se jactaban de todo a su antojo. Sin embargo, respondió a veces, para que no se generara escándalo entre los débiles por su silencio.
3. ¿Quién eres tú para temer a un hombre mortal? Hoy existe, y mañana no aparece. Teme a Dios, y no tendrás miedo a los temores de los hombres. ¿Qué puede hacer contra ti? Con palabras o injurias se daña más bien a sí mismo que a ti; ni podrá escapar del juicio de Dios, sea quien sea. Ten a Dios ante tus ojos, y no te enzarces en palabras quejumbrosas. Y si al presente te ves vencido y sufres una confusión que no mereciste, no te indignes por ello ni disminuyas tu corona por la impaciencia. Más bien mírame a mí en el cielo, que tengo poder para librarte de toda confusión e injuria, y dar a cada uno según sus obras.
1. Hijo, abandónate, y me encontrarás; permanece sin elegir, sin apropiarte de nada, y siempre ganarás. Pues se te añadirá una gracia más amplia tan pronto como te entregues y no vuelvas a retomarte.
2. Señor, ¿cuántas veces me entregaré? ¿Y en qué cosas me abandonaré?
3. Siempre y a toda hora: tanto en lo pequeño como en lo grande. Nada excluyo, sino que en todas las cosas quiero encontrarte despojado. De otro modo, ¿cómo podrás ser mío y yo tuyo, si no estás desposeído de toda voluntad propia por dentro y por fuera? Cuanto más rápidamente se haga esto, mejor te irá; y cuanto más plena y sinceramente, más me agradarás y más ganarás.
4. Algunos se entregan, pero con alguna excepción: no confían plenamente en Dios; por eso se esfuerzan en proveerse a sí mismos. Algunos también ofrecen todo al principio, pero después, golpeados por la tentación, vuelven a lo propio; por eso no progresan en absoluto en la virtud. Estos no alcanzarán la verdadera libertad de corazón puro, ni la gracia de mi grata familiaridad, sin que primero se haga la renuncia íntegra y la inmolación cotidiana de sí mismos, sin la cual no se establece ni permanece la unión fruíble.
5. Te lo he dicho muchísimas veces y ahora te lo repito: Déjate, entrégrate, y gozarás de una gran paz interior. Da todo por todo, no busques nada, no reclames nada, permanece pura e inquebrantablemente en mí, y me tendrás. Serás libre en tu corazón, y las tinieblas no te pisotearán. A esto esfuérzate, esto ruega, esto desea con anhelo: poder despojarte de toda apropiación y seguir desnudo a Jesús desnudo, morir para ti y vivir eternamente para mí. Entonces desaparecerán todas las vanas fantasías, las turbaciones perversas y los cuidados superfluos. Entonces también se retirará el temor desmedido, y morirá el amor desordenado.
1. Hijo, a esto debes tender diligentemente: que en todo lugar, acción u ocupación externa seas interiormente libre y dueño de ti mismo, y que todas las cosas estén bajo ti, y tú no bajo ellas, para que seas señor de tus acciones y su rector, no esclavo ni mercenario, sino más bien libre y verdadero hebreo, que pasa a la suerte y libertad de los hijos de Dios; que están por encima de lo presente y contemplan lo eterno; que miran lo pasajero con el ojo izquierdo, y con el derecho lo celestial; a quienes las cosas temporales no arrastran para adherirse a ellas, sino que ellos mismos las arrastran más bien para servirse bien de ellas, según han sido ordenadas por Dios e instituidas por el supremo Artífice, que no dejó nada desordenado en su creación.
2. Pero si en todo suceso no te quedas en la apariencia externa, ni examinas con ojo carnal lo visto u oído, sino que enseguida en cualquier situación entras con Moisés en el tabernáculo para consultar al Señor: oirás a veces la respuesta divina y volverás instruido acerca de muchas cosas presentes y futuras. Siempre tuvo Moisés recurso al tabernáculo para resolver dudas y cuestiones, y se refugió en la ayuda de la oración para soportar los peligros y las maldades de los hombres. Así también tú debes refugiarte en el secreto de tu corazón, implorando más intensamente el auxilio divino. Por eso se lee que Josué y los hijos de Israel fueron engañados por los gabaonitas, porque no consultaron antes la boca del Señor, sino que, demasiado crédulos con dulces palabras, fueron engañados con falsa piedad.
1. Hijo, confíame siempre tu causa, yo la dispondré bien a su tiempo. Espera mi disposición y sentirás el provecho que de ello se sigue.
2. Señor, muy gustosamente te confío todos mis asuntos, porque poco puede aprovechar mi pensamiento. Ojalá no me adhiriera tanto a los sucesos futuros, sino que me ofreciera sin vacilación a tu beneplácito.
3. Hijo mío, a menudo el hombre se afana por algo que desea: pero cuando llega a conseguirlo, empieza a sentir de otra manera, porque los afectos hacia lo mismo no son duraderos, sino que más bien nos impulsan de una cosa a otra. No es, pues, lo menos importante abandonarse a sí mismo, incluso en las cosas mínimas.
4. El verdadero progreso del hombre es la negación de sí mismo, y el hombre negado a sí mismo es muy libre y seguro. Pero el antiguo enemigo, que se opone a todos los bienes, no cesa de tentar, y de día y de noche trama graves asechanzas, por si acaso pudiera precipitar en el lazo del engaño al incauto. Vigilad y orad, dice el Señor, para que no entréis en tentación.
1. Señor, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre para que lo visites? ¿Qué ha merecido el hombre para que le des tu gracia? Señor, ¿de qué puedo quejarme si me abandonas? ¿O qué puedo alegar justamente si no haces lo que te pido? Ciertamente puedo pensar y decir esto con verdad: Señor, nada soy; nada tengo de bueno por mí mismo, sino que fallo en todo y tiendo siempre hacia la nada. Yo, si no soy ayudado por ti e interiormente instruido, me vuelvo del todo tibio y disoluto. 2. Pero tú, Señor, eres siempre el mismo y permaneces eternamente: siempre bueno y justo y santo; obrando y disponiendo todo bien, justa y santamente en tu sabiduría. Pero yo, más propenso al fracaso que al progreso, no permanezco siempre en el mismo estado, porque siete tiempos se mudan sobre mí. Sin embargo, pronto mejoro cuando te place y extiendes tu mano para ayudarme: porque tú solo, sin ayuda humana, puedes auxiliarme y confirmarme de tal modo que mi rostro ya no se vuelva hacia diversas cosas, sino que mi corazón se convierta a ti solo y en ti descanse. 3. Por eso, si supiera rechazar bien todo consuelo humano, ya sea para alcanzar la devoción o por la necesidad que me obliga a buscarte, pues no hay hombre que me consuele, entonces podría con razón esperar en tu gracia y regocijarme con el don de un nuevo consuelo. 4. Gracias a ti, de quien procede todo, siempre que algo me sale bien. Pero yo soy vanidad y nada ante ti, un hombre inconstante y débil. ¿De qué puedo gloriarme? ¿O por qué deseo ser estimado? ¿Acaso de la nada? Y esto es lo más vano. Verdaderamente la vanagloria es una mala peste, la mayor vanidad, porque aparta de la verdadera gloria y despoja de la gracia celestial. Pues cuando el hombre se complace en sí mismo, te desagrada a ti; cuando aspira a alabanzas humanas, se priva de las verdaderas virtudes. 5. Pero la verdadera gloria y la santa alegría consisten en gloriarse en ti y no en sí mismo, en alegrarse en tu nombre y no en la propia fuerza, y en no deleitarse en criatura alguna sino por ti. Sea alabado tu nombre, no el mío; sea magnificada tu obra, no la mía; sea bendito tu santo nombre, no el mío; nada de las alabanzas humanas se me atribuya. Tú eres mi gloria, tú la exaltación de mi corazón. En ti me gloriaré y me alegraré todo el día; por mí, en cambio, nada, sino en mis debilidades. 6. Que los judíos busquen la gloria que viene unos de otros: yo buscaré la que viene solo de Dios. Toda gloria humana, todo honor temporal, toda altura mundana, comparada con tu gloria eterna, es vanidad y estulticia. Oh, verdad mía y misericordia mía, Dios mío, Trinidad bendita: a ti solo la alabanza, la virtud, el honor y la gloria por los infinitos siglos de los siglos.
1. Hijo, no te aflijas si ves a otros honrados y elevados, mientras tú eres despreciado y humillado. Eleva tu corazón a mí en el cielo y no te entristecerá el desprecio de los hombres en la tierra. 2. Señor, estamos en la ceguera y pronto nos seduce la vanidad. Si me examino rectamente, nunca me ha sido hecha injuria alguna por criatura alguna: por eso no tengo motivo justo de quejarme contra ti: porque he pecado contra ti frecuente y gravemente, con razón se arma contra mí toda criatura. A mí, pues, justamente se me debe confusión y desprecio: a ti, en cambio, alabanza, honor, virtud y gloria. Y si no me preparo para que quiera ser libremente despreciado y abandonado por toda criatura, y parecer absolutamente nada, no puedo ser interiormente pacificado ni estabilizado, ni espiritualmente iluminado, ni plenamente unido a ti.
1. Hijo, si pones tu paz en alguna persona por tu sentir o por convivir, serás inestable e inquieto. Pero si tienes recurso a la verdad siempre viva y permanente, no te entristecerá que un amigo se aparte o muera. En mí debe fundarse el amor del amigo, y por mí debe ser amado quien te parezca bueno y muy querido en esta vida. Sin mí no vale ni durará la amistad; ni es verdadero y puro el amor que yo no uno. Debes estar tan muerto a tales afecciones de personas amadas que, en cuanto de ti depende, desees estar sin compañía humana. Cuanto más se aleja el hombre de todo consuelo terreno, tanto más se acerca a Dios. Y cuanto más profundamente desciende en sí mismo y más vil se vuelve ante sí, tanto más alto asciende hacia Dios. 2. Pero quien se atribuye algo bueno impide que la gracia de Dios se halle en él: porque la gracia del Espíritu Santo siempre busca un corazón humilde. Si supieras aniquilarte perfectamente y vaciarte de todo amor creado, entonces yo debería derramarme en ti con gran gracia. Cuando miras a las criaturas, se te oculta la mirada del Creador. Aprende a vencerte en todo por el Creador: entonces podrás alcanzar el conocimiento divino. Por pequeña que sea una cosa, si se ama y se mira desordenadamente, retarda del sumo bien y lo corrompe.
1. Hijo, no te conmuevan las palabras bellas y sutiles de los hombres: pues el reino de Dios no está en palabras, sino en virtud. Atiende a mis palabras, que encienden el corazón e iluminan las mentes, inducen a la compunción y producen variados consuelos. Nunca leas una palabra para poder parecer más docto o sabio; sino esfuérzate en la mortificación de los vicios, porque esto te aprovechará más que el conocimiento de muchas cuestiones difíciles. 2. Cuando hayas leído y conocido mucho, deberás venir a un solo principio. Yo soy quien enseña al hombre la ciencia y doy a los pequeños inteligencia más clara de la que puede enseñarse por el hombre. Aquel a quien yo hable pronto será sabio y progresará mucho en el espíritu. Ay de aquellos que buscan muchas curiosidades de los hombres y poco se preocupan del camino para servirme. Vendrá el tiempo cuando aparezca el Maestro de los maestros, Cristo, Señor de los ángeles, para oír las lecciones de todos y examinar las conciencias de cada uno, y entonces escudriñará Jerusalén con lámparas y se manifestarán las cosas ocultas de las tinieblas, y callarán los argumentos de las lenguas. 3. Yo soy quien en un instante eleva la mente humilde para que capte más razones de la verdad eterna que si alguien estudiara diez años en las escuelas. Yo enseño sin estruendo de palabras, sin confusión de opiniones, sin pompa de honores, sin pugna de argumentos. Yo soy quien enseña a despreciar lo terreno, a hastiar lo presente, a buscar lo eterno, a saborear lo eterno, a huir de los honores, a soportar los escándalos, a poner en mí toda esperanza, a nada desear fuera de mí y a amarme ardientementemente sobre todas las cosas. 4. Pues cierto varón, amándome íntimamente, aprendió cosas divinas y habló maravillas. Progresó más abandonándolo todo que estudiando sutilezas. Pero hablo a unos cosas comunes, a otros especiales; a algunos aparezco dulcemente en signos y figuras; a otros, en cambio, en luz, les revelo muchos misterios. Una es la voz de los libros, pero no instruye igualmente a todos, porque yo soy dentro el maestro de la verdad, el escrutador del corazón, el conocedor de los pensamientos, el promotor de las acciones, distribuyendo a cada uno según juzgo digno.
1. Hijo, debes ser ignorante en muchas cosas y estimarte como muerto sobre la tierra y para quien el mundo entero está crucificado. Muchas cosas también debes dejar pasar con oído sordo y pensar más en las que hacen a tu paz. Es más útil apartar los ojos de las cosas que desagradan y dejar a cada uno su opinión, que servir a discursos contenciosos. Si estás bien con Dios y consideras su juicio, soportarás más fácilmente ser vencido. 2. Oh Señor, ¿a dónde hemos llegado? He aquí que se llora la pérdida temporal: por una módica ganancia se trabaja y se corre, y el daño espiritual pasa al olvido, y apenas tarde se vuelve en sí. Se atiende a lo que poco o nada aprovecha, y se descuida negligentemente lo sumamente necesario, porque el hombre entero fluye hacia lo externo, y si no se arrepiente pronto, yace a gusto en lo exterior.
1. Dame ayuda, Señor, en la tribulación, porque vana es la salvación del hombre. ¡Cuántas veces no hallé fidelidad donde pensé tenerla! ¡Cuántas veces, en cambio, la encontré donde menos presumí! Vana es, pues, la esperanza en los hombres, pero la salvación de los justos está en ti, Dios. Bendito seas, Señor Dios, en todo lo que nos sucede. Somos débiles e inestables; pronto somos engañados y mudados. 2. ¿Quién es el hombre que pueda guardarse tan cauta y circunspectamente en todo que alguna vez no caiga en algún engaño o perplejidad? Pero quien confía en ti, Señor, y te busca con corazón sencillo, no resbala tan fácilmente. Y si cae en alguna tribulación, de cualquier modo que esté enredado, pronto será librado por ti o consolado por ti, porque tú no abandonas hasta el fin al que espera en ti. Raro es el amigo fiel que persevera en todas las pruebas del amigo. Tú, Señor, tú solo eres fidelísimo en todo, y fuera de ti no hay otro tal. 3. ¡Oh, cuán bien supo aquella alma santa que dijo: «Mi mente está solidificada y fundada en Cristo»! Si así fuera conmigo, no me inquietaría tan fácilmente el temor humano ni me conmoverían las saetas de las palabras. ¿Quién puede preverlo todo, quién basta para precaver los males futuros? Si incluso las cosas previstas suelen dañar, ¿cómo no van a herir gravemente las imprevistas? Pero ¿por qué no proveeí mejor para mí, miserable? ¿Por qué también creí tan fácilmente a otros? Pero somos hombres, no otra cosa que frágiles hombres, aunque seamos estimados y llamados ángeles por muchos. ¿A quién creeré, Señor? ¿A quién creeré sino a ti? Eres la verdad que no engañas ni puedes ser engañado. Y por otra parte: «Todo hombre es mentiroso», inestable y resbaladizo, sobre todo en palabras, así que apenas debe creerse lo que en apariencia parece sonar bien. 4. ¡Cuán prudentemente nos preveniste que hay que guardarse de los hombres, y que los enemigos del hombre son los de su casa, y no creer si alguien dijere: «Mirad, aquí está, o allá está»! He sido instruido con daño, y ojalá sea para mayor cautela mía, no para mi insensatez. «Sé cauto», dice alguien; «sé cauto, guarda en ti lo que digo»: y mientras yo callo y creo que está oculto, él no puede callar lo que pidió que se callara; sino que al instante me delata, y a sí mismo, y se va. De tales charlatanes y hombres incautos protégeme, Señor, para que no caiga en sus manos ni jamás cometa tales cosas. Pon en mi boca una palabra veraz y estable, y aleja de mí la lengua engañosa. Lo que no quiero padecer, debo totalmente evitar hacerlo. 5. ¡Oh, cuán bueno y pacífico es callar sobre los demás, y no creer indiferentemente todo ni contarlo fácilmente a otros, revelarse a pocos, buscarte siempre a ti, inspector del corazón, y no dejarse llevar por todo viento de palabras, sino desear que todo lo interior y exterior se cumpla según el beneplácito de tu voluntad! ¡Cuán seguro para conservar la gracia celestial es huir de la apariencia humana y no apetecer lo que fuera parece proporcionar admiración, sino seguir con total diligencia lo que da enmienda de vida y fervor! ¡A cuántos dañó la virtud conocida y alabada prematuramente! ¡Cuán provechosa fue la gracia guardada en silencio en esta vida frágil, que toda ella es tentación y milicia!
1. Hijo, mantente firme y espera en mí. Pues ¿qué son las palabras sino palabras? Vuelan por el aire, pero no dañan la piedra. Si eres culpable, piensa que quieres libremente enmendarte. Si nada te reprocha tu conciencia, considera que quieres libremente sufrir esto por Dios. Poco es, en verdad, que soportes a veces palabras, tú que aún no vales para tolerar duros golpes. Y ¿por qué cosas tan pequeñas te llegan al corazón? Sino porque todavía eres carnal y atiendes a los hombres más de lo que conviene. Pues como temes ser despreciado, no quieres ser reprendido por tus excesos y buscas refugios de excusas. 2. Pero examínate mejor y conocerás que aún vive en ti el mundo y el vano amor de agradar a los hombres. Pues cuando rehúsas ser rebajado y confundido incluso por tus defectos, consta ciertamente que ni eres verdaderamente humilde ni verdaderamente muerto al mundo, ni el mundo crucificado para ti. Pero escucha mis palabras y no te importarán diez mil palabras de hombres. Mira, si se dijeran contra ti todas las cosas que podrían fingirse maliciosísimamente, ¿qué te dañarían si las dejaras pasar del todo y no las tuvieras en más cuenta que una paja? ¿Acaso podrían arrancarte un solo cabello? 3. Pero quien no tiene el corazón dentro ni a Dios ante los ojos, se conmueve fácilmente con una palabra de vituperio. Quien confía en mí, en cambio, y no desea sostenerse en su propio juicio, estará libre de temor humano. Pues yo soy el juez y conocedor de todos los secretos; yo sé cómo sucedió el asunto; conozco al que injuria y al que soporta. De mí salió esa palabra; con mi permiso sucedió esto, para que se revelen los pensamientos de muchos corazones. Yo juzgaré al culpable y al inocente; pero quise probar a ambos con un juicio oculto. 4. El testimonio de los hombres a menudo engaña; mi juicio es verdadero, permanecerá y no será subvertido. Suele estar oculto y a pocos se manifiesta en cada cosa; sin embargo, nunca yerra ni puede errar, aunque a los ojos de los insensatos no parezca recto. Debe recurrirse, pues, a mí en todo juicio, y no apoyarse en el propio arbitrio; pues el justo no se perturbará, sea lo que sea que le suceda de parte de Dios. Y si se profiriera algo injusto contra él, no se preocupará mucho; pero tampoco se alegrará vanamente si otros lo excusan razonablemente. Pues considera que yo soy el que escudriña los corazones y los riñones; yo, que no juzgo según la apariencia y según lo que parece a los hombres. Pues a menudo ante mis ojos resulta culpable lo que el juicio humano cree laudable. 5. Señor Dios, juez justo, fuerte y paciente, que conoces la fragilidad y la maldad de los hombres, sé mi fortaleza y toda mi confianza; pues no me basta mi conciencia. Tú sabes lo que yo no sé, y por eso en toda reprensión debí humillarme y soportar mansamente. Perdóname, pues, propicio, cuantas veces no obré así; y concédeme de nuevo la gracia de una mayor paciencia. Mejor me es tu copiosa misericordia para obtener el perdón que mi supuesta justicia para defensa de mi conciencia oculta. Y aunque mi conciencia nada me reprocha, no por eso puedo justificarme: porque, quitada tu misericordia, ningún viviente se justificará en tu presencia.
1. Hijo, que no te quebranten los trabajos que has asumido por mí, ni las tribulaciones te abatan del todo; al contrario, que mi promesa te fortalezca y te consuele en cualquier circunstancia. Yo soy suficiente para retribuirte más allá de toda medida y proporción. No vas a trabajar aquí mucho tiempo, ni siempre estarás agobiado por los dolores. Espera un poco y verás el pronto fin de los males. Llegará una hora en que cesarán todo trabajo y todo tumulto. Es poca cosa y breve todo lo que pasa con el tiempo.
2. Haz lo que haces; trabaja fielmente en mi viña, yo seré tu recompensa. Escribe, lee, canta, gime, calla, ora, soporta con valentía las contrariedades: la vida eterna merece todas estas batallas y otras mayores. Vendrá la paz en un día que es conocido por el Señor. No habrá entonces día ni noche de este tiempo presente, sino luz perpetua, claridad infinita, paz firme y descanso seguro. No dirás entonces: «¿Quién me liberará de este cuerpo de muerte?». Ni clamarás: «¡Ay de mí, porque mi destierro se ha prolongado!», ya que la muerte será precipitada, y la salvación será indefectible, no habrá ansiedad alguna, sino felicidad dichosa, compañía dulce y hermosa.
3. ¡Oh, si vieras las coronas perpetuas de los santos en el cielo, con cuánta gloria exultan ahora quienes antes eran considerados despreciables para este mundo e incluso indignos de la vida misma! De seguro te humillarías al instante hasta el suelo y preferirías estar sometido a todos antes que mandar sobre uno solo; y no desearías los días alegres de esta vida, sino que te gozarías más bien en padecer tribulaciones por Dios, y tendrías por máxima ganancia ser considerado nada entre los hombres.
4. ¡Oh, si estas cosas tuvieran sabor para ti y penetraran profundamente en tu corazón, cómo te atreverías siquiera una vez a quejarte! ¿Acaso no hay que soportar todos los trabajos por la vida eterna? No es poca cosa ganar o perder el reino de Dios. Levanta, pues, tu rostro al cielo. Mira: yo y todos mis santos conmigo, que tuvimos gran combate en este mundo, ahora nos gozamos, ahora nos consolamos, ahora estamos seguros y ahora descansamos, y sin fin permaneceremos en el reino de mi Padre conmigo.
1. ¡Oh beatísima morada de la ciudad celestial! ¡Oh clarísimo día de la eternidad, al que no oscurece la noche, sino que siempre lo ilumina la verdad suprema! Día siempre alegre, siempre seguro, que nunca cambia su estado hacia lo contrario. ¡Oh, si ese día hubiera amanecido ya y todas estas cosas temporales hubieran llegado a su fin! Luce ciertamente para los santos con resplandor perpetuo y espléndido, pero solo desde lejos, como en un espejo, para los que peregrinamos en la tierra.
2. Los ciudadanos del cielo saben cuán gozoso es ese día; los hijos exiliados de Eva gimen de cuán amargo y tedioso es este. Los días de este tiempo son pocos y malos, llenos de dolores y angustias: donde el hombre se contamina con muchos pecados, se enreda en muchas pasiones, se estrecha con muchos temores, se distiende con muchas preocupaciones y se distrae con muchas curiosidades, se complica con muchas vanidades, se rodea de muchos errores, se desgasta con muchos trabajos, se agobia con muchas tentaciones, se debilita con las delicias, se atormenta con la pobreza.
3. ¡Oh, cuándo será el fin de tantos trabajos! ¿Cuándo seré liberado de la miserable esclavitud de los vicios? ¿Cuándo me acordaré, Señor, solo de ti? ¿Cuándo me alegraré plenamente en ti? ¿Cuándo estaré sin ningún impedimento, en verdadera libertad, sin ninguna carga de la mente ni del cuerpo? ¿Cuándo habrá paz sólida, paz imperturbable y segura, paz dentro y fuera, paz firme en todos los aspectos? Jesús bueno, ¿cuándo estaré contemplándote? ¿Cuándo contemplaré la gloria de tu reino? ¿Cuándo serás tú para mí todo en todo? ¡Oh, cuándo estaré contigo en tu reino, que preparaste para tus amados desde la eternidad! He quedado pobre y desterrado en tierra hostil, donde hay batallas cotidianas e infortunios máximos.
4. Consuela mi exilio, mitiga mi dolor, porque todo mi deseo suspira hacia ti. Pues es para mí una carga todo lo que este mundo ofrece como consuelo. Deseo gozar de ti íntimamente, pero no puedo alcanzarte. Anhelo adherirme a las cosas celestiales, pero me deprimen las cosas temporales y las pasiones no mortificadas. Con la mente deseo estar por encima de todas las cosas, pero me veo forzado, contra mi voluntad, a estar sometido a la carne. Así, yo, hombre infeliz, lucho conmigo mismo y me he vuelto pesado para mí mismo, mientras el espíritu busca las alturas y la carne quiere estar abajo.
5. ¡Oh, cuánto sufro interiormente cuando medito en las cosas celestiales y enseguida al orar me sale al encuentro una turba de tentaciones y pensamientos carnales! Dios mío, no te alejes de mí ni te apartes con ira de tu siervo. Lanza tu rayo fulgurante y dispérsalas; envía tus flechas y que se turben todas las fantasías del enemigo. Recoge hacia ti todos mis sentidos; haz que me olvide de todas las cosas mundanas; dame rechazar y despreciar rápidamente los fantasmas de los vicios. Socórreme, Verdad eterna, para que ninguna vanidad me conmueva. Ven, dulzura celestial, y que huya de tu rostro toda impureza. Perdóname también y concédeme misericordiosamente tu indulgencia cuantas veces pienso en algo distinto de ti durante la oración. Confieso, en verdad, que suelo estar muy distraído. Pues muchas veces no estoy allí donde corporalmente me encuentro de pie o sentado, sino que estoy más bien allí a donde me llevan mis pensamientos. Estoy donde está mi pensamiento; y donde está frecuentemente mi pensamiento, allí está lo que amo. Se me presenta rápidamente aquello que naturalmente me deleita o que me agrada por costumbre.
6. Por eso tú, Verdad eterna, dijiste claramente: «Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón». Si amo el cielo, pienso con gusto en las cosas celestiales. Si amo el mundo, me alegro con las felicidades del mundo y me entristezco por sus adversidades. Si amo la carne, imagino con mucha frecuencia las cosas de la carne. Si amo el espíritu, me deleito en pensar en las cosas espirituales. Pues de aquello que amo hablo y escucho con gusto, y llevo conmigo a casa imágenes de tales cosas. Pero bienaventurado aquel hombre que, por ti, Señor, da permiso de partida a todas las criaturas, que hace violencia a la naturaleza y crucifica las concupiscencias de la carne con el fervor del espíritu, para que, serenada su conciencia, te ofrezca una oración pura, y sea digno de participar en los coros angélicos, excluidas todas las cosas terrenas, tanto exteriores como interiores.
1. Hijo mío, cuando sientas que se infunde en ti desde lo alto el deseo de la bienaventuranza eterna, y anheles salir del tabernáculo del cuerpo para poder contemplar mi claridad sin sombra de mudanza, dilata tu corazón y recibe esta santa inspiración con todo tu deseo. Da las más amplias gracias a la bondad celestial, que obra contigo con tanta dignación, te visita con clemencia, te anima con ardor, te sostiene con poder para que no te derrumbes hacia las cosas terrenas por tu propio peso. Pues no alcanzas esto por tu pensamiento o esfuerzo, sino solo por la dignación de la gracia celestial y la mirada divina, para que progreses en las virtudes y en mayor humildad, te prepares para los futuros combates, y te esfuerces por adherirte a mí con todo el afecto del corazón y servirme con voluntad fervorosa.
2. Hijo, a menudo arde el fuego, pero la llama no sube sin humo. Así también los deseos de algunos se inflaman hacia las cosas celestiales, y sin embargo no están libres de la tentación del afecto carnal. Por eso tampoco actúan de modo totalmente puro por el honor de Dios en lo que le piden con tanto deseo. Tal es a menudo también tu deseo, que has insinuado ser tan urgente. Pues no es puro y perfecto lo que está infectado por tu propia conveniencia.
3. Pide no lo que te es deleitable y conveniente, sino lo que es aceptable y honorable para mí; porque si juzgas rectamente, debes anteponer y seguir mi ordenación antes que tu deseo y cualquier cosa deseada. Conozco tu deseo y he oído tus frecuentes gemidos. Ya quisieras estar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios, ya te deleita la casa eterna y la patria celestial llena de gozo. Pero todavía no ha llegado esa hora; hay todavía otro tiempo, tiempo de guerra, tiempo de trabajo y de prueba. Deseas ser llenado del sumo bien, pero no puedes conseguirlo ahora. Yo soy, espérame, dice el Señor, hasta que venga el reino de Dios.
4. Todavía debes ser probado en la tierra y ejercitado en muchas cosas. Se te dará consolación de cuando en cuando, pero no se te concederá la saciedad copiosa. Esfuérzate, pues, y sé robusto, tanto en el obrar como en el sufrir lo que es contrario a la naturaleza. Debes revestirte del hombre nuevo y transformarte en otro hombre. Debes hacer a menudo lo que no quieres, y debes dejar lo que quieres. Lo que gusta a otros tendrá éxito; lo que te gusta a ti no avanzará. Lo que digan otros será escuchado; lo que tú digas será tenido por nada. Otros pedirán y recibirán; tú pedirás y no obtendrás.
5. Otros serán grandes en boca de los hombres; sobre ti se guardará silencio. A otros se les confiará esto o aquello, pero tú serás juzgado inútil para todo. Por eso la naturaleza se entristecerá a veces, pero grande será el fruto si lo sobrellevas en silencio. En estas y otras muchas cosas semejantes suele ser probado el fiel servidor del Señor, para ver cómo puede negarse a sí mismo en todo y quebrantarse en todo. Apenas hay algo en lo que necesites morir tanto como en ver y sufrir lo que es adverso a tu voluntad; sobre todo cuando se ordena hacer lo que parece inconveniente y menos útil para ti. Y porque no te atreves a resistir a un poder superior, al estar bajo autoridad, te parece duro andar al mandato de otro y omitir todo parecer propio.
6. Pero considera, hijo, el fruto de estos trabajos, su fin rápido y su premio grandísimo, y no lo tendrás como carga, sino como fortísimo consuelo de tu paciencia. Pues a cambio de esta pequeña voluntad que ahora dejas espontáneamente, siempre tendrás tu voluntad en los cielos. Allí encontrarás todo lo que quieras, todo lo que puedas desear. Allí estará a tu disposición toda la abundancia del bien sin temor de perderlo. Allí tu voluntad estará siempre una conmigo; no desearás nada extraño ni privado. Allí nadie se te opondrá, nadie se quejará de ti, nadie te impedirá, nada te saldrá al encuentro: sino que todo lo deseado estará presente a la vez, saciará todo tu afecto y lo llenará hasta el colmo. Allí te daré gloria por el ultraje sufrido, manto de alabanza por el luto, por el último lugar un trono en el reino para siempre. Allí aparecerá el fruto de la obediencia; se gozará el trabajo de la penitencia, y la humilde sumisión será coronada gloriosamente.
7. Ahora, pues, inclínate humildemente bajo las manos de todos, y no te preocupe quién haya dicho o mandado esto: pero ocúpate con gran empeño en que, ya sea un prelado, un inferior o un igual quien te pida o te sugiera algo, lo tomes todo como bueno y te esfuerces por cumplirlo con voluntad sincera. Que uno busque esto, otro aquello; que uno se gloríe en esto, otro en aquello; y que sean alabados mil y mil veces, pero tú no te gloríes ni en esto ni en aquello: sino alégrate en tu propio desprecio, y solo en mi beneplácito y mi honor. Esto es lo que debes desear: que, ya sea por vida o por muerte, Dios sea siempre glorificado en ti.
1. Señor Dios, Padre santo, sé bendito ahora y por siempre, porque como tú quieres así se ha hecho, y lo que haces es bueno. Que tu siervo se alegre en ti, no en sí mismo ni en ningún otro, porque solo tú eres la alegría verdadera, tú mi esperanza y mi corona, tú mi gozo y mi honor, Señor. ¿Qué tiene tu siervo que no haya recibido de ti, incluso sin mérito suyo? Tuyos son todos los dones que diste y todas las cosas que hiciste. Soy pobre y he estado en trabajos desde mi juventud, y mi alma se entristece, a veces hasta las lágrimas, y a veces también mi espíritu se turba en sí mismo a causa de las pasiones inminentes.
2. Deseo el gozo de la paz, imploro la paz de tus hijos, que son alimentados por ti en la luz de la consolación. Si das la paz, si infundes el gozo santo, el alma de tu siervo se llenará de melodía y será devota en tu alabanza. Pero si te retiras, como sueles hacer con frecuencia, no podrá correr por el camino de tus mandamientos, sino que más bien se doblará de rodillas para golpearse el pecho, porque ya no es como ayer y anteayer, cuando tu lámpara brillaba sobre su cabeza y se protegía bajo la sombra de tus alas de las tentaciones que irrumpían.
3. Padre justo y siempre digno de alabanza, ha llegado la hora de que tu siervo sea probado. Padre amado, es digno que en esta hora tu siervo sufra algo por ti. Padre perpetuamente venerable, ha llegado la hora que desde la eternidad sabías que vendría, para que tu siervo por breve tiempo sucumba exteriormente, pero viva siempre contigo interiormente, sea un poco menospreciado, humillado y desfallezca ante los hombres, sea quebrantado por las pasiones y los sufrimientos, para que de nuevo resucite contigo en la aurora de la luz nueva y sea glorificado en los cielos. Padre santo, tú así lo ordenaste y así lo quisiste, y así se ha hecho lo que mandaste.
4. Pues esta es la gracia para tu amigo: sufrir y padecer tribulación en el mundo por amor a ti, cuantas veces y por quien sea y de cualquier modo que permitas que suceda. Sin tu consejo y providencia, y sin causa, nada se hace en la tierra. Bueno es para mí, Señor, que me hayas humillado para que aprenda tus justificaciones, y para que eche fuera toda altivez del corazón y toda presunción. Útil me es que la confusión haya cubierto mi rostro, para que busque tu consuelo a ti antes que a los hombres. También he aprendido de esto a temer tu juicio inescrutable, que afliges al justo junto con el impío, pero no sin equidad y justicia.
5. Gracias te doy porque no has perdonado mis males, sino que me has quebrantado con azotes amargos, infligiendo dolores y enviando angustias fuera y dentro. No hay quien me consuele de todo lo que está bajo el cielo, sino tú, Señor Dios mío, médico celestial de las almas, que hieres y sanas, que conduces al infierno y traes de vuelta. Tu disciplina está sobre mí y tu vara misma me enseñará.
6. He aquí, Padre amado, estoy en tus manos; me inclino bajo la vara de tu corrección: golpea mi espalda y mi cuello para que curve mi tortuosidad a tu voluntad. Hazme piadoso y humilde discípulo, como acostumbras hacer bien, para que camine a cada señal tuya. A ti te encomiendo a mí y todo lo mío para ser corregido: mejor es ser corregido aquí que en el futuro. Tú lo sabes todo y cada cosa, y nada se te oculta en la conciencia humana. Antes de que sucedan, conoces lo que vendrá, y no necesitas que nadie te enseñe o te advierta de lo que sucede en la tierra. Tú sabes qué conviene a mi progreso y cuánto sirve la tribulación para limpiar el orín de los vicios. Haz conmigo tu beneplácito deseado y no desprecies mi vida pecadora, que a nadie es mejor ni más claramente conocida que solo a ti.
7. Dame, Señor, saber lo que hay que saber, amar lo que hay que amar, alabar lo que más te agrada, estimar lo que te parece precioso, vituperar lo que te repugna. No permitas que juzgue según la visión de los ojos exteriores, ni que emita sentencia según el oído de los oídos de hombres inexpertos: sino que discierna con juicio verdadero de las cosas visibles e invisibles, y que busque siempre por encima de todo la voluntad de tu beneplácito.
8. A menudo se engañan los sentidos de los hombres al juzgar; se engañan también los amadores del mundo cuando solo aman lo visible. ¿En qué es mejor un hombre porque sea considerado más grande por otro hombre? El falso engaña al falso, el vano al vano, el ciego al ciego, el débil al débil, cuando lo enaltece, y en verdad más bien lo confunde cuando lo alaba vanamente. Pues cuanto es cada uno ante tus ojos, tanto es y no más, dice el humilde san Francisco.
1. Hijo mío, no siempre puedes mantenerte en el más ardiente deseo de las virtudes ni en el grado más alto de contemplación, sino que a veces, debido a la corrupción original, necesitas descender a lo inferior y soportar la carga de la vida corruptible, incluso contra tu voluntad y con hastío. Mientras lleves un cuerpo mortal, sentirás hastío y pesadez en el corazón. Por eso conviene que a menudo gimas en la carne por la carga de la carne, porque no puedes entregarte sin cesar a los estudios espirituales ni adherirte continuamente a la divina contemplación. 2. Entonces te conviene refugiarte en obras humildes y exteriores, recrearte en buenas acciones, aguardar con firme confianza mi venida y mi visita celestial, soportar con paciencia tu destierro y la aridez de tu alma, hasta que yo te visite de nuevo y te libere de todas tus angustias. Pues haré que te olvides de tus trabajos y disfrutes de la paz interior. Extenderé ante ti los prados de las Escrituras para que con el corazón dilatado comiences a correr por el camino de mis mandamientos, y dirás: «Los padecimientos del tiempo presente no son dignos de la gloria futura que se revelará en nosotros».
1. Señor, no soy digno de tu consuelo ni de ninguna visita espiritual, y por eso actúas justamente conmigo cuando me dejas necesitado y desolado. Si pudiera derramar lágrimas como el mar, todavía no sería digno de tu consuelo. Así que no merezco más que ser azotado y castigado, porque te he ofendido gravemente y muchas veces, y en muchas cosas he pecado enormemente. Luego, bien considerado, ni siquiera la más mínima consolación merezco. Pero tú, clemente y misericordioso, porque no quieres que perezcan las obras de tus manos, para mostrar las riquezas de tu bondad en los vasos de tu misericordia, incluso por encima de todo mérito propio, te dignas consolar a tu siervo de modo sobrehumano. Porque tus consuelos no son como las conversaciones humanas. 2. ¿Qué he hecho, Señor, para que me concedas algún consuelo celestial? No recuerdo haber hecho nada bueno, sino que siempre fui inclinado al vicio y perezoso para la enmienda. Es verdad, y no puedo negarlo; si dijera lo contrario, tú estarías contra mí y no habría quien me defendiera. ¿Qué he merecido por mis pecados sino el infierno y el fuego eterno? Confieso en verdad que soy digno de toda burla y desprecio; y no merece contarme entre tus devotos. Y aunque me cueste oírlo, sin embargo acusaré contra mí mismo mis pecados por la verdad, para poder alcanzar más fácilmente tu misericordia. 3. ¿Qué diré, reo y lleno de toda confusión? No tengo boca para hablar sino esta única palabra: «Pequé, Señor, pequé: ten piedad de mí, perdóname. Déjame un poco para que llore mi dolor antes de que vaya a la tierra tenebrosa, cubierta de niebla mortal». ¿Qué exiges principalmente de un reo y miserable pecador sino que se quebrante y se humille por sus delitos? En la verdadera contrición y humillación del corazón nace la esperanza del perdón, se reconcilia la conciencia turbada, se recupera la gracia perdida, el hombre se protege de la ira futura, y Dios y el alma penitente se encuentran mutuamente en un beso santo. 4. La humilde contrición de los pecadores es para ti, Señor, un sacrificio aceptable, de olor mucho más suave ante ti que el incienso. Este es también el ungüento precioso que quisiste que se derramara sobre tus santos pies, porque nunca despreciaste un corazón contrito y humillado. Allí está el lugar de refugio ante la ira del enemigo; allí se enmienda y se lava todo lo que se ha contaminado en otra parte.
1. Hijo, mi gracia es preciosa, no se deja mezclar con cosas extrañas ni con consuelos terrenos. Conviene, pues, que apartes todos los obstáculos de la gracia, si deseas recibir su infusión. Búscate un lugar apartado; ama vivir a solas contigo mismo, no busques conversar con nadie, sino más bien derrama a Dios tu oración devota, para mantener tu mente devota y tu conciencia pura. Considera nada el mundo entero, antepón la dedicación a Dios a todas las cosas exteriores. Porque no puedes dedicarte a mí y al mismo tiempo deleitarte en lo transitorio. Conviene alejarse de conocidos y amigos, y mantener la mente apartada de todo consuelo temporal. Así suplica el bienaventurado apóstol Pedro, que los fieles de Cristo se comporten como extranjeros y peregrinos en este mundo. 2. ¡Oh, cuánta confianza tendrá quien esté a punto de morir sin que ningún afecto a las cosas le retenga en el mundo! Pero tener un corazón así de desprendido en todo, el alma enferma todavía no lo capta, ni el hombre sensual conoce la libertad del hombre interior. Sin embargo, si verdaderamente quiere ser espiritual, debe renunciar tanto a lo lejano como a lo cercano, y de nadie ha de guardarse más que de sí mismo. Si te vences perfectamente a ti mismo, someterás lo demás con más facilidad. Pues la victoria perfecta es triunfar sobre uno mismo: quien mantiene sometido a sí mismo, de modo que la sensualidad obedezca a la razón y la razón me obedezca en todo a mí, ese es verdaderamente vencedor de sí y señor del mundo. 3. Si ansías escalar esta cumbre, conviene comenzar virilmente y poner el hacha en la raíz, para arrancar y destruir la inclinación oculta y desordenada hacia ti mismo y hacia todo bien privado y material. De este vicio, que el hombre se ame a sí mismo de modo excesivamente desordenado, pende casi todo lo que hay que vencer radicalmente; vencido y sometido este mal, habrá gran paz y tranquilidad continua. Pero como pocos se esfuerzan por morir perfectamente a sí mismos ni salen completamente fuera de sí, por eso permanecen enredados en sí mismos y no pueden elevarse por encima de sí en espíritu. Quien desea caminar libremente conmigo, necesita mortificar todos sus afectos perversos y desordenados, y no adherirse con amor concupiscente y privado a ninguna criatura.
1. Hijo, atiende diligentemente los movimientos de la naturaleza y de la gracia, porque se mueven de modo muy contrario y sutil, y apenas los discierne sino un hombre espiritual e íntimamente iluminado. Todos ciertamente apetecen el bien y presentan algo de bueno en sus palabras o hechos: por eso muchos se engañan bajo apariencia de bien. 2. La naturaleza es astuta y seduce, atrapa y engaña a muchos, y siempre se tiene a sí misma como fin. Pero la gracia camina con sencillez y se aparta de toda apariencia de mal, no presenta engaños y lo hace todo puramente por Dios, en quien finalmente reposa. 3. La naturaleza no quiere morir a regañadientes, ni quiere ser oprimida ni vencida, ni sujetarse ni someterse voluntariamente. Pero la gracia se dedica a la propia mortificación, resiste a la sensualidad, busca sujetarse, desea ser vencida, no quiere gozar de su propia libertad, ama mantenerse bajo disciplina, no desea dominar sobre nadie, sino vivir, mantenerse y estar siempre bajo Dios, y por Dios está dispuesta humildemente a inclinarse ante toda criatura humana. 4. La naturaleza trabaja por su propio provecho y atiende a qué ganancia puede venirle de otro. Pero la gracia no considera qué le es útil y conveniente, sino qué puede beneficiar a muchos. 5. La naturaleza recibe con gusto el honor y la reverencia. Pero la gracia atribuye fielmente a Dios todo honor y gloria. 6. La naturaleza teme la confusión y el desprecio. Pero la gracia se alegra de sufrir injurias por el nombre de Jesús. 7. La naturaleza ama el ocio y el descanso corporal. Pero la gracia no puede estar ociosa, sino que abraza con gusto el trabajo. 8. La naturaleza busca tener cosas curiosas y bellas, y aborrece las viles y toscas. Pero la gracia se deleita en lo sencillo y humilde; no desprecia lo áspero ni rehúsa vestirse con ropas viejas. 9. La naturaleza mira a lo temporal, se alegra de las ganancias terrenas, se entristece por la pérdida, se irrita por una pequeña palabra injuriosa. Pero la gracia atiende a lo eterno, no se adhiere a lo temporal, no se turba por la pérdida de bienes ni se amarga por palabras duras, porque ha puesto su tesoro y su alegría en el cielo, donde nada se pierde. 10. La naturaleza es codiciosa y recibe más gustosamente que dar; ama lo propio y privado. Pero la gracia es piadosa y común, evita lo singular, se contenta con poco, juzga más dichoso dar que recibir. 11. La naturaleza se inclina a las criaturas, a la propia carne, a las vanidades y al vagabundeo. Pero la gracia atrae hacia Dios y las virtudes, renuncia a las criaturas, huye del mundo, odia los deseos de la carne, restringe las divagaciones, se avergüenza de aparecer en público. 12. La naturaleza gusta de tener algún consuelo exterior en que pueda deleitarse sensiblemente. Pero la gracia busca ser consolada solo en Dios y deleitarse en el sumo bien por encima de todas las cosas visibles. 13. La naturaleza lo hace todo por ganancia y provecho propio, nada puede hacer gratis, sino que espera conseguir algo igual o mejor, o alabanza o favor por sus beneficios, y ansía que se ponderen mucho sus hechos, dones y palabras. Pero la gracia no busca nada temporal, ni pide otro premio que solo a Dios por recompensa, ni desea de las cosas temporales necesarias más de lo que puedan servirle para alcanzar las eternas. 14. La naturaleza se alegra de muchos amigos y parientes, se gloría del lugar noble y del origen de su linaje; sonríe a los poderosos, halaga a los ricos, aplaude a sus semejantes. Pero la gracia ama incluso a los enemigos, no se enaltece por la multitud de amigos, no estima el lugar ni el origen, a no ser que allí haya mayor virtud, favorece más al pobre que al rico, compadece más al inocente que al poderoso, se alegra con el veraz y no con el falaz, siempre exhorta a los buenos a emular carismas mejores y a asemejarse al Hijo de Dios por las virtudes. 15. La naturaleza se queja pronto de la carencia y la molestia. La gracia soporta con constancia la necesidad. 16. La naturaleza lo refiere todo a sí misma, pelea y argumenta por sí. Pero la gracia reconoce todo a Dios, de donde originalmente emanan, no se atribuye nada bueno ni presume arrogantemente, no contiende ni antepone su opinión a la de otros, sino que en todo sentir y entender se somete a la sabiduría eterna y al examen divino. 17. La naturaleza apetece conocer secretos y oír novedades; quiere aparecer exteriormente y experimentar muchas cosas por los sentidos; desea ser reconocida y hacer cosas que produzcan alabanza y admiración. Pero la gracia no se preocupa de percibir novedades ni curiosidades, porque todo esto nació de la antigua corrupción, ya que nada hay nuevo y duradero sobre la tierra. Enseña, pues, a refrenar los sentidos, a evitar la vana complacencia y la ostentación, a ocultar humildemente lo digno de alabanza y admiración, y a buscar en toda cosa y en todo conocimiento el fruto de la utilidad y la alabanza y honor de Dios. No quiere que se proclamen ella ni sus cosas, sino que desea que sea bendecido Dios en sus dones, que otorga todo por pura caridad. 18. Esta gracia es luz sobrenatural y cierto don especial de Dios, y propiamente el sello distintivo de los elegidos y prenda de salvación eterna: que eleva al hombre de lo terreno al amor de lo celestial, y de carnal lo hace espiritual. Cuanto más, pues, la naturaleza es oprimida y vencida, tanta mayor gracia se infunde, y cada día con nuevas visitas el hombre interior es conformado según la imagen de Dios.
1. Señor Dios mío, que me creaste a tu imagen y semejanza: concédeme esta gracia que me has mostrado tan grande y necesaria para la salvación, para que venza mi pésima naturaleza que me arrastra al pecado y a la perdición. Pues siento en mi carne la ley del pecado, que contradice a la ley de mi mente y me lleva cautivo a obedecer en muchas cosas a la sensualidad, ni puedo resistir sus pasiones si no me asiste tu santísima gracia, infundida ardientemente en mi corazón. 2. Hace falta tu gracia, y gran gracia, para vencer la naturaleza siempre inclinada al mal desde su adolescencia. Pues caída por el primer hombre Adán y viciada por el pecado, la pena de esta mancha descendió a todos los hombres, de modo que la naturaleza misma, que fue creada buena y recta por ti, se considera ya como vicio y debilidad de la naturaleza corrupta, porque su movimiento, abandonado a sí mismo, arrastra al mal y a lo inferior. Pues la poca fuerza que quedó es como una chispa escondida en la ceniza. Esta es la naturaleza carnal misma, rodeada de gran oscuridad, que todavía conserva juicio del bien y del mal, distinción entre lo verdadero y lo falso, aunque es incapaz de cumplir todo lo que aprueba, y ya no goza de la plena luz de la verdad ni de la salud de sus afectos. 3. De ahí viene, Dios mío, que me deleite en tu ley según el hombre interior, sabiendo que tu mandato es bueno, justo y santo, condenando también todo mal y pecado como algo que hay que huir. Pero sirvo a la carne con la ley del pecado, al obedecer más a la sensualidad que a la razón. De ahí que querer el bien lo tengo junto a mí, pero no encuentro cómo realizarlo. De ahí que a menudo me propongo muchos bienes, pero como falta la gracia para ayudar mi debilidad, ante una leve resistencia retrocedo y desfallezco. De ahí sucede que conozco el camino de los perfectos, y veo con bastante claridad cómo debo actuar, pero oprimido por el peso de mi propia corrupción no me elevo a lo más perfecto. 4. ¡Oh, cuán necesaria me es tu gracia, Señor, para comenzar el bien, para progresar y para perfeccionar! Porque sin ti nada puedo hacer; pero todo lo puedo en ti, cuando me fortalece tu gracia. ¡Oh, gracia verdaderamente celestial, sin la cual nada valen los méritos propios ni han de estimarse los dones de la naturaleza! Nada valen ante ti, Señor, las artes, las riquezas, la belleza o la fuerza, el ingenio o la elocuencia, sin tu gracia. Pues los bienes de la naturaleza son comunes a buenos y malos: pero el don propio de los elegidos es la gracia o amor, con el cual marcados son tenidos por dignos de la vida eterna. Tanto sobresale esta gracia, que ni el don de profecía ni la operación de milagros ni cualquier alta especulación se estima nada sin ella. Pero ni la fe ni la esperanza ni las demás virtudes te son aceptas sin caridad y gracia. 5. ¡Oh, gracia beatísima, que haces rico en virtudes al pobre de espíritu, y humilde de corazón al rico en muchos bienes! Ven, desciende a mí, llena mi mañana con tu misericordia y tu consuelo, no sea que desfallezca mi alma por cansancio y aridez de mente. Te ruego, Señor, que halle gracia en tus ojos: pues me basta tu gracia sin alcanzar las demás cosas que desea la naturaleza. Si soy afligido y tentado con muchas tribulaciones, no temeré males mientras tu gracia esté conmigo. Ella es mi fortaleza, ella otorga consejo y auxilio. Es más poderosa que todos los enemigos y más sabia que todos los sabios. 6. Es maestra de verdad, doctora de disciplina, luz del corazón, consuelo en la angustia, ahuyentadora de la tristeza, destructora del temor, nodriza de devoción, productora de lágrimas. ¿Qué soy sin ella sino un leño seco y un tronco inútil para ser arrojado? Por tanto, Señor, que tu gracia siempre me preceda, me siga y me haga estar continuamente atento a las buenas obras, por Jesucristo tu Hijo. Amén.
1. Hijo, cuanto más logres salir de ti mismo, tanto más podrás pasar a mí. Así como no desear nada exterior produce la paz interior, así renunciarse interiormente une a Dios. Quiero que aprendas la perfecta abnegación de ti mismo en mi voluntad, sin contradicción ni queja. Sígueme: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Sin camino no se va; sin verdad no se conoce; sin vida no se vive. Yo soy el camino que debes seguir, la verdad en la que debes creer, la vida que debes esperar. Yo soy el camino inviolable, la verdad infalible, la vida interminable. Yo soy el camino rectísimo, la verdad suprema, la vida verdadera, la vida bienaventurada, la vida increada. Si permaneces en mi camino, conocerás la verdad, y la verdad te liberará y alcanzarás la vida eterna. 2. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Si quieres conocer la verdad, cree en mí. Si quieres ser perfecto, vende todo. Si quieres ser discípulo mío, niégate a ti mismo. Si quieres poseer la vida bienaventurada, desprecia la vida presente. Si quieres ser exaltado en el cielo, humíllate en el mundo. Si quieres reinar conmigo, lleva la cruz conmigo. Porque sólo los siervos de la cruz encuentran la vida de la bienaventuranza y de la luz verdadera. 3. Señor Jesucristo, porque tu vida fue estrecha y despreciada por el mundo, concédeme imitar contigo el desprecio del mundo. Porque el siervo no es más que su señor, ni el discípulo más que el maestro. Que tu siervo se ejercite en tu vida, porque allí está mi salvación y mi verdadera santidad. Todo lo que leo y oigo fuera de ella no me recrea ni me deleita plenamente. 4. Hijo, puesto que sabes y has leído todo esto, bienaventurado serás si lo cumples. Quien tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama, y yo lo amaré y me manifestaré a él y haré que se siente conmigo en el reino de mi Padre. Por tanto, Señor, como dijiste y prometiste, así me sea concedido merecerlo. He recibido, he recibido de tu mano la cruz: la llevaré hasta la muerte, como me la impusiste. Verdaderamente la vida del buen monje es una cruz, pero guía al paraíso. Ya está comenzado, no es lícito retroceder, ni conviene abandonar. 5. ¡Ea, hermanos, avancemos juntos! Jesús estará con nosotros; por Jesús hemos aceptado esta cruz; por Jesús perseveremos en la cruz; él será nuestro ayudante, él que es nuestro guía y precursor. Mira, nuestro rey va delante de nosotros, él peleará por nosotros. Sigámoslo valerosamente, que nadie tema los terrores; estemos preparados para morir valientemente en el combate, y no acarreemos mancha a nuestra gloria huyendo de la cruz.
1. Hijo, me agradan más la paciencia y la humildad en las adversidades que mucha consolación y devoción en las prosperidades. ¿Por qué te entristece una pequeñez dicha contra ti? Aunque hubiera sido mayor, no debiste conmoverte. Pero ahora deja que pase: no es lo primero ni es nuevo ni será lo último, si vives mucho tiempo. Eres bastante valeroso mientras nada adverso se opone; también das buenos consejos y sabes fortalecer a otros con tus palabras: pero cuando llega a tu puerta una tribulación repentina, te faltan el consejo y la fortaleza. 2. Atiende a tu gran fragilidad, que experimentas con frecuencia en cosas pequeñas: sin embargo, eso sucede para tu bien. Cuando ocurren estas cosas y otras semejantes, apártalas de tu corazón lo mejor que puedas; y si te toca la tribulación, que no te abata ni te enrede por mucho tiempo. Al menos soporta con paciencia, si no puedes con alegría. Y si la escuchas de mala gana y sientes indignación, reprímate, y no permitas que salga de tu boca nada desordenado con lo que se escandalicen los pequeños. Pronto se calmará la conmoción desatada, y el dolor interior se endulzará con el regreso de la gracia. Todavía vivo yo, dice el Señor; estoy dispuesto a ayudarte y a consolarte más de lo acostumbrado, si confías en mí y me invocas devotamente. 3. Estate más tranquilo y prepárate para una mayor resistencia. No todo está perdido si te percibes con frecuencia tribulado o gravemente tentado. Eres hombre, y no Dios; eres carne, y no ángel. ¿Cómo podrías tú permanecer siempre en el mismo estado de virtud, cuando eso le faltó al ángel en el cielo y al primer hombre en el paraíso, que no se mantuvieron en pie mucho tiempo? Yo soy quien levanta con salvación a los afligidos, y a quienes reconocen su debilidad los elevo a mi divinidad. 4. Señor, bendita sea tu palabra, más dulce que la miel y el panal a mi boca. ¿Qué haría yo en tan grandes tribulaciones y angustias mías, si no me confortaras con tus santas palabras? Con tal de llegar finalmente al puerto de la salvación, ¿qué me importa cuántas y qué cosas haya padecido? Dame un buen fin y concédeme un tránsito feliz de este mundo. Acuérdate de mí, Dios mío, y dirígeme por camino recto a tu reino. Amén.
1. Hijo, guárdate de disputar sobre materias elevadas y sobre los ocultos juicios de Dios: por qué éste es abandonado así, y aquél es elevado a tanta gracia; por qué también éste es tan afligido, y aquél tan extraordinariamente exaltado. Todo esto excede toda facultad humana, y ninguna razón ni disputa tiene poder para investigar el juicio divino. Cuando el enemigo te sugiera estas cosas o algunos hombres curiosos las investiguen, responde aquello del profeta: Justo eres, Señor, y justo es tu juicio; y aquello: Los juicios del Señor son verdaderos, justificados en sí mismos. Mis juicios son temibles, no discutibles, porque son incomprensibles para el entendimiento humano. 2. No quieras tampoco investigar ni disputar sobre los méritos de los santos, quién es más santo que otro; o quién es mayor en el reino de los cielos. Tales cosas generan a menudo litigios y disputas inútiles, alimentan también la soberbia y la vanagloria: de donde nacen envidias y disensiones, mientras uno se esfuerza por preferir con soberbia a este santo, y otro a aquél. Pero querer saber e investigar tales cosas no trae ningún fruto, sino que más bien desagrada a los santos, porque yo no soy Dios de disensión, sino de paz, paz que consiste más en la verdadera humildad que en la propia exaltación. 3. Algunos son llevados por celo de devoción hacia estos santos o hacia aquéllos, con afecto más amplio, pero humano más bien que divino. Yo soy quien creó a todos los santos; yo les di la gracia; yo les otorgué la gloria. Yo conozco los méritos de cada uno; yo los previne con las bendiciones de mi dulzura. Yo conocí de antemano a mis amados desde antes de los siglos; yo los elegí del mundo, no ellos me eligieron primero a mí. Yo los llamé por gracia, los atraje por misericordia; yo los conduje a través de tentaciones diversas. Yo derramé magníficas consolaciones; yo di la perseverancia; yo coroné su paciencia. 4. Yo reconozco al primero y al último; yo abrazo a todos con amor inestimable. Yo debo ser alabado en todos mis santos; yo debo ser bendecido sobre todo y honrado en cada uno de ellos, a quienes así gloriosamente he magnificado, y predestinado sin ningún mérito propio previo. Quien desprecia a uno de mis más pequeños, tampoco honra al grande: porque yo hice al pequeño y al grande. Y quien menosprecia a algún santo, me menosprecia a mí y a todos los demás en el reino de los cielos. Todos son uno por el vínculo de la caridad, sienten lo mismo, quieren lo mismo y todos se aman en uno. 5. Pero aún más, lo que es mucho más elevado, me aman a mí más que a sí mismos y a sus méritos. Porque arrebatados por encima de sí y sacados fuera de su propio amor, se dirigen totalmente al amor de mí, en el cual también descansan con fruición. Nada hay que pueda apartarlos o deprimirlos: pues llenos de la verdad eterna, arden en el fuego de la caridad inextinguible. Callen, pues, los hombres carnales y sensuales de discutir sobre el estado de los santos: quienes no saben más que amar sus propios gozos privados; quitan y añaden según su inclinación, no según place a la verdad eterna. 6. En muchos hay ignorancia, especialmente en quienes, poco iluminados, rara vez saben amar a alguien con amor espiritual perfecto. Muchos son atraídos todavía por afecto natural y amistad humana hacia unos o hacia otros; y como se comportan en las cosas inferiores, así imaginan también sobre las celestiales. Pero hay una distancia incomparable entre aquello que piensan los imperfectos, y aquello que los varones iluminados contemplan por revelación, y especulan sobre las cosas supremas. 7. Guárdate, pues, hijo, de tratar curiosamente estas cosas que exceden tu conocimiento; procura más bien y aplícate a que puedas ser hallado al menos entre los mínimos en el reino de Dios. Y si alguien supiera quién es más santo que otro, o quién sería considerado mayor en el reino de los cielos, ¿de qué le aprovecharía este conocimiento, si no se humillara ante mí por este conocimiento, y se levantara en mayor alabanza de mi nombre? Hace algo mucho más acepto a Dios quien piensa en la magnitud de sus pecados, y en la pequeñez de sus virtudes, y en cuán lejos está de la perfección de los santos, que quien disputa sobre su mayoría o pequeñez. Mejor es rogar a los santos con devotas súplicas y lágrimas y pedir humildemente sus gloriosos sufragios, que escrutar sus secretos con vana investigación. 8. Ellos están bien y óptimamente contentos, si los hombres supieran contentarse y reprimir sus vanas charlas. No se glorían de sus propios méritos, pues no se atribuyen a sí mismos ninguna bondad; sino todo a mí, porque todo se lo doné yo por mi infinita caridad. Están tan llenos de amor de la divinidad y de gozo sobreabundante, que nada les falta de gloria ni nada les falta de felicidad. Todos los santos cuanto más elevados en gloria, tanto más humildes en sí mismos, y más cercanos y amados de mí existen. Por eso tienes escrito que arrojaban sus coronas ante Dios, y caían sobre sus rostros ante el Cordero y adoraban al que vive por los siglos de los siglos. 9. Muchos preguntan quién es mayor en el reino de Dios, quienes ignoran si serán dignos de ser contados entre los mínimos. Grande es incluso ser el mínimo en el cielo, donde todos son grandes: porque todos serán llamados y serán hijos de Dios. El mínimo será en mil y el pecador de cien años morirá. Cuando los discípulos preguntaban quién era mayor en el reino de los cielos, oyeron esta respuesta: Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Quienquiera, pues, que se humillare como este niño: éste es el mayor en el reino de los cielos. 10. ¡Ay de quienes desdeñan humillarse espontáneamente con los pequeños, porque la humilde puerta del reino celestial no les admitirá la entrada! ¡Ay también de los ricos, que tienen aquí sus consolaciones, porque mientras los pobres entran en el reino de Dios, ellos estarán fuera llorando! Alegraos humildes, y exultad pobres, porque vuestro es el reino de Dios, si andáis en verdad.
1. Señor, ¿cuál es mi confianza que tengo en esta vida, o cuál es mi mayor consuelo de entre todas las cosas que aparecen bajo el cielo? ¿No eres tú, Señor Dios mío, cuyas misericordias no tienen número? ¿Dónde me fue bien sin ti? ¿O cuándo pudo irme mal estando tú presente? Prefiero ser pobre por ti, que rico sin ti. Elijo más bien peregrinar contigo en la tierra, que poseer el cielo sin ti. Donde tú estás, allí está el cielo; y allí está la muerte y el infierno, donde tú no estás. Tú eres mi deseo, y por eso es necesario gemir y clamar y rogarte por ti. En nadie finalmente puedo confiar plenamente, que me auxilie más oportunamente en las necesidades, sino en ti solo, Dios mío. Tú eres mi esperanza, y mi confianza, y mi consolador, y el más fiel en todo. 2. Todos buscan sus propias cosas; tú sólo procuras mi salvación y mi provecho y conviertes todo en bien para mí. Y aunque me expongas a varias tentaciones y adversidades, todo esto lo ordenas para mi utilidad, tú que acostumbras probar de mil modos a tus amados. En esta prueba no debes ser menos amado y alabado que si me llenaras de consuelos celestiales. 3. En ti, pues, Señor Dios mío, pongo toda mi esperanza y refugio; en ti establezco toda mi tribulación y angustia, porque encuentro todo débil e inestable cuanto veo fuera de ti. Porque no aprovecharán muchos amigos, ni los auxiliadores fuertes podrán ayudar, ni los consejeros prudentes dar respuesta útil, ni los libros de los doctores consolar, ni ninguna sustancia preciosa liberar, ni ningún lugar secreto proteger, si tú mismo no asistes, ayudas, confortas, consuelas, instruyes y custodias. 4. Porque todas las cosas que parecen servir para tener paz y felicidad, sin ti no son nada, ni confieren nada de felicidad en verdad. Fin de todos los bienes y altura de la vida y profundidad de las palabras eres tú; y esperar en ti sobre todas las cosas, el consuelo más fuerte de todos tus siervos. Hacia ti están mis ojos; en ti confío, Dios mío; Padre de las misericordias, bendice y santifica mi alma con tu bendición celestial, para que sea habitación santa tuya y sede de tu gloria eterna, y nada se encuentre en el templo de tu dignidad que ofenda los ojos de tu majestad. Según la multitud de tus compasiones y la magnitud de tu bondad mírame, y escucha la oración de tu pobre siervo, que peregrina lejos en la región de la sombra de muerte. Protege y conserva el alma de tu pequeño siervo entre tantos peligros de la vida corruptible, y acompañado de tu gracia, dirígelo por el camino de la paz a la patria de la perpetua felicidad y claridad. Tomás de Kempis
1. Estas son tus palabras, Cristo, Verdad eterna, aunque no fueron pronunciadas en un solo momento ni escritas en un solo lugar. Y puesto que son tuyas y verdaderas, debo acogerlas fielmente; son tuyas porque tú las pronunciaste, pero también son mías, porque las dijiste para mi salvación: de buen grado las recibo de tu boca para que penetren mejor en mi corazón. Me estimulan estas palabras tan llenas de amor, tan dulces y llenas de afecto; pero me aterran mis propios pecados, y mi conciencia impura me aparta de recibir misterios tan grandes. La dulzura de tus palabras me atrae, pero el peso de mis muchos vicios me abruma.
2. Me mandas que me acerque a ti con confianza, si quiero tener parte contigo y recibir el alimento de la inmortalidad, si deseo alcanzar la vida eterna y la gloria. «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré», dices. ¡Oh palabra dulce y amable para el oído del pecador, con la que tú, Señor Dios mío, invitas al pobre y al indigente a la comunión de tu santísimo Cuerpo! Pero ¿quién soy yo, Señor, para atreverme a acercarme a ti? Ni siquiera los cielos de los cielos pueden contenerte, ¿y tú dices: «Venid a mí todos»?
3. ¿Qué significa esta dignación tan piadosa y esta invitación tan amistosa? ¿Cómo voy a atreverme a venir, cuando no tengo conciencia de nada bueno en mí que pueda darme seguridad? ¿Cómo voy a introducirte en mi casa, si tantas veces he ofendido tu rostro benignísimo? Los ángeles y los arcángeles te veneran, los santos y los justos te temen, ¿y tú dices: «Venid a mí todos»? Porque si tú no lo dijeras, Señor, ¿quién lo creería verdadero? Y si tú no lo mandaras, ¿quién intentaría acercarse?
4. Mira, el justo Noé trabajó cien años en la construcción del arca para salvarse con unos pocos, ¿y yo cómo podré prepararme en una sola hora para recibir con reverencia al hacedor del mundo? Moisés, tu siervo, grande y especial amigo tuyo, hizo un arca de maderas incorruptibles y la revistió de oro purísimo para depositar en ella las tablas de la Ley, ¿y yo, criatura podrida, me atreveré a recibir a la ligera a ti, Creador de la ley y dador de la vida? Salomón, el más sabio de los reyes de Israel, edificó un magnífico templo durante siete años en alabanza de tu nombre, y celebró durante ocho días la fiesta de su dedicación, ofreció mil víctimas pacíficas, y colocó solemnemente el arca de la alianza en el lugar preparado para ella, al son de trompetas y aclamaciones. Y yo, hombre infeliz y el más pobre de todos, ¿cómo voy a introducirte en mi casa, cuando apenas sé dedicar devotamente media hora, y ojalá siquiera una vez pudiera dedicar media hora dignamente?
5. ¡Oh Dios mío, cuánto se esforzaron ellos por agradarte! ¡Ay, qué poca cosa es lo que hago, qué poco tiempo dedico cuando me dispongo a comulgar! Rara vez estoy plenamente recogido, rarísimamente limpio de toda distracción.
6. Y ciertamente en la presencia salvadora de tu Divinidad no debería surgir ningún pensamiento indecente, ni debería ocuparme criatura alguna, porque no voy a recibir como huésped a un ángel, sino al Señor de los ángeles. Sin embargo, hay una gran distancia entre el arca de la alianza del Señor con sus reliquias y tu purísimo Cuerpo con sus virtudes inefables; entre aquellos sacrificios legales, que prefiguraban los futuros, y la verdadera hostia de tu Cuerpo, que completa todos los sacrificios antiguos.
7. Entonces ¿por qué no me inflamo más ante tu venerable presencia? ¿Por qué no me preparo con mayor solicitud para recibir tus cosas santas, cuando aquellos antiguos santos patriarcas, y también los reyes y príncipes con todo el pueblo, mostraron tan grande afecto de devoción hacia el culto divino?
8. El devotísimo rey David danzó con todas sus fuerzas ante el arca de Dios, recordando los beneficios concedidos antiguamente a los padres. Hizo instrumentos de diversos tipos, compuso salmos y dispuso que se cantaran con alegría; él mismo cantó frecuentemente con la cítara, impulsado por la gracia del Espíritu Santo, enseñó al pueblo de Israel a alabar a Dios con todo el corazón y a bendecirle y proclamarle cada día con voz unánime. Si entonces se practicaba tanta devoción y se mantenía tal recuerdo de la alabanza divina ante el arca del testimonio, ¿cuánta devoción y reverencia debo tener yo ahora, y todo el pueblo cristiano, en la presencia del Sacramento, al recibir el excelentísimo cuerpo de Cristo?
9. Muchos corren a diversos lugares para visitar las reliquias de los santos, y se maravillan al oír hablar de sus hazañas; contemplan los amplios edificios de los templos y besan sus huesos sagrados envueltos en seda y oro. Y aquí estás tú presente para mí en el altar, Dios mío, Santo de los santos, Creador de los hombres y Señor de los ángeles. A menudo en tales visitas hay curiosidad humana, hay novedad de cosas no vistas, y se obtendrá poco fruto de enmienda, sobre todo cuando se va de acá para allá con tanta ligereza, sin verdadera contrición. Pero aquí, en el Sacramento del altar, estás presente entero tú, mi Dios, el hombre Cristo Jesús: donde se recibe abundante fruto de salvación eterna, cada vez que se te recibe digna y devotamente. A esto no arrastra ninguna ligereza, ni curiosidad ni sensualidad, sino fe firme, esperanza devota y caridad sincera.
10. ¡Oh Dios, invisible creador del mundo, cuán admirablemente actúas con nosotros, cuán suave y graciosamente dispones las cosas con tus elegidos, a quienes ofreces recibirte a ti mismo en el Sacramento! Esto supera todo entendimiento; esto atrae especialmente los corazones de los devotos y enciende su afecto. Pues tus verdaderos fieles, los que disponen toda su vida a la enmienda, reciben frecuentemente de este dignísimo Sacramento gran gracia de devoción y amor a la virtud.
11. ¡Oh gracia admirable y escondida del Sacramento, que solo conocen los fieles de Cristo, pero que los infieles y los esclavos del pecado no pueden experimentar! En este Sacramento se confiere la gracia espiritual, se repara en el alma la virtud perdida, y vuelve la belleza deformada por el pecado. Esta gracia es a veces tan grande que, por la plenitud de la devoción recibida, no solo la mente, sino también el cuerpo débil siente mayores fuerzas.
12. Sin embargo, es de lamentar y deplorar profundamente nuestra tibieza y negligencia, que no seamos atraídos con mayor afecto a recibir a Cristo, en quien consiste toda esperanza y todo mérito de los que se salvan. Él es nuestra santificación y redención; él es el consuelo de los peregrinos y la eterna fruición de los santos. Es muy de lamentar, pues, que muchos presten tan poca atención a este misterio salvador, que alegra el cielo y conserva el mundo entero. ¡Ay, la ceguera y dureza del corazón humano, que no presta más atención a don tan inefable, y por el uso cotidiano hasta cae en la inadvertencia!
13. Porque si este santísimo Sacramento se celebrara en un solo lugar y fuera consagrado por un solo sacerdote en el mundo, ¿con qué deseo crees que se dirigirían los hombres a aquel lugar y a tal sacerdote de Dios para oír celebrar los divinos misterios? Pero ahora se han hecho muchos sacerdotes y en muchos lugares se ofrece a Cristo, para que aparezca tanto mayor la gracia y el amor de Dios hacia el hombre cuanto más ampliamente se ha difundido la sagrada Comunión por todo el orbe.
14. Gracias a ti, buen Jesús, pastor eterno, que te has dignado alimentarnos a nosotros, pobres y desterrados, con tu precioso cuerpo y sangre, y también invitarnos a recibir estos misterios con la palabra de tu propia boca, diciendo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré».
1. Confiando en tu bondad y en tu gran misericordia, Señor, me acerco enfermo al salvador, hambriento a la fuente de vida, necesitado al Rey del cielo, sediento siervo al Señor, criatura al Creador, desolado a mi piadoso Consolador. Pero ¿de dónde me viene esto, que vengas a mí? ¿Quién soy yo para que te me entregues a ti mismo? ¿Cómo se atreve el pecador a presentarse ante ti? ¿Y cómo te dignas venir tú al pecador? Tú conoces a tu siervo y sabes que no tiene nada bueno en sí por lo que le concedas esto. Confieso, pues, mi vileza, reconozco tu bondad, alabo tu piedad y doy gracias por tu inmensa caridad. Lo haces por ti mismo, no por mis méritos, para que tu bondad me sea más conocida, tu caridad se me comunique más ampliamente y la humildad se recomiende más perfectamente. Puesto que esto te agrada y así lo has mandado, me agrada también tu dignación, y ojalá mi iniquidad no lo impida.
2. ¡Oh dulcísimo y benignísimo Jesús, cuánta reverencia y acción de gracias con perpetua alabanza te son debidas por la recepción de tu sagrado Cuerpo, cuya dignidad ningún hombre se encuentra capaz de explicar! Pero ¿qué pensaré en esta Comunión, al acercarme a mi Señor, a quien no puedo venerar como es debido y sin embargo deseo recibir devotamente? ¿Qué pensaré mejor y más saludable que humillarme totalmente ante ti y exaltar tu infinita bondad por encima de mí? Te alabo, Dios mío, y te exalto eternamente. Me desprecio a mí mismo y me someto a ti en lo profundo de mi vileza.
3. Mira, tú eres el Santo de los santos, y yo soy la escoria de los pecadores: y te inclinas hacia mí, que no soy digno de mirarte. Mira, tú vienes a mí, tú quieres estar conmigo; tú me invitas a tu banquete, tú quieres darme el alimento celestial y el pan de los ángeles para comer, que no es otro, ciertamente, que tú mismo, el pan vivo que bajaste del cielo y das vida al mundo.
4. Mira de dónde procede el amor, qué dignación resplandece; qué grandes acciones de gracias y alabanzas te son debidas por esto. ¡Oh cuán saludable y útil fue tu consejo cuando estableciste esto! ¡Qué suave y grato banquete, cuando te diste a ti mismo como alimento! ¡Oh cuán admirable es tu obra, Señor; cuán poderosa tu virtud, cuán infalible tu verdad! Porque dijiste y todas las cosas fueron hechas, y se hizo esto que mandaste: cosa admirable y digna de fe, que vence el entendimiento humano, que tú, Señor Dios mío, verdadero Dios y hombre, te contengas entero bajo la pequeña apariencia del pan y el vino, y seas comido sin ser consumido por quien te recibe.
5. Tú, Señor de todos, que no tienes necesidad de nada, quisiste habitar en nosotros por tu Sacramento; conserva inmaculados mi corazón y mi cuerpo, para que con conciencia alegre y pura pueda celebrar frecuentemente tus misterios y recibirlos para mi salvación perpetua, que sancionaste e instituiste especialmente para tu honor y memoria eterna.
6. Alégrate, alma mía, y da gracias a Dios por don tan noble y consuelo singular dejado para ti en este valle de lágrimas. Porque cuantas veces recuerdas este misterio y recibes el cuerpo de Cristo, otras tantas realizas la obra de tu redención y te haces partícipe de todos los méritos de Cristo: pues la caridad de Cristo nunca disminuye, y la grandeza de su propiciación nunca se agota. Por eso debes disponerte siempre con nueva renovación de la mente y ponderar con atenta consideración el gran misterio de la salvación. Debe parecerte tan grande, nuevo y grato cuando celebras u oyes misa, como si ese mismo día Cristo, descendiendo por primera vez al seno de la Virgen, se hubiera hecho hombre, o colgando en la cruz sufriera y muriera por la salvación de los hombres.
1. Aquí estoy, vengo a ti, Señor, para que me vaya bien con tu don y me alegre en tu banquete, que preparaste en tu dulzura para el pobre, oh Dios. Mira, en ti está todo lo que puedo y debo desear. Tú eres mi salvación y redención, mi esperanza y fortaleza, mi honor y gloria. Alegra hoy, pues, el alma de tu siervo, porque a ti, Señor Jesucristo, he levantado mi alma. Deseo recibirte ahora devota y reverentemente, ansío introducirte en mi casa para que con Zaqueo merezca ser bendecido por ti y contado entre los hijos de Abraham. Mi alma te desea ardientemente, mi corazón anhela unirse contigo.
2. Entrégarte a mí, y basta: porque sin ti ningún consuelo vale, sin ti no puedo estar y sin tu visita no puedo vivir. Por eso debo acercarme frecuentemente a ti y recibirte como remedio de mi salvación, no sea que desfallezca en el camino si me veo privado del alimento celestial. Así pues, tú mismo, misericordiosísimo Jesús, predicando a los pueblos y sanando diversas enfermedades, dijiste alguna vez: «No quiero despedirlos en ayunas a su casa, no sea que desfallezcan en el camino». Haz, pues, lo mismo conmigo, tú que te dejaste en el Sacramento para consuelo de los fieles. Porque tú eres el dulce refrigerio del alma, y quien te coma dignamente será partícipe y heredero de la gloria eterna.
3. Me es necesario, ciertamente, a mí que tan a menudo me canso y peco, que tan pronto me entorpezco y desfallezco, renovarme, purificarme y encenderme mediante frecuentes oraciones y confesiones y la sagrada recepción de tu Cuerpo, no sea que absteniéndome durante mucho tiempo me aparte del santo propósito. Porque los sentidos del hombre están inclinados al mal desde su adolescencia, y si no le socorre la medicina divina, el hombre se desliza más hacia lo peor. La sagrada Comunión, pues, retrae del mal y fortalece en el bien. Porque si ahora soy tan negligente y tibio cuando comulgo o celebro, ¿qué sería si no tomara esta medicina y no buscara tan grande ayuda? Y aunque no esté apto cada día ni bien dispuesto para celebrar, procuraré sin embargo en los tiempos adecuados recibir los divinos misterios y hacerme partícipe de tan gran gracia. Porque este es uno de los principales consuelos del alma fiel, mientras peregrina hacia ti en cuerpo mortal: que se acuerde frecuentemente de su Dios y reciba a su amado con mente devota.
4. ¡Oh admirable dignación de tu piedad hacia nosotros: que tú, Señor Dios, creador y vivificador de todos los espíritus, te dignes venir a un alma pobrecilla y saciar su hambre con toda tu divinidad y humanidad! ¡Oh mente feliz y alma bienaventurada la que merece recibirte devotamente a ti, su Señor Dios, y al recibirte se llena de gozo espiritual! ¡Oh qué gran Señor recibe, qué amado huésped introduce, qué grato compañero acoge, qué fiel amigo acepta, qué hermoso y noble esposo abraza, que debe ser amado por encima de todos los amados y sobre todo lo deseable! Callen en tu presencia, dulcísimo amado mío, el cielo y la tierra y todo su ornato, porque cuanta alabanza y hermosura tienen procede de la generosidad de tu dignación, y no alcanzarán la belleza de tu nombre, cuya sabiduría no tiene número.
1. Señor Dios mío, anticípate a tu siervo con la bendición de tu dulzura, para que merezca acercarme digna y devotamente a tu magnífico Sacramento. Despierta mi corazón hacia ti y líbrame de este pesado letargo. Visítame con tu salvación para que pruebe en el espíritu tu suavidad, que está oculta en este Sacramento como en una fuente llena. Ilumina también mis ojos para contemplar tan gran misterio, y fortaléceme con fe inquebrantable para creerlo. Pues es obra tuya, no poder humano: tu santa institución, no invención del hombre. Nadie resulta capaz por sí mismo de captar y comprender estas cosas, que superan incluso la agudeza angélica. ¿Qué podré entonces investigar y comprender yo, pecador indigno, tierra y ceniza, de tan alto y secreto Sacramento?
2. Señor, en simplicidad de corazón, con fe buena y firme y para tu honor, acudo a ti con firme esperanza y reverencia, y creo verdaderamente que tú estás presente aquí en el Sacramento, Dios y hombre. Quieres, pues, que te reciba y me una a ti mismo en caridad. Por eso ruego tu clemencia e imploro que me concedas una gracia especial para esto: que me derrita enteramente en ti y me desborde de amor, y que no busque ya ningún otro consuelo. Pues este altísimo y dignísimo Sacramento es salud del alma y del cuerpo, medicina de toda dolencia espiritual, en el que se curan mis vicios, se refrenan las pasiones, se vencen o disminuyen las tentaciones, se infunde gracia mayor, se acrecienta la virtud recibida, se fortalece la fe, se robustece la esperanza, y la caridad se enciende y se dilata.
3. Muchos bienes has concedido, y todavía los concedes con frecuencia en el Sacramento a tus amados que comulgan devotamente, oh Dios mío, sostén de mi alma, reparador de mi debilidad y dador de todo consuelo interior. Pues les infundes mucho consuelo frente a diversas tribulaciones, y los levantas desde lo más hondo de su propio abatimiento hacia la esperanza de tu protección, y los recreas e iluminas interiormente con nueva gracia, de modo que quienes antes de la Comunión se sentían angustiados y sin afecto, después, restaurados con el alimento y bebida celestiales, se encuentran cambiados a mejor. Esto lo dispensas de tal manera con tus elegidos para que reconozcan verdaderamente y experimenten con claridad cuán poco tienen por sí mismos, y qué bondad y gracia reciben de ti. Porque por sí mismos son fríos, duros e indevoto, pero por ti merecen ser fervorosos, devotos y animosos. Pues ¿quién se acerca humildemente a la fuente de la dulzura y no obtiene de ella algo de dulzura? ¿O quién está junto a un fuego abundante y no percibe de él algo de calor? Y tú eres fuente siempre llena y sobreabundante, fuego siempre ardiente y nunca apagado.
4. Por eso, si no me está permitido beber de la plenitud de la fuente ni beber hasta la saciedad, pondré al menos mi boca en el orificio del caño celestial, para que capte al menos de allí una pequeña gota con que refrescar mi sed, y no me seque del todo. Y si todavía no puedo ser enteramente celestial ni tan encendido como los Serafines y Querubines, me esforzaré sin embargo en aplicarme a la devoción y preparar mi corazón, para que obtenga aunque sea una pequeña llama del divino incendio recibiendo humildemente el Sacramento vivificante. Lo que me falte, buen Jesús, Salvador santísimo, suplelo tú por mí benignamente y con gracia, tú que te has dignado llamar a todos con gracia, diciendo: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os aliviaré».
5. Yo en verdad trabajo con el sudor de mi rostro, me atormento con dolor del corazón, estoy cargado de pecados, me inquietan las tentaciones, estoy enredado y oprimido por muchas malas pasiones, y no hay quien me ayude, no hay quien me libere y me salve, sino tú, Señor Dios, Salvador mío, a quien me confío con todo lo mío, para que me custodies y me conduzcas a la vida eterna. Recíbeme para alabanza y gloria de tu nombre, tú que has preparado tu Cuerpo y tu Sangre como alimento y bebida para mí; concede, Señor Dios, Salvador mío, que con la frecuencia de tu misterio crezca el afecto de mi devoción.
1. Aunque tuvieras la pureza angélica y la santidad de san Juan Bautista, no serías digno de recibir ni de tocar este Sacramento. No es mérito de los hombres que un hombre consagre y toque el sacramento de Cristo y tome en alimento el pan de los ángeles. Grande misterio y grande dignidad de los sacerdotes, a quienes se ha concedido lo que no se ha otorgado a los ángeles. Pues sólo los sacerdotes debidamente ordenados en la Iglesia tienen potestad para celebrar y consagrar el Cuerpo de Cristo. El sacerdote es ministro de Dios, que usa la palabra de Dios por mandato e institución de Dios. Mas Dios está allí como autor principal y operador invisible, al que se somete todo lo que quiere y obedece todo lo que manda.
2. Debes creer más a Dios omnipotente en este Sacramento excelentísimo que a tu propio sentido o a cualquier signo visible. Por tanto hay que acercarse a esta obra con temor y reverencia. Atiende y mira qué ministerio te ha sido entregado por la imposición de manos del obispo. Mira, te has hecho sacerdote y has sido consagrado para celebrar: procura ahora ofrecer fielmente y devotamente el sacrificio a Dios en su momento, y presentarte irreprensible. No has aligerado tu carga, sino que estás atado ya por vínculo más estrecho de disciplina, y eres tenido a mayor perfección de santidad. El sacerdote debe estar adornado de todas las virtudes y ofrecer ejemplo de vida buena a los demás. Su conducta no ha de ser con los hombres vulgares, sino con los ángeles en el cielo o con los varones perfectos en la tierra.
3. El sacerdote revestido de vestiduras sagradas hace las veces de Cristo, para rogar a Dios por sí y por todo su pueblo con súplica y humildad: tiene ante sí y tras sí el signo de la Cruz del Señor para recordar constantemente la pasión de Cristo. Lleva la cruz ante sí en la casulla, para que mire con diligencia las huellas de Cristo y se esfuerce con frecuencia en seguirlas. Está marcado tras sí con la cruz, para que soporte con clemencia por Dios todas las adversidades que le inflijan otros. Lleva la cruz ante sí para llorar sus propios pecados; tras sí, para que también deplore con compasión los pecados ajenos, y sepa que está constituido mediador entre Dios y el pecador, y no desista de la oración ni de la santa oblación hasta que merezca alcanzar gracia y misericordia. Cuando el sacerdote celebra, honra a Dios, alegra a los ángeles, edifica a la Iglesia, ayuda a los vivos, procura descanso a los difuntos y se hace partícipe de todos los bienes.
1. Cuando considero tu dignidad y mi vileza, me estremezco mucho y me confundo en mí mismo. Pues si no me acerco, huyo de la vida; y si me introduzco indignamente, incurro en ofensa. ¿Qué haré, pues, oh Dios, mi auxiliador y mi consejero en las necesidades?
2. Enséñame tú el camino recto, propónme algún breve ejercicio adecuado a la sagrada Comunión. Pues es útil saber cómo, es decir, de qué modo devoto y reverente debo preparar mi corazón para recibir saludablemente tu Sacramento, o también para celebrar tan grande y divino sacrificio.
1. Ante todo, el sacerdote de Dios debe acercarse a celebrar, tocar y recibir este Sacramento con suma humildad de corazón y reverencia suplicante, con fe plena y piadosa intención del honor de Dios. Examina diligentemente tu conciencia, y según tus posibilidades puríficala y clarifícala con verdadera contrición y humilde confesión, de modo que no tengas nada grave ni sepas de algo que te remuerde y te impide libre acceso. Ten disgusto de todos tus pecados en general, y por tus excesos cotidianos duélete y gimas más en el espíritu; y, si el tiempo lo permite, confiesa a Dios en lo secreto del corazón todas las miserias de tus pasiones.
2. Gime y duélete de que todavía eres tan carnal y mundano, tan sin mortificar en las pasiones, tan lleno de movimientos de concupiscencia, tan sin custodia en los sentidos exteriores, tan frecuentemente enredado en muchas y variadas fantasías, tan inclinado a lo exterior, tan negligente con lo interior, tan ligero para la risa y la disolución, tan duro para el llanto y la compunción, tan pronto a lo relajado y a las comodidades de la carne, tan perezoso para el rigor y el fervor, tan curioso por captar y oír cosas nuevas y contemplar cosas bellas, tan remiso en abrazar lo humilde y abyecto, tan codicioso de poseer mucho, tan avaro para dar, tan tenaz en retener, tan desconsiderado al hablar, tan incontinente para callar, tan desordenado en las costumbres, tan importuno en los actos, tan efusivo sobre la comida, tan sordo a la palabra de Dios, tan veloz para el descanso, tan tardío para el trabajo, tan vigilante para las habladurías, tan somnoliento para las vigilias sagradas; tan apresurado hacia el final, tan vago para atender, tan negligente en recitar las horas, tan tibio al celebrar, tan árido al comulgar, tan pronto distraído, tan raramente recogido del todo en ti, tan súbitamente conmovido a la ira, tan fácil para el disgusto del otro, tan propenso a juzgar, tan rígido para reprender, tan alegre en la prosperidad, tan débil en la adversidad, tan frecuentemente proponiendo muchas cosas buenas y llevando pocas a efecto.
3. Confesados y llorados estos y otros defectos tuyos con dolor y gran disgusto de tu propia debilidad, establece firme propósito de enmendar siempre tu vida y progresar hacia mejor. Luego, con plena resignación y entera voluntad, ofrécete a ti mismo en honor de mi nombre en el altar de tu corazón como holocausto perpetuo, confiándome fielmente tu cuerpo y tu alma, para que así merezcas acercarte dignamente a ofrecer el sacrificio a Dios y recibir saludablemente el Sacramento de mi Cuerpo.
4. Pues no hay oblación más digna ni satisfacción mayor para borrar los pecados que ofrecerse uno mismo pura e íntegramente a Dios con la oblación del Cuerpo de Cristo en la misa y en la comunión. Si el hombre hiciera lo que está en sí y se arrepintiera verdaderamente, cuantas veces acuda a mí por el perdón y la gracia: «Vivo yo, dice el Señor, que no quiero la muerte del pecador, sino más bien que se convierta y viva, porque de sus pecados no me acordaré ya más, y todo le será perdonado».
1. Como yo mismo me ofrecí espontáneamente al Padre Dios por tus pecados con las manos extendidas en la cruz y el cuerpo desnudo, de modo que nada quedó en mí que no pasara todo al sacrificio de aplacamiento divino: así también tú debes ofrecerte a mí cada día en la misa voluntariamente como oblación pura y santa con todas tus fuerzas y afectos, tan íntimamente como puedas. ¿Qué requiero más de ti sino que te esfuerces en resignarte a mí por entero? No me importa nada de lo que das fuera de ti mismo, porque no busco tu don, sino a ti.
2. Así como no te bastaría poseer todo menos a mí, así tampoco podrá agradarme nada de lo que des si no te ofreces a ti mismo. Ofrécete a mí y date todo por Dios, y será aceptada la oblación. Mira, yo me ofrecí enteramente al Padre por ti, di también todo mi cuerpo y mi sangre en alimento, para ser totalmente tuyo y que tú permanecieras mío. Si en cambio te quedas en ti mismo y no te ofreces espontáneamente a mi voluntad, la oblación no es plena ni será completa la unión entre nosotros. Por eso, antes de todas tus obras debe preceder la oblación de ti mismo en manos de Dios, si quieres conseguir la libertad y la gracia. Por eso tan pocos llegan a ser iluminados y libres interiormente, porque no saben negarse a sí mismos del todo. Es mi firme sentencia: «El que no renunciare a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo». Tú, pues, si deseas ser mi discípulo, ofrécete a mí con todos tus afectos.
1. Señor, tuyo es todo lo que está en el cielo y en la tierra. Deseo ofrecerme a ti mismo como oblación espontánea y permanecer perpetuamente tuyo. Señor, en la simplicidad de mi corazón me ofrezco hoy a ti como siervo sempiterno, para obsequio y sacrificio de alabanza perpetua. Recíbeme con esta santa oblación de tu precioso Cuerpo, que hoy te ofrezco en presencia de los ángeles que asisten invisiblemente, para que sea en salvación mía y de todo tu pueblo.
2. Señor, te ofrezco todos mis pecados y delitos que he cometido ante ti y ante tus santos ángeles, desde el día en que pude pecar por primera vez hasta este día, sobre tu altar propiciatorio, para que los abrases y consumas todos igualmente con el fuego de tu caridad, y borres todas las manchas de mis pecados, y limpies mi conciencia de todo delito, y me restituyas tu gracia que perdí pecando, perdonándome todo plenamente y admitiéndome misericordiosamente en el beso de la paz.
3. ¿Qué puedo hacer por mis pecados sino confesarlos y lamentarlos humildemente y suplicar sin cesar tu propiciación? Te ruego, óyeme propicio, mientras estoy ante ti, Dios mío. Todos mis pecados me desagradan muchísimo; no quiero perpetrarlos nunca más, sino que me duelo de ellos y me doleré mientras viva, dispuesto a hacer penitencia y a satisfacer según mis fuerzas. Perdóname, Dios, perdona mis pecados por tu santo nombre, salva mi alma que redimiste con tu preciosa sangre. Mira, me confío a tu misericordia, me resigno en tus manos: obra conmigo según tu bondad, no según mi malicia e iniquidad.
4. Te ofrezco también todos mis bienes, aunque sean pocos e imperfectos, para que tú los enmiendas y santifiques, para que te sean gratos y aceptables y los lleves siempre a mejor, y para que a mí, perezoso e inútil hombrecillo, me conduzcas a un fin bendito y laudable.
5. Te ofrezco también todos los deseos de los devotos, las necesidades de mis padres, amigos, hermanos, hermanas y de todos mis seres queridos, y de quienes por tu amor me hicieron beneficios a mí o a otros; los que pidieron y desearon que dijera misas y oraciones por sí y por todos los suyos, ya vivan todavía en la carne, ya hayan ya muerto al mundo, para que todos sientan que les llega el auxilio de tu gracia, el beneficio de la consolación, la protección de los peligros, la liberación de las penas, y para que, librados de todos los males, te ofrezcan alegres magníficas acciones de gracias.
6. Te ofrezco también oraciones de aplacamiento especialmente por quienes me ofendieron en algo, me entristecieron o me vituperaron, o me infligieron algún daño o gravamen; y también por todos aquellos a quienes alguna vez entristecí, perturbé, agravié y escandalicé, con palabras o hechos, a sabiendas o sin saberlo, para que nos perdones a todos igualmente todos nuestros pecados y todas nuestras ofensas e injurias. Aparta, Señor, de nuestros corazones toda sospecha, indignación, ira y discordia, y todo lo que pueda lesionar la caridad y disminuir el amor fraterno. Ten misericordia, Señor, ten misericordia de quienes piden tu misericordia, da gracia a los necesitados, haznos tales que seamos dignos de gozar de tu gracia y progresar hacia la vida eterna.
1. Hay que acudir con frecuencia a la fuente de la gracia y de la divina misericordia, a la fuente de la bondad y de toda pureza, para que puedas curarte de tus pasiones y vicios, y merezcas hacerte más fuerte y vigilante contra todas las tentaciones y engaños del diablo. El enemigo, sabiendo que el mayor fruto y remedio está puesto en la sagrada comunión, se esfuerza por todos los medios y ocasiones en apartar e impedir cuanto puede a los fieles y devotos. 2. De hecho, cuando algunos se disponen a la sagrada comunión, sufren peores ataques e ilusiones de Satanás. Ese mismo Espíritu maligno, como está escrito en Job, viene entre los hijos de Dios para perturbar con su acostumbrada maldad, o volver demasiado tímidos y perplejos, de modo que disminuya el fruto de sus afectos o les quite la fe atacándola, para que acaso abandonen del todo la comunión o se acerquen con tibieza. Pero no hay que preocuparse en absoluto de sus astucias y fantasías, por repugnantes y horribles que sean, sino que todas esas fantasías deben volverse contra su propia cabeza. Hay que despreciar al miserable y burlarse de él, y no debe omitirse la sagrada comunión por sus ataques y las conmociones que suscita. 3. A menudo también impide una excesiva preocupación por conseguir devoción y cierta ansiedad por hacer la confesión. Obra según el consejo de los sabios; y deja a un lado la ansiedad y el escrúpulo, porque impide la gracia de Dios y destruye la devoción de la mente. No abandones la sagrada comunión por alguna pequeña tribulación o contrariedad; sino ve pronto a confesarte y perdona de buen grado todas las ofensas a los demás. Si tú has ofendido a alguien, pide humildemente perdón: y Dios te perdonará de buena gana. 4. ¿De qué sirve retrasar mucho la confesión o diferir la sagrada comunión? Purifícate cuanto antes; escupe rápidamente el veneno, date prisa en recibir el remedio, y te sentirás mejor que si lo pospones mucho tiempo. Si hoy lo pospones por esto, mañana quizá ocurrirá algo mayor, y así podrías quedar impedido mucho tiempo de la comunión y hacerte más incapaz. Cuanto antes puedas, sacúdete de la presente pesadez e inercia, porque no sirve de nada angustiarse mucho tiempo, pasar mucho tiempo con tribulación y apartarse de las cosas divinas por obstáculos cotidianos; más aún, daña mucho diferir la comunión por largo tiempo, pues suele producir un grave adormecimiento. ¡Ay!, algunos tibios y disolutos aceptan de buena gana las demoras en confesarse, y desean diferir la sagrada comunión para no verse obligados a guardarse con mayor cuidado. 5. ¡Ay, qué poca caridad y débil devoción tienen los que posponen con tanta facilidad la sagrada comunión! ¡Qué feliz y aceptable a Dios se considera aquel que vive de tal modo y guarda su conciencia con tal pureza que estaría preparado y bien dispuesto para comulgar cada día, si le fuera permitido y pudiera hacerlo sin causar escándalo! Si alguien se abstiene a veces por humildad o por causa legítima que lo impide, es digno de alabanza por su reverencia. Pero si se apodera de él el adormecimiento, debe estimularse a sí mismo y hacer lo que está en su mano, y el Señor acudirá a su deseo por la buena voluntad, que él mira especialmente. 6. Cuando esté legítimamente impedido, tendrá siempre buena voluntad y piadosa intención de comulgar: y así no carecerá del fruto del sacramento. Pues cualquier devoto puede acercarse cada día y a toda hora a la comunión espiritual de Cristo provechosamente y sin prohibición. Y sin embargo, en ciertos días, a tiempo determinado, debe recibir sacramentalmente el Cuerpo de su Redentor con afectuosa reverencia y buscar más la alabanza y el honor de Dios que su propia consolación. Pues comulga místicamente y se alimenta invisiblemente tantas veces cuantas recuerda devotamente el misterio de la encarnación de Cristo y su pasión, y se enciende en su amor. 7. Pero quien no se prepara más que cuando se acerca la fiesta o le obliga la costumbre, quedará muchas veces sin preparación. Bienaventurado el que se ofrece al Señor en holocausto cada vez que celebra o comulga. No seas demasiado prolijo ni precipitado al celebrar; sino guarda el buen modo común de aquellos con quienes vives. No debes generar molestia y fastidio a los demás, sino guardar el camino común según el amor de las instituciones, y servir más bien a la utilidad de los otros que a tu propia devoción o afecto.
1. Dulcísimo Señor Jesús, ¡qué grande es la dulzura del alma devota que banquetea contigo en tu convite! Donde no se le propone otro alimento que comer sino tú, único amado suyo, deseable sobre todos los deseos del corazón. Y ciertamente me sería dulce derramar lágrimas en tu presencia con íntimo afecto, y como la piadosa Magdalena regar tus pies con lágrimas. Pero ¿dónde está esa devoción? ¿Dónde esa copiosa efusión de santas lágrimas? Ciertamente en tu presencia y en la de tus santos ángeles mi corazón debería arder y llorar de gozo. Pues te tengo verdaderamente presente en el sacramento, aunque oculto bajo apariencia ajena. 2. Pues mis ojos no podrían soportar contemplarte en tu propia y divina claridad, ni el mundo entero subsistiría ante el fulgor de la gloria de tu majestad. En esto, pues, atiendes a mi debilidad, al esconderte bajo el sacramento. Tengo verdaderamente y adoro a quien los ángeles adoran en el cielo; pero yo por ahora todavía en la fe, ellos en cambio en la realidad y sin velo. Me conviene contentarme con la luz de la verdadera fe, y caminar en ella hasta que amanezca el día de la claridad eterna y declinen las sombras de las figuras. Mas cuando venga lo que es perfecto, cesará el uso de los sacramentos, porque los bienaventurados en la gloria celestial no necesitan medicina sacramental. Pues gozan sin fin en la presencia de Dios, contemplan su gloria cara a cara, y transformados de claridad en claridad del abismo de la Divinidad, gustan al Verbo de Dios hecho carne, tal como fue desde el principio y permanece por la eternidad. 3. Recordando estas cosas maravillosas, me resulta pesado todo hastío, incluso cualquier consuelo espiritual, y mientras no veo abiertamente a mi Señor en su gloria, considero como nada todo lo que veo y oigo en el mundo. Eres testigo, Dios mío, de que ninguna cosa puede consolarme, ninguna criatura aquietarme, sino tú, Dios mío, a quien deseo contemplar eternamente. Pero esto no es posible mientras permanezco en esta mortalidad: y por eso debo entregarme a gran paciencia, y someterme a ti en todo deseo. Pues también tus santos, Señor, que ahora se regocijan contigo en el reino de los cielos, mientras vivían, esperaban con gran fe y paciencia el advenimiento de tu gloria. Lo que ellos creyeron, yo lo creo; lo que ellos esperaron, yo lo espero; adonde ellos llegaron, confío en llegar por tu gracia. Caminaré entretanto en la fe, fortalecido con los ejemplos de los santos. Tendré también los libros santos como consuelo y espejo de vida, y sobre todo esto tu sacratísimo Cuerpo como singular remedio y refrigerio. 4. Pues siento que me son sumamente necesarias dos cosas en esta vida, sin las cuales esta miserable vida me sería insoportable. Retenido en la cárcel de este cuerpo, confieso que necesito dos cosas: alimento, es decir, y luz. Me has dado, pues, a mí que soy débil, tu sagrado Cuerpo para refección de la mente y del cuerpo, y has puesto tu palabra como lámpara a mis pies. Sin estas dos cosas no podría vivir bien: pues la palabra de Dios es luz del alma, y tu sacramento pan de vida. También pueden llamarse dos mesas, puestas a uno y otro lado en el tesoro de la santa Iglesia. Una mesa es la del sagrado altar, que tiene el pan santo, es decir, el precioso Cuerpo de Cristo. La otra es la de la divina ley, que contiene la doctrina santa, enseña la fe recta, y conduce firmemente hasta el interior del velo, donde está el santo de los santos. 5. Gracias te doy, buen Jesús, luz de la luz eterna, por la mesa de la doctrina sagrada que nos has servido mediante tus siervos los profetas, apóstoles y demás doctores. Gracias te doy, Salvador y Creador de los hombres, que para declarar tu caridad a todo el mundo has preparado una gran cena, en la cual has propuesto para comer no el cordero figurado, sino tu santísimo Cuerpo y Sangre: alegrando a todos los fieles con el convite sagrado, y embriagándolos con el cáliz salvador, en el cual están todas las delicias del paraíso; y los santos ángeles banquetean con nosotros, pero con suavidad más feliz. 6. ¡Oh, qué grande y honorable es el oficio de los sacerdotes, a quienes ha sido dado consagrar al Señor de la majestad con palabras sagradas, bendecirlo con los labios, tenerlo con las manos, recibirlo con la propia boca y administrarlo a los demás! ¡Oh, qué limpias deben ser aquellas manos, qué pura aquella boca, qué santo aquel cuerpo, qué inmaculado el corazón del sacerdote, a quien entra tantas veces el Autor de la pureza! De la boca del sacerdote no debe salir sino palabra santa, honesta y útil, el que recibe tan a menudo el sacramento de Cristo. 7. Simples y pudorosos sus ojos, que suelen contemplar el Cuerpo de Cristo. Puras y elevadas al cielo sus manos, que suelen tocar al Creador del cielo y de la tierra. A los sacerdotes especialmente se dice en la Ley: «Sed santos, porque yo soy santo, el Señor vuestro Dios». 8. Tu gracia, Dios omnipotente, nos ayude, para que quienes hemos recibido el oficio sacerdotal podamos servirte digna y devotamente con toda pureza y buena conciencia. Y si no podemos vivir con tanta inocencia de vida como debemos, concédenos sin embargo llorar dignamente los males que hemos cometido, para que en espíritu de humildad y con propósito de buena voluntad podamos servirte más fervientemente en adelante.
1. Yo soy amante de la pureza, y dador de toda santidad. Yo busco un corazón puro, y ahí está el lugar de mi descanso. Prepárame un cenáculo grande y aderezado, y haré la pascua contigo con mis discípulos. Si quieres que vaya a ti y permanezca contigo, purifica la vieja levadura y limpia la morada de tu corazón. Excluye todo el mundo y todo tumulto de vicios; siéntate como pájaro solitario en el tejado, y piensa tus excesos en amargura de tu alma. Pues todo amante prepara a su amado dilecto el lugar mejor y más hermoso, porque en esto se reconoce el afecto del que recibe al amado. 2. Pero sabe que no puedes satisfacer esta preparación por el mérito de tu acción, aunque te prepararas durante un año entero de tal modo que no tuvieras otra cosa en la mente. Sino que sólo por mi piedad y gracia se te permite acercarte a mi mesa, como si un mendigo fuera invitado a la comida de un rico y él no tuviera otra cosa que retribuir por sus beneficios sino humillarse y darle gracias. Haz, pues, lo que esté en tu mano, y hazlo diligentemente, no por costumbre, no por necesidad, sino con temor y reverencia y afecto, recibe el Cuerpo de tu amado Señor Dios que se digna venir a ti. Yo soy quien te llamé, yo mandé que se hiciera, yo supliré lo que te falta. Ven y recíbeme. 3. Cuando te concedo la gracia de la devoción, da gracias a tu Dios, no porque seas digno, sino porque me compadecí de ti. Si no tienes devoción, sino que más bien te sientes árido, persiste en la oración, gime, llama, y no ceses hasta que merezcas recibir una migaja o una gota de gracia salvadora. Tú me necesitas, yo no te necesito a ti, ni tú vienes a santificarme, sino que yo vengo a santificarte y mejorarte. Tú vienes para ser santificado por mí y unirte a mí, para recibir nueva gracia de Dios y encenderte de nuevo para la enmienda. No descuides esta gracia, prepara siempre con toda diligencia tu corazón, e introduce en ti a tu Amado. 4. Pero debes no sólo prepararte a la devoción antes de la comunión, sino también conservarte solícitamente en ella después de recibir el sacramento. No se requiere menor custodia después que devota preparación antes. Pues la buena custodia después es a su vez la mejor preparación para conseguir mayor gracia. Pues uno se hace muy poco dispuesto si inmediatamente se derrama demasiado hacia los consuelos exteriores. Evita hablar mucho; permanece en secreto y goza de tu Dios. Pues tienes a aquel que el mundo entero no puede quitarte. Yo soy a quien debes darte por completo, para que ya no vivas más en ti, sino en mí sin ninguna preocupación.
1. ¿Quién me concederá, Señor, que te encuentre solo, que te abra todo mi corazón, que goce de ti como desea mi alma? Y que ya nadie me desprecie, ni criatura alguna me conmueva o me mire; sino que tú solo me hables, y yo a ti, como suele hablar el amado al amado, y el amigo banquetear con el amigo. Esto pido, esto deseo, que me una totalmente a ti, y aparte mi corazón de todas las cosas creadas; y aprenda más y más a saborear lo celestial y eterno mediante la sagrada comunión y la frecuente celebración. Ah, Señor Dios, ¿cuándo estaré totalmente unido a ti y absorbido, y olvidado del todo de mí mismo? Tú en mí y yo en ti, y concédenos así permanecer juntos en uno. 2. Verdaderamente, verdaderamente tú eres mi amado, escogido entre miles, en quien se complació mi alma en habitar todos los días de su vida. Verdaderamente tú eres mi paz, en quien está la suma paz y el verdadero descanso, fuera de la cual hay trabajo y dolor y miseria infinita. Verdaderamente tú eres Dios escondido, y tu consejo no está con los impíos, sino que tu conversación es con los humildes y sencillos. ¡Oh, qué suave es, Señor, tu espíritu, que para mostrar tu dulzura a los hijos, te dignas alimentarlos con el pan suavísimo descendido del cielo! Verdaderamente no hay otra nación tan grande que tenga dioses que se acerquen a ella, como tú, Dios nuestro, estás presente a todos tus fieles: a quienes para consuelo cotidiano y para elevar el corazón al cielo, te entregas a comer y gozar. 3. Pues ¿qué otra nación es tan ilustre como el pueblo cristiano? ¿O qué criatura bajo el cielo tan amada como el alma devota, a la cual entra Dios para alimentarla con su carne gloriosa? ¡Oh gracia inefable! ¡Oh dignación admirable! ¡Oh amor inmenso, otorgado singularmente al hombre! Pero ¿qué retribuiré al Señor por esta gracia, por caridad tan excelsa? No hay otra cosa que pueda darle más agradable que ofrecer totalmente mi corazón a mi Dios, y unirlo íntimamente. Entonces se regocijarán todas mis entrañas, cuando mi alma esté perfectamente unida a Dios. Entonces me dirá: «Si tú quieres estar conmigo, yo quiero estar contigo». Y yo le responderé: «Dígnate, Señor, permanecer conmigo, yo quiero estar contigo de buena gana». Este es todo mi deseo, que mi corazón esté unido a ti.
1. Qué grande es la abundancia de tu dulzura, Señor, que escondes para los que te temen. Cuando recuerdo a algunos devotos que se acercaban a tu Sacramento, Señor, con gran devoción y afecto ardiente, entonces muchas veces me avergüenzo y me sonrojo en mi interior, porque me acerco a tu altar y a la mesa de la sagrada Comunión con tanta tibieza y frialdad, porque permanezco tan árido, sin devoción y sin afecto de corazón, y porque no estoy totalmente inflamado delante de ti, Dios mío, ni tan vehementemente atraído y lleno de amor, como lo estuvieron muchos devotos, que por el deseo excesivo de la Comunión y el sensible amor del corazón no podían contenerse del llanto. Con la boca del corazón y del cuerpo a la vez anhelaban hasta lo más profundo de su ser a ti, fuente viva, sin poder templar o saciar de otro modo su hambre, sino recibiendo tu Cuerpo con toda alegría y avidez espiritual.
2. ¡Oh fe verdaderamente ardiente de ellos, prueba evidente de tu sagrada presencia! Estos reconocen verdaderamente a su Señor en la fracción del pan, aquellos cuyo corazón arde tan intensamente en ellos por Jesús caminando con ellos. ¡Ay!, lejos está de mí a menudo tal afecto y devoción, tal ardor tan vehemente. Séme propicio, buen Jesús, dulce y benigno; concede a tu pobre mendigo sentir aunque sea de vez en cuando algo del afecto cordial de tu amor en la sagrada Comunión, para que mi fe se fortalezca más, la esperanza en tu bondad progrese, y la caridad, una vez perfectamente encendida y probado el maná celestial, nunca desfallezca.
3. Pero tu misericordia es poderosa incluso para concederme la gracia deseada, y visitarme muy clementemente en espíritu de fervor, cuando llegue el día de tu beneplácito. Porque aunque no ardo con tanto deseo como tus devotos tan especiales, tengo, sin embargo, por tu gracia, deseo de aquel gran deseo inflamado: orando y deseando participar de todos tus amantes tan fervorosos, y ser contado en su santa compañía.
1. Conviene que busques instantemente la gracia de la devoción, que la pidas con deseo, que la esperes paciente y confiadamente, que la recibas con gratitud, que la conserves con humildad, que trabajes diligentemente con ella, y que dejes a Dios el tiempo y modo de la visita celestial, hasta que venga. Debes humillarte especialmente cuando sientes poca o ninguna devoción interior, pero sin abatirte demasiado ni entristecerte desordenadamente. Dios da a menudo en un breve momento lo que negó durante largo tiempo. Da a veces al final lo que aplazó dar al principio de la oración.
2. Si la gracia se diera siempre rápidamente y estuviera presente a voluntad, el hombre débil no podría soportarlo bien. Por eso hay que esperar la gracia de la devoción con buena esperanza y humilde paciencia. Sin embargo, impútalo a ti mismo y a tus pecados cuando no se te da o incluso se te quita ocultamente. A veces es poca cosa lo que impide y oculta la gracia, si es que debe llamarse poca cosa y no más bien grande, lo que prohíbe tan gran bien. Pero si eliminas y vences perfectamente esto mismo, pequeño o grande, conseguirás lo que pediste.
3. Porque tan pronto como te entregues a Dios con todo tu corazón, y no busques esto o aquello según tu gusto o voluntad, sino que te pongas íntegramente en él, te encontrarás unido y en paz, porque nada te sabrá ni agradará tanto como el beneplácito de la voluntad divina. Por tanto, quien levante su intención con corazón sencillo hacia Dios, y se vacíe de todo amor desordenado o disgusto hacia cualquier cosa creada, será el más apto para recibir la gracia y digno del don de la devoción: porque el Señor da su bendición donde encuentra recipientes vacíos, y cuanto más perfectamente alguien renuncia a las cosas inferiores y más muere a sí mismo por el desprecio de sí, tanto más rápidamente viene la gracia, más copiosamente entra y más alto eleva el corazón libre.
4. Entonces verá y abundará y se maravillará y se dilatará su corazón en él, porque la mano del Señor está con él, y él mismo se puso totalmente en su mano por los siglos. He aquí, así será bendito el hombre que busca a Dios con todo su corazón, y no recibe su alma en vano. Este, al recibir la sagrada Eucaristía, merece la gran gracia de la unión divina, porque no mira a su propia devoción y consuelo, sino a la gloria y honor de Dios.
1. Dulcísimo y amantísimo Señor, a quien ahora deseo devotamente recibir, tú conoces mi debilidad y la necesidad que padezco, en cuántos males y vicios yazgo; con cuánta frecuencia estoy agobiado, tentado, turbado y manchado. Vengo a ti por remedio, te suplico por consuelo y alivio: hablo a quien todo lo sabe, a quien están manifiestos todos mis interiores, y que solo puedes consolarme y ayudarme perfectamente. Tú sabes qué bienes necesito sobre todo y cuán pobre soy en virtudes.
2. He aquí que estoy ante ti pobre y desnudo, pidiendo tu gracia e implorando tu misericordia: alimenta a tu mendigo hambriento, enciende mi frialdad con el fuego de tu amor, ilumina mi ceguera con la claridad de tu presencia. Convierte para mí todo lo terrenal en amargura, todo lo penoso y contrario en paciencia, todo lo inferior y creado en desprecio y olvido. Eleva mi corazón a ti en el cielo, y no permitas que ande vagando sobre la tierra. Sé tú solo dulce para mí desde ahora por los siglos, porque tú solo eres mi comida y mi bebida, mi amor y mi gozo, mi dulzura y todo mi bien.
3. Ojalá me inflames totalmente con tu presencia, me abrases y me transformes en ti: para que me haga un solo espíritu contigo por la gracia de la unión interior y la liquefacción del amor ardiente. No permitas que me retire de ti hambriento y árido, sino obra conmigo misericordiosamente, como tantas veces has obrado maravillosamente con tus Santos. ¿Qué tiene de extraño que me inflame totalmente de ti y desfallezca en mí mismo, siendo tú el fuego siempre ardiente y nunca declinante, el amor que purifica los corazones e ilumina el entendimiento?
1. Con suma devoción y amor ardiente, con todo el afecto del corazón y fervor, te deseo, Señor; como muchos Santos y personas devotas te desearon al comulgar, quienes te agradaron en extremo por la santidad de su vida y estuvieron en devotísimo ardor. Oh Dios mío, amor eterno, todo mi bien, felicidad interminable: deseo recibirte con el deseo más vehemente y la reverencia más digna que algún Santo jamás tuvo y pudo sentir.
2. Y aunque soy indigno de tener todos aquellos sentimientos de devoción, te ofrezco, sin embargo, todo el afecto de mi corazón, como si yo solo tuviera todos aquellos deseos gratísimamente inflamados. Pero también todo lo que una mente piadosa puede concebir y desear, todo eso te lo presento y ofrezco con suma veneración y fervor íntimo. No deseo reservarme nada, sino inmolarme a ti, a mí y todo lo mío, espontánea y muy gustosamente. Señor Dios mío, mi creador y mi redentor, con tal gratitud, dignidad y amor, con tal esperanza, fe y pureza deseo recibirte hoy, como te recibió y deseó tu santísima Madre, la gloriosa Virgen María, cuando al Ángel que le anunciaba el misterio de tu encarnación respondió humilde y devotamente: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».
3. Y como tu bienaventurado Precursor, el excelentísimo de los Santos, Juan Bautista, exultó gozoso en alegría del Espíritu Santo en tu presencia, cuando aún estaba encerrado en el vientre materno. Y después, viendo a Jesús caminando entre los hombres, humillándose mucho a sí mismo, dijo con afecto devoto: «El amigo del esposo, que está y lo escucha, se alegra con gozo por la voz del esposo»: así también yo deseo inflamarme con grandes y santos deseos, y presentarme yo mismo a ti con todo mi corazón. Por eso también te ofrezco y presento los júbilos de todos los corazones devotos, los afectos ardientes, los éxtasis mentales, las iluminaciones sobrenaturales y las visiones celestiales, junto con todas las virtudes y alabanzas celebradas y por celebrar por toda criatura en el cielo y en la tierra, por mí y por todos los encomendados a mí en oración, para que por todos seas dignamente alabado y glorificado perpetuamente.
4. Acepta mis votos, Señor Dios mío, y los deseos de alabanza infinita e inmensa bendición, que con razón te son debidos según la multitud de tu inefable grandeza. Estos te los devuelvo y deseo devolvértelos en todos los días y momentos del tiempo, e invito y suplico a todos los espíritus celestiales y a todos tus fieles a que conmigo te den gracias y alabanzas.
5. Que todos los pueblos, tribus y lenguas te alaben, y magnifiquen tu nombre santo y melífluo con suma devoción y júbilo ardiente. Y que cuantos celebran reverente y devotamente tu altísimo Sacramento y lo reciben con fe plena, merezcan encontrar gracia y misericordia ante ti, y supliquen por mí, pecador. Y cuando hayan conseguido la deseada devoción y fruible unión, y bien consolados y maravillosamente reconfortados se retiren de la sagrada mesa celestial, se dignen recordar a este pobre que soy yo.
1. Debes guardarte del escrutinio curioso e inútil de este profundísimo Sacramento, si no quieres ser sumergido en el abismo de la duda. El que escruta la majestad será aplastado por la gloria. Dios puede obrar más de lo que el hombre puede entender. Tolerable es la investigación piadosa y humilde de la verdad, dispuesta siempre a ser instruida y procurando caminar sobre las sanas sentencias de los Padres.
2. Bienaventurada la sencillez, que abandona los caminos difíciles de las cuestiones, y sigue por la senda llana y firme de los mandamientos de Dios. Muchos perdieron la devoción, mientras quisieron escrutar cosas más altas. De ti se exige la fe y una vida sincera, no la altura del entendimiento ni la profundidad de los misterios de Dios. Si no entiendes ni captas las cosas que están por debajo de ti, ¿cómo comprenderás las que están por encima de ti? Sométete a Dios y humilla tu entendimiento a la fe, y se te dará la luz de la ciencia, en cuanto te sea útil y necesario.
3. Algunos son gravemente tentados acerca de la fe y del Sacramento, pero no debe imputarse esto a ellos, sino más bien al enemigo. No te preocupes, no disputes con tus pensamientos, ni respondas a las dudas y disputas sugeridas por el diablo. Sino cree en las palabras de Dios. Cree en sus Santos y profetas, y huirá de ti el enemigo malvado. Porque a menudo es muy útil que el siervo de Dios soporte tales cosas. Pues no tienta a los infieles y pecadores, a quienes ya posee con seguridad: pero a los fieles y devotos los tienta y atormenta de varios modos.
4. Prosigue, pues, con fe sencilla e indubitada, y acércate al Sacramento con humilde reverencia. Lo que no puedas entender, confiadamente encomiéndalo a Dios omnipotente. Dios no te engaña; se engaña quien confía demasiado en sí mismo. Dios camina con los sencillos, se revela a los humildes, da entendimiento a los pequeños, abre el sentido a las mentes puras, y oculta la gracia a los curiosos y soberbios. La razón humana es débil y puede ser engañada; pero la fe verdadera no puede ser engañada.
5. Toda razón e investigación natural debe seguir a la fe, no precederla ni quebrantarla. Porque la fe y el amor sobresalen allí especialmente, y obran de modos ocultos en este santísimo y superexcelentísimo Sacramento. Dios eterno, inmenso e infinito en poder, hace cosas grandes e inescrutables en el cielo y en la tierra; y no hay investigación de sus obras maravillosas. Si tales fueran las obras de Dios que fácilmente pudieran ser captadas por la razón humana, no deberían llamarse maravillosas ni inescrutables.
Pulsa para saltar a cualquier libro o capítulo.
